VALOR, AGRAVIO Y MUJER
Texto basado en varios textos tempranos de VALOR, AGRAVIO Y MUJER (manuscritos de la Biblioteca Nacional en Madrid, 16.620 y 17.377), una suelta (s.l., s.f.) colocada en la colección de la New York Public Library, otra suelta publicada (s.f.) en Sevilla por Leefadael, y en la edición de Manuel Serrano y Saenz en su APUNTES PARA UNA BIBLIOTECA DE ESCRITORAS ESPAÑAS… (Madrid: RAE, 1903), tomo 1. Fue preparado por Vern Williamsen y María José Delgado para una producción teatral en 1990. Por esa razón, algunos pequeños cambios se han hecho en el texto original. Aquí todos los pasajes donde hay tales cambios, por ligeros que sean, se han indicado en el texto por medio de corchetes cuadrados.
Personas que hablan en ella:
- Don FERNANDO de Ribera
- Doña LEONOR, su hermana
- RIBETE, lacayo gracioso
- Don JUAN de Córdoba
- TOMILLO, su criado
- ESTELA, condesa
- LISARDA, su prima
- LUDOVICO, Príncipe de Pinoy
- FLORA, criada
- FINEO, criado
- TIBALDO, bandolero
- RUFINO, bandolero
- ASTOLFO, bandolero
- Gente, incluyendo a GODOFRE, capitán de la guarda
JORNADA PRIMERA
Han de estar a los dos lados del tablado escalerillas vestidas de murta, a manera de riscos, que lleguen a lo alto del vestuario. Por la una de ellas bajen ESTELA y LISARDA, vestidas de cazadoras, con venablos. Fingiránse truenos y torbellino al bajar.
LISARDA: Por aquí, gallarda Estela,
de ese inaccesible monte,
de ese gigante soberbio
que a las estrellas se opone,5
podrás bajar a este valle
en tanto que los rigores
del cielo, menos severos
y más piadosos, deponen
negro encapotado ceño.10
Sígueme, prima.
ESTELA: ¿Por dónde?
¡Qué soy de hielo! ¡Mal hayan,
mil veces, mis ambiciones!
Van bajando poco a poco y hablando
¡Y el corzo que dió, ligero,
ocasión a que malogren15
sus altiveces, mi brío,
mi orgullo bizarro, el golpe
felizmente ejecutado!
Pues, sus pisadas veloces
persuadieron mis alientos20
y repiten mis temores.
¡Válgame el cielo! ¿No miras
cómo el cristalino móvil
de su asiento desencaja
las columnas de sus orbes?25
Y, ¿cómo turbado el cielo,
entre asombros y entre horrores,
segunda vez representa
principios de Faetonte?
¿Cómo, temblando sus ejes,30
se altera y se descompone
la paz de los elementos,
que airados y desconformes
granizan, ruidosos truenos
fulminan, prestos vapores35
congelados en la esfera
ya rayos, ya exhalaciones?
¿No ves cómo, airado Eolo,
la intrépida cárcel rompe
al Noto y Boreas, porque,40
desatadas sus prisiones,
estremeciendo la tierra
en lo cóncavo rimbomben
de sus maternas entrañas
con prodigiosos temblores?45
¿No ves vestidos de luto
los azules pabellones,
y que las preñadas nubes,
caliginosos ardores
que engendraron la violencia,50
hace que rayos se aborten?
Todo está brotando miedos,
todo penas y rigores,
todo pesar, todo asombro,
todo sustos y aflicciones.55
No se termina el celaje
en el opuesto horizonte.
¿Qué hemos de hacer?
LISARDA: No te aflijas.
ESTELA: Estatua de piedra inmóvil
me ha hecho el temor, Lisarda.60
¡Que así me entrase en el bosque!
Acaban de bajar
LISARDA: A la inclemencia del tiempo,
debajo de aquestos robles,
nos negaremos, Estela,
en tanto que nos socorre65
el cielo, que ya descubre
al occidente arreboles.
Desvíanse a un lado, y salen TIBALDO, RUFINO y ASTOLFO, bandoleros
TIBALDO: ¡Buenos bandidos, por Dios!
De más tenemos el nombre,
pues el ocio o la desgracia70
nos está dando lecciones
de doncellas de labor,
Bien se ejerce de Mavorte
la bélica disciplina
en nuestras ejecuciones.75
¡Bravo orgullo!
RUFINO: Sin razón
nos culpas. Las ocasiones
faltan, los ánimos, no.
TIBALDO: Buscarlas porque se logren.
ASTOLFO: ¡Por Dios, que si no me engaño80
no es mala la que nos pone
en las manos la ventura!
TIBALDO: ¡Quiera el cielo que se goce!
ASTOLFO: Dos mujeres son, bizarras,
y hablando están. ¿No las oyes?85
TIBALDO: Acerquémonos corteses.
ESTELA: Lisarda, ¿no ves tres hombres?
LISARDA: Sí, hacia nosotras vienen.
ESTELA: ¡Gracias al cielo! Señores,
¿está muy lejos de aquí90
la quinta de Enrique, el Conde
de Belfor?
TIBALDO: Bien cerca está.
ESTELA: ¿Queréis decirnos por dónde?
TIBALDO: Vamos. Venid con nosotros.
ESTELA: Vuestra cortesía es norte95
que nos guía.
RUFINO: (Antes de mucho, Aparte
con más miedos, más temores,
zozobrará nuestra calma.)
Llévanlas, y baja Don JUAN de Córdoba, muy galán, de camino, por el risco opuesto al que bajaron ellas
JUAN: ¡Qué notables confusiones!
¡Qué impensado terremoto!100
¡Qué tempestad tan disforme!
Perdí el camino, en efecto.
Y ¿será dicha que tope
quién me le enseñe? Tal es
la soledad de estos montes…105
Vaya bajando
Ata esas mulas, Tomillo,
a un árbol, y mientras comen
baja a este llano.
TOMILLO arriba, sin bajar
TOMILLO: ¿Qué llano?
Un tigre, un rinoceronte,
un cocodrilo, un caimán,110
un Polifemo cíclope,
un ánima condenada
y un diablo, –Dios me perdone–
te ha de llevar.
JUAN: Majadero,
¿sobre qué das esas voces?115
[Va bajándose TOMILLO]
TOMILLO: Sobre que es fuerza que pagues
sacrilegio tan enorme
como fue dejar a un ángel.
JUAN: ¿Hay disparates mayores?
TOMILLO: Pues, ¿qué puede sucedernos120
bien, cuando tú…
JUAN: No me enojes.
Deja esas locuras.
TOMILLO: ¡Bueno!
¡Locuras y sinrazones
son las verdades!
JUAN: ¡Escucha!
Mal articuladas voces125
oigo.
TOMILLO: Algún sátiro o fauno.
Salen los bandoleros con las damas, y para atarles las manos ponen en el suelo las pistolas y gabanes, y estáse don JUAN retirado
TIBALDO: Perdonen o no perdonen.
LISARDA: Pues, bárbaros, ¿qué intentáis?
ASTOLFO: No es nada, no se alboroten;
que será peor.130
TOMILLO: Acaban
de bajar.
JUAN: ¡Escucha, oye!
TOMILLO: ¿Que he de oír? ¿Hay algún paso
de comedia, encanto, bosque
o aventura en que seamos
yo Sancho, tú don Quijote135
porque busquemos la venta,
los palos y Maritornes?
JUAN: Paso es, y no poco estrecho,
adonde es fuerza que apoye
sus osadías mi orgullo.140
TOMILLO: Mira, señor, no te arrojes.
TIBALDO: Idles quitando las joyas.
ESTELA: Tomad las joyas, traidores,
y dejadnos. ¡Ay, Lisarda!
JUAN: ¿No ves, Tomillo, dos soles145
padeciendo injusto eclipse?
¿No miras sus resplandores
turbados, y que a su lumbre
bárbaramente se opone?
TOMILLO: Querrás decir que la tierra.150
No son sino salteadores
que quizá si nos descubren
nos cenarán esta noche
–sin dejarnos confesar–
en picadillo o gigote.155
JUAN: Yo he de cumplir con quien soy.
LISARDA: ¡Matadnos, ingratos hombres!
RUFINO: No aspiramos a eso, reina.
ESTELA: ¿Cómo su piedad esconde
el cielo?160
Póneseles don JUAN delante con la espada desnuda. TOMILLO coge en tanto los gabanes y pistolas y se entra entre los ramos, y ellos se turban
JUAN: Pues, ¿a qué aspiran?
¿A experimentar rigores
de mi brazo y de mi espada?
ESTELA: ¡Oh, qué irresistibles golpes!
JUAN: ¡Villanos viles, cobardes!
TOMILLO: Aunque pese a mis temores,165
les he de quitar las armas
para que el riesgo se estorbe;
que de ayuda servirá.
TIBALDO: ¡Dispara, Rufino!
RUFINO: ¿Dónde
están las pistolas?170
TOMILLO: Pistos
les será mejor que tomen.
ASTOLFO: No hay que esperar.
TIBALDO: ¡Huye, Astolfo!
Que éste es demonio, no es hombre.
RUFINO: ¡Huye, Tibaldo!
Vanse, y don JUAN tras ellos
TOMILLO: ¡Pardiez,
que los lleva a lindo trote175
el tal mi amo, y les da
lindamente a trochemoche
cintarazo como tierra,
porque por fuerza la tomen!
¡Eso sí! ¡Plégate Cristo!180
¡Qué bien corrido galope!
ESTELA: ¡Ay, Lisarda!
LISARDA: Estela mía,
ánimo, que bien disponen
nuestro remedio los cielos.
Sale don FERNANDO de Ribera, GODOFRE, capitán de la guarda, y gente
FERNANDO: ¡Que no parezcan, Godofre!185
¿Qué selva encantada, o qué
laberinto las esconde?
Mas, ¿qué es esto?
ESTELA: ¡Ay, don Fernando!
Rendidas a la desorden
de la suerte…190
FERNANDO: ¿Qué fue? ¿Cómo?
LISARDA: Unos bandidos enormes
nos han puesto…
FERNANDO: ¿Hay tal desdicha?
Desátelas
LISARDA: Mas un caballero noble
nos libró.
Sale don JUAN
JUAN: Ahora verán
los bárbaros que se oponen195
a la beldad de esos cielos,
sin venerar los candores
de vuestras manos, el justo
castigo.
FERNANDO: ¡Muera!
Empuña la espada
ESTELA: No borres
con ingratitud, Fernando,200
mis tristes obligaciones.
Vida y honor le debemos.
FERNANDO: Dejad que a esos pies me postre,
y perdonad mi ignorancia.
TOMILLO: Y ¿será razón que monde205
nísperos Tomillo, en tanto?
Estos testigos –conformes
o contestes– ¿no declaran
mis alentados valores?
FERNANDO: Yo te premiaré.210
[FERNANDO le da a TOMILLO una bolsa]
JUAN: Anda, necio.
Guárdeos Dios, porque se abone
en vuestro valor mi celo.
ESTELA: Decid vuestra patria y nombre,
caballero, si no hay
causa alguno que lo estorbe.215
Sepa yo a quién debo tanto,
porque agradecida logre
mi obligación en serviros,
deseos por galardones.
FERNANDO: Lo mismo os pido, y si acaso220
de Bruselas en la corte
se ofrece en qué os sirva, si
no porque se reconoce
obligada la Condesa,
sino por inclinaciones225
naturales de mi estrella,
venid, que cuanto os importe
tendréis en mi voluntad.
[FERNANDO le da a TOMILLO la cadena]
TOMILLO: Mas que doscientos Nestores
vivas. ¡Qué buen mocetón!230
LISARDA: Tan justas obligaciones
como os tenemos las dos,
más dilatará el informe
que juntos os suplicamos.
JUAN: Con el efecto responde235
mi obediencia agradecida.
FERNANDO: (¡Qué galán! ¡Qué gentilhombre!) Aparte
JUAN: Nací en la ciudad famosa
que la antigüedad celebra
por madre de los ingenios,240
por origen de las letras,
esplandor de los estudios,
claro archivo de la ciencia,
epílogo del valor
y centro de la nobleza,245
la que en dos felices partos
dio al mundo a Lucano y Séneca,
éste filósofo estoico,
aquél insigne poeta.
Otro Séneca y Aneo250
Galïón, aquél enseña
moralidad virtüosa
en memorables tragedias
y éste oraciones ilustres;
sin otros muchos que deja255
mi justo afecto, y entre ellos
el famoso Juan de Mena,
en castellana poesía;
como en la difícil ciencia
de matemática, raro260
escudriñador de estrellas
aquel Marqués generoso,
don Enrique de Villena
cuyos sucesos admiran,
si bien tanto se adulteran265
en los vicios que hace el tiempo;
Rufo y Marcial, aunque queda
el último en opiniones.
Mas porque de una vez sepas
cuál es mi patria, nació270
don Luis de Góngora en ella,
raro prodigio del orbe
que la castellana lengua
enriqueció con su ingenio
frasis, dulzura, agudeza.275
En Córdoba nací, al fin,
cuyos muros hermosea
el Betis, y desatado
tal vez en cristal, los besa
por verle antiguo edificio280
de la romana soberbia
en quien ostentó Marcelo
de su poder la grandeza.
Heredé la noble sangre
de los Córdobas en ella,285
nombre famoso que ilustra
de España alguna Excelencia.
Gasté en Madrid de mis años
floreciente primavera
en las lisonjas que acaban290
cuando el escarmiento empieza.
Dejéla porque es la envidia
hidra que no se sujeta
a muerte, pues de un principio
saca infinitas cabezas.295
Por sucesos amorosos
que no importan, me destierran,
y junto poder y amor
mil favores atropellan.
Volví, en efecto, a la patria,300
adonde triste y violenta
se hallaba la voluntad,
hecha a mayores grandezas,
y por divertir el gusto,
–si hay alivio que divierta305
el forzoso sentimiento
de una fortuna deshecha–
a Sevilla vine, donde
de mis deudos la nobleza
desahogo solicita310
en su agrado a mis tristezas.
Divertíme en su hermosura,
en su alcázar, en sus huertas,
en su grandeza, en su río,
en su lonja, en su alameda,315
en su iglesia mayor, que es
la maravilla primera
y la octava de las siete,
por más insigne y más bella
en su riqueza, y al fin…320
Sale el príncipe LUDOVICO y gente
LUDOVICO: Don Fernando de Ribera,
¿decís que está aquí? ¡Oh, amigo!
FERNANDO: ¿Qué hay, Príncipe?
LUDOVICO: Que su alteza
a mí, a Fisberto, a Lucindo
y al duque Liseno, ordena325
por diferentes parajes
que sin Lisarda y Estela
no volvamos; y pues ya
libres de las inclemencias
del tiempo con nos están,330
vuelvan presto a su presencia,
que al repecho de ese valle
con una carroza esperan
caballeros y crïados.
ESTELA: Vamos, pues; haced que venga335
ese hidalgo con nosotros.
FERNANDO: Bueno es que tú me la adviertas.
ESTELA: (¡Que no acabase su historia.) Aparte
FERNANDO: Con el Príncipe, Condesa,
os adelantad al coche,340
que ya os seguimos.
ESTELA: Con pena
voy, por no saber, Lisarda,
lo que del suceso queda.
LISARDA: Después lo sabrás.
Vanse [las mujeres] con el príncipe [LUDOVICO, TOMILLO] y la gente
FERNANDO: Amigo,
alguna fuerza secreta345
de inclinación natural,
de simpatía de estrellas,
me obliga a quereros bien.
Venid conmigo a Bruselas.
JUAN: Por vos he de ser dichoso.350
FERNANDO: Mientras a la quinta llegan
y los seguimos a espacio,
proseguid. –¡Por vida vuestra!–
¿Qué es lo que os trae a Flandes?
[¿Y por qué aquí no te quedas?]355
JUAN: (Dicha tuve en que viniese Aparte
el Príncipe por Estela
porque a su belleza el alma
ha rendido las potencias
y podrá ser que me importe360
que mi suceso no sepa.)
Digo, pues, que divertido
y admirado en las grandezas
de Sevilla estaba, cuando
un martes, en una iglesia,365
día de la Cruz de Mayo,
que tanto en mis hombros pesa,
vi una mujer, don Fernando,
y en ella tanta belleza,
que usurpó su gallardía370
los aplausos de la fiesta.
No os pinto su hermosura
por no eslabonar cadenas
a los yerros de mi amor;
pero con aborrecerla,375
si dijere que es un ángel,
no hayas miedo que encarezca
lo más de su perfección.
Vila, en efecto, y améla.
Supe su casa, su estado,380
partes, calidad, hacienda,
y, satisfecho de todo,
persuadí sus enterezas,
solicité sus descuidos,
facilité mis promesas.385
Favoreció mis deseos
de suerte que una tercera
fue testigo de mis dichas,
si hay dichas en la violencia.
Dila palabra de esposo.390
No es menester que advierta
lo demás. Discreto sois.
Yo muy ciego, ella muy tierna,
y con ser bella en extremo
y con extremo discreta,395
–afable para los gustos,
para los disgustos cuerda–
contra mi propio disinio,
cuanto los disinios yerran,
obligaciones tan justas,400
tan bien conocidas deudas,
o su estrella o su desdicha
desconocen o chancelan.
Cansado y arrepentido
la dejé, y seguí la fuerza,405
si de mi fortuna no,
de mis mudables estrellas.
Sin despedirme ni hablarla,
con resolución grosera,
pasé a Lisboa, corrido410
de la mudable inflüencia
que me obligó a despreciarla.
Vi a Francia y a Ingalaterra,
y al fin llegué a estos países
y a su corte de Bruselas415
donde halla centro el alma
porque otra vez considera
las grandezas de Madrid.
Asiento tienen las treguas
de las guerras con Holanda,420
causa de que yo no pueda
ejercitarme en las armas;
mas pues ya vuestra nobleza
me ampara, en tanto que a Flandes
algún socorro me llega,425
favoreced mis intentos,
–pues podéis con Sus Altezas–
porque ocupado en palacio
algún tiempo me entretenga.
Don Juan de Córdoba soy,430
andaluz; vos sois Ribera,
noble y andaluz también.
En esta ocasión, en ésta,
es bien que el ánimo luzca,
es bien que el valor se vea435
de los andaluces pechos,
de la española nobleza.
Éste es mi suceso. Agora,
como de una patria mesma
y como quien sois, honradme,440
pues ya es obligación vuestra.
FERNANDO: Huélgome de conoceros,
señor don Juan, y quisiera
que a mi afecto se igualara
el posible de mis fuerzas.445
A vuestro heroico valor
por alguna oculta fuerza
estoy inclinado tanto
que he de hacer que Su Alteza,
como suya, satisfaga450
la obligación en que Estela
y todos por ella estamos,
y en tanto, de mi hacienda
y de mi casa os servid.
Vamos juntos donde os vea455
la Infanta, para que os premie
y desempeña las deudas
de mi voluntad.
JUAN: No sé
–¡por Dios!– cómo os agradezca
tantos favores.460
FERNANDO: Venid.
Sale TOMILLO
TOMILLO: Señor, las mulas esperan.
FERNANDO: ¿Y la carroza?
TOMILLO: Ya está
pienso que en la cuarta esfera
por emular la de Apolo
compitiendo con las selvas.465
Vanse. Sale doña LEONOR, vestida de hombre, bizarra, y RIBETE, lacayo. [En otro lugar más cerca del palacio]
LEONOR: En este traje podré
cobrar mi perdido honor.
RIBETE: Pareces el dios de amor.
¡Qué talle, qué pierna y pie!
Notable resolución470
fue la tuya, mujer tierna
y noble.
LEONOR: Cuando gobierna
la fuerza de la pasión,
no hay discurso cuerdo o sabio
en quien ama; pero yo,475
mi razón, que mi amor no,
consultada con mi agravio,
voy siguiendo en las violencias
de mi forzoso destino,
porque al primer desatino480
se rindieron las potencias.
Supe que a Flandes venía
este ingrato que ha ofendido
tanto amor con tanto olvido,
tal fe con tal tiranía.485
Fingí en el más recoleto
monasterio mi retiro,
y sólo ocultarme aspiro
de mis deudos; en efecto
no tengo quién me visite490
si no es mi hermana, y está
del caso avisada ya,
para que me solicite
y vaya a ver con engaño,
de suerte que, aunque terrible495
mi locura, es imposible
que se averigüe su engaño.
Ya, pues, me determiné,
y atrevida pasé el mar.
O he de morir o acabar500
la empresa que comencé.
O, a todos los cielos juro
que, nueva amazona, intente
–¡Oh, Camila más valiente!–
vengarme de aquel perjuro505
aleve.
RIBETE: Oyéndote estoy,
y –¡por Cristo!– que he pensado
que el nuevo traje te ha dado
alientos.
LEONOR: ¡Yo soy quien soy!
Engáñaste si imaginas,510
Ribete, que soy mujer.
Mi agravio mudó mi ser.
RIBETE: Impresiones peregrinas
suele hacer un agravio.
Ten que la verdad se prueba515
de Ovidio, pues, Isis nueva,
de oro guarneces el labio.
Mas, volviendo a nuestro intento:
¿matarásle?
LEONOR: Mataré,
¡vive Dios!520
RIBETE: ¿En buena fe?
LEONOR: ¡Por Cristo!
RIBETE: ¿Otro juramento?
Lástima es.
LEONOR: Flema gentil
gastas.
RIBETE: Señor Magallanes,
a él y a cuantos donjuanes,
ciento a ciento y mil a mil,525
salieren.
LEONOR: Calla, inocente.
RIBETE: Escucha, así Dios te guarde:
¿Por fuerza he de ser cobarde?
¿No habrá un lacayo valiente?
LEONOR: Pues, ¿por eso te amohinas?530
RIBETE: Estoy mal con enfadosos
que introducen los graciosos
muertos de hambre y gallinas.
El que ha nacido alentado,
¿no lo ha de ser si no es noble?535
¿Qué? ¿No podrá serlo al doble
del caballero el crïado?
LEONOR: Has dicho muy bien; no en vano
te he elegido por mi amigo,
no por crïado.540
RIBETE: Contigo
va Ribete el sevillano,
bravo que tuvo a laceria
reñir con tres algún día
y pendón rojo añadía
a los verdes de la feria;545
pero tratemos del modo
de vivir. ¿Qué has de hacer
ahora?
LEONOR: Hemos menester,
para no perderlo todo,
buscar, Ribete, a mi hermano.550
RIBETE: ¿Y si te conoce?
LEONOR: No
puede ser, que me dejó
de seis años, y está llano
que no se puede acordar
de mi rostro; y si privanza555
tengo con él, mi venganza
mi valor ha de lograr.
RIBETE: ¿Don Leonardo, en fin te llamas,
Ponce de León?
LEONOR: Sí llamo.
RIBETE: ¡Cuántas veces, señor amo,560
me han de importunar las damas
con el recado o billete!
Ya me parece comedia
donde todo lo remedia
un bufón medio alcahuete.565
No hay fábula, no hay tramoya,
adonde no venga al justo
un lacayo de buen gusto,
porque si no, ¡aquí fue Troya!
¿Hay mayor impropiedad570
en graciosidades tales
que haga un lacayo iguales
la almohaza y majestad?
¡Que siendo rayo temido
un rey, haciendo mil gestos,575
le obligue un lacayo de estos
a que ría divertido!
LEONOR: Gente viene hacia esta parte.
Desvía.
Salen don FERNANDO de Ribera y el príncipe LUDOVICO
FERNANDO: Esto ha pasado.
LUDOVICO: Hame el suceso admirado.580
FERNANDO: Más pudieras admirarte
que su dicha, aunque es tanta,
de su bizarro valor,
pues por él goza favor
en la gracia de la Infanta.585
Su mayordomo, en efecto,
don Juan de Córdoba es ya.
LEONOR: ¡Ay, Ribete!
LUDOVICO: Bien está,
pues lo merece el sujeto.
Y, al fin, ¿Estela se inclina590
a don Juan?
FERNANDO: Así lo siento,
por ser de agradecimiento
satisfacción peregrina.
Hablan aparte los dos
LEONOR: Don Juan de Córdoba –¡Ay, Dios!–
dijo. ¡Si es aquel ingrato!595
Mal disimula el recato
tantos pesares.
FERNANDO: Por vos
la hablaré.
LUDOVICO: ¿Puede aspirar
Estela a mayor altura?
Su riqueza, su hermosura,600
¿en quién la puede emplear
como en mí?
FERNANDO: Decís muy bien.
LUDOVICO: ¿Hay en todo Flandes hombre
más galán, más gentilhombre?
RIBETE: (¡Maldígate el cielo, amén!) Aparte605
FERNANDO: Fïad esto a mi cuidado.
LUDOVICO: Que me está bien, sólo os digo:
haced, pues que sois mi amigo,
que tenga efeto.
Vase LUDOVICO
FERNANDO: ¡Qué enfado!
LEONOR: Ribete, llegarme quiero610
a preguntar por mi hermano.
RIBETE: ¿Si le conocerá?
LEONOR: Es llano.
FERNANDO: ¿Mandáis algo, caballero?
LEONOR: No, señor; saber quisiera
de un capitán.615
FERNANDO: ¿Capitán?
¿Qué nombre?
[LEONOR va sacando unas cartas]
LEONOR: Éstas lo dirán.
Don Fernando de Ribera,
caballerizo mayor
y capitán de la guarda
de Su Alteza.620
FERNANDO: (¡Qué gallarda Aparte
presencia! ¿Si es de Leonor?)
Haced cuenta que le veis.
Dadme el pliego.
LEONOR: ¡Oh, cuánto gana
hoy mi dicha!
FERNANDO: ¿Es de mi hermana?
Dale el pliego
LEONOR: En la letra lo veréis.625
Ribete, turbada estoy.
Lee don FERNANDO
RIBETE: ¿De qué?
LEONOR: De ver a mi hermano.
RIBETE: ¿Ése es valor sevillano?
LEONOR: Has dicho bien. Mi honor hoy
me ha de dar valor gallardo630
para lucir su decoro,
que, sin honra, es vil el oro.
FERNANDO: Yo he leído, don Leonardo,
esta carta, y sólo para
en que os ampare mi amor635
cuando por mil de favor
vuestra presencia bastara.
Mi hermana lo pide así,
y yo, a su gusto obligado,
quedaré desempeñado640
con vos, por ella y por mí.
¿Cómo está?
LEONOR: Siente tu ausencia
como es justo.
FERNANDO: ¿Es muy hermosa?
LEONOR: Es afable y virtüosa.
FERNANDO: Eso le basta. ¿Y Laurencia,645
la más pequeña?
LEONOR: Es un cielo,
una azucena, un jazmín,
un ángel, un serafín
mentido al humano velo.
FERNANDO: Decidme, por vida mía,650
¿qué os trae a Flandes?
LEONOR: Intento,
con justo agradecimiento,
pagar vuestra cortesía,
y es imposible, pues vos,
liberalmente discreto,655
acobardáis el conceto
en los labios.
FERNANDO: Guárdeos Dios.
LEONOR: Si es justa ley de obligación forzosa
–¡Oh, Ribera famoso!– obedeceros,
escuchad mi fortuna rigurosa,660
piadosa ya, pues me ha traído a veros.
El valor de mi sangre generosa
no será menester encareceros,
pues por blasón de su nobleza muestro
el preciarme de ser muy deudo vuestro.665
[Se abrazan los dos]
Serví una dama donde los primeros
de toda la hermosura cifró el cielo;
gozó en secreto el alma sus favores,
vinculando la gloria en el desvelo.
Compitióme el poder, y mis temores670
apenas conocieron el recelo
–y no os admire– porque la firmeza
de Anarda sólo iguala a su belleza.
Atrevido mostró el marqués Ricardo
querer servir en público a mi dama;675
mas no por ello el ánimo acobardo,
antes le aliento en una celosa llama.
Presumiendo de rico y de gallardo
perder quiso el decoro de su fama,
inútil presunción, respetos justos,680
ocasionando celos y disgustos.
Entre otras, una noche que a la puerta
de Anarda le hallé, sintiendo en vano
en flor marchita su esperanza, muerta
al primero verdor de su verano,685
hallando en su asistencia ocasión cierta,
rayos hizo vibrar mi espada y mano
tanto que pude sólo retiralle
a él y a otros dos valientes de la calle.
Disimuló este agravio, mas un día690
asistiendo los dos a la pelota,
sobre jugar la suerte suya o mía,
se enfada, se enfurece y alborota;
un “¡miente todo el mundo!” al aire envía,
con que vi mi cordura tan remota695
que una mano lugar buscó en su cara
y otra de mi furor rayos dispara.
Desbaratóse el fuego, y los parciales,
coléricos, trabaron civil guerra,
en tanto que mis golpes desiguales700
hacen que bese mi rival la tierra.
Uno, de meter paces da señales;
otro, animoso y despechado, cierra;
y al fin, entre vengados y ofendidos,
salieron uno muerto y tres heridos.705
Ricardo, tantas veces despreciado
de mi dama, de mí, de su fortuna,
si no celoso ya, desesperado,
no perdona ocasión ni traza alguna;
a la venganza aspira, y agraviado,710
sus amigos y deudos importuna,
haciendo de su ofensa vil alarde,
acción, si no de noble, de cobarde.
Mas yo, por no cansarte, dando medio
de su forzoso enojo a la violencia,715
quise elegir por último remedio
hacer de la querida patria ausencia.
En efecto, poniendo tierra en medio.
Objeto no seré de su impaciencia,
pues pudiera vengarse como sabio,720
que no cabe traición donde hay agravio.
Previno nuestro tío mi jornada,
y antes de irme a embarcar, esta sortija
me dió por prenda rica y estimada,
de Victoria, su hermosa y noble hija.725
Del reino de Anfítrite la salada
región cerúlea vi, sin la prolija
pensión de una tormenta, y con bonanza
tomó a tus plantas puerto mi esperanza.
FERNANDO: De gustoso y satisfecho,730
suspenso me habéis dejado.
No os dé la patria cuidado,
puesto que halláis en mi pecho
de pariente voluntad,
fineza de amigo, amor735
de hermano, pues a Leonor
no amara con más verdad.
Esa sortija le di
a la hermosa Victoria
mi prima, que sea en gloria,740
cuando de España partí;
y aunque sirve de testigo
que os abona y acredita,
la verdad no necesita
de prueba alguna conmigo.745
Bien haya, amén, la ocasión
del disgusto sucedido,
pues ésta la causa ha sido
de veros.
LEONOR: No sin razón
vuestro valor tiene fama750
en el mundo.
FERNANDO: Don Leonardo,
mi hermano sois.
LEONOR: (¡Qué gallardo! Aparte
Mas de tal ribera es rama.)
FERNANDO: En el cuarto de don Juan
de Córdoba estaréis bien.755
LEONOR: ¿Quién es ese hidalgo?
FERNANDO: ¿Quién? Un caballero galán,
cordobés.
LEONOR: No será justo
ni cortés urbanidad
que por mi comodidad760
compre ese hidalgo un disgusto.
FERNANDO: Don Juan tiene cuarto aparte
y le honra Su Alteza mucho
por su gran valor.
LEONOR: (¿Qué escucho?) Aparte
Y, ¿es persona de buen arte?765
FERNANDO: Es la primer maravilla
su talle, y de afable trato,
aunque fácil, pues ingrato,
a una dama de Sevilla
a quien gozó con cautela,770
hoy la aborrece, y adora
a la condesa de Sora;
que aunque es muy hermosa Estela,
no hay, en mi opinión, disculpa
para una injusta mudanza.775
LEONOR: (¡Animo, altiva esperanza!) Aparte
Los hombres no tienen culpa
tal vez.
FERNANDO: Antes, de Leonor
repite mil perfecciones.
LEONOR: Y, ¿la aborrece?780
FERNANDO: Opiniones
son del ciego lince, amor.
Por la Condesa el sentido
está perdiendo.
LEONOR: (¡Ay, crüel!) Aparte
Y ella ¿corresponde fiel?
FERNANDO: Con semblante agradecido785
se muestra afable y cortés.
Forzosa satisfacción
de la generosa acción
de la facción que después
sabréis. ¡Fineo!…790
FINEO: Señor…
[Sale FINEO]
FERNANDO: Aderezad aposento
a don Leonardo al momento.
LEONOR: (¡Muerta estoy!) Aparte
RIBETE: Calla, Leonor.
FERNANDO: En el cuarto de don Juan.
FINEO: Voy al punto.795
FERNANDO: Entrad, Leonardo.
LEONOR: Ya os sigo.
FERNANDO: En el cuarto aguardo
de Su Alteza.
Vanse [FERNANDO y FINEO por lados opuestos]
RIBETE: (Malos van Aparte
los títeres. ¿A quién digo?
¡Hola, hao! De allende el mar
volvámonos a embarcar800
pues ya lo está aquel amigo.
Centellas, furias, enojos,
viboreznos, basiliscos,
iras, promontorios, discos
está echando por los ojos.805
Si en los primeros ensayos
hay arrobos, hay desvelos,
hay furores, rabias, celos,
relámpagos, truenos, rayos,
¿qué será después? Agora810
está pensando, a mi ver,
los estragos que ha de hacer
sobre el reto de Zamora.)
¡Ah, señora! ¿Con quién hablo?
LEONOR: ¡Déjame, villano infame!815
Dale
RIBETE: Belcebú, que más te llame,
demándetelo el dïablo.
¿Miraste el retrato en mí
de don Juan? ¡Tal antubión…!
¡Qué bien das un pescozón!820
LEONOR: ¡Déjame, vete de aquí!
Vase [RIBETE]
¿Adónde, cielos, adónde
vuestros rigores se encubren?
¿Para cuándo es el castigo?
La justicia, ¿dónde huye?825
¿Dónde está? ¿Cómo es posible
que esta maldad disimule?
¡La piedad en un aleve
injusta pasión arguye!
¿Dónde están, Jove, los rayos?830
¿Ya vive ocioso e inútil
tu brazo ¿Cómo traiciones
bárbaras y enormes sufre?
¿No te ministra Vulcano,
de su fragua y de su yunque,835
armas de fuego de quien
sólo el laurel se asegure?
Némesis, ¿dónde se oculta?
¿A qué dios le substituye
su poder para que grato840
mi venganza no ejecute?
Las desdichas, los agravios,
hace la suerte comunes.
¡No importa el mérito, no!
¿Tienen precio las virtudes?845
¿Tan mal se premia el amor,
que a número no reduce
un hombre tantas finezas
cuando de noble presume?
¿Qué es esto, desdichas? ¿Cómo850
tanta verdad se desluce,
tanto afecto se malogra,
tal calidad se destruye,
tal sangre se deshonora,
tal recato se reduce855
a opiniones? Tal honor,
¿cómo se apura y consume?
¿Yo aborrecida y sin honra?
¡Tal maldad los cielos sufren!
¿Mi nobleza despreciada?860
¿Mi clara opinión sin lustre?
¿Sin premio mi voluntad?
Mi fe, que las altas nubes
pasó y llegó a las estrellas,
¿es posible que la injurie865
don Juan? ¡Venganza, venganza,
cielos! El mundo murmure,
que ha de ver en mi valor,
a pesar de las comunes
opiniones, la más nueva870
historia, la más ilustre
resolución que vio el orbe.
Y ¡Juro por los azules
velos del cielo, y por cuantas
en ellos se miran luces,875
que he de morir o vencer,
sin que me den pesadumbre
iras, olvidos, desprecios,
desdenes, ingratitudes,
aborrecimientos, odios!880
Mi honor, en la altiva cumbre
de los cielos he de ver,
o hacer que se disculpen
en mis locuras mis yerros,
o que ellas mismas apuren885
con excesos cuanto pueden
con errores cuanto lucen
valor, agravio y mujer,
si en un sujeto se incluyen.
