La guarda cuidadosa (Miguel Sánchez) — Jornada I

LA GUARDA CUIDADOSA


Personas que hablan en ella:

  • El PRÍNCIPE
  • LEUCATO, viejo padre de Nisea
  • ROBERTO, criado de Leucato
  • NISEA, dama
  • ARSINDA, criada de Nisea
  • TREBACIO, criado del Príncipe
  • FLORELA, labradora
  • FLORENCIO, galán español
  • SILENO, labrador, padre de FLORELA
  • ARIADENO, criado de Florencio

Texto basado en la edición de Hartzenbusch (BAE, 43) y la de Hugo Rennert en su TWO “COMEDIAS” BY MIGUEL SÁNCHEZ (EL DIVINO), [Boston: Ginn, 1896]. Fue editado y luego pasado al HTML para ser presentado en esta colección por Vern Williamsen en 1998.


LOA EN ALABANZA DE LOS MALES

Son los ingenios humanos
de nuestros tiempos tan grandes
que lo merecen sus dueños
serlo en las cortes reales.
Tienen tanta sutileza5
en cuanto dicen y hacen
que agudos no se despuntan
y delgados nos e parten.
Abrazan tanto caudal
y miran tan perspicaces10
que son ríos caudalosos
y son águilas caudales.
Allanen los altos montes,
encumbran los altos valles,
taladran los cielos gruesos,15
hacen camino en los mares;
pero, para que se entienda
que aun hay quien pasa adelante,
tengo de alabar lo malo:
bien hayan tan buenos males.
Para lo cual consideren20
que todos los bienes grandes
que en el mundo han sucedido
fue su origen un desastre.
Crió a los ángeles Dios,
y luego Luzbel el ángel25
se quiso alzar a mayores
contra el hijo de Dios padre.
Derribáronle al infierno,
diéronle perpetua cárcel,
echáronle maldiciones30
para que siempre penase.
De este mal nació un gran bien
pues, para que se enllenasen
aquellas sillas vacías
de aquella tercera parte,35
hizo Dios el paraíso
y en él los primeros padres,
llenos de gracia y justicia
recta, todos a su imagen.
Dióles leyes y preceptos,40
fueron virreyes y alcaides
del ámbito de la tierra
y grandezas de los mares;
de manera que, si Dios
les hizo bienes tan grandess,45
este mal le ocasionó:
bien hayan tan buenos males.
Puestos en aquel estado
les agradó prima facie
la manzana de aquel árbol
de los bienes y los males.50
Comieron de ella y cometen
crimen lesae majestatis.
Perdieron gracia y justicia,
quedaron puestos en carnes,
que resultó de este mal55
que el signo León entrase
en el signo de la Virgen,
que fuese cordero y Aries,
que naciese entre nosotros,
que nos predique y nos hable,60
que dé vista a tantos ciegos,
que a tantos muertos levante,
que se ponga en una cruz,
que nos dé su propia sangre,
que en el pan del sacramento,65
se transforme y transustancie,
que resucite glorioso,
que se quede aunque se parte,
que el Santo Espíritu venga,
que nos dé salud el Padre.70
Luego podremos decir,
como Gregorio lo hace,
feliz culpa, mal dichoso;
bien hayan tan buenos males.
El medio por qué los santos
gozan hoy de aquella imagen75
del Verbo eterno en el cielo
tantos bienes y tan grandes
fue mal comer, mal dormir,
mal lecho, mal hospedaje,
mal calzado, mal vestido,80
maltratar tan mal sus carnes.
Grillos, cadenas, pealeras,
redes, cepos, bretes, cárcel,
saetas, palos, cuchillos,
aceite, hiel y vinagre,85
y más que Pablo nos dice
que Christum oportuit pati,
para que entrase en su gloria
y la posesión tomase,
quiere Dios, permite digo,90
que Pedro niegue y le ultraje
y Mateo sea logrero,
que el ladrón saltee y mate,
que Magdalena viciosa
hombres y galas arrastre,95
y que la Samaritana
se envicie y abarragane.
Luego podremos dcir
como Gregorio lo hace,
feliz culpa, mal dichoso;100
bien hayan tan buenos males.
Veréis a un hombre en salud
vicioso, necio, arrogante,
olvidado de su Dios,
haciendo mil disparates;
pero luego que le viene105
una calentura grande,
un mal agudo y terrible,
como es otro del que antes.
Luego da al cielo clamores,
a sus hijos muchos ayes,110
perdona a sus enemigos,
da los pobres ricos gajes.
Alégranse sus amigos,
sus crïados y sus pajes.
También el convaleciente115
que vio de la muerte el trance
y dando gracias a Dios
procura luego enmendarse,
y da el mal por bien pasado:
bien hayan tan buenos males.
Quieren matar a José120
sus once hermanos infames.
Métenlo en una cisterna,
sácanle luego al instante,
véndenle al isamelita,
vése preso en una cárcel125
metido entre galeotes
sin que de él se acuerde nadie
y, cuando menos se catan,
declara sueños reales.
Quita al rey mil pesadumbres,130
al reino muchos azares,
con Faraón priva luego,
virrey de Egipto le hace
y, para mayor grandeza,
sale en un carro triunfante135
con el mismo rey al lado
rüando plazas y calles.
Lleno de trigo las trojes,
remedia siete años de hambre.
Llamáronle Salvador140
las provincias y ciudades.
Vienen por trigo los otros,
llénales bien los costales,
adóranle arrepentidos,
ríe en viéndole su padre.145
Y si bien se consideran
estos bienes inefables
del primer mal procedieron:
bien hayan tan buenos males.
Murmurarános el necio
y dirá, “Ninguno hace150
lo que toca a su papel;
todos dicen disparates.
¡Qué mal acento y acción!
¡Qué mal vestido y mal talle!
¡Qué mal sale y a mal tiempo!155
¡Oh, qué mal representante!
¡Por Dios, que no hay quien lo sufra;
mal hay quien lo escuchare!
¿Ésta es comedia? ¿Ésta es loa?
Paréceme que es ultraje.”160
Y así respondiendo a esto
por todos y por mi parte,
diga que damos licencia
que murmuréis hoy que os cabe,
que digáis mal de nosotros;165
porque, como no se hace
sino por Dios solamente,
no nos dañará el que hablare;
que antes si alguno dijere
mal de los representantes,170
nos hará Dios mayor bien:
bien hayan tan buenos males.
EL BAILE DE LA MAYA
El primera día de mayo
se juntaron en su aldea
las mozas de Tordesillas
con pandero y castañetas.175
Quieren hacer una maya,
y entre todas, suertes echan,
y en fin le cupo a Marina
que es serafín en belleza.
Adornándola de galas,180
de joyas y de patenas,
de collarejo y manillas,
de corales y de perlas.
Sacándola de la mano,
al puesto escogido llegan185
y alegres bailan y cantan
aquesta siguiente letra:
Salen acompañando a la Maya algunos labradores, y pónenla en su silla. Cantan.
“Esta maya se lleva la flor que las otras no. Suspendiendo con su canto a las aguas cristalinas que van esparciendo aljófar por las arenas y guijas, al son de los instrumentos a coros todos decían, al mayo rico de flores dándole la bienvenida. Entra mayo y sale abril. ¡Cuán garridico le vi venir! Las plantas del campo que el invierno hiela, con la su venida alegres se muestran. Gozosas las aves saltando entre peñas la letra repiten con arpadas lenguas: Entra mayo y sale abril. ¡Cuán garridico le vi venir! Vinieron Tirso y Gerardo que de su amor se querellan, siendo sus desdenes causa de que pasen pena eterna. Saliéronles al encuentro y, estando en su presencia, limpiándoles los vestidos les dicen de esta manera: –Dén para la Maya que es bonita y galana. Echad mano a la bolsa, cara de rosa, echad mano al esquero el caballero. Viendo ocasión oportuno de decubrir su firmeza, los amantes que el amor con mil deseos inquieta, dícenles dulces requiebros que a un mármol enternecieran y, despreciando su amor, sólo lesdan por respuesta: –Pase, pase el pelado que no lleva blanca ni cornado. Íbanse desesperados, formando tristes querellas; mas ellas les detuvieron y a su gustose sujetan. Gozosos de estos favores inventaron muchas fiestas y con gallardo compás el siguiente juego empiezan: –Hola, lirón, lirón, ¿de dónde venís de andare? –Hola, lirón, lirón, de San Pedro el altare. –¿Qué os dijo don Roldane? –Que no debéis de pasare. –Quebradas son las puentes. –Mandaldas adobare. –No tenemos dineros. –Nosotros los daremos. –De cáscaras de huevos. –¿En qué los contaremos? –En tablas y tableros. –¿Qué nos daréis en precio? –Un amor verdadero. Viendo los amantes firmes que amaban en competencia a su dueño cada cual con amorosas ofertas, que Febo se iba al ocaso y los montes sin luz deja, llevan la Maya a su casa dando este fin a la fiesta. No os llamen, Amor, villano sino lindo cortesano. En estos prados nacido sino lindo; llamemos galán pulido también lindo, pues triunfáis, Amor, ufano, no os llamen, Amor, villano sino lindo cortesano.”

  • El PRÍNCIPE
  • LEUCATO, viejo padre de Nisea
  • ROBERTO, criado de Leucato
  • NISEA, dama
  • ARSINDA, criada de Nisea
  • TREBACIO, criado del Príncipe
  • FLORELA, labradora
  • FLORENCIO, galán español
  • SILENO, labrador, padre de FLORELA
  • ARIADENO, criado de Florencio

JORNADA PRIMERA


Salen el PRÍNCIPE, LEUCATO y ROBERTO, todos de
caza

LEUCATO: Príncipe, ¿tantas mercedes,
como tal grandeza, acierta
a una granja tan desierta
y tan yerma de paredes?
¿Entre aquesta soledad
tal bien a buscarme viene?
PRÍNCIPE: Leucato, esa fuerza tiene
la virtud y la verdad.
Si es granja, codicia mía
me trae; que en pechos reales
hacer merced a leales
es la mayor granjería.
LEUCATO: No te suplico, rey mío,
que otra vez el pie me des
porque, como favor es,
nadie quepa en mi vacío.
A casa desierta en monte
a ser huésped has venido
de un pobre no prevenido;
a lo que viniere ponte
si ya de deseos buenos
no quisiera regalarte;
que de estos, en esta parte,
están casa y monte llenos.
PRÍNCIPE: En esto no se repare.
Trátame como a tu amigo.
Arcabuz traigo conmigo.
Comeré lo que cazare.
LEUCATO: Habrá de ser de ese modo.
PRÍNCIPE: ¿Hay caza?
LEUCATO: Medianamente.
PRÍNCIPE: pues como ésa me contente,
estará muy bueno todo.
¿Cuánto ha que estás aquí
en este bosque?
LEUCATO: Un mes ya.
PRÍNCIPE: Y, ¿no estás cansado ya?
LEUCATO: ¿Tan mal te parece a ti?
PRÍNCIPE: No es parecerme mal,
mas porque son muchos días
de soledad.
LEUCATO: Ya me enfrías
el gozo, pues das señal
que abreviarás tu partida.
PRÍNCIPE: ¿Quieres que esté yo acá un mes?
LEUCATO: La vida toda poca es
si a mi deseo se mida.
PRÍNCIPE: Mejor será que nos vamos
juntos a la corte.
LEUCATO: Iré
si en ella le serviré.
PRÍNCIPE: No es bien que sin ti vivamos;
desde que de la jornada
de España veniste, estás
retirado aquí lo más.
LEUCATO: No puedo servirte en nada
y por eso estoy aquí,
y por dar gusto a mi hija;
que el campo la regocija.
PRÍNCIPE: Nunca tal de dama oí.
LEUCATO: Con un arcabuz pasea
el monte, y mata el conejo;
con esto, y su padre viejo,
ni más quiere ni desea.
PRÍNCIPE: Ésa es notable virtud
y milagro peregrino.
LEUCATO: Después que de España vino,
anda falta de salud.
PRÍNCIPE: Pésame que no esté buena.
En España, ¿cómo estuvo?
LEUCATO: Con mejor salud anduvo.
PRÍNCIPE: ¡Y con ser en tierra ajena!
LEUCATO: Con condiciones para ella
a más de ser mejor clima.
Así, por más que se anima,
siempre suspira por ella.

Salen NISEA y ARSINDA, de campo

Ella sale acá. Nisea,
besa a tu príncipe el pie.
NISEA: Vuestra alteza me le dé.
PRÍNCIPE: Los brazos pedid, Nisea.
No soy señ, huésped soy.
Campo es. Todo se permite.
NISEA: Mi lugar no se me quite.
PRÍNCIPE: Dando el pecho, el vuestro doy.
LEUCATO: En todo me favoreces.
PRÍNCIPE: ¿Cómo estáis, Nisea?
NISEA: Buena,
para servirte.
LEUCATO: Aunque llena
de tristeza las más veces.
Es lástima ver su humor.
PRÍNCIPE: Pues, ¿en tanta discreción
halla lugar la pasión
siendo tan notable error?
LEUCATO: Ríñela, señor, muy bien
en tanto que yo doy traza
de prevenirte la caza.
Roberto, conmigo ven.

Vanse [LEUCATO y ROBERTO]

PRÍNCIPE: Aprovechen mis consejos
como en bueno mi deseo;
que remediado el mal, veo
no está tu salud muy lejos.
NISEA: Buen suceso me promete.
PRÍNCIPE: Pues para poderle haber
importa mucho tener
del médico buen consejo;
y si es la buena intención
bastante para acertar,
.................[-ar]
.................[-ón]
.................[-or]
....................[-ar]
podéisme el preso fïar
como a vuestro confesor.
El mío, en igual cuidado
la salud os buscará.
NISEA: Si el mal en el alma está,
¿qué remedio habrá acertado?
PRÍNCIPE: ¿Para quién faltó jamás
remedio a quien le buscó?
Esperé tenerlo yo,
y tú, ¿no lo esperarás?
NISEA: ¿Tienes tú mal?
PRÍNCIPE: Inhumana.
NISEA: Pues necio suelen llamar
a quien se pone a curar
con médico poco sano.
No querría yo caer
en aquesta inadvertencia.
PRÍNCIPE: Ya me receto paciencia
que es lo que más puedo hacer,
y aun queda remedio alguno.
Quizá se verá adelante
si es nuestro mal semejante
y curarse ambos en uno.
NISEA: A la cuenta hacer deseas
primero experiencia en mí
por no aventurarte a ti.
PRÍNCIPE: Quiero que al revés lo creas.
En mí la he de aventurar;
en mí la experiencia haré.
NISEA: Pues si mueres, yo no sé
cómo tú podrás curar.
PRÍNCIPE: Con el gusto que podrá
quedarte de haberme muerto.
NISEA: También el yerro o acierto
en mí de la cura está.
También puedo matar yo;
que no te entiendo aseguro
si que no soy yo quien curo.
PRÍNCIPE: Bien sé que hasta agora no.
Más remedio podrás dar
con que tu nombre eternices.
NISEA: También a lo que me dices
el pulso importa tomar.
Materia se me hace oscura.
Arsinda, ¿haslo tú entendido?
ARSINDA: En lo que hasta aquí he oído,
todo el príncipe lo cura.
PRÍNCIPE: No la llamaré yo ansí
pues me fundo en razón tanta;
antes mi alma se espanta
de ver tanto exceso en ti.
Desde el tiempo que volviste
de España a traerme enojos
y que bebieron mis ojos
el veneno que les diste,
un no escuchado proceso
que no osaré yo contallo
de males padezco y callo.
Mira si tengo harto exceso.
NISEA: ¿Aquesto llamas callar,
príncipe? Me correré
a no saber como sé
que te vienes a holgar.
Y por no perder aquí
este tiempo que gastamos,
mientras vas a correr gamos,
correrme de espacio a mí.
PRÍNCIPE: Si te afirma cuando digo
lengua traidora, en celada
me mate traidora espada
de mi mayor enemigo.
Si no arrastras y despeñas
mi deseo en mal desastre,
traidor caballo me arrastre
por lo agrio de estas peñas.
Si mi sueño o mi sentido
otro cuidado recuerda,
mala víbora me muerda
entre la yerba dormido.
Y porque sea, a Dios ruego
que si la vida me quite,
una de ellas resucite
para dar en otro luego.
ARSINDA: ¡Ay, príncipe, Dios te guarde!
Calla, que pones espanto.
Si llevas hoy qué hacer tanto,
Mira, señor, que es ya tarde.
No te debes detener
si a tantos negocios vas,
que en una muerte no más
dicen que hay mucho que hacer.
En cien años hombres fuertes
la hallan dificultosa.
¿Qué hará quien buscar osa
en un día tantas muertes?
Que puede ser burla echallo,
cierto que oírlo no oso.
NISEA: Sí, que no está aquí algún oso,
traidor, víbora o caballo
que la palabra le pida
y tome aquesto de veras.
PRÍNCIPE: ¿No lo oyes tú? ¿Qué más fieras
para perseguir mi vida?
ARSINDA: Por tu fe, que aquí te quedes,
no salgas por hoy a caza;
que ruin agüero amenaza
lo poco que holgarte puedes.
PRÍNCIPE: Arsinda, si mi verdad
es quien tiene de valerme,
a todo puedo ponerme
con mucha seguridad.
NISEA: Nunca en agüeros reparan
animosos campeones;
que a cumplirse maldiciones
pocos hombres se lograran.

Sale TREBACIO

TREBACIO: Señor, ya es hora.
PRÍNCIPE: Ya voy,
y sólo de eso contento;
que cuanto en irme más siento
más sirvo al bien cuyo soy.
ARSINDA: Pues vuélvate Dios con bien.
NISEA: De Él fío ese beneficio.
PRÍNCIPE: Trebacio, ¡feliz servicio!
Mitad es comenzar bien.

[Vanse el PRÍNCIPE y TREBACIO]

ARSINDA: ¿Qué dices, señora, aquí
de la dicha que te viene?
NISEA: Aquestas venturas tiene
la Fortuna para mí.
ARSINDA: ¿A quién se ha de dedicar
tal galán sino a tu nombre?
NISEA: Sólo faltaba que este hombre
me viniese a atormentar.
ARSINDA: Calla; quizá con aquesto
olvidarás penas viejas.
NISEA: ¿Eso, Arsinda, me aconsejas?
¿Que te mudaste tan presto?
¿Eso tiene en ti un ausente
que fió de tu amistad
más que de mi voluntad
que olvidas tan fácilmente?
Pues yo puedo ser testigo
de que más quedó fïado
de verte a ti a mi lado
que de ver su alma conmigo.
Y dos palabras, no en veras,
¿te ponen como te ves?
¡Quejarémonos después
de que nos llamen ligeras!
ARSINDA: Estoy enojada, a fe,
con tu Florencio, no hay duda.
NISEA: La fe, que un enojo muda,
fe no muy segura fue.
ARSINDA: ¿Qué ha que hebemos venido
de España?
NISEA: Más de seis meses.
ARSINDA: Y, ¿qué en ellos no confieses
de Florencia tanto olvido
y no le olvidas tú a él?
A lo viejo estás templada.
NISEA: Quiero, amiga, como honrada
y no olvido, como fiel.
Una mujer principal
cuando elija considere,
pero en la elección que hiciere
muera allí ua bien o mal.
ARSINDA: Graciosa melancolía
estarse en un bosque agora
donde parece que llora
cuanto se ve noche y día.
Con solos pastores rudos
puede un alegre alegrarse
y si está triste, quejarse
a solos árboles mudos.
La murmuración, hallada
para entretener las gentes
sólo aquí se escucha en fuentes,
y al fin, fin, no dicen nada.
Músicas no las tenemos
más de solos pajarillos,
y galanes tan sencillos
pocas veces los queremos.
Su canto al cielo penetra;
pero está de gusto ajeno
pues aunque el canto sea bueno,
no hay entenderles la letra.
NISEA: ¡Ay! Cómo conoces mal,
Arsinda, la pena mía,
pues si algo la templa oída
es hallarme en lugar tal.
Aquí descansa mi pecho
contándola a un tronco duro
y, aunque me la escucha muro,
que se lastima sospecho.
Los pajarillos, que al día
le despiertan y levantan,
imagino yo que cantan
esta triste historia mía.
Con esto engaño la vida
más enojosa y cansada
que un alma desesperada
pasa memoria afligida.

Sale FLORELA, labradora

FLORELA: ¡Gran lástima!
ARSINDA: Si es verdad
lo temo.
NISEA: ¿Qué fue? Acaba.
FLORELA: Un caballero pasaba
por la posta a la ciudad
y aquí a la puerta cayó
del caballo, y hale muerto.
NISEA: ¿Muerto?
FLORELA: Téngolo por cierto.
ARSINDA: Y, ¿sabes tú quién es?
FLORELA: No.
Un crïado que traía
dice que era español.
NISEA: Corre.
Haz que le entren en la torre.
ARSINDA: ¡Desgracia grande!
NISEA: ¡Si es mía,
que mucho el alma lo siente!
ARSINDA: Parece te duele a ti.
¿Basta ser español?
NISEA: Sí;
pero no tan tiernamente.
ARSINDA: Ya le traen.
NISEA: Arsinda, llega;
que yo no lo osaré ver.

[Salen] ARIADENO y SILENO. En una silla sacan a
FLORENCIO, desmayado

SILENO: Veces hay que, por correr,
mucho más tarde se llega.
ARSINDA: Vuelve.
SILENO: Haciéndole de nuevo,
le volverán en su acuerdo.
ARIADENO: Señor mío, ¿qué te pierdo?
¡Ay, desdichado mancebo,
cuál te puso tu deseo!
ARSINDA: ¿Qué es esto, suerte enemiga?
NISEA: No me le escondas, amiga,
que ya mi desdicha veo.

Desmáyase

ARSINDA: Señora, para este punto
es menester la cordura.
¡Señora! ¡Gran desventura!
SILENO: Fue yerro llegar tan junto;
que el corazón de mujer
es flaco para mirar
cosas de tanto pesar.
¡Nunca llegaran a ver...
Señora, que no está muerto.
Vivo está. ¿De qué te alteras?
NISEA: ¿Díceslo, amigo, de veras?
SILENO: De veras lo digo, cierto.
ARSINDA: Buscad médico volando.
SILENO: ¿Adónde le he de buscar?
ARSINDA: En ese primer lugar.
Corre.
SILENO: Andémonos cansando.
Id a buscar una legua
médico que ahorca un muerto.
Irme a casa es lo más cierto.
ARSINDA: ¿Vais ya?
SILENO: Tomaréla yegua.

[NISEA] llégase a [FLORENCIO]

NISEA: ¿Mi señor?
ARSINDA: Señora, paso.
Disimula la ocasión
y no demos ocasión
para que se sepa el caso;
que por eso eché de aquí
a ese hombre.
NISEA: ¡Ah, señor mío!
ARSINDA: ¡Ah, señora!
NISEA: Es desvarío
consejos ya para mí.
Hacerme verás locuras.
ARSINDA: Ariadeno, hoy despierta
quien a conocer me acierta
entre tantas desventuras,
quien más que tú este mal llora.
ARIADENO: ¿Qué milagro aquéste es?
Arsinda, ¿tú aquí?
ARSINDA: ¿No ves
a Nisea, mi señora?
NISEA: ¿Es posible que en la suerte
cupo tan crüel intento
que a las puertas del contento
nos esperase la muerte?
ARIADENO: Señora, el amante fiel,
que te venía a buscar,
de este arte te viene a hablar
porque vino yo con él.
NISEA: ¿Qué es esto, Ariadeno amigo?
¿A tu señor traes ansí?
ARIADENO: Aun queda esperanza en mí
pues que le veo contigo.
NISEA: ¿No hay remedio?
ARIADENO: Yo le espero
que aun vive mi señor;
que en medio de tal dolor
hallé en él tal compañero.
NISEA: ¿Qué haremos, amigo fiel?
¡Qué dolor y confusión!
Sin sentido y sin razón
me tiene más muerta que él.
¿Cómo, amigos, no le hacemos
algún remedio?
ARIADENO: Señora,
lo que más conviene agora
es que mucho le abriguemos.
NISEA: Arsinda, cama preven
al punto, en que le pongamos.
ARSINDA: Y primero, ¿no miramos
si podrá parecer bien?

NISEA: ¿Agora miras en eso,
en un caso semejante?
ARSINDA: Adviértolo de adelante.
NISEA: Harásme perder el seso.
ARSINDA: Yo voy.
NISEA: Sí, amiga buena,
donde te parezca a ti.
ARSINDA: Parece que vuelve en sí.
NISEA: Cielos, tu rigor serena.
ARIADENO: Del caballo y la maleta
me acuerdo agora. Ya vengo.

Vase [ARIADENO]

NISEA: Mi Florencio, ¿que te tengo
con dicha tan imperfecta
que cuando te llego a ver
esté llorando tu muerte?
Que a mí me pesa de verte,
¿quién lo pudiera creer?
Habladme; ved que yo soy.
FLORENCIO: ¡Jesús!
NISEA: Él sea contigo,
Florencio, señor, amigo.
FLORENCIA: ¡Válgame Dios! ¿Dónde estoy?
NISEA: A buen punto habéis venido.
¿No me conocéis, señor?
FLORENCIO: ¿De quién será aqueste error
del jüicio y del sentido?
Alma, cuerpo, sombra fría;
que alma debes de ser,
pues con este parecer,
por fuerza los serás mía;
por esa imagen que ofreces
a los ojos que te ven
de un ángel hermoso, a quien
yo adoro y tú te pareces
que me digas dónde estoy.
Si es esta tierra que piso
purgatorio o paraíso,
¿soy cuerpo, sombra o qué soy?
De tres lugares deseo
digas cuál es, ángel bello;
que infierno no puede sello,
pues en él a te te veo.
Sea en vida o sea en muerte,
en cielo, en tierra, en infierno,
sea mi hospedaje eterno,
pues estoy do puedo verte.
NISEA: Aunque sin sentido y muda
tu desacuerdo veo bien
pues que preguntas a quien
padece la misma duda,
el alma que te ve aquí
en tantas dudas envuelves,
que al paso que tú en ti vuelves,
voy yo saliendo de mí.
Aunque mirándote estoy,
responder a lo que quieres
no sé decir lo que eres,
mas diréte lo que soy.
Soy cuerpo a quien la asistencia
del alma desamparó,
sombra triste que quedó
de la noche de tu ausencia.
Alma que ajenos rigores
traen por ciertos lugares,
viva para tus pesares
y muerta de sus amores;
en tierra, pues tal tesoro
con tanto temor poseo,
en el cielo, pues te veo,
y en infierno pues te lloro;
como quiera en cualquiera parte;
que hay en mí puedo decirte,
brazo para recibirte
y alma para hospedarte.
FLORENCIO: Puerto de la tempestad
en que se ha visto mi vida,
ya está de mí conocida
mi ventura y tu bondad;
Ya mi sentido acomodo
a la fe que tú me dieres;
todo lo que dices eres
pues en ti lo tengo todo.
En nada el alma repara,
sea cual sea el lugar;
que no me puede engañar
esa lengua y esa cara.
NISEA: ¿Que aun no sabes dónde estás?
FLORENCIO: No sé, el cielo me es testigo,
mas si sé que estoy contigo,
¿qué tengo de saber más?
NISEA: Dime cómo estás agora
y dirételo después.
FLORENCIO: Yo, bueno estoy, ¿no lo ves?
Y tú, ¿cómo estás, señora?
NISEA: Como quien se ve contigo
y lloró tu muerte aquí.
FLORENCIO: ¿Que en fin soy muerto?
NISEA: ¡Ay de mí!
Mejor lo haga Dios conmigo.
Vivo estás. ¡Vivas mil años!
FLORENCIO: Por disculpado me ten;
que en tan repentino bien
siempre se teme de engaños.
NISEA: En aqueste monte asiste
mi padre, el por qué sabrás,
y agora en su casa estás
porque en su casa caíste.
FLORENCIO: ¿Por tal medio vine yo
a tan no pensado bien?
Bien haya el caballo, amén,
y el tronco en que tropezó.
NISEA: ¿No me dirás, por tu fe,
si estás herido o qué sientes?
FLORENCIO: Con tan buenos accidentes,
¿qué herida de cuenta habrá?
Sin ningún daño he salido
y pude hacerme pedazos;
pero, ¿no me das los brazos
siquiera por bien venido?
¿Es menester que los pida
en una ocasión como ésta?
NISEA: ¡La que tan caro nos cuesta
la llamas buena venida!
FLORENCIO: No puedo, por tu fe, estar
en pie.
NISEA: ¡Que en eso porfías!
¿Débense aquí cortesías?
FLORENCIO: Debílo, al menos, probar;
pero siéntateme aquí
y tendrásme sin cuidado.
NISEA: Quítame tú el que me has dado
con aqueso que te oí
Bien temo yo mis enojos
aunque tú engañarme quieres.
FLORENCIO: Mi señora, no te alteres
que no es nada, por tus ojos.
Siéntome cansado, y siento
en este pie algún dolor;
mas voy por credos mejor
que no es mal de fundamento.
Y junto a este ojo debí
de hacerme también mal.
Mira si tengo señal.
NISEA: Y, ¿cómo? ¡Pobre de mí!
Ponte aqueste lienzo en él.
¡Ay, Arsinda cómo tarda!
FLORENCIO: ¿Arsinda dijiste? Aguarda,
¿dónde está mi amiga fiel?
NISEA: Una cama fue a poner.
FLORENCIO: Luego, ¿quiéresme hospedar?
NISEA: Pues, ¿téngote de dejar
que te vayas de esta suerte?
FLORENCIO: Pues tu padre, ¿dónde está?
NISEA: A caza agora salió
con el príncipe, que da
en venírsenos acá.
FLORENCIO: ¿Que está acá el príncipe?
NISEA: Sí;
de que harto cansada estoy.
FLORENCIO: Pues, ¿ha mucho?
NISEA: Vino hoy.
FLORENCIO: Y, ¿suele venir aquí?
NISEA: Aquesta es la vez primera
que venir aquí le veo
a cansarnos, y deseo
que ella sea la postrera.
FLORENCIO: ¿La primera y cansa ya?
¿Trata más que de cazar?
NISEA: ¿De qué había de cazar?
FLORENCIO: Pregunto y, ¿dormirá acá?

Levántase [FLORENCIO]

NISEA: Sospecho que sí; que hoy
no habrá para irse día.
¿Que vuelves a esa porfía?
Siéntate.
FLORENCIO: Bien estoy.
NISEA: ¿Quieres volverme a burlar?
FLORENCIO: No; sino que me parece
que el pie se desentumece
andando.
NISEA: Y, ¿podrás andar?
FLORENCIO: Probarélo.
NISEA: A mí te arrima.
FLORENCIO: Y, ¿dices que aquesta ha sido
la primera vez que ha venido?
NISEA: Por lo que es de más estima
en mi alma, que es tu vida,
por la salud que aventuras,
te juro...
FLORENCIO: ¿Para qué juras?
Sin jurar serás creída.
¿Qué importa que haya venido
mil veces, o qué se sigue
de eso, para que me obligue
a dudar? Hele creído.
NISEA: Mira que te cansas.
FLORENCIO: Antes,
me siento desenfadado
que me congojo sentado.
NISEA: Andas en fin.
FLORENCIO: No te espantes
que haya sentido la espuela.
NISEA: Mucho tarda Arsinda. Entremos.
Acostaráste y sabremos
qué mal sea el que te duela.
El médico vendrá en tanto
que le fueron a llamar.
FLORENCIO: ¿Que me quieras hospedar?
¿En casa hay lugar tanto
que teniendo huésped tal
otro más que a él convidas?
NISEA: Aunque aventure mil vidas,
quedarás aquí.
FLORENCIO: Haría mal,
pues sería descubrirme
y no trayendo qué hacer
en estas tierras, de ser
forzoso, en cenando, irme.
Y no es ésa mi intención,
y tú, tan sin compañía,
meterme en casa sería
mucha determinación.
NISEA: Pues, ¿qué podremos hacer?
FLORENCIO: Irme yo a la ciudad
pues que ya mi enfermedad
estorbo no puede ser.
Antes me será mejor
y medicina sospecho,
pues ha de hacerme provecho
volver a tomar calor.

Sale ARIADENO

ARIADENO: ¿Cómo está mi señor ya?
NISEA: Te dirá él que está bueno.
ARIADENO: Señor del alma...
FLORENCIO: Ariadeno.
ARIADENO: ¿En pie te veo?
NISEA: En pie está.
De este milagro, ¿qué dices?
ARIADENO: ¿Qué le pudo hacer tu fe?
¡Dichosa desgracia fue!
¡Jesús!
FLORENCIO: No te escandalices
que vivo estoy. No comiences
a duda en que yo me vi.
Abrázame, mas si ansí
sospechas y dudas vences,
pero, ¿cómo me dejaste
muerto solo en tierra ajena?
ARIADENO: La pregunta es, a fe, buena.
¿Tan mal guardado quedaste?
A guardar un cojín fui
donde viene recogida
la sangre y segunda vida.
FLORENCIO: ¿Por él me dejaste a mí?
ARIADENO: Pues, ¿qué querías? ¿Que echara
la soga tras el caldero
y que también el dinero
tras tu salud arrojara?
Más riñeras, a fe mía,
si guardado no lo hubiera
pues que su périda hiciera
ausada tu mejoría.
Mas, ¿en efecto estás bueno?
FLORENCIO: Sí, si esto que duele en mí
fuera tuyo.
ARIADENO: Si está en ti,
no podré llevar lo ajeno.
Por propio lo siento y lloro
y lo comienzo a temer;
que los que caen suelen ser
como los que coge el toro,
que con fuerzas lisonjeras
que les da el corazón loco,
corren alegres un poco
hasta que caen de veras.
Razón será que te cures;
no te estés, señor, ansí.
NISEA: ¿No quieres quedarte aquí?
ARIADENO: Sí hará, como lo procures.
Vente, Florencio, a acostar.
FLORENCIO: Hay huésped de gran respeto.
ARIADENO: En eso no me entremeto;
pues, ¿quién viene acá a posar?
FLORENCIO: En príncipe, cuando menos,
que está en ese monte a caza.
ARIADENO: Pues, ¡sus! A dar otra traza;
que esto pasa por mil buenos.
Sentencia es ejecutada
desde que el mundo nació
que si Abindarraez tardó
que lo tome en la posada.
FLORENCIO: Poca culpa puede echarme
de que negligente fui;
que pues por correr caí,
¿qué más prisa pude darme?
NISEA: Luego, ¿sientes que esté acá
el príncipe?
FLORENCIO: Por tus ojos,
que fueran necios enojos
de eso. En ti, ¿qué culpa está?

Sale ARSINDA

ARSINDA: Es milagro.
ARIADENO: De Mahoma.
ARSINDA: ¿Que hablas ya?
NISEA: Él te lo diga.
FLORENCIO: Arsinda del slam, amiga,
¿no me das los brazos?
ARSINDA: Toma.
Y ojalá pudiera darte
los bienes que más codicias
y el mundo todo en albricias
del contento de mirarte.
FLORENCIO: Mira qué dicha he tenido.
ARSINDA: Por desgracia la he llorado.
ARIADENO: Cayendo hemos caminado
más que en cuanto se ha corrido.
ARSINDA: ¿Cómo estás?
FLORENCIO: Pues que me ves
con vida, ¿qué quieres más?
ARSINDA: Herido en el rostro estás.
.....................[-és].
Éntrate a acostar si quieres.
FLORENCIO: De otro acuerdo estamos ya;
que diz que hay huésped acá.
ARSINDA: A todos tú te prefieres.
NISEA: Ha dado en esta porfía.
ARSINDA: Y que lo acierta sospecho;
que pensara que lo ha hecho
adrede, por vida mía.
Y aun yo no sé si imagino
que la caída fingiste,
y en aquesta traza diste
que aquí tu entrada encamine.
FLORENCIO: Otras buscara mejores.
ARIADENO: Si tú la posada dieras,
que era buena traza vieras
para juguete de amores.
Miren qué guantes perdidos
fingió que venía a buscar,
pues si no te has de quedar,
irnos hemos ya perdidos,
y sangraráste en llegando
que lo has harto menester.
FLORENCIO: Los caballos haz traer.
ARIADENO: Por ellos parto volando.
NISEA: ¿En irte, en fin te resuelves?
Quédate, no seas extraño,
que te hará el camino daño.
FLORENCIO: ¿Eso a persuadirme vuelves?
ARSINDA: El príncipe vuelve ya.
FLORENCIO: Pésame que me halle aquí.

Desvíase a un lado [cubierto el
rostro con un paño], y [salen] el
PRÍNCIPE y TREBACIO

PRÍNCIPE: Gran fuerza tira de mí,
pues me trae tan presto acá.
NISEA: ¿Tan presto vuelves, señor?
PRÍNCIPE: Heme sentido cansado.
ARSINDA: ¿Cosa que sea de cuidado?
PRÍNCIPE: El cansancio fuera error.
No es para mí tan crüel
su fuerza terrible y mansa,
antes la caza me cansa
porque me divierte de él.
NISEA: ¿Mi padre no te acompaña?
PRÍNCIPE: Perdíme de él, y me pesa;
pero baja muy espesa
la falda de esa montaña.
Vine con solo Trebacio,
sin rastro de los demás.
No quise buscarlos más
sino venirme de espacio.
Como entre tanta espesura
es mala un alma de hallar,
acá la vengo a buscar;
que hay más luz y más ventura
Menester ha el que esto emprende
todas estas invenciones,
cuando a caza de ocasiones
caza que se huye y defiende.
Tanto que de veces tantas
como le viene a buscar
hoy no más la puede hallar.

Desvíase NISEA, y dice ARSINDA al
PRÍNCIPE

ARSINDA: Habla menos que la espantas.
FLORENCIO: (¿Que luego no es la primera, Aparte
como me juran a mí?
¿Para ver esto corrí?)
PRÍNCIPE: ¿Adónde te vas?
NISEA: Afuera.
Haré a mi padre avisar
de cómo has ya venido;
que en busca tuya perdido
y errado debe de andar.
PRÍNCIPE: Vuelve, Trebacio, a buscarle;
que tiene Nisea razón.

[NISEA habla aparte a FLORENCIO]

NISEA: (¿Una dices? Tantas son,
que me obligan a que calle.
Veo que mal lo advertiste
pero a que calle me obligas,
sólo porque no me digas
la causa por qué lo hiciste.)
PRÍNCIPE: Si perdido y mal dispuesto
me vi, ¿qué había de esperar?
ARSINDA: ¿Quieres entrarte a acostar
si no vienes bueno?
PRÍNCIPE: Es presto.
¿Éste es, pues, el que cayó?
ARSINDA: Ya lo sabes.
PRÍNCIPE: Allá fuera
me han dicho de la manera
que su dicha sucedió.
Fue dicha no se matar.
ARSINDA: Muerto le habemos tenido.
PRÍNCIPE: Y, ¿cómo estás?
FLORENCIO: Con sentido,
que no sé si es mejorar.
PRÍNCIPE: Bien dices, porque con él
se echa más de ver el mal.
ARSINDA: Él habrá quedado tal
que quisera estar sin él.
PRÍNCIPE: Y, ¿en pie te puedes tener?
FLORENCIO: He probado a andar un poco.
PRÍNCIPE: ¿Podráste ir poco a poco?
FLORENCIO: Habré de hacer por poder.
NISEA: Primero te has de curar
que saques el pie de aquí.
PRÍNCIPE: Según me parece a mí,
más provecho le hará andar.
Yo le aconsejo lo cierto.
FLORENCIO: Ya los caballos espero.
PRÍNCIPE: Parécesme caballero.
FLORENCIO: Soy bien nacido y bien muerto.
PRÍNCIPE: ¿Español?
FLORENCIO: A tu servicio.
PRÍNCIPE: ¿Adónde vas?
FLORENCIO: Caminaba
hacia Italia.
PRÍNCIPE: ¿A qué?
FLORENCIO: Llevaba
esperanzas.
PRÍNCIPE: ¿Para oficio?

FLORENCIO: Para buena ocupación
con harta honrada ventaja;
pero la Fortuna ataja
la más cierta pretensión.
NISEA: Yo fío que estarás bueno
y que alegre gozarás
esa tu ventaja y más.
FLORENCIO: Ya voy de esperarla ajeno.
PRÍNCIPE: ¿Por qué pierdes la esperanza?
FLORENCIO: Porque me dicen, señor,
que tengo competidor,
hombre que puede y alcanza.
PRÍNCIPE: ¿Tienes de eso nueva cierta?
FLORENCIO: ¿Cuándo no lo fue la ruin?
PRÍNCIPE: Pues, ¿a tan dichoso fin
partías con dicha incierta?
FLORENCIO: Cuando yo partí, no había
razón de temer alguna
pues tuve a toda fortuna
por mudable, y no la mía.
PRÍNCIPE: ¿Dónde hallaste de tu ofensa
nuevas?
FLORENCIO: Por aquí al pasar;
que la nueva del pesar
hállase do no se piensa.
PRÍNCIPE: Quizá para darte enojos
y desanimarte, intenta
engañarte alguno.
FLORENCIO: Haz cuenta
que lo veo por mis ojos.
NISEA: Pues pienso que te mintieron;
que ellos también mentir saben.
Y esperanzas no se acaben
que tan bien fundadas fueron.
De tu salud trata agora
y luego tratarás de ellas;
que de que saldrás con ellas
yo salgo por fïadora.
No temas competidor
séase quien se quisier;
que ha de tener su poder
envidia de tu favor.
FLORENCIO: Beso los pies cien mil veces
a quien tal merced me hace.
NISEA: Porque en verdad no deshace
su poder lo que mereces,
las nuevas que te han dado
no te quiten el reposo;
porque siempre el poderoso
es el que viene engañado.
Responderán con respeto
todos a su pretensión
más mirando la razón;
que esto hace siempre el discreto.
FLORENCIO: Quien más me favorecía
no me ha tratado verdad.
NISEA: Quizá por más amistad
o por yerro eso sería.
Ves aquí, el príncipe espera,
que me dice que ha venido
aquí mil veces, y ha sido
para mí ésta la primera.
Y si me lo oyera alguno
pensara que le engañaba.
No estés afligido. Acaba.
FLORENCIO: Siempre el triste es importuno.
ARSINDA: ¡Qué despacio lo consuela!
Como le mira afligido,
es piadosa.
PRÍNCIPE: No lo ha sido
hasta que mi mal la duela.
ARSINDA: Su pretensión le asegura
como que supiera ella
ni de sí, ni de él, ni de ella.
PRÍNCIPE: Consolarle así procura.
¿Cómo está siempre cubierto
con el paño el rostro ansí?
ARSINDA: Hase dado un golpe allí.
PRÍNCIPE: Irse a curar es lo cierto.

Salen LEUCATO y TREBACIO

LEUCATO: Señor, ¿qué venida es ésta?
¿Qué mudanza de intención
que tanta tribulación
y tanto temor me cuesta?
Dame los pies, que te hallo,
más deseado que has sido
de cuentos serás querido.

Sale ARIADENO

ARIADENO: Ya tienes allí el caballo.
PRÍNCIPE: Toma los brazos, Leucato;
que me pesa de haber dado
ocasión a tu cuidado
y a tu pecho este mal rato.
LEUCATO: ¿Por qué veniste?
PRÍNCIPE: Halléme
cansado ya.
LEUCATO: No debía
de agradarte el monte.
PRÍNCIPE: [-ía];
¿Eso tu cordura teme?
Es la recreación mejor
que he visto en toda mi vida.
LEUCATO: Pues, ¿cómo de tu venida
no me avistaste, señor?
PRÍNCIPE: Perdíme.
LEUCATO: ¿Cómo es posible
estando tan cerca yo?
O, ¿qué ocasión te apartó?
TREBACIO: (Está en apretar terrible.) Aparte
PRÍNCIPE: Hallóme aquese soldado
que ha venido en busca mía
a negocio que pedía
brevedad y su cuidado.
Oyéndole divertido
me desvié de manera
que, si buscarte quisiera,
fuera trabajo perdido.
Tomé una senda que ésta
todo desde el monte viene
porque es negocio que tiene
necesidad de respuesta
y que pide brevedad.
Y ansí, le he ya despachado
aunque está tal el cuidado
que va con dificultad;
que cayó por darse priesa
y se hubo de matar.

[TREBACIO habla aparte] a FLORENCIO

TREBACIO: (Procura disimular.)
LEUCATO: De la desgracia me pesa;
y, ¿es algo?
PRÍNCIPE: Ya está mejor.
Pártase al punto, que importa.
Aunque es la jornada corta
me ha cansado.
LEONATO: Ven, señor.
Arsinda, corriendo mira
si lo que mando está hecho.
ARSINDA: Que estará a punto sospecho.

Vase [ARSINDA]

NISEA: (¡Qué bien trazada mentira!) Aparte
Haz que el soldado se quede
que según está, imagino
que le matará el camino.
PRÍNCIPE: De ninguna suerte puede.
TREBACIO: (Si se queda, es descubierto Aparte
el embuste que está trazado.)
NISEA: Otro irá con el recado.
LEUCATO: ¿A quién? ¿Quién?
PRÍNCIPE: No puede, cierto.
LEUCATO: No porfíes si conviene,
sino mira...
NISEA: Tras ti voy.
LEUCATO: Mira...

NISEA: (¡Desdichada soy! Aparte
De irse sin verme tiene.)

Vanse [NISEA, LEUCATO, y el PRÍNCIPE]

TREBACIO: Cuando vaya a la ciudad
el príncipe, verle puedes
y está cierto que no quedes
sin premio de esta amistad.

Vase [TREBACIO]

ARIADENO: Aun ya por este camino
no todo se perderá;
que al fin ha servido ya
para esto tu camino.
Bien empleada la priesa
pues tan a tiempo llegaste;
que tu señora sacaste
de tan peligrosa empresa.
Para darte aviso de ella
ha parecido que vino
azotando tu rocino,
el enano a la doncella.
Vámonos a la ciudad;
que es locura estarte aquí
tanto tiempo, estando ansí.
FLORENCIO: Burla de mi ceguedad.
No me espanto que te rías
cuando mis desgracias crecen;
que aun lástima no merecen
aquestas locuras mías.

ARIADENO: El cielo sabe, señor,
si me dueles.
FLORENCIO: Yo lo sé;
que algunas veces se ve
hacerla contra el dolor,
y la parte más crüel
de este mal que mi alma llora
es no entender lo que agora
aún no sé qué sienta de él.
Entra en aquese aposento
y mira si a Arsinda ves.
ARIADENO: Curémoste; que después
buscarás más escarmiento.
FLORENCIO: Ve, pues.
ARIADENO: Malo ese ojo está.
Agua vierte.

Vase [ARIADENO]

FLORENCIO: Aunque me duela,
una cosa me consuela:
que no son lágrimas ya.

Perdidos ojos, que mirar osastes
a esta hechicera, a esta encantadora,
el tiempo que esa vista engañadora
entre fingida paz envuelta hallastes;
ya que a temer su guerra comenzastes,
cegad con llanto, y pagaréisme agora
el desatino que ya tarde llora
el alma descuidada que engañastes.
Vuestro error me cegó, y mi error os ciega,
y a buen tiempo enfermáis, pues mis querellas
callar podrán su causa la más fuerte.
Las lágrimas del llanto que me anega
saldrán así, sin que se burle de ellas
ésta que ya se burla de mi muerte.

Sale FLORELA

FLORELA: ¿Cómo estáis, caballero,
tanto tiempo sin curar?
O vos queréis matar
o debéis de ser de acero.
FLORENCIO: Quizá entrambas cosas son.
Traza de matarme voy;
mas como de acero soy
no salgo con mi intención.
FLORELA: Pues,...no hay en aquesta casa
caridad para acogeros.
Pues,...suele con forasteros
no ser a veces escasa.
Y, sucediendo del amo
de ellos, la desgracia fuera
que haber movido pudiera
a compasión un diamante.
Partíos a la ciudad
si es que caminar podéis;
que donde quiera hallaréis
cortesía y amistad.
Y si, como yo imagino
según fue del daño terrible,
fuera, señor, imposible
proseguir vuestro camino.
Mi padre, que en esta orilla
del monte, a muy poco espacio
detrás de aqueste palacio,
tiene una pobre casilla.
Con ella y con cuanto él mande,
hará que al menos os sobre
una voluntad de pobre
que siempre suele ser grande.
No os ha de faltar allí
una cama limpia y blanda
con las sábanas de holanda
que se guardan para mí;
colchones que puede encima
tenderse el rey con cuidado,
que dende que se han lavado
no han bajado de tarima;
cobertor que en la ventana
ponemos en nuevas fiestas;
mantas que entre nieve puestas
no sabréis si es nieve o lana;
almohadas de labor
que jamás se han enfundado;
rodapies de red labrado
que le cerque alrededor.
Hallarlo has, cuando lo veas,
oliendo todo al tomillo
y a pecho llano y sencillo
perfume de las aldeas.
Tendrás para tu regalo,
si a quedarte determinas,
huevos frescos y gallinas
que no lo hay en casa malo.
Daránte fruta estos yermos
bien sazonada y madura,
y agua fría, clara y pura.
Buen convite para enfermos.
El médico vendrá acá
o cada día o los más;
que, como a los demás,
te curará desde allá.
Sencilla ofrezco a tus pies
este servicio pequeño;
que, aunque no soy de ello dueño,
soy dueño de quien lo es.
Soy sola en cas de mi padre
y por eso ansí lo digo;
que aun hoy consuela conmigo
la pérdida de mi madre.
Rogaréselo de veras,
a su duda lloraré;
que lágrimas te daré
y no serán las primeras;
que cuando caer te vi
lloré hartas, yo te digo
y, aunque quise entrar contigo,
de pesar nome atreví.
Cuenta con tu hato tuve
que todos lo habían dejado;
que, aunque no estuve a tu lado,
en servicio tuyo estuve.
A tener más, más te diera;
mas esta pobre humildad
ofrezco a tu enfermedad,
y a mí para tu enfermera.
FLORENCIO: (Que es grande ya mi mal digo, Aparte
y grande mi desconsuelo,
pues es menester que el cielo
haga milagros conmigo;
que esta hermosura y piedad
sola tuya puede ser.
Ven, Nisea, ven a ver
quién afrenta tu crueldad.
Mira cuánto el rigor es
que conmigo usaste agora;
que una niña y labradora
te culpa de descortés.
Si tan divertida estás
en tus pretensiones altas
que a la cortesía faltas,
a la voluntad, ¿qué harás?)
FLORELA: Cortesano, no parece
buen trato no responder
palabras a una mujer
que buenas obras ofrece.
No es razón que el rostro escondas
y calles de esa manera;
que por ser mujer siquiera
es razón que me respondas.
FLORENCIO: Labradora celestial
a quien dio Naturaleza
como natural belleza
cortesía natural,
cielo a quien llega el altura
de mi mal con sus remates,
tú, que donde los quilates
se ven de mi desventura,
ver que no te sea molesta
mi tardanza en responder;
que la tengo menester
para estudiar la respuesta.
Responderte no he sabido
a tantos bienes, grosero,
que como no los espero
no me hallo prevenido.
No es mucho, aunque te contentas
con esos villanos trajes,
que cortesanos atajes
pues cortesanos afrentas.

Salen ARIADENO y ROBERTO

ARIADENO: ¿Es éste mi amo?
ROBERTO: Pésame, por cierto
de la desgracia.
ARIADENO: ¿Conoceisle acaso
deltiempo que estuvistes en España?
ROBERTO: No le conozco, pero ser podría
que allá le hubiese visto. Y como tiene
cubierto el rostro, aunque le conociera,
no creyera quién es.
FLORENCIO: Pues, Ariadeno.
ARIADENO: No parece persona que yo busque;
todo está con el huésped ocupado.
Sólo Roberto, un gran amigo mío
que conocí en España, vi aquí dentro;
que es en aquesta casa mayordomo
y la guarda mayor de aquestos montes.
FLORENCIO: ¿Es este hidalgo?
ROBERTO: Soy crïado tuyo
y quisiera tener donde pudiera
servirte y regalarte; mas el príncipe
hace que no sepamos de nosotros.
FLORENCIO: Guardeos Dios; que yo creo ese buen ánimo.
ARIADENO: ¿Qué tal te sientes?
FLORENCIO: Malo. Labradora,
¿qué hiciste los caballos?
FLORELA: Mi padre
está en su guarda mientras que yo vengo
a saber del enfermo.
ARIADENO: Sois honrada.
FLORENCIO: Bien lo hanmostrado sus ofrecimientos.
FLORELA: No mucho, pues tan mal son recibidos.

[ARIADENO habla aparte con FLORENCIO]

ARIADENO: (No te descuides en cubrir el rostro;
no te conozca aquéste, que podría...)
FLORENCIO: (Por eso tengo el paño de esta suerte
más que por el dolor.)
ARIADENO: Adiós, Roberto.
ROBERTO: Adiós. Mañana podrá ser que sea
a la ciudad; que he de ir a buscar guardas
para este monte.
ARIADENO: Pues, ¿está sin ellas?
ROBERTO: Yo le suelo pasear en un caballo
y, como está tan lejos, con aquesta
y una guarda de a pie que tengo siempre,
sino desde algunos días a esta parte
que se nos fue, le tengo bien guardado.
Y así, le iré a buscar con diligencia;
que, como ha dado el príncipe en venirse,
la caza aquí parece mal sin guarda.
FLORENCIO: Pues, ¿suele acostumbrar esa venida?
ROBERTO: Hoy la comienza; pero está contento
y entiendo que querrá continuarla.
ARIADENO: Mal placer le dé Dios.
FLORENCIO: Pues cuando vayas,
¿dónde piensas posar porque Ariadeno
te vea?
ROBERTO: En las casas de Leucato,
bien conocidas en la ciudad toda.
ARIADENO: Ven con Dios mañana.
ROBERTO: Sí, vendré din duda,
y yo tendré cuidado.
ARIADENO: Labradora,
por la guarda tomad para alfileres.
FLORELA: ¿Soy lacayo por dicha que me pagas
el guardar tus caballos?
FLORENCIO: No la afrentes.
ARIADENO: ¡Hágame estas afrentas todo el mundo!
FLORENCIO: Adiós, mi labradora.
FLORELA: ¿Qué? ¿No quieres
quedarte?
FLORENCIO: Por temor del mal quisiera.
Importa que me vaya, ¡por tus ojos!
Tiempo queda, si Dios me diere vida,
en que vea tu casa.
FLORELA: La palabra
tomo.
FLORENCIO: Yo la doy, y cumpliréla.
FLORELA: Adiós. Iré contigo hasta el camino.
ARIADENO: No estás despacio para cumplimientos.
El vino que probamos allá dentro,
¿véndese en la ciudad?
ROBERTO: Si traes bota,
de ello llevarás.
ARIADENO: Si no descalzo
estas dos, que no harán mala medida,
no tengo otra. ¡Mal haya el caminante
que camina sin bota!
FLORENCIO: ¿Vienes?
ARIADENO: Vamos.

Vanse [FLORENCIO, ARIADENO y FLORELA]. Sale
TREBACIO

TREBACIO: ¿Dónde podrá ponerse un cojín mío?
ROBERTO: En casa de Sileno tenéis más,
un labrador que vive en las espaldas
de aquesta torre, casa como en monte.
TREBACIO: Como tengo tejado, me contento.

Sale NISEA

NISEA: ¿Sabéis si se ha partido el forastero
que cayó del caballo?
ROBERTO: Ya es partido.
NISEA: ¿Sabéislo cierto?
ROBERTO: Yo le vi partirse.
NISEA: ¿Cómo iva?
ROBERTO: Muy malo. Yo le temo
estarse tanto tiempo sin curarse.
Ningún remedio tiene de matar[le].
No sé cómo la gente que halla en casa
de caridad siquiera, no le diera
adonde descansara por un rato.
NISEA: ¡Que aquesto escucho, triste, y no reviento!
Ese descuido nuestro y su desgracia
me deja con gran lástima y deseo
saber de su salud.
ROBERTO: Yo he de ir mañana
a la ciudad y pienso que he de verle;
que su crïado es [gran] amigo mío.
NISEA: Búscamele, Roberto, por tu vida,
y al crïado le di que venga a verme.
Enviaremos al triste algún regalo
en pago de que aquí no le acogimos.
ROBERTO: Harélo de la suerte que lo mandas.
NISEA: ¿Haráslo con cuidado?
ROBERTO: Harélo cierto.
NISEA: (¡Yo te maté, Florencio, yo te he muerto) Aparte

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

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