La rueda de la fortuna — Jornada I

LA RUEDA DE LA FORTUNA

Antonio Mira de Amescua

Texto basado en la edición príncipe de LA RUEDA DE LA FORTUNA, Flor de las comedias de España de diferentes autores, Quinta parte (Barcelona: Cormellas, 1616) y en la edición crítica, sin publicarse, de Edward W. Hopper (Ph.D., University of Missouri, 1972). Esta edición fue preparada por Vern Williamsen para sus estudios en 1978 y luego fue revisada y puesta en forma electrónica en el año 1987.


Personas que hablan en ella:

  • El Emperador MAURICIO
  • La Emperatriz AURELIANA
  • FILIPO, Capitán general
  • LEONCIO, Capitán general
  • TEODOLINDA, Infanta
  • TEODOSIO, Príncipe
  • MITILENE, dama
  • CÓSROES, caballero
  • HERACLIANO, viejo
  • HERACLIO
  • Un LIMOSNERO
  • FOCAS, villano robusto
  • MÚSICOS
  • Dos CAPITANES
  • Gente de la milicia y acompañamiento

LOA FAMOSA


Hala de echar mujer en hábito de labradora
Perdióse en un monte un Rey
andando a caza una tarde
con lo mejor de su gente:
duques, príncipes y grandes.
El sol hasta mediodía5
abrasó con rayos tales
que el mundo a Faetón, su hijo,
temió, otra vez arrogante.
Pero revolviendo el tiempo
y levantándose el aire10
se cubrió el cielo de nieblas
y amenazó tempestades.
Huyó a la choza el pastor,
y a la venta el caminante
y amainaron los pilotos15
todo el lienzo de las naves.
Díjole al Rey un montero
que al pie de aquellos pinares
estaba una casería
en tal ocasión bastante.20
Bajaron por una peñas
entre mirtos y arrayanes,
guiándoles el rumor
que remolinaba el aire.
Vieron que en un manso arroyo25
se bañaban los umbrales
de un mal labrado cortijo
con olmos delante.
Apeóse el Rey, y entrando,
primero que se sentase,30
quiso ver el dueño y huéspeda
y como en su casa honrarle.
Supo el labrador apenas
que las personas reales
ocupaban su aposento,35
cuando en hielo se deshace.
Entró su pobre familia
a decirle que no aguarde,
pues le quiere ver el Rey,
a que al mismo Rey le hable.40
Tiembla el labrador de nuevo,
mira el sayo miserable,
las abarcas y las pieles,
y de vergüenza no sale.
El pobre cortijo mira45
como vigüela sin trastes,
hecho de pajas el techo
sobre unos viejos pillares.
Llamó a su mujer, y dice
“Mujer, a huéspedes tales,50
si no es el alma, no tengo
casa ni mesa que darles.
Salid y decidle al Rey
que no es mucho me acobarde
ver su persona real55
en mis pajizos portales,
que coma en la voluntad,
que es mesa que a Dios aplace,
y duerma en el buen deseo,
que no tengo más que darle;60
que vos, como sois mujer,
pues no hay cosa que no alcancen,
hallaréis gracia en sus ojos,
y al fin podréis disculparme”.
Dicen que entró la mujer65
muy temerosa a hablarle
por la obligación que tienen
de cuanto el marido mande,
y el Rey, muy agradecido
a su vergüenza notable,70
cenó y durmió más contento
que entre holandas y cambrayes.
Yo pienso, senado ilustre,
que es esto muy semejante
de lo que hoy pasa a Riquelme75
con este humilde hospedaje.
En cada cual miro un rey,
un César, un Alejandre;
su pobre familia mira,
que es la que a serviros trae.80
Si no salió el labrador
teniendo a su Rey delante,
quien ve tantos, ¿qué ha de hacer
sino lo que veis que hace?
Mandóme, como mujer,85
que saliese a disculparle;
fue la obediencia forzosa,
aunque rústico el lenguaje.
No os ofrece grandes salas,
llenas de pinturas graves,90
de celebradas comedias
por autores arrogantes.
No os ofrece ricas mesas
llenas de gusto y donaire,
sino voluntad humilde,95
que es la que con reyes vale.
Perdonad al labrador,
pues hoy en su casa entrasteis,
porque me agradezca a mí
las mercedes que hoy alcance.100
Oíd la pobre familia;
ya los labradores salen,
mientras que vuelvo a la corte,
bésoos los pies, Dios os guarde.

BAILE CURIOSO Y GRAVE


Cuando desde Aragón vino la Infanta
a casar con don Juan, Rey de Castilla,
las fiestas que se hicieron en Sevilla
no las olvida el tiempo y hoy las canta.

Después que los castellanos
hicieron muestra gallarda
con máscaras y sortijas,
toros y juegos de cañas,
mantener quiso un torneo
en servicio de su dama
un gallardo aragonés
de los Pardos de la casta.
Airoso terció la pica,
furioso juega la lanza,
dando con destreza y brío
los cinco golpes de la espada.
Con la gloria de aquel día
ganó de su gloria el alma,
la cual, venida la noche,
le admite dentro de su casa.
Con amorosas razones
consiguen sus esperanzas,
y ella, alabándole, dice,
al despedirlos el alba:

"Mirad por mi fama,
caballero aragonés".
"Por tus amores, señora,
cuanto me mandes haré".
"Mas, ¿cómo la ha de guardar
quien a sí guardar no pudo"?
"Con sólo saber callar".
"Que la guardéis no lo dudo".
"Seré como piedra mudo
y eterna fe guardaré;
por tus amores, señora,
cuanto me mandes haré".

En un corillo otro día
sin nombrar partes, se alaba,
y un adivino celoso
dio cuenta de ello a su dama.
Sus blancas manos torcía,
sus delgadas tocas rasga,
y llamando a su presencia
con este desdén le trata:

"Alabásteisos, caballero,
gentil hombre aragonés.
No os alabaréis otra vez.
Alabásteisos en Sevilla
que teníades linda amiga.
Gentil hombre aragonés,
no os alabaréis otra vez".

Sin admitirle disculpa
que se ausente de ella manda,
y él jura de no volver
hasta volver en su gracia.
El tiempo gastó la ira;
mas, como el amor no gasta,
la dama llora su ausente,
el retrato que miraba,
y la dama le demanda:

"Y mi bien, ¿cuándo vendréis"?
Y finge que le responde:
"Lindo amor, no me aguardéis,
que si de mi partida
fue causa un disfavor,
si no cesa el rigor,
yo no volveré en mi vida".
"Yo quedo arrepentida
y mi bien, ¿cuándo vendréis"?
Y finge que le responde:
"Lindo amor, no me aguardéis".

En hábito de romero
un pajecillo despacha
para que dé en Zaragoza
al caballero una carta.
Cuando llegó el pajecillo
al salir de la posada
encontróle el caballero.
De esta manera le habla:

"Romerico, tú que vienes
donde mi señora está,
di, ¿qué nuevas hay allá"?
"Estáse la gentil dama
a sombras de una alameda
dando suspiros al aire,
y a su fortuna mil quejas.
Diome que os diese esta carta
de su mano y de su letra,
que al escribirla, sus ojos
llenan el papel de perlas.
Y díjome de palabra
que a Sevilla deis la vuelta,
adonde seréis su esposo
en haz y en paz de la Iglesia".

Con el amor y el deseo
como con ligeras alas,
vuelve al galán a Sevilla,
y así le dice a su dama:

"A ser vuestro vengo,
querida esposa".
"Dulce esposo mío,
vení en buena hora".
"Tras fieros desdenes,
que la vida acortan
y al amor pudieran
negar la victoria,
a ser vuestro vengo,
querida esposa".
"Dulce esposo mío,
vení en buena hora".

JORNADA PRIMERA


Salen en orden los que pudieren, con algunos despojos
y banderas y a la postre FILIPO 

FILIPO: Invicto César famoso,
cuya mano poderosa
temen la blanca Alemania
y la abrasada Etïopia;
tú, que en los hombros sustentas
el Africa, Asia Europa,
volando tu nombre eterno
en las águilas de Roma;
tú, que ceñiste la frente
con esa inmortal corona,
al polo del otro mundo
quieres llegar con tus obras;
ya que del ártico helado
hasta la tórrida zona
pagan tributo a tu imperio,
sal a ver nuestras victorias.
Triunfando, señor, venimos
a la gran Constantinopla
de los fieros esclavonios
que de Misia huyendo tornan.
Restaurado queda el reino;
tus empresas prodigiosas
que son espanto del mundo
piden guirnaldas de gloria.
Sube a los muros soberbios
que de estrellas se coronan
porque su altas almenas
la triforme luna tocan.
Verás tu ejército ufano
con la gente victoriosa,
que con bárbaros despojos
los gallardos brazos honran.
Verás la región del aire
que la entapizan y adornan
las enemigas banderas
que tus soldados tremolan.
Verás que en cadenas de oro
cuatro mil cautivos lloran
la pérdida desdichada
de su libertad preciosa.
Treinta mil hombres me diste;
treinta y tres mil traigo agora,
que a precio de mil cristianos
sólo he comprado esta pompa.
Veinte mil dejo sin almas
y otros con vida tan poca
que está esperando la muerte
a sólo que abran las bocas.
Ya la fama bachillera
tocó en el aire la trompa;
va publicando en el mundo
esta jornada famosa.
Temblando están de tu imperio
los Alpes, Nervia, Borgoña,
Galia, Germania, Bretaña,
la Trapobana y Moscovia,
la fiera invencible Escitia,
la Tartaria belicosa,
la inculta y áspera Armenia,
la celebrada Panonia.
Ya de todas las naciones
más bárbaras y remotas,
tributo te ofrecen unas
y treguas te piden otras.
Los indios vienen con oro,
los samios vienen con rosas,
los tirios con carmesí,
los alarbes con aromas,
los scitas con algodones,
los egipcios con aljófar,
los corinto con sus vasos,
los fenicios con sus conchas.
Cada nación en tributo
te da las riquezas propias,
porque las crezca el valor
en tu mano poderosa.
Todos repiten tu nombre,
todos tu fama pregonan,
con más lenguas que tenía
la confusa Babilonia.
Sírvete de ver la entrada
de tu gente victoriosa,
porque los ojos del rey
con sólo mirar dan honra.
Remunera con palabras
sus hazañas victoriosas,
que aun en boca de los reyes
son necesarias lisonjas.
Mostrándote agradecido,
podrá una palabra sola
más que el tesoro guardado
en tus doradas alcobas.
Descubre en público el rostro
que a las gentes aficiona,
porque será ver tu cara
el triunfo de mi victoria.
No me premian majestades
ni plata me galardona;
sólo quiero la presencia
que tantos reyes adoran.
Solamente con tocar
la púrpura de tu bola
dejaré de todo punto
a mi fortuna envidiosa.
Mi inclinación es servirte,
premios no me correspondan,
porque la virtud se mueve
con el precio de sí sola.
Deja besarte los pies
y tus sumilleres corran
esa cortina, que cubre
tu majestad grandïosa.

Corren una cortina, y está en un tribunal, en
la grada alta, el Emperador MAURICIO, y en otra baja el
Príncipe TEODOSIO, su hijo y la Infanta TEODOLINDA, su
hija, y dos criados en pie bajo las gradas

MAURICIO: Hoy, capitán vencedor,
corona en tus sienes vea.
El sol dé su resplandor.
Tu misma victoria sea
el premio de tu valor.
Hacerte inmortal procuro,
y harán tu nombre seguro
desde el Betis al Hidaspes
columnas de varios jaspes
y estatuas de bronce duro.
Todas tus empresas ricas
pondré en aceradas planchas
pues que mi fama publicas,
mi temido imperio ensanchas,
mis tesoros multiplicas.
Si a los bárbaros enojas,
y tu espada en sangre mojas,
un laurel he de ponerte
que ni el tiempo ni la muerte
pueden marchitar sus hojas.
FILIPO: Sólo, señor, me aficiona
besar tus pies; que ellos solos
enriquecen mi persona.

Llega a besar el pie al Emperador

MAURICIO: Cuanto abarcan los dos polos
te diera, con mi corona.
TEODOLINDA: (Capitán gallardo y bravo, [Aparte]
bien verá cuando te alabo,
que en amarle me anticipo).
TEODOSIO: Es muy gallardo Filipo.
TEODOLINDA: Es gran varón.
FILIPO: Soy tu esclavo.
TEODOLINDA: Por tan dichosa venida
en albricias vuelvo a darte
de mi alma y de mi vida
aquella pequeña parte
que me quedó a la partida.

Tocan cajas destempladas y trompa ronca, y arrastrando
un, estandarte, salen en orden LEONCIO, detrás, de luto,
armado, y lleva en la cabeza una corona de ciprés y un
bastón quebrado, y MITILENE, de cautiva

LEONCIO: Ronca la trompa bastarda,
destemplado el atambor,
y vestido el cuerpo de luto,
y de ánimo el corazón;
arrastrando el estandarte,
que ufano en algo se vio,
con sola aquesta cautiva,
aunque de extraño valor,
el pecho lleno de heridas,
porque nunca atrás volvió,
coronado de ciprés,
hecho piezas el bastón;
si son ceremonias tristes
(¡Oh famoso Emperador!)
usadas de el que es vencido,
ya verás cual vengo yo.
Nunca tu ejército viera
el levantado pendón
de los persas victoriosos
tan a costa de mi honor.
Nunca yo volviera vivo,
(¡Pluguiera al eterno Dios
que entre mi sangre vertida
diera el alma a su creador!)
pero quiso mi desdicha
librarme en esta ocasión
de la pena de la muerte
para dármela mayor.
Nunca logró sus deseos
quien desdichado nació,
que aun la muerte le aborrece,
si el vivir le da dolor.
Uno sintiera muriendo
y viviendo siento dos:
la pérdida de tu gente
y de mi noble opinión.
Mi vida sólo llorara;
mas, ¡ay!, que llorando estoy
un ejército de vida
que el fiero persa quitó.
Llegué un desdichado día
cuando está el dorado sol
entre los cuernos del toro
cobrando fuerza y calor.
Mil prodigios, mil agüeros
nos causaron confusión;
en un funesto ciprés
la corneja nos cantó;
tembló la preñada tierra
de lástima o de temor;
los montes se estremecieron,
sonó en el aire una voz;
mostróse el sol encendido
en un encarnado arrebol,
sudaron las naves sangre,
y llovieron el sudor.
Antes de dar la batalla
cuyo fin contando voy,
infinitos buitres vimos
cortar el aire veloz;
acobardóse la gente,
porque la imaginación
puede más que la verdad,
cuando tiene aprehensión.
Animéla dando voces,
pero no me aprovechó,
y no hay fuerza en las razones
que dé al cobarde valor.
Y aunque puede al desmayado
animar la exhortación,
y el ejemplo puede tanto
que a veces es vencedor,
si el temor es general,
tímida la inclinación,
la fortuna adversa cierta
y el enemigo mayor,
no animarán las palabras;
que en guerras jamás suplió
faltas de fuertes Aquiles
un Ulises orador.
Acometimos primero
porque esta aceleración
es parte de la victoria
si hay igual competidor.
El nuestro fue desigual,
en número nos venció;
cien mil personas juntaron
de su bárbara nación.
A los principios fue nuestra
la victoria; mas, señor,
la Fortuna siempre tiene
[mudable la condición;]
vueltas de ruedas veloces,
humo negro, tierna flor,
blanca sombra, débil caña,
cosas inconstantes son.
No hay cosa firme y estable;
los que cuerpo vivo es hoy
mañana es cadáver frío;
toda va en declinación.
La melancólica noche,
triste para mí, cubrió
los horizontes del mundo
con su negro pabellón;
no descubrió el sol hermoso
su lucido aparador
de estrellas, porque entre nubes
la alegre luz se escondió.
Cósroes, primer jefe persa,
que desde el fuerte español
hasta el antípoda oculto
eterna fama ganó,
sobrevino de repente,
y vimos más confusión
en el ejército nuestro
que en la torre de Nembrot.
Derramada y fugitiva,
nuestra gente el alma dio,
de pena y de rabia, al punto
que pronunció esta razón;
digo al fin que, desmayada
nuestra gente del rumor
[de las voces y los gritos]
que hicieron, nuevo son,
en tropel desordenado
nuestro ejército huyó,
cogiendo los enemigos
de copete a la Ocasión.
¡Ay, pérdida desdichada!
¡Ay, cielo santo! ¡Ay, rigor
de la mudable Fortuna
y de la Parca feroz!
Infinitas muertes dieron
sin engaño ni traición;
que yo alabo al enemigo
porque envidio su valor.
Entre los persas andaba
como un antiguo Sansón,
y como soy desdichado,
nadie a matarme acertó.
Hasta la tienda real
pude entrar; que el escuadrón
de guarda, con la victoria
segura, se descuidó.
En ella estaba esta dama,
que a la lumbre de un farol
se ligaba dos heridas
que en pecho y brazo sacó.
Llegué a asirla, defendióse,
y aunque más se defendió,
Anquises fue de estos hombros,
Medea de este Jasón;
por causar algún enojo
al Príncipe vencedor
la he cautivado y traído
con no pequeña aflicción.
Vencido vengo del persa
pero de mí mismo no,
pues no he llegado a su mano
aunque le tenga afición.
Esta es la trágica historia;
no tengo la culpa yo.
Sucesos son de la guerra;
mátame o dame perdón.

MAURICIO: (¿Cómo es posible que he oído Aparte
razones de hombre que viene
infamemente vencido?
¡Qué poca vergüenza tiene
el que cobarde ha nacido!)
¿Vivo delante de mí
has atrevido a ponerte?
Cobarde, bárbaro, di,
¿para todos hubo muerte,
y la faltó para ti?
¿Cómo la muerte inconstante
en mi ejército arrogante,
habiéndote de encontrar,
a ti en el primer lugar,
te dejó y pasó adelante?
Sentimiento natural,
cuando de otro está vencido,
tiene cualquier animal;
mas tú, que no lo has tenido,
no eres hombre natural.
Justo de hoy más ha de ser
que a tu honrado proceder
Parca de la patria nombres,
pues que truecas cien mil hombres
por una flaca mujer.
La deshonra y vituperio
tu corazón idolatra;
basta que en nuestro hemisferio
ha nacido otra Cleopatra
para asolar el imperio.
No es razón que así esté armado
un capitán que ha huído
ni ese pecho afeminado
de acero esté guarnecido,
pues de miedo está aforrado.
Del lado le sea quitada
la espada, siempre envainada;
que hombre por mujeres trueca
hile ya con una rueca
pues no riñe con espada.

Vanle desarmando, como va diciendo 

Atarle también conviene
las manos, porque sagaz
huyendo del persa viene;
no tenga mano en la paz
si en la guerra no la tiene.
Y ya que en él está mal
ser capitán general,
tú, Filipo, lo has de ser.
TEODOLINDA: Muy bien sabrá defender
tu corona imperial.
TEODOSIO: El soldado victorioso
que a su rey hace famoso,
es razón que premio aguarde;
que el castigo del cobarde
le hace más animoso.
FILIPO: Poderoso Emperador,
casos de Fortuna han sido;
y así no ha de estar, señor,
desconfïado el vencido
ni seguro el vencedor.
No hay en el mundo igualdad
ni estado en seguridad;
espera quien desconfía
que a la noche sigue el día,
bonanza a la tempestad.
Los estados son violentos;
y así, con estas memorias
los humano pensamientos
esperan grandes victorias
tras de grandes vencimientos.
Tal afrenta no le des,
que según el mundo es
inconstante, adversa y vario,
hoy le venció su contrario
para que él venza después.
LEONCIO: Gran César, en quien confío,
antes que mi afrenta mandes,
considera el caso mío.
En los ejércitos grandes
de Jerjes y de Darío
los sucesos semejantes
de tu memoria no borres;
verás soberbios gigantes
con máquinas y con torres
en espaldas de elefantes;
alcázares torreados,
chapiteles levantados,
que, perdiéndose de vista,
sus pirámides conquista
los rayos del sol dorados.
Escuadras podrás hallar
que, cubriendo el ancho suelo,
se pudieran comparar
a las estrellas del cielo
o a las arenas del mar;
y estando en pompa dichosa,
las derriba y pone en tierra,
o la Fortuna envidiosa,
ve el suceso de la guerra,
trágica, triste y dudosa.
MAURICIO: No a la Fortuna atribuyas
las que son flaquezas tuyas
LEONCIO: ¿Por qué, señor, tanta infamia?
MAURICIO: [Aún si fueras Hipodamia,]
porque mueras y no huyas.

Atanle las manos atrás y pónenle una
rueca 

Vayan las cajas delante
y esté así en la plaza un día
para que el vulgo inconstante
destierra su cobardía
con castigo semejante.
LEONCIO: Cielos, cuyo amparo sigo,
sed testigos y jüeces
de la afrenta que ha tenido
el que vencía tantas veces
por una vez que es vencido.

Comienzan a mirar con cuidado a MITILENE el Emperador
MAURICIO, TEODOSIO, Príncipe, y FILIPO 

Bien es que venganza os pida
cielos, un alma ofendida;
Atropos tengo de ser,
que es hilar y torcer
el estambre de mi vida.
Plega a Dios que revelada
esté la tierra en que reinas,
y los filos de tu espada
la blanca nieve que peinas
en sangre dejen bañada.
Hoy se acaban tus sucesos,
castigados tus excesos,
aunque el mundo forme aprisa
los túmulos de Artemisa
para sepultar tus huesos.
¡Ay, famosa Mitilene!,
no te estima como yo
el que en tan poco le tiene
al hombre que te venció.

Vanse los que pudieren, en orden y con el estandarte
arrastrando; llevan a LEONCIO, tocando cajas

MITILENE: (Volver por mí me conviene.) Aparte
No es ley ni bien que deshonres
lo que honrado debe ser;
Vencedor es, no te asombres,
porque hay en Persia mujer
de más valor que mil hombres.
Y yo, que a este agravio salgo,
más que mil persianas valgo,
pues si traes mil veces mil
por un ejército vil
mira tú si ganas algo.
Y el Príncipe que ha vencido
tu ejército acobardado,
tanto el vencer ha sentido
que diera lo que ha ganado
por sólo lo que ha perdido.
Y aun te diera la corona
porque estima mi persona;
que también el arco flecho
aunque no he cortado el pecho
como bárbara amazona.
Tu capitán es valiente,
atrevido con valor,
y reportado prudente;
que ésta es la virtud mayor
para quien gobierna gente.
Si vencedor no escapó,
la Fortuna lo ordenó,
dudosa, adversa y esquiva.
MAURICIO: Agora digo, cautiva,
que mi capitán venció.
MITILENE: El que victoria ha tenido
salga a probar mi valor;
y así verás cómo ha sido
más fuerte que el vencedor
el mismo que me ha vencido.
MAURICIO: (Su hermosura es celestial, Aparte
mi apetito natural,
y en cosas de inclinación
tiene fuerza la Ocasión.)
Salte afuera, General.
TEODOSIO: (O le ha cobrado afición, Aparte
o con celosos enojos
quiere doblar mi pasión.
Dándole está por los ojos
a beber el corazón.)
Filipo, el Emperador
manda que salgas.
FILIPO: (Amor, Aparte
¿qué veneno me estás dando?)
TEODOSIO: ¿No has oído lo que mando?
FILIPO: ¿Qué me mandas?
TEODOLINDA: (¡Ah, traidor! Aparte
¿Divertido en mi presencia
contemplando otra mujer?
FILIPO: (¡Ay, Amor! ¿Con qué violencia Aparte
muestras en mí tu poder?)
TEODOSIO: Filipo, ¿tanta licencia?

Vase FILIPO 

MAURICIO: Tú, Teodosio, sal también,
y todos lugar me den,
¡Ah, Príncipe, saLte afuera!
¿Ya estáis vos de esa manera?
Parecido os habrá bien.
¡César!
TEODOSIO: Señora, ¿me llamas?
MAURICIO: Yo soy quien llamó.
TEODOSIO: ¿Qué quieres?
MAURICIO: Que así no mires las damas.
TEODOSIO: Agrádanme las mujeres,
y ésta más.
MAURICIO: ¡Qué fácil amas!
Repórtate y salte afuera
a enfrenar esos intentos.
TEODOSIO: ¡Ay, persiana! ¡Quien tuviera
más almas que pensamientos,
y en tu altar las ofreciera!

Vase TEODOSIO 

MAURICIO: Ya, cautiva, en quien confío,
es tan grande tu poder,
que aunque el tiempo es como río,
que atrás no puede volver
hoy has vuelta atrás el mío.
Con tus partes más que humanas
las fuerzas del alma ganas,
tus ojos me dan pasión,
porque hacen refracción
en la nieve de mis canas.
Con amorosa inquietud
siento un honrado temor
de fénix en mi virtud,
que, abrasándose en tu amor,
ha vuelto a la juventud.
MITILENE: Esa nueva alteración,
que tu vieja edad pretende,
merece mi corrección,
pues, si mi rostro la enciende,
la temple mi condición.
Persiana soy.
MAURICIO: Yo, el monarca
que el orbe esférico abarca,
y en el ancho mar es mío
desde el más veloz navío
hasta la más débil barca.
El mundo de polo a polo
tendrás, si no eres ingrata;
oro te dará el Pactolo,
los franceses montes plata,
Arabia su fénix solo.
Mal fin en mis reinos haya
si en las faldas de tu saya
no me parece que miro,
en conchas del mar de Tiro
los olores de Pancaya.
El alarbe que hoy sujeto,
ciñendo corvado alfanje,
dará el bálsamo perfeto,
sus blancas perlas el Ganges,
sus panales el Himeto,
el elefante marfil,
la ballena ámbar sutil,
Scitia verdes esmeraldas,
y para hacerte guirnaldas,
todo el año se hará abril.
MITILENE: Si tu sacra majestad,
porque su cautiva vivo,
muestre en mí su potestad,
el cuerpo tengo cautivo,
pero no la voluntad.
Nunca lascivos amores
me enseñaron mis mayores;
de una pica me enamoro,
no de perlas, plata y oro,
guirnaldas, bálsamos y flores.
MAURICIO: ¿Quién eres?
MITILENE: Una persiana
que en los ejércitos vengo.
MAURICIO: Pues, ¿quién te ha hecho inhumana?
MITILENE: Mi noble sangre; que tengo
odio a la nación romana.
MAURICIO: ¿Qué romano fue atrevido
a ofender tanta belleza?

Sale el Príncipe TEODOSIO 

MITILENE: De ningún hombre lo he sido;
mi misma naturaleza
la inclinación me ha traído
su memoria y su valor;
de la memoria no aparto.
TEODOSIO: (Perdone el Emperador, Aparte
que está mi pecho de parto
y ha de nacer este amor.)
El ejército desea
ver tu rostro.
MAURICIO: Cuando sea
tiempo saldré.
TEODOSIO: (Mi pasión Aparte
no pide esa dilación.)
MAURICIO: Lugar daré a que me vea.
Vete, César.
TEODOSIO: (Es violento
el irme en esta ocasión,
porque es la gloria que siento
rémora del corazón
que para su movimiento.
¡Ay, mi persiana gallarda!
Aunque el alma tiempo aguarda
para hablarte, desespera,
porque aun el alma, si espera,
ofende, cuando se tarda.)

Vase. Sale FILIPO por otra puerta 

FILIPO: Aunque la maten mis celos,
vuelvo ya determinado
a ver los rayos o cielos
del sol que Persia ha creado
entre sus montes y hielos.

[Sale TEODOLINDA] 

TEODOLINDA: (Otra vez la torna a ver. Aparte
¿Qué hago, que no persigo
su vida? Pues la mujer
es el mayor enemigo
cuando da en aborrecer.

Pónese delante de MITILENE TEODOLINDA, y FILIPO
habla con el Emperador, mirando a MITILENE 

No la tiene de mirar;
luna soy, que he de eclipsar
este sol para sus ojos.)
FILIPO: ¿Dónde pondré los despojos
de esta guerra?
TEODOLINDA: ¿No hay lugar
para tratarlo después?
FILIPO: Los gallardetes no cuelgo
hasta que bese tus pies.
(¡Ay, cautiva!) Aparte
TEODOLINDA: (Yo me huelgo, Aparte

ingrato, que no la ves.)
FILIPO: (Como entre nubes parecen Aparte
unos pedazos de cielos,
que en mis ojos resplandecen.)
TEODOLINDA: (Muriendo estoy de estos celos; Aparte
no la has de ver.)
FILIPO: (Me oscurecen
tus brazos mi sol divino.)

Hace ademanes de cubrirla la Infanta, y él
porfía por verla 

MAURICIO: Mientras que lo determino,
rige la gente.
TEODOLINDA: (Traidor, Aparte
mal disimulas tu amor.)
FILIPO: (¡Ay, qué rostro peregrino Aparte
sobre mis hombros estriba!)

Vase FILIPO 

MAURICIO: El poder de tierra y mar
todo es tuyo; haces reciba
tu alma, que a cautivar
viniste, a no ser cautiva.
Dará el mar, si me regalas,
el nácar de sus espumas,
y el fénix rosadas alas
para que sirvan sus plumas
de penachos en tus galas.
Teodolinda, favorece
mi causa, pues entristece.
Quite el jardín tus enojos,
y en él harán estos ojos
lo que el sol cuando amanece.
TEODOLINDA: Servirte y obedecerte
mi pecho humilde desea.

Sale TEODOSIO con una daga en la mano 

TEODOSIO Si impidiere mi mal fuerte,
aunque más mi padre sea,
le tengo de dar la muerte.
Aunque no lo debe ser,
ni me parió su mujer;
que, según le aborrezco,
hijo de tigre parezco
o fui trocado al nacer.

MITILENE: Soy muy dichosa, digo,
[si ese alivio mereciera.]

Vanse las dos de la mano 

TEODOSIO: Adentro van; yo la sigo.

Vase TEODOSIO 

MAURICIO: Esta es la gloria primera
que dio al hombre su enemigo.
¿Otra vez Teodosio aquí?
No son presunciones buenas;
y pues siempre que lo vi,
se me han helado las venas;
ninguna sangre le di.
No es mi hijo y si lo es,
me aborrece. Muera pues,
no contradiga mi gusto,
que quien quiere mi disgusto
querrá mi muerte después.

Vase. Salen HERACLIANO, con un gabán y
báculo, y HERACLIO, de villano

HERACLIANO: Heraclio, ¿qué te parece
la corte y esta arrogancia?
HERACLIO Que no es hombre de importancia
quien la corte no merece.
HERACLIANO Muchos hay que, retirados,
buscaron la soledad.
HERACLIO: Cansóles la voluntad
el peso de los cuidados.
esta pompa y edificios,
las damas, la bizarría,
el trato, la policía,
el orden de los oficios
mueven más mi corazón
que el ganado, caza y sierra.
HERACLIANO: ¿Te agradan cosas de guerra?
HERACLIO: Es mi propia inclinación.
Yo confieso que en el yermo,
aunque más el perro ladra,
mejor que en la dicha cuadra
entre mis ovejas duermo.
Como las gobierno y domo
cuando mis silbos las llaman,
sus tiernas ubres derraman
la blanca leche que como.
Danme la fuente y el río
entre plata y cristal tierno,
nieve por agua el invierno,
leche pura en el estío.
Los campos, con su quietud
mis espíritus levantan;
las dulces aves me canta,
todo es gusto y aun salud.
Mas la trompa y el atambor,
la gente, la urbanidad,
la corte, la majestad
de un rey, un emperador,
más me inclina y más me alegra.
HERACLIANO: Todo me cansó una vez,
cuando nevó la vejez
copos en la barba negra.
La Emperatriz ha salido
despachando al limosnero.
Es un ángel.
HERACLIO: Verla quiero.

Sale la Emperatriz AURELIANA sin galas, dando dineros
al LIMOSNERO

AURELIANA: Pocos pobres han venido.
LIMOSNERO: Nos manda el Emperador
no darles, y me recelo.
AURELIANA: Si es la limosna en el cielo
como en el suelo el favor,
¿la niega?
LIMOSNERO: Ya todo es vicio.
AURELIANA: De la mujer ni el vasallo
no es decirle ni escuchallo.
Fe y alma tiene Mauricio.
Da limosna.

Vase el LIMOSNERO enojado

HERACLIANO: Pues la mano
nunca merecí, los pies
será razón que me des.
AURELIANA: ¡Oh, famoso Heraclïano!
HERACLIANO: Perdone Tu Majestad;
que con el traje que vengo
en la montaña le tengo.
Ya posó mi urbanidad.
AURELIANA: ¿Traes a Heraclio?
HERACLIANO: Sí, señora,
sin él no puedo venir.
AURELIANA: ¿Es éste?
HERACLIANO: Y podrás decir
que ves un Héctor agora.
En las cortes de los reyes
no hay mancebo más bizarro;
el movimiento de un carro
detiene, con cuatro bueyes.
Tan ligero corre y salta,
que alguna vez ha alcanzado
al corzuelo remendado
por la montaña más alta.
Es una cuartana fría
del león bravo y furioso,
es un vaguido del oso,
del lobo melancolía.
Porque al lobo, oso y león
los acobarda y destierra;
y sobre todo a la guerra
tiene extraña inclinación.
HERACLIO: (Sin duda tratan de mí. Aparte
La Emperatriz me ha mirado.
Si me querrá hacer soldado,
en signo alegre nací.
No sé qué deidad me inclina
a respetar su presencia
con amor y reverencia,
como a una cosa divina.
Inquietos están mis brazos
para llegar a abrazalla.
¡Heraclio, bárbaro, calla!
¿Tú, a la Emperatriz abrazos?
Para quitarse mejor
lo que mi pecho desea,
me retiro, y aunque sea
silla del Emperador,
me siento.)

Siéntase HERACLIO en el tribunal 

HERACLIANO: Yo he deseado
que este galardón me des
sólo en decirme quién es
Heraclio, a quien he crïado;
que como Tu Majestad
me lo envió tan pequeño,
discurro, imagino y sueño
y no doy en la verdad.

Quédase dormido HERACLIO en la silla

AURELIANA: Yo descubriré quién es;
sírvame tu corazón
agora con atención,
y con secreto después.

Desposéme, como sabes,
siendo César, con Mauricio
que ya es monarca del mundo
desde el Austro al polo frío.
Mi esposo y mi Emperador
mostróme amor al principio
y aborrecióme después;
hombre, al fin, y amor del siglo.
Pero, como son la paz
de los casados los hijos,
pedí al cielo me los diese
y soñé extraños prodigios.

(¡Ay, cielos, ay, rigor, ay, cruel castigo! Aparte
Cumpla estos sueños Dios sólo conmigo.)

Durmiendo, a mi parecer,
temblaban los edificios
de la gran Constantinopla,
corriendo de sangre ríos.
Dentro del mar y en la tierra
sonaban grandes gemidos;
hasta los pájaros daban
articulados suspiros.
Entre arreboles de sangre
el sol estaba escondido;
era un crepúsculo el día,
la noche un oscuro abismo.
Yo, confusa y temorosa,
no de mi propio peligro,
iba al templo, y admirada
de los secretos jüicios,
hallábalo profanado
de bárbaros enemigos,
que es el castigo mayor
que da Dios al cristianismo.
Entre estas calamidades
un trágico caso he visto,
que el corazón me suspende
las veces que lo imagino.

(¡Ay, cielos, ay, rigor, ay, cruel castigo! Aparte
Cumpla estos sueños Dios sólo conmigo.)

Un traidor, aunque cobarde,
de humildes padres nacido,
ya en el ejército nuestro,
vanaglorioso y altivo,
del gran imperio triunfaba,
pasando a cuchillo
a mis hijos, a mi esposo,
y a este cuello triste mío.
Dábanos Dios esta muerte
por los pecados y vicios
del Emperador, mi esposo.
¡Triste caso, a estar cumplido!

(¡Ay, cielos, ay, rigor, ay, cruel castigo! Aparte
Cumpla estos sueños Dios sólo conmigo.)

Aunque es verdad que los sueños
no tienen de ser creídos,
por ser confusas especies
de aquellas cosas que oímos;
cuando son males se temen,
porque suelen ser avisos
de Dios, que en sus obras tiene
investigables caminos.
Todos los casos adversos
parece que traen consigo
más crédito y certidumbre
que los sucesos propicios.

(¡Ay, cielos, ay, rigor, ay, cruel castigo! Aparte
Cumpla estos sueños Dios sólo conmigo.)

Al fin, tras de muchos sueños
de la manera que digo,
parí a Heraclio; desde entonces
le tienes a tu servicio.
A tu casa le llevaron,
y en su lugar puse un niño
hijo de una esclava escita
y de un esclavo fenicio;
fue la culpa de esconderlo
porque suceda en mis hijos
el imperio si se escapa
del riguroso martirio.

(¡Ay, cielos, ay, rigor, ay, cruel castigo! Aparte
Cumpla estos sueños Dios sólo conmigo.)

Sospecho que ya se cumple
el influjo de estos signos,
porque ya el Emperador
su conciencia ha distraído,
aunque ya viejo, es crüel,
es avariento y lascivo,
y aun a la fe de cristiano
le va corriendo peligro.
Mas, ¡ay de mí! ¿Cómo juzgo
defectos de mi marido?
Yo he mentido, Heraclïano.
¡Júzguele Dios que le hizo!

HERACLIANO: ¡Sueños extraños! Inquieta
estarás con el temor.

Habla HERACLIO como si fuera entre sueños 

HERACLIO: Pues que soy Emperador,
¡el ejército acometa!
¡Heraclio soy, viva Cristo!
Con su cruz he de vencer;
ya se puede acometer,
buenos presagios he visto.
Emperador del Oriente
y del Occidente soy,
vengando la muerte estoy
de una cordera inocente.
HERACLIANO: Dormida habla consigo.
Despierta, Heraclio, despierta.
HERACLIO: ¡Capitán, cierra la puerta!
¡No se escapa el enemigo!
HERACLIANO: ¿Quién en palacio y de día
de espacio a dormir se pone?

Despierta HERACLIO y bájase del trono 

HERACLIO: Tu Majestad me perdone
mi necia descortesía;
porque, como allá dormimos
sin respeto ni atención,
no mudamos condición
cuando a la corte venimos.
AURELIANA: ¿Qué soñabas?
HERACLIO: Niñerías,
imposibles confusiones
que causan las ilusiones
del sueño y sus fantasías.
Cosas que ni pueden ser;
sueños, al fin, mal formados
de casos imaginados.
AURELIANA: Yo los tengo de saber.
HERACLIO: Soñaba que Emperador
era de toda la tierra,
y que estaba en una guerra
y escapaba vencedor
--¡mil disparates!--
HERACLIANO: Sería
cómo te asentaste mal
en esa silla imperial
y te dormiste.

Salen TEODOSIO, con una daga desnuda y asido de
MITILENE, y ella con otra

TEODOSIO: Porfía,

y verás de tu hermosura
en cristal ensangrentado
si estás a mis ruegos dura;
que un amor demasïado
suele parar en locura.
Siento, después que te vi,
un letargo, un frenesí;
y he de curar mal tan fuerte
con tu amor o con tu muerte;
que hay dos extremos en mí.
Elige, pues, lo mejor,
que en tu mano está.
MITILENE: No quiero
[ni mi muerte ni tu amor.
TEODOSIO: Pues, ¿qué?]
MITILENE: Que pruebes primero
si hay en tus brazos valor.
TEODOSIO: Son tus ojos muy humanos
y fáciles mis antojos.
MITILENE: (¡Por los cielos soberanos, Aparte
que si muere por mis ojos,
que ha de morir por mis manos!)
Humane el pecho; que en él,
si el fuego de amor no mata,
le entraré esta daga.
TEODOSIO: Infiel,
premia mi amor.
MITILENE: Soy ingrata.
TEODOSIO: Dame vida.
MITILENE: Soy crüel.
TEODOSIO: Sosiégate.
MITILENE: Soy un mar.
TEODOSIO: ¿No me quieres ver ni hablar?
MITILENE: Soy basilisco y sirena
que con ver y hablar doy pena.
TEODOSIO: Dámela, que al fin es dar.
Denme pena tus enojos,
tu vista y tus labios rojos,
mas tú no hablaras ni vieras,
si la ponzoña tuvieras
en la boca y en los ojos.
AURELIANA: ¿Qué es aquesto? ¿En mi presencia
solicitándola estás?
¿Sin recato y con violencia?
TEODOSIO: ¿Qué mujer tuvo jamás
verdadera resistencia?
Si es violencia o voluntad
desacato o liviandad,
deja de darme consejos.
AURELIANA: Si los padres y los viejos
tienen esa autoridad,
¿no la puedo yo tener,
que tu propia madres soy?
TEODOSIO: Mi gusto tengo de hacer.

TEODOSIO tira de MITILENE 

MITILENE: Un monte de mi honor soy
que no me podrás mover;
pues ofenderme deseas,
aunque más Príncipe seas,
¡vive el cielo, que te mate!
AURELIANA: ¡Teodosio!, ¿tal disparate?

Porfía el Príncipe de llevar a MITILENE,
y defiéndela la Emperatriz 

TEODOSIO: Ni me hables ni me veas.
AURELIANA: ¿Hay tan ciega obstinación?
Tus apetitos reporta.
TEODOSIO: Yo sigo mi inclinación.
AURELIANA: Déjala.
TEODOSIO: Daréte.
AURELIANA: ¡Corta!
TEODOSIO: Toma, pues, un bofetón;
dejaré en tu rostro escrito
que mi voluntad confirmes,
y no impidas mi apetito.
HERACLIO: ¡Ejes del cielo, estad firmes
a tan bárbaro delito!
¡Estrellado firmamento,
planetas que vueltas dais
con el rapto movimiento,
montes, casas, no os caigáis
con tan extraño portento;
Angeles santos y buenos,
¿cómo no os dais desmayos?
Nubes en aires serenos,
¿cómo no os rompéis con rayos
ni nos asombráis con truenos?
¿Cómo tú, tierra pesada,
que de metales preñada
nombre de madre mereces,
no tiemblas ni te estremeces
viendo una madre agraviada?
Vosotros, ojos, que atentos
contemplasteis tal mujer,
llorad, haced sentimientos,
pues no los quieren hacer
el sol ni los elementos.
A tener razón, lo hicieran.
Sosiega ya, corazón.
¿Qué movimientos te alteran;
que siento aquel bofetón
más que si a mí me lo dieran?
Mano infame, mano ingrata,
mano que muerde rabiosa
al dueño que bien la trata,
y víbora ponzoñosa
que a su misma madre mata,
buho que aborrece el día
y con hambrientos antojos
matar sus padres porfía,
cuervo que saca los ojos
a la madre que le cría,
toma la espada, inhumano,
bárbaro más que cristiano,
pues que piedad no te enseña
con los padres la cigüeña,
apréndela de un villano.
TEODOSIO: Este villano, ¿qué intenta?
HERACLIO: Darte muerte.
TEODOSIO: ¡Ah, de mi guarda!
HERACLIO: Ira soy de Dios sangrienta,
porque el castigo no tarda
a quien sus padres afrenta.

Llévanle dentro a palos, a
HERACLIO 

AURELIANA: Hecho pedazos te vea
brevemente, aunque esto sea
con la muerte de los dos.
Pero no, que ofende a Dios
quien mal a nadie desea.

Sale TEODOSIO 

HERACLIANO: ¿No sabrá el Emperador
tanta infamia, tanta mengua?
AURELIANA: Callarlo será mejor.
MITILENE: Inmóvil tengo la lengua
de cólera y de dolor.

Sale HERACLIO 

HERACLIO: Haz que le den muerte dura.
AURELIANA: No importa, que fue locura.
HERACLIANO: Gusano de seda fuiste,
que en tus entrañas trajiste
tu muerte y tu sepultura.
Eres muro y planta altiva,
que en tus brazos has crïado
la hiedra que te derriba.
AURELIANA: Di que soy quien ha engendrado
ese amor y esa fe viva.
HERACLIO: En venganza y desagravios
no has meneado los labios;
con tu paciencia me aflijo.
AURELIANA: (¡Qué bien pareces mi hijo Aparte
en el sentir mis agravios!)
Para quitar la ocasión
a un loco, será razón
que se lleve Heraclïano
a la persiana.
HERACLIANO: Yo gano
un dichoso galardón.
MITILENE: Venirme más bien no pudo,
porque allí las piernas quiebre
al jabalí colmilludo,
corra la tímida liebre,
saque del agua el pez mudo.
Seguiré la veloz gama,
el otoño, cuando brama,
hasta que caiga herida
en la hierba guarnecida
con la sangre que derrama.
Daré a las aves ligeras
ya a prisión, ya a rescate.
HERACLIO: Cuando no sigas las fieras,
aquí tienes quien las mate,
como sus servicios quieras.
Las montañas de su altura
destilarán agua pura,
si a honrarlos tus ojos van,
y en el cristal dejarán
los rayos de tu hermosura.
AURELIANA: Idos luego a las montañas,
que es peligroso el palacio.
HERACLIO: Son bárbaras sus hazañas.
AURELIANA: ¡Quién te volviera despacio
otra vez a sus entrañas!
MITILENE: Ya por los montes suspiro.
HERACLIANO: De tu modestia me admiro.
AURELIANA: Toma, Heraclio.

Dale a HERACLIO una sortija, y él le besa la mano 

HERACLIO: Eres muy franca.
(Esta Emperatriz me arranca Aparte
el alma cuando la miro.)

Vanse todos 

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

Scroll to Top