Las desgracias del rey Don Alfonso el casto — Jornada I

LAS DESGRACIAS DEL REY DON ALFONSO EL CASTO

Antonio Mira de Amescua

Texto basado en la edición príncipe, FLOR DE LAS COMEDIAS DE ESPAÑA DE DIFERENTES AUTORES, QUINTA PARTE (Barcelona: Cormellas, 1616). Fue editado en forma electrónica por Vern G. Williamsen en 1986 como parte de sus investigaciones.


Personas que hablan en ella:

  • El rey don ALFONSO el Casto
  • Don SANCHO Díaz, el conde de Saldaña
  • Don SUERO Velázquez
  • Doña JIMENA, hermana del rey
  • Doña ELVIRA, dama
  • RAMIRO
  • ORDOÑO
  • ANCELINO
  • El conde TIBALDO
  • MAUREGATO hijo ilegítimo de Alfonso el Magno
  • BERNARDO, labrador
  • SANCHA, labradora
  • Don GONZALO
  • El CAPITÁN Muza, moro
  • MOROS, de acompañamiento
  • Dos CRIADOS
  • Dos plateros PEREGRINOS
  • Dos CIUDADANOS

LOA


Sale la LOA diciendo:
Queriendo la hermosa Dido
que aquel padre de troyanos
le refiriese la historia
de sus lamentables llantos,
le dice de aquesta suerte:5
“Eneas fuerte y gallardo,
cuéntame, si acaso gustas,
aquel desastre pasado
que entre ti y los griegos hubo”.
Él dice: “Quiero contarlo,
con tal que me des silencio”.10
Concediólo. Yo me espanto
poderlo acabar consigo;
que las mujeres son diablos.
Yo salgo a pedir silencio,
no a los hombres, porque es llano,
que tienen de conocerlo.15
Sólo con mujeres hablo;
que tienen tan largos picos
que pretendiendo gastarlos,
están parlando continuo,
sentadas, corriendo, andando,20
en sus casas, en la iglesia,
en el sermón, en los autos,
y aun me dicen que hay algunas
que están durmiendo y hablando.
Y, porque vengo mohino25
de un caso que me han contado,
referiré algunos males
de los muchos que han causado
para que se eche de ver
que las mujeres son diablos.
Ya saben que la primera30
causa de nuestro pecado
fue mujer, y de mujer
la forma en que le engañaron.
Mil males causó la Cava
a España, pues que duraron35
sus reliquias hasta que
el cielo envió a Pelayo.
Y también los causó Elena
a atenienses y troyanos
y a griegos, pues que dos veces40
a dos príncipes la hurtaron.
La primera a Teseo,
rey de Atenas a quien Castor
y Apolux en campal guerra
de su poder la sacaron;45
y la segunda, fue Paris;
que era lo de [los] troyano[s].
Príamo, aquéste la hurtó
a otro rey, que es Menelao.
Ningún bien causó tampoco50
Clitimnestra, pues dando
a su marido la muerte
fue causa de tantos daños.
Pero, ¿qué me maravillo?
¡Que las mujeres son diablos!
La cautelosa Semíramis,55
estando un tiempo reinando
con su marido, el rey Nino,
le pidió por solo espacio
de cinco horas su poder,
y apenas se le hubo dado60
cuando le mandó matar
por quedar con todo el mando.
Mil más pudiera decir;
pero déjolo, mirando
que vengo a pedir y el pobre65
nunca ha de ser porfïado,
y también me mueve a ello
ver que de allí me han mirado
dos mujeres que por señas
me dicen que calle, y callo;70
que me lo mandan mujeres,
que las mujeres son diablos.
Mas, si me fuera yo agora
con el cabello así largo
a meterme entre mujeres,
¡cómo saliera pelado!75
Más quiero volver la hoja
y deshacer el agravio
y en lo que toca a ser Eva,
causa de nuestro pecado,
yo digo que Adán lo fue80
y sábese de San Pablo
cuando dice que en Adán
mueren, y resucitamos.
Y Cristo, nuestro maestro
nos dice aquesto bien claro,85
que mujer nos dio el remedio
si por mujer fue el pecado.
Y así mal dice el que dice
que las mujeres son diablos.
Si algún mal causó la Cava
a España, sólo [Juliano]90
la forzó, y donde hay fuerza
nunca interviene pecado.
Si Semíramis mató
a Nino, fue porque estando
en sus reinos, no quisieron95
amplificar sus estados.
Después de muerto quedó
por reina, y en un caballo,
de todas armas vestida,
con sus gentes salió al campo100
sujetando muchos reinos:
Etíopes, Egipcianos.
La valerosa Cenobia,
de Palmirenos espanto,
es quien rindió a Capodacia105
y a Persia, y está enseñando
a dos hijos que tenía
el latín, griego y hebraico.
Las invictas amazonas
dieron poderío y mando110
a dos mujeres que fueron
las que España han envïado
reliquias de aquellos godos
que se han ido prolongando
hasta el tercero Filipo115
que Dios guarde muchos años.
Y así mal dice el que dice
que las mujeres son diablos.
Bien las he vuelto su honra.
A fe que me deben harto;
que lo que dije al principio120
era que venía enojado,
y agora lo iré también
si no dan lo que demando,
que es el silencio que dio
Dido a Eneas, y gustando125
oirán la mejor comedia
que se haya visto en tablado.
Y también doy la palabra
de que aquí y en cualquier cabo,
desmentiré al que dijere130
que las mujeres son diablos.

BAILE DEL AMOR Y DEL INTERÉS


Salen los MÚSICOS

MÚSICOS: Entre apacibles vergeles
que adornan flores vistosas
y cantan los ruiseñores
entre los lirios y rosas,
y las cristalinas fuentes
riegan hierbas olorosas,
y hace fértiles labores
y aljófar sus hojas brotan
haciendo el céfiro manso
en el jazmín y amapola,
un sonoroso rüido
al menear de las hojas
andaba a caza Cupido.

Sale Cupido con arco y aljaba y flechas, vendado
los ojos

Entre contento y congoja,
por negarle la obediencia
las damas bellas, graciosas,
miran que es obedecido
del pastor a la real pompa
rindiéndosele a sus pies
cuanto de este mundo gozan.
Siente que mujeres flacas
le quieren quitar la gloria,
y se la den a interés
entre preseas y joyas,
quítase el arco y aljaba
y entre la hierba lo arroja
cuando vio entrar a Interés
con gran majestad y pompa.

Sale Interés, muy galán con cadena y
sortijas de oro

Cadena de oro en el cuello,
sortijas, preseas y aljorcas,
alegre en ver que le estiman
el mundo y naciones todas,
paséase ante Cupido
y con meneos se entona.
No le hace acatamiento
de que Cupido se enoja.
Quítase la venda Amor,
y dícele: "Cómo osas
parecer en mi presencia,
siendo invencibles mis obras?"
Interés le ha respondido:
"Como han sido cautelosas
conociendo sus afectos,
se han acogido a mi sombra.
Los dos hacemos el juego
y porque es cosa notoria,
escucha aquesta razón
y conocerás mi gloria".

Obras son amores,
hermano Polo,
obras son amores
que no amor sólo.

Cupido replica: "Aqueso
es porque mi fuerza afloja
cuando el amor es fingido,
y dádivas le sobornan".
A aquesta razón responde
Interés aquesta nota:
"Dos amorosos galanes
quieren a una dama hermosa.
Pregúntanla a quién más ama.
Y ella dice melindrosa,
--Fulano me quiere mucho
mas Zutano me hace obras--.
Da el uno amor y palabras,
el otro da amor y doblas".
Interés es cosa firme
y Amor un jerigonza.
Si no, mira aquesta letra
que tu mismo nombre nombras,
y por verse atropellado
de sus entrañas te arroja.

Danzan al son de la letra

"Las damas de hogaño, Blas,
que visten sedas y galas,
querránte bien si regalas
y más cuando dieres más".

Dice Amor, "Es cierta cosa;
que no les diera su hacienda,
luego más parte me toca".
Quiso Interés replicar
mas Amor con voz sonora
dice que es cosa muy justa
que esté por igual la gloria.
Interés no lo consiente;
que el premio da la victoria.
Declaren por ser sentencia
Belisa y la bella Flora.

Salen Belisa y Flora en traje aldeano

Salen las pastoras bellas
como al salir de la aurora;
salen los rayos de Febo
haciendo ricas alfombras.
Las dos hacen reverencia
y ellos que los campos bordan
con luces de sus reflejos,
con su mesura se adornan.
Amor les propone el caso
y con razones exhorta
a que sentencien por él;
que es cosa que les importa.
E Interés descubre el hecho
y su gran cadena toca
mostrando preseas y anillos
y otras riquezas y joyas.
Las dos entran en acuerdo
y en sentenciar se conforman
que lleve sólo Interés
el lauro de la victoria.
Oyendo Amor la sentencia
a voces dice, "¿qué importa
que en los jardines del Chipre
tengo yo mi trono y pompa,
y allá en los campos Elíseos
suene mi sonora trompa,
y en el monte del Parnaso
que su publique mi gloria
si soy de Interés vencido?"
E Interés dice, "Aquí os toca
que hagáis lo que yo os mandare".
Y callando, Amor otorga,
"¿Por qué razón un bastardo,
hijo de una mujer loca,
conmigo se ha de igualar;
que soy quien el mundo asombra?
Seamos, Amor, amigos,
y con mudanzas graciosas
los dos quiero que bailemos
con estas damas hermosas".

Bailan al son de esta letra

Amor, pues quedáis vencido,
no tiréis,
porque os arrepentiréis.
Ya vuestras flechas, Amor,
que están de tormento y lloro,
Interés las vuelve de oro
que se reciben mejor.
Aplacad, luego, el rigor
y no tiréis
porque os arrepentiréis.
Amansad un poco el brío
en tirar a los amantes;
que con perlas y diamantes
tiene Interés señorío,
lo demás es desvarío.
No tiréis,
porque os arrepentiréis.
Bueno es Interés y Amor,
si los dos corren parejas;
que se entra por las orejas
este süave licor.
Mas Interés es mejor.
No tiréis
porque os arrepentiréis.

JORNADA PRIMERA


Suena música y salen al tablado [tres]
tambores, uno con un pendón levantado y en él un
león, otro con una fuente de plata con una corona, otro
con otra fuente con una espada. Después en orden, todos
los que pudieren y corriendo una cortina aparece en un tribunal
el rey don ALFONSO, armado el pecho, galán y descubierta
la cabeza. Arrímanse todos a los dos lienzos del
vestuario

ALFONSO: Hidalgos asturianos
reliquias y sucesión
de godos y de romanos,
fortaleza de León
que he de regir con mis manos;
por el valor sin segundo
que tenéis, máquinas fundo
para dar a España asombros,
y he puesto sobre mis hombros
el mayor peso del mundo.
Los reinos y majestades
suelen tener por grandeza
lisonjas y falsedades,
y así pongo en mi cabeza
montes de dificultades.
Poca paz y mucha guerra
son columnas de reinar;
que el hombre que en rey se encierra
entre las sirtes del mar
y volcanes de la tierra,
siempre ha de vivir velando.
La vida le van gastando
los cuidados con que lidia,
y los linces de la envidia
sus obras le están mirando.
Desde la gallega sierra
hasta la andaluz nevada
me está llamando la guerra.
Mirad si es carga pesada
para un hombre hecho de tierra.
En efecto a mi persona
el cuidado no perdona;
que a todo estaré ofrecido
desde oí que habrá ceñido
mis sienes esta corona.
SANCHO: Seas, Alfonso, de hoy más
para los moros un rayo
que abrase, y sí lo serás;
que eres nieto de Pelayo
y vas dejándole atrás.
Ya que es hecho la elección,
falta la coronación.
Permita, pues, tu persona
ponerle espada y corona
en señal de posesión.
De Pelayo es esta espada,
que el mundo causaba espanto
en su brazo levantada,
y si viviera otro tanto
viera a España restaurada.
Ármate, señor, con ella,
serás sol de la milicia
y hemos de jurar en ella;
tú de guardarnos justicia,
nosotros de obedecella.
Con aquesta un león se doma,
de tus vasallos la toma,
que darte quisieran ellos
el águila de dos cuellos
con el imperio de Roma.
Y si en aqueste estandarte,
por insignia un león te han dado,
ellos gustarán de darte
el fuego del scita helado,
del tracio el armado Marte,
las águilas del romano,
arco y flechas del persiano,
los leones del inglés,
los tres lirios del francés,
las lunas del otomano.
Y en tanto, señor, que vienes
a estos pomposos trofeos,
ciñe con ésta tus sienes,
que aumenta nuestros deseos
esta majestad que tienes.

Toma la corona y sube a coronar el REY

La corona te asegura
del reino la envestidura,
como a los pasados reyes;
pero de guardar las leyes
sobre esta espada jura.

Ponen la espada junto al rey [ALFONSO] y llegan
todos a feudar

ALFONSO: Pues ha de ser de esa suerte
en su cruz; que en la malicia
de muchos ha sido muerte,
juro de guardar justicia.
TODOS: Nosotros de obedecerte.
ANCELINO: De ti la reina conciba
más hijos que tuvo Egisto.
TODOS: ¡Viva Alfonso el Casto!
ALFONSO: ¡Viva!
Para que la fe de Cristo
en su defensa reciba.
Aunque hay hombres que son hechos
nobles por naturaleza,
libres de tributo y pechos,
la verdadera nobleza
se adquiere con nuestros hechos;
Tener la familia llena
de nobles, nobleza es buena;
mas ser solamente honrados
con hechos de los pasados
es buscar nobleza ajena.
Supuesto, pues, lo que digo,
si en España rica y bella
fue desdichado Rodrigo,
procuremos echar de ella
al africano enemigo;
que en los reales pendones
espero ver dibujadas
águilas, quinas, leones,
castillo, barras, granadas,
y otros famosos blasones.
Y espero dejar tal lauro,
si las Españas restauro,
que este león que celebro
beba del Turia, del Ebro,
del Tajo, Betis y Dauro.
SANCHO: Rey eres de las montañas.
Ensancha, Alfonso, tu tierra.
ALFONSO: Con vuestras grandes hazañas.

Tornan a tocar las cajas

TODOS: ¡Guerra, Alfonso, guerra, guerra!
¡Restauremos las Españas!
SUERO: Pues ya con tanto valor
te han jurado por señor,
los españoles cristianos
te hemos de besar las manos
o los pies será mejor.

Tocan la música y llegan de dos en dos al
rey humillándose. Luego hacen otra reverencia al
pendón real y suben a besar la mano al rey.
Levántese el rey a tomar el pendón [y]
cáesele la corona de la cabeza

ALFONSO: La corona se ha caído
de mi frente, ya he tenido
prodigio adverso.
SANCHO: Eso no;
que a caso rey se cayó.

Vuélvesela a poner

ALFONSO: Plegue a Dios que así haya sido.

Toma el rey el pendón y tres veces le
levanta y abaja, y la última vez se quiebra el asta del
pendón, y cae en el suelo, quedándose el rey con el
pedazo de él

SANCHO: Rota el hasta, ya me asombra.
ALFONSO: Mi Dios, que eterno se nombra,
dice que no me asegure
porque no hay reino que dure;
que esta vida es humo y sombra.
Los reinos y monarquías
de cualquiera rey o reina
son las olas del mar frías;
sólo Dios por siglos reina,
que el hombre reina por días.
Ningún rey seguro viva,
que el imperio que celebra
es de vidrio o flor altiva;
que entre las manos se quiebra
o que el aire la derriba.

Levanta el pendón don SANCHO y dale al rey

SANCHO: Esos agüeros desprecia;
tu corona estima y precia
porque sangre no ha llovido
el cielo como se vido
cuando entró Filipo en Grecia.
Como en la guerra de Dario
no han hablado las murallas,
la región del aire vario
no ha visto entre sí batallas
como en el tiempo de Mario.
En las nubes inconstantes
no has visto armados gigantes,
ni has visto como otros reyes
hablar los perros y bueyes
y ladrar los elefantes.
Junto al sol de luz eterna
no se ha visto una persona,
ni bramar una caverna.
¿Qué es caerse una corona
y quebrarse una hasta tierna?
Vive, señor, muy seguro;
pon el pendón en el muro.
Muestra el corazón más ancho.
ALFONSO: Bien me aconsejáis, don Sancho.
SANCHO: Tu vida y honra procuro.
ANCELINO: Ya León su rey te ha hecho,
acaba esta ceremonia;
que es de fuero y de derecho.
ALFONSO: La confusa Babilonia
llevo dentro de mi pecho.

Vanse en orden de dos en dos, y el rey
detrás, tocando la MÚSICA. Salen doña
JIMENA, con una carta abierta y un pañuelo a los ojos, y
doña ELVIRA

ELVIRA: Lágrimas das en despojos;
la carta te da pasión.
Sin duda dándote enojos
te ha deshecho el corazón,
pues lo destilan los ojos.
JIMENA: Siempre he sido desdichada
y como mis ojos vieron
una carta que me agrada,
con sus lágrimas quisieron
dejar la letra borrada.
ELVIRA: ¿Luego, lloras de placer?
JIMENA: Los gustos suelen hacer
que esté a veces afligida
porque gustos de esta vida
sin amargo han de tener.
Sigue el resplandor del día
la oscura noche que asombra,
la muerte pálida y fría
la vida al cuerpo, su sombra,
y el disgusto al alegría.
Y como tal pensamiento
hasta el alma me penetra,
y en la carta gusto siento
temo que de cada letra
ha de nacer un tormento.
ELVIRA: Será mi dicha muy corta
sin ese gusto, y te importa
contarlo porque es doblado
el gusto comunicado,
y el mal contado se acorta.
JIMENA: Son cosas para callar.
ELVIRA: Por fïel merezco lauro.
Más muda tengo de estar
que grulla pasando el Tauro,
y que pez cortando el mar.
De tu recato me admira,
mi amistad advierte y mira
al deudo y obligación.
JIMENA: Dices bien, tienes razón.
Oye, pues, mi doña Elvira.

Hízome el cielo piadoso
hermana de Alfonso el casto,
que a imitarle no borrara
estas letras con mi llanto.
Aunque viven en el mundo
los reyes idolatrados,
que apenas tienen deseos
porque de nada están faltos.
Aunque entre púrpura y telas,
y en camarines dorados
adulan sus majestades
lisonjeros cortesanos;
aunque gobiernan el mundo
en sus soberbios palacios
cuyos chapiteles de oro
escalan el cielo santo;
aunque dan blasones y honras,
no tienen seguro estado,
que también pueden los reyes
ser a veces deshonrados;
pies tiene torpes y feos
el pavón bello y ufano,
calentura el león, y frío
el elefante gallardo;
así los reyes del mundo,
aunque ricos, tienen algo
que refrene su potencia,
que en efecto son humanos.
Y como está de una suerte
sujeto el fino brocado
a la mancha negra y fea,
como la jerga y el paño,
suele caer en los reyes,
aunque son oro acendrado,
la escoria del deshonor
y la mancha del agravio.
Cayó por flaqueza mía
en la sangre que heredamos;
que como es vidrio la honra
quiebra por lo más delgado.
Por mis pecados, al fin,
quizá no por mis pecados
que es Dios incomprehensible
y son secretos sus casos,
hubo una justa en León
donde los godos hidalgos
quebraron lanzas al rey,
y entre ellas su honor quebraron.
Entre los nobles de Asturias
salió a la justa don Sancho,
digo el conde de Saldaña,
aunque bastaba nombrarlo.
Salió, con armas azules
y con azules penachos,
hecho un cielo en el color
y un infierno en mi descanso,
en un overo andaluz
que al margen del Betis claro
se crió dejando atrás
los vientos desenfrenados.
Corto el cuello, el rostro alegre,
de caderas fuerte y ancho,
no era potro ni era viejo
aunque estatua remendado.
De estas razones, mi Elvira,
podrás colegir de espacio
si olvidará al caballero
quien se acuerda del caballo.
Como ligera saeta
que disparada del arco
por el arrogante persa,
sin ser vista, llega al blanco.
Y como desde las nubes
girando bajan los rayos
hasta romper con su furia
los edificios más altos,
tal fue Sancho en su carrera
que de él fuimos derribados,
yo de toda libertad,
del caballo su contrario.
Tras sí llevó el corazón
de este pecho y corrió tanto
que me he quedado sin él
porque no pude alcanzarlo.
Al fin, desde aquellas justas
quedo con algún cuidado
de ver el que yo tenía
en oírlo y en mirarlo.
Son los ojos lenguas mudas,
son parleros secretarios,
del alma son vidrïeras
y del corazón retratos.
Ellos, al fin, le dijeron
lo que callaron mis labios,
con la grana de vergüenza
encendidos y encarnados.
Amor, con las flechas de oro,
para que no fuese ingrato
hirióle el pecho de acero
y así me sirvió dos años.
Al fin, para no cansarte,
de esposo le di la mano
y por ella me ganó
el resto de mi recato.
Correspondí a sus deseos
y a diez meses desdichados
tras los dolores de amor
me afligieron los de un parto.
Un niño grande y hermoso
el fruto fue de este árbol;
que por dar fruto sin tiempo
merece ya ser cortado.
Lleváronle a las montañas,
su nombre ha sido Bernardo,
y con orden de su padre
ha sido en ellas crïado.
Mil prodigios vide entonces.
Los edificios temblaron;
tronaron los aires densos,
aunque era invierno erizado.
Soñé que de mis entrañas
nació un león africano,
que a los franceses comía
y a los moros daba espanto.
Sospecho que ha de ser hombre
que a España sirva de amparo;
porque a veces saca Dios
grande bien de un gran pecado.
Ya hemos visto en este mundo
buen fin de principios malos,
y aunque aborrezca mi culpa
el suceso será honrado.
Hoy supe de su salud;
que me escribió don Gonzalo,
el que en su casa le tiene,
y esto ha causado mi llanto.

ELVIRA: Si tu afición no me engaña,
yo no te puedo culpar;
que tu culpa fuera extraña
con hombre particular,
no con Sancho, el de Saldaña.
JIMENA: Temo por muchos respetos
que mis esperanzas borre,
y que con pasos inquietos
el tiempo que aprisa corre
descubrirá mis secretos.
Las culpas no se encubrieron,
que aún las piedras las dijeron
y siempre lo que es mal hecho
aún no les cabe en el pecho
a los mismos que lo hicieron.
ELVIRA: Yo me voy; que el conde viene
y quizá te querrá hablar
algo que a los dos conviene.
JIMENA: Tu discreción singular
aficionada me tiene.

Vase doña ELVIRA y sale don SANCHO

SANCHO: ¡Mi Jimena!
JIMENA: ¡Mi don Sancho!
Ya mi corazón ensancho
por recibirte en mi pecho
aunque es aposento estrecho
y era menester más ancho.
SANCHO: Si he vivido dentro de él,
¿ya es estrecho?
JIMENA: Si, señor,
que siendo a mi amor fïel
tanto has crecido en amor
que ya no cabes en él.
Aunque si tienes de entrar
en mi pecho, es ancho mar
en constancia y en valor.
Aunque entren ríos de amor,
todos hallarán lugar.
SANCHO: ¿Y no podrá suceder
que mengüe?
JIMENA: Sí, puede ser;
mas saliendo amor de mí,
como ha de ser para ti
a su centro ha de volver.
SANCHO: Dices bien. ¿Qué carta es ésta?
JIMENA: De venta de mi virtud;
que hoy la he tenido por fiesta,
mensajera es de salud
que está esperando respuesta.
Don Gonzalo, vuestro tío,
de quien mi honra confío,
y no como en pecho ajeno,
me escribe como está bueno
aquel hijo vuestro y mío.
SANCHO: ¿Por eso habéis de llorar?
Antes la nueva merece
quitaros todo pesar.
JIMENA: Es verdad; mas me entristece
el no poderlo gozar.

Dicen dentro

ANCELINO: ¿Sabes que soy Ancelino?
SUERO: Ni pedirlo determino
porque le eres muy molesto.
JIMENA: Acude, don Sancho, presto
pon en paz a tu sobrino.

Vanse. Salen SUERO y ANCELINO

SUERO: Doña Elvira no consiente
tu amor, ni he de consentir
tu loco y necio accidente.
ANCELINO: Yo la merezco servir
con mucha razón.
SUERO: ¡Él miente!

Ponen mano a las espadas

ANCELINO: Sin duda quieres, traidor,
que esta espada con rigor
el infame pecho te abra
de quien nació la palabra
que me ha quitado el honor.

Sale don SANCHO

SANCHO: Quien la corte ha alborotado
merece ser castigado
aunque mi sobrino sea.
Apartad.

Entre el rey, JIMENA, RAMIRO, primo de ANCELINO, y
gente

ALFONSO: Luego se vea
quién de los dos es culpado.
ANCELINO: De mi misma boca fía;
que te diré la verdad.
A tu cámara venía,
díjome una necedad,
respondíle que mentía.
SUERO: ¿Hay tal maldad? ¿Tal permito
y la vida no le quito?
ALFONSO: En eso ofendes mi pecho;
que confesar lo mal hecho
es preciarse del delito.
SUERO: Escucha, señor, advierte
que yo fui...
SANCHO: Calla, cobarde,
pues no le diste la muerte.
[..................... -arde]
[..................... -erte].
ALFONSO: ¡Prendedlo ya!

Prenden a ANCELINO y llévanle

SUERO: ¿Hay tal afrenta?
ALFONSO: ¿Suero Velázquez consienta
que sin campo ni batalla
le satisfaga?
SUERO: Antes...
SANCHO: Calla,
la lengua tu agravio sienta.
ALFONSO: ¡Ah, don Sancho!
SANCHO: ¿Señor?
ALFONSO: Mira,
¿quién provocó el corazón
de Ancelino a tener ira?
SANCHO: Sospecho que celos son
y amores de doña Elvira.
ALFONSO: Llamadla; que hoy determino
casarla con tu sobrino.

Vase un criado

SANCHO: Será paz el casamiento.
RAMIRO: (Nueva será de tormento Aparte
para mi primo Ancelino).

Vase RAMIRO

SANCHO: (¡Ay, honra, como eres vida Aparte
del corazón principal,
si una vez estás perdida,
nunca tarde, poco o mal
le será restitüida.
Aquél que con honra nace,
mire en guardarla, qué hace,
porque un edificio labra
tan frágil, que una palabra
lo derriba y lo deshace.
Gran vigilancia conviene
que el honor por valer más
tan hecho espíritu viene
que no se siente jamás
hasta que ya no se tiene.)

Sale doña ELVIRA

ELVIRA: ¿Qué manda tu majestad?
ALFONSO: Darle dueño a tu beldad,
a tu pecho fortaleza,
a tu cuerpo otra cabeza,
a tu honor seguridad,
darle a tu casa gobierno,
un freno a tu voluntad,
prudencia a tu ingenio tierno,
imperio a tu libertad,
a tu cuello un yugo eterno,
un descuido a tu cuidado,
a tu edad honroso estado,
para tus dudas consejo,
para tus ojos espejo,
y en efecto un desposado.
ELVIRA: (Si será don Suero, sí, Aparte
mi ventura será inmensa).
SUERO: (¡Qué aquél que desmentí Aparte
me atribuyese su ofensa,
pues vivo, no la sentí!
¡Ah, rigurosa Fortuna,
ayer dos almas tenía
y hoy he perdido la una!)
ALFONSO: (Trocar quiero en alegría Aparte
esa tristeza importuna).
Hoy quiero dar galardón
a tu amorosa pasión,
a tus padres alegría,
a tu lecho compañía,
regalo a tu corazón,
canas a tu poca edad,
a tu hacienda nueva parte,
aumento a tu calidad,
y otro tú imagino darte
para mayor igualdad.
SANCHO: (¡Qué seis letras han deshecho Aparte
la nobleza de este pecho;
mas las obras han de ser
las que habrán de deshacer
lo que palabras han hecho!)
ALFONSO: Una esposa te doy. Mira,
que serla tuya merece;
porque es un cielo que admira,
es un sol que resplandece,
y en efecto es doña Elvira.
ELVIRA: (Si es verdad que me ha querido, Aparte
¿cómo no muestra don Suero
que contento ha recibido?)
SUERO: (Yo le desmentí primero; Aparte
mas, ¡ay, que a solas ha sido!
¡Y él con gente cortesana!
Mi deshonra al fin es llana;
que es la honra la opinión
del pueblo, y los hombres son
con quien se pierde o se gana.
¡Abriré el pecho inhumano!)
ELVIRA: (Que me aborrece es muy llano Aparte
el que me adoraba ayer).

Está divertido don SUERO y llega el rey y
tírale del brazo

SUERO: (Su amigo no pienso ser). Aparte
ALFONSO: Deisle, don Suero, la mano.
SUERO: ¡La mano? (Su majestad Aparte
me obliga a no obedecello.
¡No, afrenta mi calidad!
Tuerza, si gusta, este cuello
pero no esta voluntad).
ALFONSO: Dadle la mano, don Suero.
SUERO: No está bien a un caballero
tal amistad ni tal mano.
ELVIRA: ¡Ah, traidor, falso, villano,
tal oigo y no desespero!
ALFONSO: ¡Ah, don Suero! ¿Habéis oído
lo que os he dicho?
SUERO: Señor,
lo que dices he entendido;
mas no conviene a mi honor.
ELVIRA: (¿Él ha estado divertido?) Aparte
SUERO: (¿Yo su amigo? No haré tal Aparte
aunque me venga más mal
que hasta aquí, si esto es posible.)
ALFONSO: Aspero estás y terrible.
SUERO: Por ser noble y principal.
ELVIRA: (¿Y yo no lo soy, traidor? Aparte
¿A esto me ha llamado el rey?)
SUERO: Que obedezco a mi señor,
[.................. ley],
en lo bueno y justo es rigor.
Su majestad no lo pida;
que la honra amortecida
en sí es posible tornar,
pero no resucitar
si pierde toda la vida.
Aunque mi agravio repara
llegarla ya con mi mano;
mas ha de ser en la cara.

Vase don SUERO

ELVIRA: (¿A mí bofetón, villano? Aparte
¡Quién la vida le quitara!)
ALFONSO: (O está loco o no ha entendido.) Aparte
ELVIRA: (Estará loco fingido.) Aparte
ALFONSO: Suero Velázquez, espera.
SANCHO: ¡Vuelva, aguarda!
ELVIRA: No quisiera.
(¡Qué esto hubiera sucedido!) Aparte

Vanse todos y queda sola ELVIRA

ELVIRA: ¿Quién vio tal deshonor
en quien ayer era piedra
en firmeza y en valor
y en quien ha sido la hiedra
de los muros de mi amor?
Mas el tiempo de esta suerte
derriba el muro más fuerte,
el agua gasta la piedra,
el sol marchita la hiedra,
y todo tiene su muerte.
El sol fui de sus amores,
y él jardín en quien decía
que como con sus favores
el alba perlas vertía,
era yo perlas y flores.
Pero viene tiempo en fin
que el hielo quema el jardín,
el alba aljófar no ofrece,
la luz del sol se oscurece,
y todo tiene su fin.
Pero mi mal no remedio
sintiéndolo de esta suerte,
quiero buscar otro medio,
que, si en todo hay fin y muerte,
todo mal tiene remedio.

Vuelve don SUERO

SUERO: Ya, León, no me verás
hasta que venga... ¿Aquí estás,
mi Elvira, mi bien , señora?
Dame tu licencia agora
para no verte jamás.
Un hidalgo deshonrado
no merece la presencia
de este rostro que he adorado.
Muera a manos de tu ausencia
para ser más desdichado.
ELVIRA: Loco, falso, necio, infame,
que así es justo que te llame.
¿Cómo a mi presencia has vuelto?
¿O acaso vienes resuelto
a que tu sangre derrame?

Vase doña ELVIRA

SUERO: Ya con desdenes me mata
quien me dio vida sin ellos.
Trueque el tiempo, ¡oh falsa ingrata!,
el oro de tus cabellos
en blancas hebras de plata.
Pecho y cuello transparentes
del cristal con que me alegro
hallen ébano las gentes,
granos de azabache negro
el aljófar de tus dientes.
A tus manos de mosquetas
cristalinas y perfetas,
haga el tiempo mil agravios;
los corales de tus labios
vuelva en moradas violetas.
Arrugue tu tez serena
en cárdenos lirios trueque;
tus mejillas de azucena
tus años floridas seque...
¡Pero no! ¡Qué es darme pena!
Hoy me matan con rigor
tu desdén y mi deshonra,
y no sé cuál es mayor
si la falta de mi honra
o la falta de tu amor.
Infame al fin me llamaste,
bien el nombre me acertaste;
que sólo ese nombre tengo
en tanto que no me vengo
de aquél que sin duda amaste.
Pero hago voto al cielo
a mi ofensor y a mi dama
de estar al calor y al hielo
sin entrar en blanda cama
durmiendo en el duro suelo,
de no mudar el vestido,
ni el cabello más crecido
cortar, ni tratar con gente
hasta que ofenda y afrente
al mismo que me ha ofendido.

Vase don SUERO. Salen RAMIRO y ORDOÑO, el
uno con papel y tinta

RAMIRO: Sin duda lo habrá sabido.
ORDOÑO: Holgara que lo supiera.
RAMIRO: La mala nueva es ligera
y es mala la de un olvido.
Ya lo sabrá, y en su llama
más calor habrá imagino.
ORDOÑO: Bueno quedará Ancelino
con enemigo y sin dama.
RAMIRO: Aún vale que el agraviado
no fue mi primo.
ORDOÑO: Es verdad,
pero no hay seguridad
con un ofendido honrado.
RAMIRO: El tiempo cura las cosas
con el amistad y el favor.
ORDOÑO: Heridas en el honor
son heridas peligrosas.
Las del honor quebradizo
son heridas de alacrán,
que curarse no podrán
sin el mismo que las hizo.
Como la abeja atrevida
es quien afrenta a un honrado
porque en habiendo picado,
le dura poco la vida.
RAMIRO: Deja agora esos temores.
Si acaso parece, mira
y sepa como su Elvira
fue precio de otros amores.

Asómase ANCELINO al balcón

ORDOÑO: Ancelino.
ANCELINO: ¿Quién me llama?
ORDOÑO: Quien trae nuevas de disgusto
y el gusto sin algún gusto.
ANCELINO: Luego serán de mi dama.
RAMIRO: No es bien que la llames tuya,
ni aún suya ha de ser llamada,
porque es la mujer casada
de su marido y no suya.
ANCELINO: ¿Doña Elvira se ha casado?
RAMIRO: Agora el rey la casó,
porque aplacar procuró
a tu enemigo agraviado.
Luego la pendencia ha sido
de la honra y el amor.
Don Suero perdió el honor
y tú la dama has perdido.
ANCELINO: ¡Ay, amigos! ¿De qué suerte
tales nuevas he escuchado
y en albricias no os he dado
las de mi temprana muerte?
Digo que quisiera ser
--y nadie, amigos, se asombre--
ofendido de tal hombre
a trueco de tal mujer.
RAMIRO: ¡Oh, primo! No digas más
esa razón; que te infama.
Hallar podrás otra dama
y otra honra no hallarás.
Y aun esa mujer liviana
que te ha dejado, si fuera
agora tuya, pudiera
dejarlo de ser mañana.
ANCELINO: Yo me pienso resolver
en darle rienda a mi amor;
que quien le quitó el honor
le ha de quitar la mujer.
Pues al rey se la he pedido
y habiéndomela negado,
a don Suero se la ha dado.
El rey me tiene ofendido.
Ya no podré refrenar
mi cólera, que estoy loco.
El rey me ha tenido en poco
pues no me la quiso dar.

Vase quitando las ligas y atándolas al
balcón

Vengarme, amigos, conviene.
ORDOÑO: ¿De quién vengarte has querido?
ANCELINO: De uno que en nada he tenido
y otro que en nada me tiene.
Dejar quiero la prisión.
RAMIRO: No desciendas. Vuelve arriba.
ANCELINO: No, abajo; que me derriba
el peso de mi pasión.

Desciende

RAMIRO: Lo que hacer quieres ignoro.
ANCELINO: Quebrar de honrado la ley
con quitar al reino a un rey
que me quitó la que adoro.
ORDOÑO: Ni es justo ni hacerlo puedes.
No tengas tal pensamiento;
que a voces dirán tu intento
aquestas mudas paredes.
ANCELINO: La reprobada traición
que al hidalgo no conviene,
dos partes iguales tiene
que hacerla y pensarla son.
Y siendo aquesto verdad
ya, amigos, estoy culpado,
porque en haberlo pensado
tengo hecho la mitad.
Esos papeles, ¿qué son?
¿Para qué pluma traías?
RAMIRO: Para si acaso querías
escribir en la prisión.
ANCELINO: Dame, pues escribiré
cosas que al rey den temor.
RAMIRO: Ciego estás.
ANCELINO: Con el amor
y con agravios cegué.
Sólo me puede ofender
don Sancho en mi pretensión,
y con aquesta invención
le he de quitar el poder.
Mientras puede averiguar
el rey aquesta mentira,
por librar mi doña Elvira
el reino le he de quitar.

Escribe ANCELINO

RAMIRO: Paréceme que Ancelino

delira con este humor.
ORDOÑO: Ya tiene para traidor
andado el medio camino.
¿Qué será su pretensión?
RAMIRO: Será buscar con recato
al valiente Mauregato
y hacerle rey de León.
ANCELINO: Hoy intento una hazaña
con que nombre me darán
de segundo Julián
para los reinos de España.
Hoy, si este reino persigo,
Alfonso el casto ha de ver
que merecí la mujer
que el ofreció a mi enemigo.
La atrevida pretensión
que hoy Ancelino procura,
ha de ser la calentura
que derribe a este león.
Mi corazón sólo basta,
montañeses caballeros,
para cumplir los agüeros
de la corona y el hasta.
De gallo mis voces son;
que velo en mi honra y así
haré que tiemble de mí
este gallardo león.

Escribe

Quiero dejar esta carta,

Ata el papel que escribió en la liga que
colgó del balcón

donde el rey la puede ver,
y el que más quiere valer,
sígame, tras mí se parta.
RAMIRO: Tu sangre me está llamando.
ORDOÑO: Y a mí tu mucha amistad.
ANCELINO: Perdona, noble ciudad,
que tus males voy buscando.

Vanse. Salen ALFONSO y el conde TIBALDO

ALFONSO: Muéstrase el reino feroz
para que el horror y miedo
lleve la fama velos
a los moros de Toledo,
de Córdoba y Badajoz.
Gástese en vencer al moro
ese pequeño tesoro
que hay en Oviedo y León,
y el valor del corazón
supla la falta de oro.

Sale un CRIADO

CRIADO: Ancelino ha quebrantado
la prisión.
ALFONSO: ¿Cómo lo sabes?
¿A quién las llaves han dado?
CRIADO: No abrió la torre con llaves.
Por la ventana ha saltado.
ALFONSO: Si los vasallos mayores
que tienen cargo y honores
pierden al rey el temor,
o en él ven poco valor
o empiezan a ser traidores.
Pues no me tuvo temor
que de él le tengo os prometo;
que quien al rey su señor
pierde una vez el respeto,
mucho tiene de traidor.
TIBALDO: Atado dejó un papel
del pendiente tafetán
que le sirvió de cordel.
ALFONSO: Sus intentos se sabrán
sabido lo que hay en él.
Conoceré sus intentos
que las letras son retratos
de los mismos pensamientos.
¡Ah, cortesanos ingratos!
[................. -entos].

Lee el REY la carta

"A los criados que pidieren a vuestra majestad,
mereciéndola como yo a doña Elvira,
no se le niegue, pues los ha menester quien tiene
pretensores de su reino, como son el valiente
Mauregato, hijo bastardo del primer Alfonso, y su
tío, y así mismo el conde de
Saldaña, habiendo [un hijo] en doña
Jimena, hermana de vuestra majestad, como ya lo sabe.
Ancelino"

¿Hijo? ¿Jimena? ¿Qué espero?
Pero creerlo no quiero
que el hombre más principal
dejando de ser leal
deja de ser verdadero.
En Ancelino hay pasión
por causa de doña Elvira,
y al infierno de traición
descendió por la mentira
que es el primer escalón.
Venir a Jimena veo.
Salid todos. La verdad
saber agora deseo
para más seguridad
pero no porque lo creo.

Vanse todos. Quédase en la puerta TIBALDO y
sale por otra JIMENA

ALFONSO: Por hacer más extendido,
Jimena, el árbol real
te caso con un marido
que aunque en sangre no es tu igual
en los méritos lo ha sido.
Con Tibaldo has de casarte.
JIMENA: (¡El corazón se me parte! Aparte
¡Ay, mi Dios! ¿Qué trance aguardo?
¡Ay, mi Sancho! ¡Ay mi Bernardo!
Recibid de éste mal parte;
mas ya sé qué responder).
Si, de casto y limpio, nombre
has procurado tener,
más conviene a la mujer
este título que al hombre.
Hónrame con él, señor.
ALFONSO: De sucesor estoy falto;
esto conviene.
JIMENA: (¡Ay, dolor!) Aparte
ALFONSO: (Con el nuevo sobresalto Aparte
se ha trocado el color.
Ella sintió la alteración.
¡Qué buenos indicios son
de flaquezas, si se ampara
con la sangre de la cara,
el temido corazón.
Si su color natural
tiene el rostro, indicios siento;
mas no, que sospecho mal
porque es muerte el casamiento
y vuelve el rostro mortal.
Pero un engaño he de hacer
que ella misma haya de ser
quien me diga la verdad).
Tibaldo, con brevedad
me trae...

Sale TIBALDO que ha estado a la puerta y
háblale al oído

JIMENA: (¿Qué podrá querer? Aparte
¿Con qué tormento infinito,
con qué antojos y pasión
sospecha y miedo maldito,
vive siempre el corazón,
que ha cometido un delito?)

Vase TIBALDO

ALFONSO: ¿Qué has de hacer?
JIMENA: Lo que quisieres.
ALFONSO: Casarte.
JIMENA: Mientras vivieres,
no será razón dejarte.
ALFONSO: Conde don Sancho has de casarte
pues a Tibaldo no quieres.
(Ya se alegra y le comienza Aparte
a hacer el rostro rosado,
el brasil de la vergüenza;
que el cómplice del pecado
al delincuente avergüenza).
¿Qué quieres?
JIMENA: Tu gusto trata.
ALFONSO: Tu maldad está entendida.
Mejor será, falsa ingrata,
un engaño que da vida
que un desengaño que mata.
Todo se sabe.
JIMENA: Señor,
no me causes tal dolor.
Tu sangre en mis venas vive.
ALFONSO: Para morir la apercibe.
(Así lo sabré mejor). Aparte
JIMENA: ¿Para qué?
ALFONSO: Para morir.
JIMENA: ¡Ay, Dios! ¡Qué extraño accidente!
Mal me podré apercibir
si me matas de repente.
Hermano, torna a decir
para qué.
ALFONSO: Para la muerte,
este monstruo torpe y fuerte.
(Si es verdad que ella lo ha hecho, Aparte
del laberinto del pecho
lo sacaré de esta suerte).
JIMENA: Alfonso, si hablas de veras,
de Dios culpado has de ser.
ALFONSO: ¡Ojalá tu no lo fueras!
JIMENA: Culpa quisiera tener
porque tú no la tuvieras.
¿La muerte me das en fin?
ALFONSO: Sí, porque importa tu fin.
JIMENA: ¿De qué te sirve, crüel,
ser casto como un Abel
si eres también un Caín?
Fueras otro Salomón
y otro David penitente
con tu manso corazón,
y no un José continente
con entrañas de Absalón.
Mira, Alfonso, que haces mal.
Fue blanco y puro cristal
que a castidad te ha dado,
hoy lo tiñes de encarnado
con esta sangre real.
¿En qué te ofendí, señor?

Sale TIBALDO con un vaso de vino

ALFONSO: Dame el vaso y vete luego.

Toma el vaso el REY y vase TIBALDO a la puerta

Confiesa ya sin temor.
JIMENA: Eres mozo y eres lego
para ser mi confesor.
ALFONSO: Tengo, aunque lego, tal ciencia
que entendiendo tu pecado,
sin encargar mi conciencia
antes de haber confesado,
te he de dar la penitencia.
Aquesta purga te ordeno
porque soy médico bueno
para curar mi deshonra;
que enfermedades en honra
se purgan bien con veneno.
Pues que no has tenido cuenta
con mi honor y el tuyo, ingrata,
bebe hidrópica, sedienta;
que con veneno se mata
la sed que te tienes afrenta.

Toma el vaso JIMENA

JIMENA: Ya, señor, quiero beber,
si éste tu gusto ha de ser;
pero dirá mi virtud
que me purgas en salud
y me brindas sin comer.
Mi vida quieres quitar
no mi sed, y así no digas
que te he querido afrentar
aunque si tú me castigas
culpada debo de estar.

Bebe un trago

Poco a poco iré muriendo;
crecerá mi mal notorio;
y pues que tanto te ofendo,
sírvame de purgatorio
[el vaso que voy bebiendo].

Bebe

Ya, señor, está bebida.
ALFONSO: La causa tendrás sabida.
JIMENA: No la sé; mas la sospecho.
ALFONSO: Confiesa, pues, lo mal hecho
mientras te dure la vida.
JIMENA: Ya que mi Dios fue servido
que este veneno me quite
la vida que le ha ofendido,
con la purga es bien vomite
las culpas que he cometido.
Veinte años ha, señor,
que le cobré grande amor
a un caballero, y después
me casé con él.
ALFONSO: ¿Quién es?
JIMENA: ¡Estás con mucho rigor!
Serás con él muy crüel
aunque tan querida fui
de su corazón fïel;
que en darme una muerte a mí,
dos muertes le das a él.
ALFONSO: Darle una largo confío.
Deja el necio desvarío.
Díme su nombre.
JIMENA: Es [sin] nombre,
que no le supe otro nombre
sino esposo y señor mío.
De él tengo en esa montaña
un hijo hermoso y gallardo.
ALFONSO: (Ancelino no me engaña). Aparte
¿Cómo se llama?
JIMENA: Bernardo.
ALFONSO: ¿Fue el conde de Saldaña?

Túrbase ella

JIMENA: No, señor.
ALFONSO: ¿Quién fue su padre?
JIMENA: El saberlo no te cuadre.
Sólo pido, si ser puede,
que aqueste hijo no herede
las desdichas de su madre.
Hijo y madre natural,
del padre un espejo son,
pues por mi culpa y mi mal
le rompes la guarnición.
No le quiebres el cristal.
Ya que el árbol has cortado,
conserva el fruto, señor,
quizá sabrá ser honrado.
ALFONSO: No me dará buen olor
fruto tan mal sazonado.
Muerte te di sin saber
tu culpa, y has de tener
la vida ya que se sabe.
JIMENA: Mi muerte ha sido süave,
pues me la diste a beber.
ALFONSO: No fue veneno. Levanta;
que yo cobrar mi honra quiero,
ya llena de infamia tanta.
JIMENA: ¡Ay, mi Dios! Que vida espero
con el alma en la garganta.
ALFONSO: El vino te hizo hablar.
JIMENA: Luego bien podré alegar
que el vino, como era fuerte
y el engaño de mi muerte,
me hicieron desvarïar.
ALFONSO: No; que la verdad ha sido,
y por ella has merecido
ser monja de Santa Clara
para que cubras la cara
que honestidad no ha tenido.
Viste de jerga crüel
ese cuerpo mal regido,
[................... -el]
deja el mundo inadvertido
[................... -el].
Castigada no estarás,
pues en pago de tu pena
a vida del cielo vas.
Anda, imita a Magdalena
ya que a Clara no podrás.

Vase doña JIMENA

¿Así Sancho mi honra guarda?
Presto le verán difunto.
Él es, su muerte no tarda).
Don Tibaldo, ten a punto
toda mi gente de guarda.

Sale don SANCHO y vase don TIBALDO

Conde, llamarte quería
en este infelice día
para ser aconsejado
en un caso que ha causado
la muerte y deshonra mía.
Tú eres médico [que allana]
mi deshonra. ¿Qué haré
para dar muerte inhumana
a un vasallo que hoy hallé
abrazado con mi hermana?
(Así sabré la verdad). Aparte
SANCHO: ¿Qué dice tu majestad?
ALFONSO: Digo, porque más te asombre
que hoy vi a Jimena y a un hombre
sin ninguna honestidad.
SANCHO: ¿A quién, señor?
ALFONSO: A mi hermana.
SANCHO: ¿Y con quién?
ALFONSO: Con un crïado.
SANCHO: Dime, ¿cuándo?
ALFONSO: Esta mañana.
SANCHO: (¡Ay, don Sancho, desdichado! Aparte
¡Ay, mujer falsa y liviana!)
¿Y ella, señor, le quería?
ALFONSO: Mil requiebros le decía.
SANCHO: (Pues, el rey, siendo agraviado Aparte
su deshonra ha confesado,
también es cierta la mía).
Su vida, señor, acaba
y quita al que te ofendía
los ojos con que miraba,
los oídos con que oía
y la lengua con que hablaba.
Dime, quién es el traidor
que nos quitó nuestro honor...
Digo como a hermano a ti
y como a vasallo a mí,
honrado de su señor.
Muerte les daré a los dos
que su vida y honra gastan
en tu ofensa y la de Dios.
ALFONSO: Conde, vuestros celos bastan;
no tengáis celos de vos.
Delincuente sois de amor;
que ha descubierto los cielos.
Y confesáis vuestro error
en el potro de los celos
que es el tormento mayor.
El consejo tomaré
que me dais. ¡Ah, de mi guarda!
Prended al conde.
SANCHO: ¿Por qué?
ALFONSO: Porque el precepto no guarda
de Dios, del rey y su fe.
Porque, siendo mi hechura,
igualárseme procura
sin prudencia ni consejo
y porque siendo mi espejo
no me enseña mi figura.
Porque habiéndolo querido,
a mi amor ha sido ingrato,
porque me tiene ofendido,
porque siendo mi retrato,
en nada me ha parecido.
Encerradlo en esa torre.
SANCHO: El tiempo que aprisa corre
borró cualquiera delito.
ALFONSO: Soy bronce y está en mí escrito:
"No has miedo que se borre."

Vanse

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

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