Las desgracias del rey Don Alfonso el casto — Jornada II

BAILE DE LAS DIOSAS


Salen las MÚSICAS y cuando quieren comenzar a cantar se ha de correr una cortina y aparece PARIS recostado sobre unas hierbas
Quedito, no hagáis rüido
porque está Paris durmiendo
entre lentiscos y adelfas
aunque hacen profundo el sueño.
El hijo del gran troyano135
está ausente de su reino
por el sueño de su madre
que le desterró en naciendo.
Los parleros ruiseñores,
su valor reconociendo,140
cesan las arpadas lenguas
mostrando grato silencio.
Cuando las tres bellas diosas
que son Palas, Juno y Venus
llegaron a su presencia145
haciéndole acatamiento.
Salen las tres diosas danzando al son de los instrumentos
JUNO: Invencible y fuerte Paris,
recuerda, pues ves que el sueño
es imagen de la muerte.
PARIS: Es verdad, yo lo confieso.150
¿Quién sois? Que me habéis nombrado
por mi nombre; pues es cierto
que me llaman Alejandro.
JUNO: Aquése fue nombre impuesto.
Porque sepas la causa155
de buscarte, estáme atento
que aquestas diosas y yo
gran diferencia tenemos
porque estando en un convite
una manzana pusieron160
de oro sobre la mesa,
y en ella puesto un letrero:
“Dénsela a la más hermosa”.
Y cada cual pretendiendo
serlo, por jüez te nombra,165
advierte como discreto,
Paris, si por mí juzgares,
aqueste don te prometo:
de hacerte el más rico rey
del más poderoso reino.170
PALAS: Si por mí juzgas, infante,
aqueste don te prometo:
que tendrás ventura en armas
y serás en fuerza Héctor.
VENUS: Si por mí dieres sentencia,175
gran infante, te prometo
una saeta amorosa
que abrase de amor los pechos.
Daréte una dama hermosa
que con su poder supremo180
crió la naturaleza
y de rostro más perfecto.
PARIS: Ya he entendido la ocasión
y vuestros rostros contemplo,
y pues lo público he visto185
quisiera ver lo secreto;
mas por los gallardos talles
las demás partes penetro
y juzgo que la manzana
se lleve la diosa Venus.190
PALAS: Por lo que has juzgado, Paris,
a la muerte te condeno
y morirás a las manos
de Ajax Telemón, el griego.
Y porque Paris no piense195
que tenemos sentimiento
las dos iremos bailando
al son de los instrumentos.
Bailan las dos diosas al son de la letra que cantarán las MÚSICAS
“No fiéis de los hombres, niña.
¡Mal haya quien de ellos fía!200
Venían confïadas
las dos bellas diosas,
que por ser hermosas
fueron señaladas.
Quedaron burladas205
con su porfía.
No fiéis de los hombres niña.
¡Mal haya quien de ellos fía!
Vanse PALAS y JUNO
VENUS: Lo que yo te he dicho, Paris,
se ha de cumplir en efecto;210
que has de casar con Elena
mujer de Menelao griego.
Tú, ¿no eres hijo de rey
gallardo, sabio y discreto?
Valiente por tus proezas,215
no hay de qué tener recelo,
y porque es bien celebrar
el valor de ese real pecho,
danzar quiero en tu presencia.
Recibe mi buen intento.220
Danza VENUS una mudanza curiosa y cierra una cortina con que se da fin al baile

JORNADA SEGUNDA


Salen ANCELINO, RAMIRO y ORDOñO. ANCELINO
con una lanza y una adarga, con una banda escrita con letras y
una corona en la mano

ANCELINO: En esta sierra tan alta
como la bárbara torre,
donde el veloz ciervo corre
y el ligero gamo salta,
entre estos pinos que quitan
los rayos del sol dorados,
de heladas aguas bañados
que al valle se precipitan,
en todo aqueste horizonte
sigue la caza ligera,
sin dejar ave ni fiera
en el aire ni en el monte,
aquí le habemos de hallar.
RAMIRO: ¿Si querrá admitir la empresa?
ANCELINO: En ningunos hombros pesa
la máquina de reinar.
Un regalo sin segundo
al principio el reinar es
que no se siente, y después
pesa tanto como el mundo.
Cargas son, y no pequeñas.
ORDOÑO: Si no me engaña el deseo,
Mauregato es él que veo
bajar por aquellas peñas.
ANCELINO: Dices bien. Aquí le dejo
la corona, adarga y lanza
porque así tengo esperanza
de darle un mudo consejo.
Si en llegando a este lugar
reparando en la corona,
se la pone y se aficiona,
bien le podemos tentar.
Pero si la voluntad
a la corona no ofrece,
es señal que no apetece
el imperio y majestad.
Y así es justo que sepamos
su intención antes de hablarle.
ORDOÑO: ¿Dónde habemos de mirarle?
RAMIRO: Entre aquellos verdes ramos.

Dejan la adarga en el suelo y encima la corona y
lanza, y escóndense, ya descendiendo MAUREGATO de un
monte, en el traje que mejor le pareciere a un hombre que vive en
el campo

MAUREGATO: Alto monte en quien descansa
sin ser cazada la fiera,
ribera alegre, agua mansa,
fieras, monte, agua, ribera,
vuestra soledad me cansa.
Duros robles donde oía
de las aves la armonía,
fuentes y flores süaves,
robles, fuentes, flores y aves
ya me dais melancolía.
Ya al mar no lleváis mis penas,
arroyuelos de cristal,
que estas sierras no son buenos
para la sangre real
que hierve en aquestas venas.
Al mundo, de polo a polo
dará vueltas como Apolo,
no he de ser más cazador.
Basta ser sólo en valor
sin ser en la vida solo.

Mira la corona

¿Qué rey dejó estos despojos?
¿Quién trató tales trofeos?
Ilusiones son o antojos
que mis soberbios deseos
representan a mis ojos.
¿Corona en esta aspereza?
Por donde vio más flaqueza
el demonio me ha tentado.
¡Qué bien dirá este tocado
a esta hidalga cabeza!
El gentil, cristiano, el moro
esta diadema procura
a costa de su tesoro
porque vale más su hechura
que los quilates del oro.
¿Qué montes no ha derribado?
¿Qué mares no ha navegado?
¿Dónde no hizo traición
la codicia y ambición
de aquesto que aquí he hallado?
Hace a las gentes airadas
los campos de sangre tiñe,
leyes funda mal guardadas,
y al fin las sienes que ciñe
son por ella idolatradas.
Pero si el reinar es sueño,
yo que agora soy su dueño,
rey de un mundo he de ser hoy,
pues rey de mí mismo soy;
que soy un mundo pequeño.

Pónese la corona

La que siempre he deseado
a ver en mis sienes vengo,
pero soy un rey pintado
pues que de rey sólo tengo
estar cual rey coronado.
Mas, ya al orbe de la luna
el mundo verá subidos
mis intentos. Aquí hay una
letra: "Con los atrevidos
es favorable Fortuna".

Esta letra está en la banda del adarga

Dice bien. Tiene razón.
Tenga, pues mi corazón
atrevimiento gallardo.
Hijo soy, aunque bastardo
de Alfonso, rey de León.

Toma la lanza y adarga

El reino he de pretender;
que con esta lanza basto
a derribar el poder
del segundo Alfonso, el casto,
por ser medio hombre y mujer.
Ya que no hay hombre presente
que mi coronada frente
pueda ver y respetar,
yo mismo me he de mirar
en el cristal de esta fuente.
Bueno estoy con tal trofeo;
mas, pues no veo mi rostro,
y en estas aguas le veo,
al rey que he visto me postro,
pues que vasallos deseo.

Llega entre unos ramos como en una fuente, y
allí se está mirando, levantando la lanza al
hombro, la adarga en el brazo, y la corona puesta, hace
humillación a su sombra

Para que pueda afirmar
que me han visto coronar,
plantas que quitáis enojos,
haced de las hojas ojos
con que poderme mirar.
Pero examinarme quiero,
si sabré imitar los reyes,
ya en León me considero,
poniendo y quitando leyes,
el rostro grave y severo;
afable con el leal,
airado con el traidor,

Hace todos los ademanes que va diciendo encima de
la fuente

con todo[s] semblante igual,
modesto en el bien mayor,
compuesto en cualquiera mal,
derecho el cuerpo ha de estar,
los ojos no han de mirar,
la cabeza quieta y alta.
¡Reinarse! Sólo me falta
gente y reino en quien reinar.
Soy un rey sin posesión,
casi a reír me provoco,
de ver que mis reinos son
como reinos de hombre loco;
que está en la imaginación.
Pero a lanzadas haré
que los de Asturias me sigan,
y que los moros sin fe
al rey Alfonso persigan
hasta que el reino me dé.
ANCELINO: (Pues que dispuesto le hallo, Aparte
quiero salir a animallo
fingiendo que me perdí).
MAUREGATO: Un hombre viene hacia mí.
Esta vez tengo un vasallo.
¿Quién eres? ¿Adónde vas?
ANCELINO: Buscando al gran Mauregato.
MAUREGATO; ¿Hasle tratado?
ANCELINO: ¡Jamás.
MAUREGATO: ¿Qué quieres?
ANCELINO: Darle un retrato.
MAUREGATO: ¡Buena prenda le darás!
¿Es de dama?
ANCELINO: Y tan fïel
que muere de amores de él.
MAUREGATO: ¿Tanto le quiere?
ANCELINO: Le adora
y le está esperando agora.
MAUREGATO: Pues, hablando están con él.
ANCELINO: Besaré tus pies.
MAUREGATO: Levanta,
el retrato manifiesta.
¿Tiene hermosura?
ANCELINO: Que espanta.
MAUREGATO: ¿Y quién es la dama?
ANCELINO: ¡Aquésta!

Descubre Ancelino un tafetán donde
está pintado un león. Puede ser el mismo
pendón que sacaron al principio

MAUREGATO: Nunca vi hermosura tanta.
ANCELINO: Ésta se quiere entregar
a tu valor singular;
que el esposo que ha tenido,
como siempre casto ha sido,
no la ha sabido agradar.
De esta dama que he mostrado
hoy será repudïado;
que para su condición
su esposa es vivo león
y para [ella] está pintado.
MAUREGATO: (No va sucediendo mal Aparte
tu pretensión, Mauregato.
Corona hallaste real
y agora el reino en retrato;
¡él vendrá en original!)
Imagen, que la belleza
te puso naturaleza
en dientes, manos y pies,
porque tu hermosura es
la invencible fortaleza,
si mi imperio en la ciudad
que representes se ve
y me muestras voluntad,
un oso y tigre seré
con quien tengas amistad;
pero bravo león, advierte,
que si te mostrares fuerte,
resistiendo a mi ventura,
seré gallo y calentura
que te dé temor y muerte.
ANCELINO: Yo a servirte estoy propicio.

Doble el tafetán; que lo ha tenido extendido
hasta aquí

MAUREGATO: Subirás como una hiedra
arrimado a mi servicio.
Eres la primera piedra
de mi soberbio edificio.
Para vasallo te prevengo,
y si en popa a crece vengo,
en valor has de crecer
que eres todo mi poder
pues más vasallos no tengo.
Eres mi reino.

Salen RAMIRO y ORDOñO

RAMIRO: No es
tan pobre el reino que alcanzas
porque agora tienes tres.
MAUREGATO: Ya crecen mis esperanzas.
ORDÓNO: Danos a besar tus pies.
MAUREGATO; Al pecho podréis llegar;
que es más honrado lugar.
RAMIRO; Es mucha merced el pecho.
MAUREGATO: A aquellos que rey me han hecho
este pecho he de pagar.
ANCELINO: En tu edificio real,
un triángulo seremos,
y de tu sol sin igual
somos tres rayos que hacemos
figura piramidal.
Tres vidas hemos de ser
dispuestas a tu servicio
las cuales han de hacer
al cuerpo del edificio
crecer, sentir y entender.
Llamarnos el que nos viera
los tres luceros pudiera
de tu cielo sin segundo,
las tres partes de tu mundo,
las tres zonas de tu esfera.
De Alfonso fuimos crïados,
pero a buscarte venimos
para volver más honrados.
Sólo tu gusto pedimos
para darte sus estados.
La justicia no permite
que tu sobrino te quite
lo que es tuyo de derecho.
Saca valor de ese pecho
que esta empresa facilite.
De estas montañas vendrán
mil nobles asturïanos
que su hacienda te darán,
y si faltaren cristianos,
los moros te ayudarán.
MAUREGATO: Seguidme, pues, con recato.
Veréis, amigos, que trato
con valor la empresa altiva.
ANCELINO: ¡Muera Alfonso!
TODOS: ¡Muera!
ANCELINO: ¡Y viva
en su reino Mauregato!

Vanse. Salen BERNARDO en hábito de labrador
y SANCHA de labradora

BERNARDO: No me nieguen luz también
esos ojos que son cielos.
SANCHA: Tengo celos.
BERNARDO: No hay de quién;
aunque no los llames celos
sino rigor y desdén.
Todo tiempo, oh Sancha ingrata,
tu amor con desdén me trata,
desde que a este monte y llano
frescas flores da el verano,
y el invierno helada plata.
Sólo tu rigor me aqueja
desde que el sol con su vuelo
pasa un signo y otro deja
bordando el raso del cielo
con su dorada madeja;
desde que empieza Dïana
y da fin el crüel Saturno
con su cabellera cana
a repartir por su turno
los días de la semana;
desde que en el firmamento
con su rapto movimiento
sale el sol que al aire dora
de las faldas de la Aurora
y se esconde en su aposento;
desde que la noche fría
al melancólico suelo
con sus lágrimas rocía
hasta que se afeita el cielo
con las colores del día;
al fin, en mi pecho moras
y tú, Sancha, me enamoras
con tus partes más que humanas
siglos, años y semanas,
meses, noches, días y horas.

SANCHA: Lisonjas falsas destierra
cuando vienes de esa sierra
que a pasos cazando mides,
licencia a señor no pides
para armarte e ir a la guerra.
Pues si te da más cuidado
la guerra que mi favor,
¿con esto no has declarado
que has quebrado ya en mi amor
pues que quieres ser soldado?
BERNARDO: No puedo, Sancha, negar
que es verdad; mas de esta suerte
he pretendido ganar
valor para merecerte.
SANCHA: Y aun para olvidar.

Sale GONZALO, viejo, con gabán y
báculo

GONZALO: Bernardo. Sancha.
SANCHA: ¿Señor?
GONZALO: ¿Qué tratáis?
BERNARDO; Hemos tratado:
yo cosas de cazador...
SANCHA: Y yo de las ruecas que he echado
de mi costura y labor.
GONZALO: Honrado entretenimiento.

Habla aparte SANCHA a BERNARDO

SANCHA: Trátale del casamiento.
BERNARDO: Y si no, ¿te doy enojos?
GONZALO: ¿Qué es lo que pides?
BERNARDO: ¿Los ojos
no han dicho mi pensamiento?
GONZALO: Yo no puedo adivinar.
BERNARDO: ¿Qué te puedo yo pedir?
GONZALO; Mil cosas que puedo dar.
BERNARDO; Pues, ¿qué ganó, por servir,
Jacob?
GONZALO: ¿Te querrás casar?
BERNARDO: Eso propio.
GONZALO: ¿Y es la esposa?
BERNARDO: ¿No ves tú quién puede ser?
GONZALO: ¿Sancha?
SANCHA: ¿Yo?
BERNARDO: Era melindrosa.
Quiere ella ser mi mujer
y agora está vergonzosa.

Tocan dentro una caja de marchar

BERNARDO: Pero, señor, ¿no has oído?
Soldados han descendido
de la montaña esta vez.
Sola una espada, pardiez,
y la bendición te pido.
Si verme entre moros puedo,
la espada te pagaré;
porque si muerto no quedo
corvos alfanjes traeré
de los moros de Toledo.
De Córdoba, borceguíes
que allá dicen marroquíes;
de Granada almohadas
de grana y oro labradas
que parezcan de rubíes;
caballos de los que cría
la fértil Andalucía;
la manteca de azahar
que el moro suele envïar
de Valencia a Berbería;
y si soldado me nombras
en estas plantas y riscos
que a tu casa hacen sombras,
pondré alquiceles moriscos,
turcos bonetes y alfombras.
GONZALO: Si quieres ser desposado,
¿cómo has de ir a ser soldado?
BERNARDO: Bueno es casarse, señor,
mas...
SANCHA: ¿qué dices?
BERNARDO: Que es mejor
estar ya, Sancha, casado.
GONZALO: ¡Ah, señor, la inclinación
descubre su natural!
¡Ah, columna de León!
¿Cómo en aqueste sayal
no cabe tu corazón?

Sale SUERO Velázquez

SUERO: Noble casa [en] que nací
con bienes y honra, ya tienes
un hijo pródigo en mí;
que el otro volvió sin bienes,
yo sin honra vuelvo a ti.
De verme en ti se recate
el padre que me desea;
porque mejor es que trate
que yo la ternera sea
que mi venida se mate.
GONZALO: Hijo.
BERNARDO: Señor.
SUERO: Con tal nombre
nadie me llame ni nombre.
No soy el que has engendrado
porque el hombre deshonrado
el ser ha perdido de hombre.
No des los brazos, señor,
a una hiedra que ha trepado
por los muros de tu honor;
y hoy en el mundo ha derribado
con su pequeño valor,.
A la cámara real
tu retrato has ofrecido,
y díjole un desleal
"miente;" que no ha parecido
al famoso original.
Calló como hombre pintado
tu retrato, y deshonrado
de la corte el rey lo echó.
Si soy tu retrato yo,
ya, señor, estoy borrado.
GONZALO: Dime con razón más clara
para matarte tu lengua.
SUERO: Sobra vergüenza en la cara
y falta aliento en la lengua
del que sus faltas declara.
Ancelino, un secretario
del rey que soberbia y fama
le ha dado el tiempo voltario,
quiso también a mi dama
como loco y temerario;
toda la noche y el día
con recados la ofendía.
Advertílo, replicóme;
enfadéme y ofendióme,
y díjele que mentía.
A su espada mano echó;
yo a la mía. Fui tras de él.
Vino el rey y preguntó:
--¿Qué es aquesto?-- Entonces él
dijo que me desmintió;
yo que estaba inadvertido
porque él era el desmentido,
quise hablar. Quedé confuso;
el rey en medio se puso
y con él quedé ofendido.
GONZALO: Cobarde hijo, desvía;
pues quebraste de esta vez
un báculo que tenía
para arrimo a la vejez
de esta sangre helada y fría.
¿A casa de un padre honrado
vuelves sin satisfacción
del honor que te han quitado?
¿Quien sale así de León
en un cordero se ha entrado?
Imprimieras en su cara
tu mano corta y avara,
y cumplieras con la ley
de quien eras; aunque el rey
la cabeza te cortara.
No me diera la tristeza
la muerte que tu deshonra;
que el pecho donde hay nobleza
ha de redimir su honra
a costa de su cabeza.
¿A tu casa vuelta das?
Tahur del honor serás;
que en la corte lo jugaste
y en perdiendo el que llevaste
vuelves a casa por más.
Pero yo advertirte quiero
que si al dado o al tablero
tu legítima perdieras,
volver a casa pudieras
para llevar más dinero;
pero agora, sabe Dios,
que con esto que has perdido
quedamos pobres los dos.
BERNARDO: Bernardo es el ofendido,
no vertáis lágrimas vos.
Don Suero estará vengado
si acaso está declarado
en las leyes del honor;
que la ofensa del señor
puede vengar el crïado.
Soy magnánimo gigante
que escalar los cielos pienso.
Soy colérico elefante
con la sangre de la ofensa
que me ponen hoy delante.
Soy tigre que voy buscando,
como leona bramando,
el hijo a quien tuve amor;
que es la honra de un señor
con quien yo me estoy honrando.
Con tus agravios estoy
como un mar con su tormenta;
bramidos de toro doy
en el coso de tu afrenta.
Rayo de esta nube soy;
a la corte voy. Perdona,
no me detenga persona
que le perderé el decoro;
que soy elefante, toro,
tigre, mar, rayo, leona.
GONZALO; Bernardo, vuelve. ¿Adó vas?
BERNARDO: No podré, que soy río
que tornar no puedo atrás.
GONZALO: Pues, ¿qué pudo el honor mío?
Torna tú; que sí podrás.
Esta venganza que ordena
el que a su honor satisface,
como virtud y obra buena;
que aprovecha a quien la hace
más que le vale la ajena.
Como una moneda ha sido
la satisfacción honrada;
que entre nobles no ha corrido
si acaso no está acuñada
por mano del ofendido.
Deja que sepa ganar
lo que ha sabido perder;
que hasta que se vuelva a honrar
ni a mi mesa ha de comer,
ni en mi casa ha de entrar.

Vase don GONZALO

SUERO: Tiene mi padre, Bernardo,
mucha razón. Sólo aguardo
tu consejo y tu favor.
BERNARDO: Hallarás en mí, señor,
un corazón muy gallardo.
SUERO: Parte, Bernardo, a León
y sabe si al secretario
le tiene agora en prisión
el rey; que fue mi contrario
en esta satisfacción.
Habla a don Sancho, mi tío,
que aunque el enemigo mío
no tiene mi calidad,
fijarás por la ciudad
carteles de desafío;
y en tanto, amigo, que vienes
en estas sierras aguardo.

Vase don SUERO

BERNARDO: En mí, crïado mantienes
que te servirá.
SANCHA: ¡Ah, Bernardo!

Al irse, ásele SANCHA a BERNARDO

¡Ah, traidor, qué prisa tienes!
¿Sin despedirte de mí
te vas a la corte así?
Bien con esto me has mostrado
que te doy poco cuidado.
BERNARDO: No me voy si quedo en ti.
SANCHA: Sí, te vas; pues que me dejas.
¿Qué me tienes de traer?
BERNARDO: Zarcillos a las orejas
que sordas quisieron ser
a mis lástimas y quejas;
gargantillas de cristal
que parezcan en tu cuello
azabache natural;
cintas para tu cabello;
para tus brazos coral
traeré, pues mucho te debo;
un verde sayuelo nuevo
en que mis esperanzas esté;
y a ti misma traeré
en el lugar que le llevo.

Vase. Salen MAUREGATO, ANCELINO, RAMIRO y algunos
moros. Saquen una caja sin tocarla y una bandera cogida

MAUREGATO: Espero coronarme antes del día,
agora que la noche está en silencio
por vuestro gran valor, alarbes moros
y la justicia que en mi empresa tengo.
CAPITÁN: Prosigue valeroso Mauregato
en hacer inmortales hoy tus hechos.
Contigo tienes moros valerosos
que a pesar de la muerte, envidia y tiempo
el reino te han de dar, cuya corona
tu nombre hará escribir en bronce eterno.
Sólo te falta confirmar agora
las condiciones que tratado habemos.
MAUREGATO: Capitán, el más fuerte que en España
con cristianos milita, yo prometo,
por los sagrados que nos miran,
de ofrecer a los moros largos pechos.
Cien doncellas daré, las más hermosas
que el sol con su dorado movimiento
alumbra entre cristianos, las cincuenta
hijas de algo, cincuenta labradoras
que en tributo daré todos los años.
Podéis, para regalo y pasatiempo
escoger en el reino a vuestro gusto;
que todo mi poder ha de ser vuestro gesto.
CAPITÁN: Con ése puedes ya darnos el orden
que habemos de guardar.
MAUREGATO: Eso lo dejo
a la industria y discurso de Ancelino.
ANCELINO: Si el mío ha de seguirse, es vencer presto
sin aguardar batalla rigurosa,
y ya que hemos llegado con secreto
junto a los muros de León famoso,
pues el portillo para entrar sabemos,
en linternas que tengo prevenidas
luces pongamos; que encubiertas dentro
cuando en los fuertes muros nos veamos
las luces en un punto sacaremos.
La gente que está dentro, descuidada
deslumbrada, después tanta luz viendo,
asombrada del son de las trompetas
y sonorosas parchas, tendrán miedo.
Apenas podrán ver a donde huyan.
Si queremos matar, muerte daremos,
si vencerlos no más, en esta noche
por vencidos los cuento desde luego.
La grande Jericó fue así ganada;
imitemos agora a los hebreos.
MAUREGATO: ¡Industria milagrosa! Entremos, guía;
que el reino ha de ser nuestro antes del día.

Vanse. Salen el rey ALFONSO y TIBALDO

TIBALDO: Ya, señor, como mandaste
dejo en ásperas prisiones
a don Sancho de Saldaña,
en el cubo de una torre.
Con buen ánimo me dijo,
--Pienso sufrir estos golpes
con que el tiempo ha derribado
el crédito de este conde,
porque el vasallo leal
siempre ha de vivir conforme
con la voluntad del rey
si se ha de preciar de noble.
Y como no es cosa nueva
que una nave se trastorne
[........................]
cuando el mar salado rompe,
no es nuevo que en este mundo
caiga de su trono un hombre,
pues son olas inquïetas
las privanzas de las cortes.
A su majestad suplico
que mis defectos perdone,
y pues que ya están proscritos,
con su clemencia los borre--.
ALFONSO: No era rey ni yo sabía
su malicia y culpa entonces,
siendo rey, cupe mi agravio.
Sufra pues, padezca y llore.

Dentro [tocan] a rebato y dan voces

VOCES: ¡Viva! ¡[Viva] Mauregato!
¡Rey ha de ser esta noche!
ALFONSO: ¿Quién alborota a León
con rumor de guerra y voces?

Sale un CRIADO alborotado

CRIADO: Ampara, señor, tu reino
y a tus vasallos socorre,
antes que de su ruína
y de ellos la muerte llores.
Esta noche miserable,
no sé cómo ni por dónde,
en León se ha entrado gente
que ni se ve ni conoce.
Entre las voces y gritos
que van dando, sólo se oyen
de Mauregato y de Alfonso
de cuando en cuando los nombres.
Los de León que esto ven
luego a salir se disponen.
Vuelven ciegos, deslumbrados
de diversos resplandores.
Con linternas encendidas,
con luces y con faroles
van todos y de esta suerte
cualquiera los desconoce.
Ni sabemos si son moros,
ni franceses ni españoles;
que Mauregato ha incitado
a ser contigo traidores.
Mas sin duda son leoneses,
pues con tal secreto y orden
han ganado sin ser vistos
los alcázares y torres.
ALFONSO: Dios, a cuya providencia
nada se encubre ni esconde,
los castigos nos envía
conforme a las intenciones.
Sin duda no soy buen rey
pues Dios que lo reconoce
tan sin pensarlo me quita
el reino y me deja pobre;
pero si valen defensas,
hidalgos, alarma toquen.
Pues sois hijos de un León,
por fuerza seréis leones.

Vanse. Tocan al arma. Salen por la puerta dos
[ciudadanos] de León huyendo de los MOROS

MORO 1: El que quisiere la vida,
rey a Mauregato nombre.
CIUDADANO 1: Morir quiero y ser leal.
MORO 2: Pues, repare estos dos golpes.
MORO 1: Ríndete.
CIUDADANO 2: Tengo valor.
MORO 1: Niega, pues, en altas voces
que es rey Alfonso.
CIUDADANO 2: No quiero.
¡Viva!
MORO 2: ¡Que así nos deshonres!

Tocan. Sale el CAPITÁN moro y otros tras
TIBALDO

CAPITÁN: ¿Has conocido, cristiano,
otros brazos más feroces?
TIBALDO: Resistencia hay en los míos.
CAPITÁN: ¡Mientras que yo no los corte!
Ríndete humilde a mis pies
porque tu pecho perdone.
CIUDADANO 1: Entreguémonos.
TIBALDO: No es justo.
CIUDADANO 1: No hay otro medio que importe.

Salen los más que pudieren de León

TIBALDO: ¡Viva, Alfonso!
CIUDADANO 2: Es imposible
que al perdido reino torne.

Asómase MAUREGATO a lo alto, armado,
coronado, con una lanza al hombro y dos moros a los lados con dos
hachas encendidas

MAUREGATO: Hidalgos asturianos,
cuyos famosos blasones
hará perpetuos el tiempo
para que a los reyes honren,
Mauregato es el que os habla,
el que ha vivido entre montes
para sufrir como ellos
la máquina de esta corte.
Un rey tenéis valeroso
con pecho de duro bronce,
y de fuerzas tan extrañas
que gobierna entero un roble.
Díganlo en esas Asturias
osos y ciervos veloces
que aquestos desguijaraba
a falta de los leones.
No habrá desde el claro Betis
hasta los hielos del Tormes
castellano ni andaluz
a quien mis fuerzas no asombren.
Hijo soy de Alfonso el magno,
rey vuestro y de los mayores
que han dado temor al mundo
con su valor y su nombre.
Si Alfonso reinar quisiere
nueva gente, y reinos cobre,
salga a prisa de los míos
antes que el cuello le corte;
que ya en Oviedo y León
he mandado que tremolen
en posesión de los reinos
mis no vencidos pendones.
El que quisiere seguirme
las insignias de paz tome
antes que el cercano día
descubra sus arreboles.

Quítase MAUREGATO y vase a entrar y
detiénese a las voces de ALFONSO que aparece en otro muro
con otras dos hachas a los lados

CIUDADANO 1: Hidalgos, viva quien vence.
Sigamos los vencedores.
CIUDADANO 2: Mauregato es nuestro rey.
Su cabeza se corone.
ALFONSO: Descendientes de los godos,
¿dónde está la sangre noble
que vuestras venas crïaban?
¿Dónde vais? ¿A ser traidores?
Vuestro legítimo rey,
¿es razón que se despoje
de las insignias reales
para que un bastardo adornen?
TIBALDO: ¿Quién nos habla?
ALFONSO: Vuestro rey.
TIBALDO: Huye, Alfonso, no provoques
el pecho de Mauregato
porque su vida perdone.
ALFONSO: ¡Vasallos!
CIUDADANO 1: Ya no lo somos.
ALFONSO: Los leales cazadores,
¿dónde están?
CIUDADANO 2: En nuestros pechos.
ALFONSO: ¿Quién los ciega?
TIBALDO: Dos temores:
de tu vida y de la nuestra.
Por todos peligro corre.
Golpes son de la Fortuna.
Ni nos culpes, ni te enojes.

Vanse y queda ALFONSO solo

ALFONSO: Ya, reino, perdido vas.
Plega a Dios no hayas perdido
la fe con que agora estás
y que por malo que he sido
no me eches menos jamás.
Plega a Dios, muerto León,
que seas el de Sansón
y que en ti nazca un panal
para tu bien y por mal
de la morisca nación.
A Navarra voy huyendo,
no por temor de la muerte
sino porque así pretendo
con un ejército fuerte
ganar lo que estoy perdiendo.
Tú, León, en quien me vi
diferente del que aquí
mientras que volver no pueda
todo también te suceda
que no te acuerdes de mí.

Vase. Sale BERNARDO con un cartel y un bastón

BERNARDO: Gracias a Dios que en León
me hallo y adonde espero
dar a mi señor, don Suero,
honrada satisfacción.
En aquesta mármol frío
y más que mi Sancha duro
fijaré por más seguro
el cartel de desafío.

Salen RAMIRO y ORDOñO

RAMIRO: Hacernos debe mercedes
el rey con pródiga mano.
ORDOÑO: Papeles fija un villano
en mármoles y paredes.
¿Qué será?
RAMIRO: No sé qué sea.
Preguntárselo deseo.
ORDOÑO: Labrador, ¿es jubileo
que se gana en vuestra aldea?
BERNARDO: Una indulgencia es, señor,
que la gana una persona,
y con ella se perdona
un deseo en el honor.
ORDOÑO: ¿Qué Papa la ha concedido?
BERNARDO: El papa del desagravio,
y cualquier honrado y sabio
la gana si está ofendido.
ORDOÑO: Nuevos pontífices son.
BERNARDO: Sí, que también en el suelo
tiene las llaves del cielo
la justicia y la razón.
RAMIRO: Si es cédula de alquiler
o venta de vuestros bueyes
en las casas de los reyes
no es bien que ese escrito esté.
ORDOÑO: ¿Qué alquiláis, villano honrado?
BERNARDO: Deshonrado caballero,
yo mismo alquilarme quiero.
ORDOÑO: ¿Y es vuestro oficio?
BERNARDO: Extremado.
Sé castigar socarrones
que en las cortes adulando
los vientos andan papando
para ser después soplones.
Castigo los lisonjeros
que siempre han sido sus fines
hacer de abuelos ruínes
nietos grandes caballeros.
Al que nació en pobre estado,
y el mundo volando mira,
en alas de la mentira
que ha vestido y afeitado.
Al que ayer sirviendo vi
para ser mozo, aunque viejo,
que quiere ser del consejo
que no tiene para sí,
los que no quieren iguales
siendo en esto como Dios,
éstos castigo.
RAMIRO: A los dos,
¿por qué nos tienes?
BERNARDO: Por tales.
RAMIRO: ¡Gracioso a fe!
BERNARDO: Soylo poco.
Vosotros sí, que vivís
con gracias.

Salen ANCELINO y un MORO con su adarga

ORDOÑO: Los dos venís
a tiempo de ver a un loco.
MORO: ¿Qué hace en aquella puerta?
BERNARDO: No hago ningún yerro.
Esperando estaba un [perro]
para llevar a mi huerta.
ANCELINO: Gusto el villano nos siente.
BERNARDO: Cualquier perro o cristiano
que me llamare villano,
téngase dicho que miente.
ORDOÑO: Pues, ¿qué eres?
BERNARDO: Un labrador
tan honrado como él;
que he puesto aqueste papel
en nombre de mi señor.
ANCELINO: Quitadlo para romperlo.
BERNARDO: Pues yo, ¿de qué sirvo aquí?
RAMIRO: De mirar.
BERNARDO: Pues, ¿no hay en mí
valor para defenderlo?

Llega RAMIRO a quitarle y no se atreve

BERNARDO: ¿Dónde vas?
RAMIRO: A hacerlo pedazos.
BERNARDO: Llegue, pues, el fanfarrón;
sabrá lo que es un bastón
regido por estos brazos.
ANCELINO: ¿Qué temes a este villano?
BERNARDO: Ya se tiene un "miente" a cuenta.

Llega ANCELINO y no se atreve, y llega el MORO y va
a bastonazos tras él

ANCELINO: El que no es igual no afrenta.
BERNARDO: Llegue, pues, llegue la mano.
MORO: Yo llegaré, y el papel
rasgaré en tu misma boca.
BERNARDO: Pues mire que si le toca
que ha de ladrar como él.
Huya el galgo pues que sabe
correr, pues la caza sigue.

Vase el MORO

ORDOÑO: Ancelino lo mitigue
antes que aquí nos acabe.
BERNARDO: ¿Quién es Ancelino aquí?
ANCELINO: Yo soy quien dijiste.
BERNARDO: Pues,
este cartel que aquí ves
viene, traidor, para ti.
Don Suero te desafía.
Señala campo y jüeces
y yo te reto mil veces
de traición y alevosía.
El vestido y el calzado,
la comida, armas y cama
y cuanto tuyo se llama
queda por traidor retado.
Vasallo soy de don Suero
de quien al rey le dijiste
que sólo le desmentiste
desmintiéndote él primero.
Y así como su hechura
te he dicho, falso, quien eres.
Si de mí vengarte quieres,
seguir mis pasos procura.

Vase BERNARDO

ANCELINO: ¿Tal escucho y no le sigo?
RAMIRO: En nada estás agraviado;
que es un villano y crïado
de tu afrentado enemigo.
ORDOÑO: El papel rasga.
ANCELINO: De enojos
para rasgarlo y leer,
fuerza y luz no he de tener
en las manos ni en los ojos.

Salen MAUREGATO y ELVIRA

MAUREGATO: Dama, en extremo he sentido
que con tan poca cordura
sin saber de tu hermosura
a un capitán te he ofrecido.
Pero ya mi corazón
tanto se alegra de verte
que estimo más el perderte
que a este reino de León.
ANCELINO: El rey, ¿qué podrá querer
a mi Elvira?
MAUREGATO: Hoy será justo
que al ídolo de mi gusto
sacrifique tal mujer.
Dame un abrazo.
ELVIRA: ¡Ay, mi Dios!
Amparad la que os adora.
ANCELINO: (Yo seré tu amparo agora, Aparte
pues nos importa a los dos).

Vanse RAMIRO, ORDOñO y ANCELINO

MAUREGATO: No muestres el pecho ingrato
porque abrazarte me atrevo.

Tocan dentro a rebato

Algún motín hay de nuevo
pues que tocan a rebato.
Acudir quiero a saber
este escándalo y motín.
Espérame, serafín
en forma de una mujer.

Vase MAUREGATO. Sale por otra puerta ANCELINO

ANCELINO: (Buena industria fue la mía Aparte
para echar al rey de aquí.
Amor, si vuelves por mí,
celebrar pienso este día).
Mi cielo, mi doña Elvira,
cuyo norte y resplandor
el aguja de mi amor
tocada en tu piedra mira,
por casada te he tenido
con don Suero, y con recato
hice rey a Mauregato
del rey Alfonso ofendido;
mas ya, Elvira...

Sale el CAPITÁN moro

CAPITÁN: (Esta cristiana Aparte
desde el punto que fue mía,
amores y celos cría
con su vista soberana.
Llevármela quiero ya).
Venid, señora, conmigo.

Sale MAUREGATO

MAUREGATO: No tengo hasta aquí enemigo.
Todo el reino quieta está
que si el conde de Saldaña
está preso, no ha de ser
hombre que pueda ofender
mi valor y fuerza extraña.
CAPITÁN: Con tu licencia, señor,
quiero partir.
ELVIRA: (Y partirme Aparte
el alma que tengo firme
en mi ley.)
ANCELINO: (Y yo en tu amor). Aparte
MAUREGATO: (Pues que perdí la ocasión Aparte
y la prometí sin ver.
¡Paciencia, si he de tener
por una dama un León!)
Cuando quisieres, te parte
dejándome alguna gente
y al rey darás mi presente.
ANCELINO: (Elvira, ¿podré librarte?) Aparte

Vanse. Sale BERNARDO solo

BERNARDO: Si salgo fuera de León
y paso por esta torre,
siento una nueva pasión
y toda mi sangre corre
a alentar el corazón.
Torre que el cuello levantas
hasta las estrellas santas,
mucho vales, mucho puedes:
pues con tus mudas paredes
me alborotas y me espantas.
Alguna deidad se encierra
en tus archivos supremos;
que ha causado en mí esta guerra
porque ambas nos parecemos
en ser compuestos de tierra.
Oh, piedras, no seáis avaras
si algunas reliquias caras
tenéis en tanto silencio;
que os adoro y reverencio
como si fuérades aras.

Sale el CAPITÁN moro, otros dos [moros] y
ELVIRA

CAPITÁN: En mí un cautivo tendrás
y una voluntad muy llana,
y si tu ley vale más
el alma tendré cristiana
porque tú mi alma serás.
ELVIRA: Con razón mi suerte dura
el Mahoma de tu seta
me ha hecho, pues mi hermosura
ha sido un falso profeta
de la ley de mi ventura.
(¡Ay, reino mal gobernado! Aparte
¡República de mil yerros!
De tu cuerpo me has cortado
y me arrojaste a los perros
como miembro cancerado.)
BERNARDO: (¿Tendrá Bernardo paciencia Aparte
viendo a una dama llorosa
llevada así con violencia?
No es mi Sancha tan hermosa
y perdóneme su ausencia.)
Brazos, aquí es menester
descubrir vuestro poder.
Dame tu favor a mí
para dártelo yo a ti,
hermosísima mujer.
¿Va acaso de buena gana
esa dama con vosotros?
CAPITÁN: ¡Oh, qué pregunta villana!
No; llevámosla nosotros.
BERNARDO: ¿Y sabéis como es cristiana?
CAPITÁN: Sí. (El villano es del cartel. Aparte
Vengaréme agora de él).
BERNARDO: Pues, si han venido a cazar
hoy la presa ha de quitar
a tres galgos un lebrel.
No va bien de esa manera
un serafín con Mahoma,
con lobos una cordera,
con cuervos una paloma.
CAPITÁN: ¡Oh, villano! ¡Dadle! ¡Muera!
BERNARDO: Ambas cosas cumpliré
que la dama habéis de darme
y yo también moriré
cuando Dios quiera matarme.
CAPITÁN: Sin ser Dios te mataré.
BERNARDO: Dos vidas me habrás quitado
si el alma doy en despojos,
una la que Dios me ha dado
y otra que me dan los ojos
de ese cielo que he mirado.
¡Reparad, perros!

Da en ellos

CAPITÁN: ¿Quién eres,
monstruo de naturaleza?
BERNARDO: Defensor de las mujeres.
ELVIRA: Dale mi Dios fortaleza
si darme la vida quieres.
BERNARDO: Noche seré negra y fría
que os he de quitar el día
porque este sol, no es razón
que se ponga hoy en León
y que salga en Berbería.
CAPITÁN: Muro soy de la milicia.
BERNARDO: Hoy lo veré derribado
por tu soberbia codicia
porque soy rayo arrojado
del trueno de la justicia.

Huyen los moros

Cobardes, ¿por qué hüís
si tres y armados venís?
CAPITÁN: Porque eres un Lucifer.
BERNARDO: Ése no os puede ofender
que es el Dios a quien servís.
Tras de vosotros iría
pero es presa sin provecho.
Alégrese el triste día
pues la niebla se ha deshecho
que tu sol escurecía.
Por tu rostro y ojos bellos
soy un cristiano Sansón.
Mi fuerza está en los cabellos
pero aquésos tuyos son
que el valor me tiene de ellos.
Y pues ya segura vives
si dones de hombres recibes,
recibe la voluntad
de quien te dio libertad
para que tú le cautives.
ELVIRA: De quien me libre y rescata
[recibo el favor.]
BERNARDO: Me admira
la modestia con que trata
el donaire con que mira,
y la prisa con que mata.
(Ya, Sancha, puedes creer Aparte
que el amor pasado pierdo
aunque en mucho has de tener
que de tu nombre me acuerdo
mirando aquesta mujer).
ELVIRA: Caballero o labrador,
sombra, espíritu o favor
que del cielo me ha venido,
¿quién eres?
BERNARDO: Ángel he sido
de la guarda de tu honor.
De esa montaña nací;
mis padres no conocí
aunque en nada los imito
pues cual cera me derrito
después que tus ojos vi.
ELVIRA: (¿Quién habrá que no se asombre Aparte
de un labrador tan gallardo,
tan urbano y gentil hombre?
[................... Bernardo]
[..........] ¿Cómo es tu nombre?
(Si el corazón no me engaña, Aparte
éste es hijo de Jimena
y del conde de Saldaña).
BERNARDO: Aunque la estancia no es buena,
vamos, dama, a esa montaña.
Verás las sierras hermosas
que viste abril de librea,
guarnecidas de sus rosas
y el diciembre las platea
con nevadas mariposas.
Siempre las pacen ganados;
las ovejas valedoras
entre los valles y prados,
y las cabras trepadoras
entre los riscos pelados.
De sus ásperas entrañas
brotan agua las montañas
que cuajada en cristal frío
cae despeñada en un río
enramado de espadañas.
Allí en robles erizados
las abejas cuidadosas
labran panales dorados
picando flores y rosas
de los árboles y prados.
Así mi pecho fïel
te dará mil cosas buenas;
un oso seré crüel
que descorcharé colmenas
para sacarte la miel.
En abril la tierna almendra
el pámpano y el hinojo
que entre las zarzas se engendra
el clavel temprano y rojo
con el lirio y con la cendra;
el mayo que amor enseña
te dará la guinda roja,
regalada aunque pequeña
en junio la breva floja
y la amarilla cermeña;
el julio la suave pera
que almizque hurto el olor
y el color robó a la cera,
la manzana que dolor
causó a la mujer primera;
en el agosto abrasado
las uvas en su sarmiento,
en el septiembre templado
con el durazno avariento
el membrillo más guardado;
el octubre en quien helada
muestra su cara el otoño,
la castaña que está armada
arrebolado el madroño,
y la nuez encarcelada;
y porque más viva esté
la memoria entre los dos,
un alma al fin te daré
tan amable para Dios
según nos dice la fe.
ELVIRA: Como obligada le estoy,
aficionándome voy.
BERNARDO: ¿Qué me dices?
ELVIRA: Que te digo.
BERNARDO: Llevando tu sol conmigo
una esfera cuarto soy.

Vanse los dos

FIN DE LA SEGUNDA JORNADA

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