Del monte sale quien el monte quema — Jornada II

JORNADA SEGUNDA


Salen FELICIANO y TIRSO
TIRSO: No pensé verte en la aldea.985
FELICIANO: Por la ropa que ha quedado
del conde vengo.
TIRSO: ¿A un crïado
como tú en la ropa emplea?
A la fe, vienes a ver
qué hay de la pobre Narcisa.990
Salen NARCISA y JUANA
NARCISA: ¿Feliciano? ¿Tan aprisa?
JUANA: Luego se quiere volver.
NARCISA: ¿Es el que con Tirso está?
JUANA: Él mismo.
TIRSO: Narcisa es ésta.
FELICIANO: Bien lo poco manifiesta995
que del conde se le da.
NARCISA: ¿Señor Feliciano?
FELICIANO: ¡Oh, reina
en talle, hermosura y brío
de esta selva, en cuanto el río
sus verdes riberas peina!1000
¿Cómo estamos de memoria
de los que de aquí faltamos?
NARCISA: Ya poco nos acordamos
de aquella pasada historia,
si va a decir la verdad;1005
porque la Naturaleza
opuso nuestra bajeza
al sol de la majestad.
FELICIANO: Nunca menos presumí
de tu raro entendimiento,1010
que fuera tal pensamiento
soberbia locura en ti.
Mil veces hemos reído
el conde y yo tus amores,
porque ya en cosas mayores1015
tiene ocupado el sentido.
“¡Lo que pueden soledades,”
dice a veces, “pues obligan
a que a una piedra se digan
del alma tiernas verdades!1020
Como en el monte no había
quien tuviese entendimiento,
humillé mi pensamiento
a quien alguno tenía.
Mas ya que en la corte vi1025
ingenio y belleza iguales,
a los hombres principales
y al estado en que nací,
ya que de Celia miré
belleza, ingenio y valor,1030
todo aquel pasado amor
como se vino se fue.”
NARCISA: ¿Quién es Celia?
FELICIANO: Una señora
hija del gobernador
de París.1035
NARCISA: ¡Qué justo amor!
FELICIANO: Al mismo Amor enamora.
NARCISA: Y ¿quiérela mucho?
FELICIANO: Tanto
que pierde por ella el seso.
NARCISA: ¡Bravo amor!
FELICIANO: Con grande exceso.
NARCISA: Si es tan linda, no me espanto.1040
FELICIANO: Si tú la oyeses hablar,
te perderías por ella.
NARCISA: No haría, porque con ella
no tengo yo qué tratar.
FELICIANO: No hay cosa que no se rinda1045
a su hermosura y valor.
Todos la tienen amor.
NARCISA: ¡Válame Dios! ¿Qué, es tan linda?
Por lo que al conde he querido,
puesto que de burlas fue,1050
me huelgo de ver que esté
tan justamente perdido.
Vete con Dios, Feliciano,
y mira si puedo yo
servirte en algo.1055
FELICIANO: Hoy me dio,
Narcisa, tu padre Albano
una cuenta que debía
el conde. Enviaré el dinero
con Tirso.
JUANA: Adiós, caballero.
¿Ya no habláis?1060
FELICIANO: ¡Oh, Juana mía,
todo se olvida en la corte!
En su mar andamos ya.
JUANA: ¿Quién duda que ya tendrá
otra Celia de más porte?
FELICIANO: No faltan, Juana; que allí1065
hay de esa mercadería
abundancia.
TIRSO: Yo querría
también preguntarte…
FELICIANO: Di.
TIRSO: …por qué Celio me has dejado?
FELICIANO: Yo, Tirso, tu amigo soy;1070
respuesta a Narcisa doy
de lo que me ha preguntado.
Todos os quedad con Dios.
Vase
JUANA: ¡Cuál se ha quedado Narcisa!
TIRSO: ¡Que con tanta burla y risa1075
éste hablase de las dos!
Yo soy un pobre villano,
y fue milagro no hacer
un desatino.
JUANA: Tener
puede ingenio Feliciano,1080
mas no el término que es justo.
TIRSO: Él anduvo descortés.
¡Lástima, Narcisa, es
de verte en tanto disgusto!
Yo, con ser el agraviado,1085
viendo tanta sinrazón,
vengo a tener compasión
de tu miserable estado.
¿No hablas?
NARCISA: ¡Válgame el cielo!
¡Locamente me perdí!1090
¿Que esto ha pasado por mí,
que, duro monte de hielo,
tanto fuego sepultó?
¿Tan presto puede querer
Enrique a aquella mujer1095
que Feliciano pintó
con tanta descortesía?
¿He mudado yo mi ser?
¿Por qué me engañaste ayer,
lisonjera fuente fría?1100
¿No me dijo tu cristal
que soy la misma que fui?
¿Cómo ya le parecí
al conde Enrique tan mal?
Basta, desengaños sabios.1105
Campos, árboles y flores,
pues oístes sus amores,
escuchadme sus agravios.
Una Celia de París
me dicen que el conde adora;1110
¿qué me aconsejáis agora?
Pues murmuráis, ¿qué decís?
Pensé yo que a mis congojas
respondía el sentimiento
destos olmos, y era el viento1115
que jugaba con las hojas.
¿Qué locura es ésta? ¡Ay, cielos!
Ya no son de amor cuidados,
porque agravios declarados
¿qué tienen que ver con celos?1120
¡Qué libre me dijo flores
aquel villano atrevido!
“Mil veces hemos reído
el conde y yo tus amores.”
” ¡Lo que pueden soledades!”1125
dice a veces, “pues obligan
a que a una piedra se digan
del alma tiernas verdades.”
¿Piedra era yo? No lo fui,
porque si yo piedra fuera,1130
ni aquí ni entonces sintiera;
pero en la firmeza sí.
No piense Enrique traidor
que esta burla me ha de hacer,
que desde que fui mujer1135
soy igual a su valor.
Si él es de sangre real,
que no hay tan vil mujer crea
que, con ser mujer, no sea
a toda grandeza igual.1140
Iré a la corte a vengarme,
o allí perderé la vida.
TIRSO: Tente; ¿dónde vas, perdida?
NARCISA: A la corte.
TIRSO: ¿A qué?
NARCISA: A matarme.
TIRSO: Juana, aunque celoso estoy,1145
yo no la pienso dejar.
JUANA: Temo que se ha de matar.
También a seguirla voy.
TIRSO: ¿A qué mayores desvelos
puede llegar el rigor1150
que a tener Narcisa amor
y que la ayuden mis celos?
Que, a costa de la cabeza,
favorecer su porfía
bien puede ser hidalguía,1155
pero parece bajeza.
Vanse. Salen CELIA y CLARA
CLARA: Disculpados y contentos
están en esta ocasión,
señora, tus pensamientos.
CELIA: Fundan mi amor en razón1160
sus altos merecimientos.
No te espante la mudanza
en tanta desconfïanza,
ni que a quererle me aplique,
que es tener amor a Enrique1165
de todo un reino esperanza.
CLARA: ¿Qué hablastes en el jardín?
CELIA: Tantas cosas que prometen
a mi amor dichoso fin,
como estos reinos le acaten,1170
Clara, por francés Delfín.
No le mostré disfavor,
olvidando como error
mi pasado desconcierto,
que tener amor a un muerto1175
más es melindre que amor.
Aunque el agradecimiento
de aquella pasada historia
pide justo sentimiento,
no se muda la memoria1180
sino sólo el pensamiento;
que si al príncipe quería,
a quien tanto amor debía,
y el conde lo viene a ser,
lo mismo vengo a querer1185
que entonces querer solía.
Fuera de esto, en mi defensa
dice Amor que no es ingrato,
y estar disculpado piensa,
porque querer su retrato1190
no es hacer al dueño ofensa.
Ningún castigo merece
quien ama lo que le ofrece
de lo que amó semejanza,
porque no ha sido mudanza1195
querer a quien le parece.
CLARA: ¿Tiene buen entendimiento?
CELIA: ¡Ay, Clara! Díjome cosas,
si no fueron fingimiento,
tan tiernas, tan amorosas,1200
culpando su atrevimiento,
que se disculpara el mío
cuando más favor le hiciera.
CLARA: Olvida, que es desvarío
querer muertos, que aunque fuera1205
justo amor, fuera muy frío.
Con ganancia te retiras.
Al mayor sujeto miras
que pudiste imaginar;
no tienes que desear1210
si a reina de Francia aspiras.
Mas ¿qué me darás, señora,
si llegas a tal estado?
CELIA: Clara, no espantes agora
la dicha que no ha llegado.1215
CLARA: ¿Por qué, si Enrique te adora?
¿Puede ya dejar de ser
Delfín de Francia? ¿Qué quieres,
si tú has de ser su mujer?
CELIA: ¡Oh, qué presto a las mujeres1220
engaña un falso placer!
Sale MAURICIO
MAURICIO: ¿Celia?
CELIA: ¿Señor?
MAURICIO: ¿Con quién estás?
CELIA: Con Clara.
MAURICIO: Despeja, Clara, el aposento luego.
CLARA: (Algo ha entendido, si en tu amor repara.) Aparte
MAURICIO: Es de los padres el mayor sosiego,1225
Celia, el recato de sus hijos.
CELIA: ¡Mira
que entras en esta queja a sangre y fuego!
MAURICIO: Injustamente mi principio admira
tu casto honor hasta saber mi intento,
que de los dos a la quietud aspira.1230
CELIA: Es la proposición el fundamento
de cualquiera intención, y comenzaste
incitando mi justo sentimiento.
MAURICIO: ¿A quién diste ocasión, a quién miraste,
por vida de los dos?1235
CELIA: Galán pareces.
Mucho de que eres padre te olvidaste.
MAURICIO: Pues ¿qué galán de los que tú mereces
puede haber como yo? Que un galán miente
y un padre no.
CELIA: Tus celos encareces.
Por dicha, ¿temerás que Enrique intente1240
inquietar de tu casa la nobleza
y sángraste en salud por accidente?
MAURICIO: El venir señoría con alteza
no lo he pensado yo, si bien no ha sido
el milagro mayor de la belleza.1245
Mis celos o mi engaño han procedido,
Celia, de que hoy con el marqués Roselo
una cansada plática he tenido.
Y aunque te pide, me dejó recelo
de que por dicha la ocasión le has dado.1250
¿Es esto ansí?
CELIA: Mejor te guarde el cielo.
MAURICIO: Si te parece a ti que es acertado,
si lo deseas tú, no hay que replique.
CELIA: El marqués, si lo ha dicho, te ha engañado.
Y permite, señor, que te suplique1255
que no tratemos más de casamiento,
y más pudiendo ser tu yerno Enrique.
MAURICIO: ¿Qué Enrique?
CELIA: El que ya tiene pensamiento
de ser Delfín de Francia.
MAURICIO: El tuyo admiro;
mas no debe de ser sin fundamento.1260
Dime verdad.
CELIA: No hay más de que me mira.
MAURICIO: De mirarte no hubieras tú pensado
que a darte Enrique su esperanza aspira.
CELIA: Con un amigo lo ha comunicado.
Si él espera reinar, lo mismo espero.1265
MAURICIO: Ni soy cobarde yo ni confïado;
tu vida, Celia, solamente quiero.
Vase. Sale CLARA
CLARA: Una famosa visita
quiere hablarte.
CELIA: ¿El conde?
CLARA: No.
CELIA: Pues ¿quién es?1270
CLARA: No sé más yo
de que verte solicita.
CELIA: ¿Mujer?
CLARA: Una gran señora
parece.
CELIA: Déjala entrar.
CLARA: De secreto viene a hablar
contigo. Esto dice, y llora.1275
Salen NARCISA, vestida de dama bizarra, con manto; JUANA, de dueña, con tocas largas; y TIRSO, de escudero
NARCISA: ¿Dónde está su señoría?
CELIA: Aquí, mi señora, estoy.
NARCISA: Mil gracias al cielo doy
de veros, señora mía.
CELIA: (¡Qué lindo talle!) Aparte1280
CLARA: (¡Extremado!) Aparte
CELIA: Lléganos sillas aquí.
CLARA: Mejor estaréis ansí,
señora, que en el estrado.
CELIA: No sé vuestra calidad,
y así no os doy lo que es justo.1285
NARCISA: No requiere mi disgusto
más honra ni autoridad.
CELIA: No me canso de miraros.
NARCISA: De mi pena os cansaréis;
pero como no la veis1290
podéis, señora, engañaros;
por la mano pudo ser
ganarme en encareceros,
que no hay bien, después de veros,
sino volveros a ver.1295
La fama, aunque grande, ha sido
retrato de mal pintor.
CELIA: Que no paséis del favor
a tanta lisonja os pido.
Hablan aparte TIRSO y JUANA
TIRSO: ¡Ay, Juana, temblando estoy1300
si nos han de conocer!
JUANA: ¿Qué nos puede suceder?
TIRSO: ¿Eres mujer?
JUANA: Sí lo soy,
y me ves tan animosa,
¿qué temes?1305
TIRSO: ¿No es con razón
temer que en esta ocasión
nos suceda alguna cosa,
a ti por dueña fingida,
y a mí por falso escudero?
NARCISA: Si escucháis, deciros quiero,1310
Celia, mi pena y mi vida.
Hermosa Celia, en quien el cielo santo
un jardín de belleza deposita,
con esperanza que a mi tierno llanto
algún favor vuestra piedad permita;1315
mi agravio injusto el lastimoso canto
de Filomena en verde selva imita,
si a las fuentes refiere sus enojos,
yo, triste, a las riberas de mis ojos.
De alta sangre nacida en León de Francia,1320
quedé sin padres en edad tan tierna
que mostró mi desdicha la importancia
de la forzosa obligación paterna.
Hasta la juventud desde la infancia
el debido recato me gobierna,1325
donde apenas mi pie la línea pasa
en breve patria de mi propia casa.
Turbaron esta paz, no pensamientos
nacidos del espejo y de su engaño,
que aun apenas primeros movimientos1330
a su cristal reconoció mi daño.
La fiesta que los mismos elementos
suelen, señora, agradecer al año,
vistiendo el fuego luz, el aire olores,
el agua perlas y la tierra flores;1335
la fiesta, en fin, de aquel profeta santo,
general regocijo de la tierra,
salí formando del cabello el manto,
que pocas veces la ocasión la yerra.
Pasaba entonces, y en olvido tanto1340
como belleza, a la vecina guerra
el conde Enrique, a quien detuvo el día,
mejor dijera la desdicha mía.
Transformaba sus lágrimas la aurora
con el calor del sol por las orillas1345
de un manso arroyo, cuya margen dora
en pimpollos de infantes florecillas,
cuando a su gente, entonces vencedora,
que se alojaba por diversas villas,
alzo los ojos con disculpa y miro1350
la hermosa causa por quien hoy suspiro.
En un feroz caballo corpulento
que las arenas fuego imaginaba,
y como en ellas en el mismo viento
fugitivo los átomos pisaba1355
el conde con el mismo pensamiento
o con la misma estrella me miraba,
coronado de plumas de colores,
como su frente de diversas flores.
Bien digo yo que fueron las estrellas;1360
pues, después de haber hecho el enseñado
bridón las gentilezas, que con ellas
mis ojos puso en el primer cuidado,
de algunos escuderos y doncellas
de mi nombre y mis prendas informado,1365
dejó la guerra y comenzó la mía.
¡Oh, cuánto puede amor cuando porfía!
No es justo referiros diligencias,
pues que mi calidad, sangre y estado
os dirán las forzosas diferencias1370
de nacimiento menos obligado.
Rindiéronse del alma las potencias
a tanto amor, habiéndose pasado
primero un año entero en la conquista
desde el rigor de la primera vista.1375
A cuyo fin llegaron juramentos,
cédulas y palabras, mal cumplidas,
a derribar mis altos pensamientos,
si bien no diré yo que son fingidas.
Tres hijos aumentaron los contentos1380
de nuestras dos enamoradas vidas;
los dos varones, que a su cargo tiene
aquel hidalgo que conmigo viene.
La hija cría aquella dueña honrada,
a cuyos brazos debe, agradecida,1385
en virtud y labores enseñada,
más que a las ansias que le dieron vida.
Trújome aquí; pero en la muerte airada
que al príncipe la envidia revestida
de esta ciudad nos desterró a su tierra,1390
que de montañas ásperas se cierra.
Después que el reino pide su heredero,
volvimos a París, donde me ha dado
celos de vos, si bien, como primero,
me jura que conmigo está casado.1395
De vuestro gran valor, señora, espero
que no daréis lugar a su cuidado,
por lo menos estando de por medio
la gran dificultad de mi remedio.
Tres ángeles os muevan, que perdidos1400
pueden quedar por vos, y el llanto os mueva
de una mujer tan noble si, atrevidos,
sus pensamientos a engañaros lleva.
No aspiro a reinar yo; mis ofendidos
deudos intentarán que yo me atreva;1405
sólo pretendo ya que satisfaga
mi honor el conde, que bien mal me paga.
CELIA: ¡Lástima me habéis causado!
TIRSO: (¿Hay embeleco mayor?) Aparte
JUANA: (Calla, Tirso, que el Amor Aparte1410
fue siempre el mayor letrado.)
TIRSO: (¿Yo crío dos niños, yo?
¡El diablo me trujo aquí!)
CELIA: Que estéis celosa de mí
me pesa; del conde, no.1415
Confieso que me ha servido
después que vino a la corte,
no de manera que importe
a lo que os ha prometido;
y que yo, como ignorante,1420
le miré con afición;
mas viendo que no es razón,
no ha de pasar adelante.
Aquesta palabra os doy.
NARCISA: Mil veces los pies os beso.1425
Yo temo algún mal suceso
si ve que con vos estoy.
Dadme licencia, que aquí
estoy temblando de miedo
de su rigor.1430
CELIA: ¿Y no puedo
saber vuestro nombre?
NARCISA: Sí;
que vos, como tan discreta,
no le diréis de esto nada,
que a su condición airada
tengo la vida sujeta.1435
Temo sus graves enojos,
tanto mi amor desconfía,
que no me amanece el día
si no me le dan sus ojos.
Y no le quiero perder1440
una noche de mi lado,
que estará muy enojado
y me dejará de ver.
Doña Sol me llamo. Adiós.
CELIA: El cielo os guarde.1445
NARCISA: Rufino,
vamos.
TIRSO: (¿Hay tal desatino?) Aparte
Vanse NARCISA, TIRSO y JUANA
CELIA: ¡Suceso extraño, por Dios!
Hizo fin mi pensamiento.
CLARA: ¿Por qué?
CELIA: Porque no es razón.
CLARA: Damas como ésta no son1450
materia de casamiento.
¿Es mucho que un caballero
mozo tenga una mujer?
CELIA: Mucho, Clara, puede ser
si la quiere, y yo le quiero.1455
Aquí dejo mi cuidado
y cuanto afición se llama,
que hombre con hijos y dama
nunca salió bien casado.
Será su amor inmortal,1460
Clara, por más que lo dores,
que los primeros amores
salen siempre tarde y mal.
En otra puede emplearse
que no sepa sus cuidados.1465
CLARA: ¿Han de estar empapelados
los hombres para casarse?
Puede dejar de querer
sus hijos.
CELIA: Mi intento muda
esto de ser reina en duda1470
y tener otra mujer.
Salen ENRIQUE y FELICIANO
ENRIQUE: ¿A qué mejor ocasión
pudo llegar mi deseo?
FELICIANO: Sola está Celia.
ENRIQUE: Señora,
gracias al amor y al tiempo1475
concertados en mi dicha,
pues en ocasión os veo
que os pueda hablar sin testigos.
Hermosa Celia, ¿qué es esto?
¿Tan limitada alegría1480
de vuestros ojos merezco?
¿Tan poco favor a quien
con tal cuidado y desvelo
pasa las horas de ausencia
en vuestros merecimientos?1485
¿Qué novedad ha causado,
claro sol, cielo sereno,
tanta tempestad de agravios
sobre mi inocente pecho?
¿Rayos a mí, dulces ojos?1490
¿Soy yo gigante soberbio,
que me fulminan airados?
¿He conquistado su cielo
por ambición de su gloria
con montes de atrevimiento?1495
CELIA: Enrique, por no tenerle
con vos, que en esto os debo
respeto, por muchas causas
daba mi agravio al silencio.
Indigna cosa parece1500
de tan nobles caballeros,
que los llama su fortuna
al laurel de tantos reinos,
engañar una mujer
de mi calidad, haciendo1505
tan falsas demostraciones,
todas por ventura a efeto
de engañarme, como a quien
hoy llora rigores vuestros.
Yo no soy mujer, Enrique,1510
de obligaciones, que puedo
andar en pruebas de amor
ni en competencias de celos.
Aquí ha estado doña Sol
con la dueña y escudero1515
que vuestros tres hijos crían.
A vuestra memoria dejo
la historia de sus agravios.
Con lágrimas, desde el tiempo
que la distes en León1520
palabra de casamiento,
me la refirió, y me pide
no os dé lugar con su ejemplo
a mayor desdicha mía,
y que me admiro os confieso1525
que, estando todas las noches
con libre y cansado sueño
con ella y con vuestros hijos,
tengáis atrevido aliento
de inquietarme a mí los días1530
con visitas y paseos.
Enrique, yo soy quien soy;
bien sabéis, porque es muy cierto,
que no sois mejor que yo.
Burlas, donde hay padre y deudos1535
de la calidad que veis,
no parecen de hombre cuerdo.
No habéis de mirarme más;
acudid a vuestro empleo,
que llora por vos el Sol1540
y es lástima darle celos.
Vase CELIA
ENRIQUE: ¡Señora! ¡Señora!
FELICIANO: Fuése.
ENRIQUE: Clara, detente. ¿Qué es esto?
CLARA: ¿Qué ha de ser?
ENRIQUE: ¿Suelen a Celia
darle aquestos movimientos1545
por alguna enfermedad?
CLARA: Piensa muy a lo discreto
disimular vuestra alteza.
ENRIQUE: ¿Qué dices?
CLARA: Que ya sabemos
de la misma doña Sol1550
todos los pasados cuentos.
Váyase con sus tres hijos;
cumpla, pues la debe al cielo,
la palabra que le ha dado.
ENRIQUE: Oye, Clara, que no acierto,1555
de turbado, a responderte.
CLARA: Conde, no tiene remedio.
ENRIQUE: ¿Mujer ha venido aquí?
CLARA: Y con lágrimas que creo
que enternecieran las piedras.1560
ENRIQUE: ¿Mujer principal?
CLARA: No pienso
que hay en París tan hermosa
dama.
ENRIQUE: Vete, que ya entiendo
la invención, y sé en qué prenda.1565
CLARA: ¿Qué invención?
Vase CLARA
ENRIQUE: ¡Viven los cielos,
que he tenido por desdicha
que viva en este suceso
Celia dentro de palacio.
FELICIANO: Pues ¿qué presumes?1570
ENRIQUE: Sospecho
que ese engaño le ha contado
a Celia el marqués Roselo,
que, como sabes, la sirve;
que haber venido es enredo
esta doña Sol que dicen1575
y, si no fuera aquí dentro,
yo lo averiguara a voces,
agraviado y descompuesto.
FELICIANO: Vámonos de aquí, señor,
que viene el marqués, y temo1580
tu condición.
Sale el marqués ROSELO
ROSELO: Aquí está.
Señor conde, ¡a qué buen tiempo
os hallo en esta ocasión!
ENRIQUE: (¿Podré tener sufrimiento?) Aparte
FELICIANO: (Mira, señor, dónde estamos.) Aparte1585
ROSELO: Enrique, hablaros deseo.
ENRIQUE: (¿Qué haré, Feliciano?) Aparte
FELICIANO: (Oírle.) Aparte
ENRIQUE: ¿En qué os sirvo?
ROSELO: Estadme atento.
Después que de París os retirastes,
conde, a vivir en una pobre aldea,1590
y su confusa pompa despreciastes,
como quien tanto su quietud desea,
y lejos de la envidia cortesana
en dulce soledad la vida emplea,
yo vi sin elección ni ambición vana1595
la hermosura de Celia por destino,
alma divina en perfección humana.
Seguir mi pensamiento determino
con alguna esperanza lisonjera
que a darme aliento o a engañarme vino.1600
Contar los gastos de esta empresa fuera
bajeza del valor; cuento los pasos
mientras un año el sol corrió su esfera.
Fui de su puerta en todos sus ocasos
inmoble piedra hasta salir la aurora,1605
donde me sucedieron varios casos.
No porque tenga yo de esta señora
ni queja ni favor; vengo a pediros,
porque entendí que la servís agora,
procuréis, si es posible, divertiros1610
del nuevo pensamiento si obligaros
merecen tantas ansias y suspiros.
Esto con humildad, y aseguraros
que amor y no arrogancia me ha movido,
que si no puede ser, quiero dejaros1615
libertad de pedirme lo que os pido.
ENRIQUE: Marqués, por medios honrados
los caballeros discretos
intentan fines y efeto
iguales a sus cuidados.1620
Si esto fuera antes de hacer
lo que en mi agravio habéis hecho,
yo quedara satisfecho;
pero como viene a ser
después de haberle contado,1625
viendo que ya me quería,
a Celia que yo tenía
tres hijos y que le he dado
palabra de casamiento
a mujer que jamás vi,1630
contentaos que tenga aquí
de escucharos sufrimiento.
¿Yo doña Sol? ¿Yo he tenido
tres hijos? ¿No hay otros medios
para celosos remedios?1635
ROSELO: Conde, menos atrevido,
aunque aspiréis a Delfín,
que no lo sois hasta agora.
Yo he mirado a esta señora
para tan honesto fin1640
que no tengo que temer
de hombre humano competencia,
ni es tan baja diligencia
de mi noble proceder.
Dw ella yo estoy satisfecho,1645
aunque con desdén me mira,
porque tan grande mentira
fuera indigna de su pecho.
Si otro alguno os engañó,
miente, y yo lo probaré1650
con la espada.
ENRIQUE: Yo no sé
más de que Celia me dio
la queja que os he contado;
y como la fama ha sido
que de París me ha tenido1655
vuestra envidia desterrado,
presumo que vos seréis.
ROSELO: Respondo que no es razón
que mienta la presunción,
si sois vos quien la tenéis.1660
ENRIQUE: A tales atrevimientos
no hay respeto que mirar.
ROSELO: Ni reservado lugar
para honrados pensamientos.
Sale el REY, MAURICIO y LEONELO
FELICIANO: ¡El rey, señor!1665
ENRIQUE: No le espero,
Vase
REY: ¿Aquí espadas?
ROSELO: Quien defiende
honra y vida, gran señor,
vuestra disculpa merece.
El conde…
REY: No prosigáis;
bien sé que la culpa tiene,1670
pues no esperó como vos,
que quien sin ella se siente
no huye el rostro al juez.
ROSELO: De que tú le favoreces
piensa que estoy envidioso.1675
Tú sabes, señor, que siempre
te he dicho de Enrique bien.
REY: ¿Y ésa es causa suficiente
para que saquéis la espada?
ROSELO: Si fue para defenderme,1680
como he dicho, ¿no fue justo
que su furor resistiese?
REY: Leonelo, llevadle preso
y buscad al conde. ¿Puedes,
Mauricio, agora abonarme1685
estas cosas, como sueles?
¿Ves cómo comienza Enrique,
arrogante y insolente,
a atropellar la nobleza?
¡Qué buen principio me ofrece1690
para lo que el reino pide!
MAURICIO: Hasta oírle no conviene
ponerle toda la culpa.
REY: Yo le conozco. ¡Si él fuere
digno del laurel de Francia!1695
MAURICIO: Presumo que le aborreces.
Salen NARCISA, JUANA y TIRSO, todavía vestidos de dama, dueño y escudero
NARCISA: Aquí está su majestad.
TIRSO: ¿Es posible que te atreves
a hablarle?
NARCISA: Calla, cobarde;
también escuchan los reyes.1700
¡Señor!
REY: ¿Quién es?
NARCISA: Quien quisiera
hablarte secretamente.
REY: El gobernador no importa.
¿A qué vienes y quién eres?
NARCISA: Invicto Ludovico,1705
yo soy madama Flor, hija de Arnesto.
Escucha, te suplico,
la justa causa que a tus pies me ha puesto.
Soy principal y grave;
todo París mi nacimiento sabe.1710
Tengo una hermana hermosa,
a quien vio por mi mal el conde Enrique,
tan noble y virtüosa,
que, no sabiendo qué remedio aplique
a vencer su decoro,1715
porque con la virtud no es precio el oro.
De medios se ha valido
tan indignos de un príncipe que aspira
al reino pretendido,
y del espejo en que París se mira,1720
pues ha de sucederte,
que de mayores males nos advierte.
La escura noche estaba
habrá tres días en silencio solo;
mi gente reposaba,1725
porque, en partiendo el sol al otro polo,
a ejemplo de su dueño,
se encierra, muda a la labor y al sueño.
Cuando el conde, atrevido,
de mi hermana Lucrecia enamorado,1730
nuevo Tarquino ha sido,
aunque sólo ser güésped le ha faltado;
pues, rompiendo ventanas,
puso en su honestidad manos tiranas.
Lloraba la doncella,1735
que enterneciera un mármol. Aquí vienen
testigos que de vella
lágrimas tiernas en los ojos tienen.
Mas no le aprovechaba,
que Roma ardía y a Nerón lloraba.1740
De ellos, señor, te informa;
ellos te digan lo que yo no puedo;
verás cómo conforma
la pena al llanto, la desdicha al miedo.
¡Ay, mi Lucrecia amada!1745
¿Qué hará tu honor, tu castidad violada?
REY: ¿Qué dices de esto, Mauricio?
MAURICIO: Estoy, señor, admirado.
REY: ¿Parécete que me ha dado
de ser buen príncipe indicio1750
extremada educación?–
Venid acá vos, señora,
¿por dónde entró y a qué hora
Enrique en tan gran traición?
JUANA: Señor, las doce serían1755
y entró por una ventana.
TIRSO: (En examinando a Juana, Aparte
a las galeras me envían.)
JUANA: Era lástima, señor,
verla de lágrimas llena,1760
como dulce Filomena
llorar su perdido honor.
REY: Vos, buen hombre, ¿qué decís?
TIRSO: Señor, lo que es el forzarla
yo lo vi, que de mirarla1765
lloraba todo París;
mas lo que es a Filomena
yo no la he visto, en verdad.
NARCISA: Túrbale la majestad
y enternécele la pena.1770
TIRSO: Lo que es forzarla, eso vi;
no diré otra cosa yo,
y aun después que la forzó…
REY: ¿Qué?
TIRSO: …quiso forzarme a mí.1775
NARCISA: Está turbado, señor.
TIRSO: Sí, porque la defendía
de sus manos, me decía,
lleno de enojo y furor,
que me había de hacer1780
y acontecer. ¿No es forzarme?
REY: No es menester informarme;
reportarme es menester.
Traedme mañana aquí
esa doncella.1785
NARCISA: Señor,
remedio pide mi honor.
REY: Traedla y fïad de mí.
NARCISA: Guarden los cielos tu vida.
TIRSO: Juana traerá a Filomena,
señor, que yo, con la pena1790
de nuestra casa ofendida,
no sé agora dónde vive.
JUANA: (Camina, que puede entrar Aparte
el conde.)
NARCISA: (No he de parar Aparte
hasta que el rey le desprive,1795
hasta que al monte se vuelva,
porque el conde ha de saber
que, agraviada una mujer,
no hay cosa que no revuelva.)
Vanse NARCISA, JUANA y TIRSO
REY: ¿Qué podrás decir agora,1800
Mauricio?
MAURICIO: No sé qué diga
si el conde te desobliga
de esta suerte.
REY: ¿A una señora
tan principal eso intenta
Enrique para agradarme?1805
¿Con esto quiere obligarme?
Al reino quiero dar cuenta
de estos principios, Mauricio.
MAURICIO: Disculpa tiene la edad.
REY: Nacen con la majestad1810
canas, valor y jüicio.
Salen ENRIQUE, FELICIANO y LEONELO
LEONELO: Al conde tienes aquí.
REY: No sé, Enrique, cómo pueda
decirte mi sentimiento.
ENRIQUE: ¿Quién duda, señor, que seas1815
juez discreto y que agora
a la otra parte reservas
uno de los dos oídos?
REY: Cuando solamente fuera
sacar sin causa la espada,1820
Enrique, mi justa queja
admitiera tu disculpa,
y aun pienso que cuando hubieras
muerto al marqués, porque, en fin,
honor y cólera ciegan1825
los hombres y, de improviso,
pocas espadas son cuerdas;
pero hacer Roma a París
y que a quejárseme venga
madama Flor de que fuerces,1830
sin ser Tarquino, a Lucrecia,
¿cómo lo podré sufrir?
¿Tú por las ventanas entras
de una casa principal
y fuerzas a una doncella?1835
ENRIQUE: (¿Qué es aquesto, Feliciano?) Aparte
FELICIANO: (No es posible que esto sea Aparte
sino envidia de traidores.)
ENRIQUE: Señor, ¿qué traidora lengua
te informa tan mal de mí?1840
¿Qué hombre es éste que desea
mi muerte?
REY: No es hombre, Enrique.
Como un instante vinieras
antes, hallaras aquí
el dueño de tanta afrenta.1845
Madama Flor me ha contado
que, como no te aprovecha
contra su virtud el oro,
te has valido de la fuerza.
A su hermana has forzado,1850
Enrique, ¿por qué lo niegas?
ENRIQUE: ¿Qué madama Flor, señor,
que me quitas la paciencia?
Si la conozco ni he visto
tal casa ni tal Lucrecia,1855
quíteme el cielo la vida.
REY: Y si viene esta doncella
mañana aquí, y en tu cara
te dice con la violencia
que le quitaste el honor,1860
¿qué dirás?
ENRIQUE: Que cuando venga
tal mujer, ni del delito
que te han dicho me convenza,
quiero que luego me quiten
de los hombros la cabeza1865
en un público teatro.
Empieza a irse ENRIQUE
REY: Yo sé que, cuando la veas
que te prueba con testigos
tan abonados la fuerza,
será imposible negarlo.1870
Vuelve ENRIQUE
ENRIQUE: ¿Qué testigos?
REY: Una dueña
y un escudero, que entrambos
te harán decir lo que niegas.
ENRIQUE: ¿Qué es esto, señor Mauricio?
MAURICIO: Conde, ¡por Dios!, que me pesa.1875
Yo he visto a madama Flor,
las lágrimas y las quejas.
Lo demás vos lo sabéis.
Vanse el REY, MAURICIO y el REY
ENRIQUE: ¿Hay tal maldad?
FELICIANO: ¡Bueno quedas!
Temo que te vuelvan loco.1880
ENRIQUE: No hayas miedo que me vuelvan
loco, porque ya lo estoy.
¿Qué Flor o demonio es ésta?
FELICIANO: Otra doña Sol será
que, como entonces con Celia,1885
agora con otro engaño
también con el rey te enreda.
ENRIQUE: Fáciles son, Feliciano,
de conocer estas tretas.
No puede sufrir la envidia1890
que Delfín de Francia sea;
siempre sigue a la virtud.
FELICIANO: El pie temerario asienta;
adonde pone la planta
sus mismas estampas sella.1895
ENRIQUE: Dos cosas inremediables
sombra de su sol engendran:
a la envidia, la privanza,
por más humildad que tenga,
y a los celos el amor.1900
Pero ¡que mi suerte sea
tan desdichada que al rey
le digan tales bajezas…!
¿Yo he visto a madama Flor
ni yo he forzado a Lucrecia?1905
¿Yo estoy casado y con hijos,
como dijeron a Celia?
¡Oh, fortuna de las cortes!
¡Oh, mar de infames sirenas!
¡Oh, peligro deseado[,]1910
posta que la vida llevas!
¡Oh, piélago de mentiras!
¡Oh, vil quimera compuesta
de lisonja y ambición,
murmuración y soberbia,1915
donde el mentiroso vulgo
ni aun la majestad respeta!
¿Tan lejos viven los pies
de conocer la cabeza?
Si me aborreces, yo a ti,1920
y, por que mejor lo creas,
desde aquí me vuelvo a un monte,
donde son los hombres peñas.
Mejor que vivir contigo
quiero vivir entre fieras,1925
que más fácil que a la envidia
les puedo hacer resistencia.
Deme seguro descanso
la soledad de una aldea,
una fuente sus cristales,1930
un olmo su sombra fresca.
No quiero yo más palacios
que la cumbre de una sierra;
no más dosel que su nieve,
hecho de escarchada tela;1935
allí me canten las aves,
no las lisonjeras lenguas.
De las cortinas del sol
sumiller la aurora sea;
rústica Narcisa mire1940
y no adore ingrata Celia;
aquella verdad estime,
aquellas entrañas crea.
Adiós, París, adiós, corte;
adiós, pretensiones necias;1945
adiós, que monte y Narcisa
con dulces brazos me esperan.
Llevarle quiero dos joyas
y, porque de plata y seda
entiende menos que de almas,1950
a toda el alma con ellas.

FIN DE LA SEGUNDA JORNADA

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