LA CULPA BUSCA LA PENA,
Y EL AGRAVIO LA VENGANZA
Atribuido a Juan Ruiz de Alarcón
Texto basado en la edición príncipe que se encuentra en una edición suelta encuadernada en un tomo facticio en la Biblioteca Nacional en Madrid. Esta suelta fue editada por Juan Eugenio Hartzenbusch para el tomo 20 de la BAE. Este texto fue preparado por Vern Williamsen y luego pasado a su forma electrónica en 1999.
Personas que hablan en ella:
- Don SEBASTIÁN, galán
- Don FERNANDO, galán
- Don JUAN, galán
- Don DIEGO, viejo entrecano
- Don ANTONIO, viejo anciano
- MOTÍN, gracioso
- Doñ ANA, dama
- INÉS, criada
- Doña LUCRECIA, dama
- JUANA, su criada
- Un CRIADO
JORNADA PRIMERA
Salen doña LUCRECIA y JUANA, con mantos; doña ANA e INÉS, de casa
ANA: Pues que tus plantas hermosas
honran, Lucrecia, esta casa,
o gran desdicha te mueve,
o gran ventura me aguarda.
Si esto supiera mi hermano,5
para abreviar las jornadas,
alas fueran las espuelas,
y pensamientos las alas.
LUCRECIA: ¡Ojalá, doña Ana mía,
que de esto fuese la causa10
o ya tu ventura sola,
o ya sola mi desgracia!
Disgustos dan ocasión
a mi forzosa demanda,
que son en mí ejecuciones,15
y que en sí son amenazas.
ANA: Declárate, si no quieres
que me mate en la tardanza,
tu pena y mi confusión.
LUCRECIA: Escucha, y preven, doña Ana,20
perdon a mis sentimientos,
si no piedad a mis ansias;
que para romper la nema
de los secretos del alma,
Da mi peligro disculpa,25
y tu valor confïanza.
Tres veces la sierra el mayo
ha calzado de esmeraldas,
y tres veces el enero
la ha coronado de plata30
después que de mis favores
sediento don Juan de Lara,
bebiendo su llanto mismo,
ha mitigado sus llamas,
hasta que al fin su cuidado35
vigilante, su constancia
invencible y su asistencia
ocasión ya de mi infamia,
merecieron mi piedad;
que una breve gota de agua,40
repitiendo el golpe leve,
la más dura peña labra.
Llegaron a obligaciones
mis favores… de palabras,
digo; que nunca a las obras45
se arrojó mi confïanza;
que no admite galanteo
la que tiene sangre hidalga,
sino para dar la mano
a quien su favor alcanza;50
y así, como a ser su esposa
mi pensamiento aspiraba,
obligarle quise amante,
no recatarle liviana.
Es verdad que aunque las prendaa55
que puse en su amor más caras
fueron honestos favores
y lícitas esperanzas,
mis cuidados y los suyos
las hicieron de importancia;60
que de hablar a su albedrío
dieron motivo a la fama.
De este venturoso estado
seguro el amor gozaba,
cuando entre sombras obscuras65
y entre conjeturas claras,
en su tibieza empecé
a conocer su mudanza;
y viendo que yo no había
dado a su rigor la causa,70
pues le obligaba constante
cuando él mudable me agravia,
imaginé que la luz
de otra beldad le cegaba;
que nacen los celos cuando75
nacen las desconfïanzas.
Y así con esta sospecha,
pretendiendo averiguarla,
centinelas puse ocultas
a sus ojos y a sus plantas.80
Supe que ellas te seguían,
supe que ellos te miraban,
que tus balcones contempla,
que tus puertas idolatra.
¡Ay de mí! No sé si diga85
que supe también, doña Ana,
que merece tus oídos,
y tus favores alcanza…
No lo digo, no lo creo;
que fuera ofender a entrambas.90
A mí, porque si viviera
creyéndolo, fuera infamia,
y a ti por haber tan poco
que aumentó a las lusitanas
corrientes del Tejo el llanto95
de verte ausente las aguas.
Que cuando apenas los nombres
de las calles cortesanas
puedes saber, cuanto más
las noblezas de sus casas,100
te ofendiera si creyese
que tan fácil confïabas,
a crédito de los ojos,
obligaciones del alma.
Mas porque haber yo estimado105
su pensamiento es probanza
de sus méritos contigo,
el veneno y la triaca
te doy juntos, pues te enseño,
porque pises recatada,110
entre las flores el áspid
de su condición ingrata.
Y así por lo que te toca,
te estará mejor, doña Ana,
escarmentar advertida,115
que advertir escarmentada.
Por lo que toca a don Juan,
será en ti más digna hazaña
dar castigo a sus engaños
que premio a sus esperanzas;120
y por lo que toca a mí,
te mostrarás más humana
que en hacerle venturoso,
en no hacerme desdichada.
Tres años ha que me obliga,125
dos meses ha que me agravia,
dos meses ha que te sirve,
tres años ha que me infama.
Piensa, pues eres discreta,
mira, pues naciste honrada,130
de mi opinión el peligro,
de mi razón la ventaja,
el despecho de mi agravio,
el exceso de mis ansias,
la locura de mi amor,135
y de mis celos la rabia.
ANA: (Si dice verdad Lucrecia, Aparte
la razón que tiene es clara,
y de que dice verdad
este exceso es la probanza;140
y no es bien, pues yo no estoy
de don Juan enamorada
sino solo agradecida,
que marchite la esperanza
de quien se abrasa por él,145
por quien a mi no me abrasa,
ni que mi amante se nombre
el que otra mujer engaña.)
En cuanto a amarme don Juan,
no mienten tus asechanzas,150
Lucrecia; en cuanto a que yo
le favorezco, te engañan.
Y aunque lo pudiera hacer
y con disculpa, en venganza
de que a mi hermano desdeñas,155
esto imagino que basta
a que de mí te asegures;
que no es tan poca arrogancia
la de los méritos míos,
que a un amante en quien se hallan160
achaques de amor ajeno,
condiciones de mudanza
y olvido de obligaciones,
le dé lugar en el alma.
LUCRECIA: Deja que por tal merced165
besen mis labios tus plantas.
ANA: Deja tú excesos; que hacer
yo lo que estoy obligada,
ni es merced para contigo,
ni es para conmigo hazaña.170
LUCRECIA: Por hazaña y por merced
la estimo yo. Solo falta
suplicarte que le calles,
amiga, a don Juan de Lara
esta diligencia mía;175
que si con desdén le tratas,
y sospecha que soy yo
de su desdicha la causa,
mal obligaré ofendido
al que obligado me agravia.180
ANA: Mi presunción desconoces,
pues el silencio me encargas.
Para que le calle yo
tu diligencia, ¿no basta
temer, si se la dijera,185
que don Juan imaginara
que lo que es desdén son celos,
y lo que es rigor venganza,
y juzgándome celosa,
me juzgase enamorada?190
No, Lucrecia, no; que somos
las portuguesas muy vanas;
y, ¡ojalá que las mujeres
todas en esto pecaran!
Pues cuanto más vanas fueran,195
tanto fueran más honradas.
Doña LUCRECIA habla aparte a INÉS
LUCRECIA: ¿Entiendes que cumplirá
lo que promete doña Ana?
INÉS: O tendrá un fiscal en mí;
que no puedo ser ingrata200
a la afición de Lucrecia
y al pan que comí en su casa.
Sale un CRIADO
CRIADO: Don Fernando mi señor
ha llegado.
Vase el CRIADO
LUCRECIA: ¡Ay desdichada!
Por dónde, sin que me vea,205
podré salir?
ANA: En las casas
de mujeres como yo,
Lucrecia, no hay puerta falsa;
mas ¿qué importa que te vea
mi hermano? ¿Qué te recatas?210
LUCRECIA: ¿Para qué es bueno ponerme,
si mis desdenes le agravian,
a lance de acrecentar
mis rigores y sus ansias?
Y, ¿qué puedo parecer,215
viniendo a pie y disfrazada
donde vive quien amante
de mis prendas se declara?
ANA: Dices bien. Tapao las dos;
que yo haré cómo te vayas220
sin conocerte, si acaso
la nube del manto basta
a eclipsar el resplandor
de los rayos de tu cara.
Salen don SEBASTIÁN y don FERNANDO de camino
FERNANDO: Dame, doña Ana querida,225
los brazos.
ANA: Pues que te veo,
no pide ya mi deseo
más términos a la vida.
FERNANDO: Otro hermano tienes más
–pues es otro yo mi amigo–230
en el señor don Rodrigo
de Ribera.
ANA: Pues le das
nombre de amigo y hermano,
esa recomendación
le dice mi obligación,235
y me enseña lo que gano.
SEBASTIÁN: Nombre de esclavo me dad;
que es deuda en mí conocida,
si a quien se debe la vida
se rinde la libertad.240
Y yo al señor don Fernando
no solo debo el tenella,
mas el merecer con ella
la dicha que estoy gozando.
(Si es dicha acaso que vea Aparte245
beldad cuya perfección
atormenta el corazón,
si los ojos lisonjea.)
JUANA: ¿Qué aguardas, señora, aquí?
Vámonos.250
LUCRECIA: Adiós, doña Ana.
ANA: Id con Dios.
Vanse doña LUCRECIA y JUANA
FERNANDO: ¿Quién es, hermana?
ANA: Una dama que de ti,
para cierta diligencia
que en Sevilla le importaba,
pretendió, porque pensaba255
que durara más tu ausencia,
valerse, y desengañada
se parte.
FERNANDO: ¡Qué airosa es!
El viento huellan sus pies.
SEBASTIÁN: Flechas despide tapada,260
que descubierta serán
Rayos.
ANA: (¡Estando yo aquí Aparte
Habla este grosero así!
Menos tiene de galán
en el alma que en el talle.)265
Sale MOTÍN, de camino
SEBASTIÁN: ¿Que hay, Motín?
MOTÍN: Que hallé posada,
y la dejo concertada.
SEBASTIÁN: ¿Dónde?
MOTÍN: En esta misma calle;
tan cerca, que una pared
de esta casa la divide.270
SEBASTIÁN: (Albricias al alma pide.) Aparte
FERNANDO: Mucho me huelgo, y creed
que el aposento os hiciera
en mi casa, confïado,
si de doña Ana el estado,275
Rodrigo, lo permitiera.
SEBASTIÁN: No me deis satisfaciones,
cuando ya de esta verdad
me ha dado vuestra amistad
mayores demostraciones.280
FERNANDO: Vamos pues.
SEBASTIÁN: ¿Adónde vais?
FERNANDO: Quiero ver si es la posada
para vos acomodada.
SEBASTIÁN: De mil modos me obligáis.
Míranse mucho don SEBASTIÁN y doña ANA
Hermosa doña Ana, adiós.285
ANA: Él os guarde.
MOTÍN: (¡Pese a tal!
O yo lo he mirado mal,
o se miran bien los dos.)
Vanse don SEBASTIÁN, don FERNANDO y MOTÍN
INÉS: Cierto, señora, que temo
tu salud.290
ANA: ¿Por qué ocasión?
INÉS: Con tan curiosa atención
y tan cuidadoso extremo
te ha mirado el forastero,
que si no quedas aojada,
tienes la sangre pesada.295
ANA: Antes, Inés, considero
que, pues no me ha hecho mal,
no le he parecido bien.
INÉS: No es tan atento el desdén,
Que con suspensión igual300
se mire lo que no agrada.
ANA: Pues ¿qué quieres? ¿Que de mí
esté enamorado?
INÉS: Sí.
ANA: ¡Tan presto!
INÉS: Cuando mirada
la hermosura ha de matar,305
muy fácil es de inferir
que no tardará en herir
más que se tarda en mirar.
ANA: ¿Que en efecto me ha mirado
tan cuidadoso y suspenso?310
INÉS: Mucho lo preguntas. Pienso
que de ello no te ha pesado.
ANA: Pues dime tú, ¿a quién le pesa
de que la quieran?
INÉS: A quien
inclina tanto al desdén315
la arrogancia portuguesa.
ANA: Dices verdad; pero, Ines,
si de arrogante le infaman,
advertid que también llaman
derretido al portugués.320
Dame que el dorado arpón
de Amor hiera al pensamiento
y verás que es rendimiento,
cuanto ha sido presunción.
INÉS: ¿Ves, señora, cómo tienes325
principio de amor?
ANA: ¡De amor!
INÉS: Sí; que temes el error
pues la disculpa previenes.
ANA: Y yo tambien lo presumo.
Centellas del nino ciego330
tengo en el alma, si el fuego
se conoce por el humo.
INÉS: Dime, ¿por qué lo sospechas?
ANA: Cuando a Lucrecia decía
que descubierta daría335
rayos, y tapada flechas,
un invidioso dolor
en el corazón, Inés,
me causó, y la invidia es
humo del fuego de amor.340
Y si la verdad te digo,
la inclinación me ha llevado;
pero como no me ha dado
hasta agora don Rodrigo
de sí más información345
de la que la vista ofrece,
dudando si me merece,
reprimo la inclinación.
INÉS: Si de lo que has visto estás
contenta, dudas en vano,350
pues abona el ser tu hermano
tan su amigo lo demás.
ANA: Bien dices.
INÉS: Si digo bien,
¿Qué falta ya?
ANA: Que conmigo
se declare don Rodrigo.355
INÉS: Yo lo trataré tan bien,
que puedas tú declararte.
ANA: Harélo si me merece.
Mas ¿sabes que me parece
que estás mucho de su parte?360
INÉS: Que estoy muy contra don Juan
dirás; que como desprecia
tan sin razón a Lucrecia,
pena sus penas me dan;
que me pone en tanto empeño,365
demás de que la he servido,
porque mi tercera ha sido
para tenerte por dueño;
y me holgaré de que él halle
en tu rigor su castigo.370
ANA: Yo pienso que don Rodrigo
ha venido a castigalle.
Vanse las dos. Salen don SEBASTIÁN, don diego, MOTÍN y CRIADOS
SEBASTIÁN: Señor don Diego de Mendoza, a solas
quedemos; que en secreto importa hablaros.
DIEGO: Despejad.375
Vanse los CRIADOS
SEBASTIÁN: Cesen ya las altas olas,
y muéstrense de luz menos avaros
los cielos a la noche tenebrosa
de confusión tan larga y tan penosa
que ciego y triste contraopuestos polos
me obligó a discurrir.380
DIEGO: Ya estamos solos.
SEBASTIÁN: Yo, señor, soy don Sebastián de Sosa.
Don Antonio de Sosa, vuestro amigo,
me dio el ser y la sangre generosa
de cuya calidad sois vos testigo.
DIEGO: Bien venido seáis. Dadme los brazos385
antes que prosigáis.
SEBASTIÁN: Estos abrazos
son el primer alivio que he tenido
en cuanto mar y tierra he discurrido.
DIEGO: ¡Gracias a Dios que con salud os veo!
Decid ya lo demás; yo lo deseo.390
SEBASTIÁN: Quince veces la hermosa primavera
ha dado alfombras fértiles a Flora
después, señor, que yo de la ribera
del lusitano piélago, en la aurora
de mi edad, a las indias orientales395
partí a buscar el rostro a la Fortuna,
llevando para asilo de mis males
al que del sol de España iba a ser luna
en aquella región; que fui en mi casa
hijo tercero, y la porción escasa400
que de los bienes libres paternales
esperaba heredar, no me podía
sustentar con el lustre que pedía
la presuncion de pechos principales.
Allí pues en tres lustros de mi vida405
me dieron, ya la paz y ya la guerra,
tan claro nombre, hacienda tan lucida
que en la ajena olvidé mi propia tierra,
cuando una carta de mi padre–¡ay cielos!–
cubrió tan clara luz de obscuros velos.410
Mándame que al momento
me parta a España, y que venir procura
desconocido, para que asegure
la honrosa ejecución de cierto intento
y que él me aguarda oculto en esta corte,415
donde vos solo habéis de ser el norte
por quien he de buscar, de vos fïado,
el lugar donde vive retirado.
Éstas fueron, en suma,
las preñadas razones que su pluma,420
para causarme tenebrosa calma,
pintó a los ojos y esculpió en el alma.
Al fin, o la obediencia del preceto,
o la curiosidad de este secreto,
me sacó de las playas orientales,425
y en una de dos máquinas navales,
movibles promontorios, que de Goa
los tesoros conducen a Lisboa,
del mar penetro climas dilatados
para ponerles fin a mis cuidados.430
Y un día, al correr su pabellon la aurora,
que alegra a luces cuando a perlas llora,
desde el tope, que sube
a barrenar la más distante nube,
un marinero experto,435
“¡Tierra, tierra!” en alegres voces dice;
y a poco espacio el lusitano puerto
felice vio quien le buscó felice;
que yo, fletando un barco que ligero
a recibirnos se engolfó primero,440
solo me arrojo en el, y el horizonte
de Portugal discurro hasta Ayamonte,
donde ya libre de que me pudiera
ninguno conocer, mi nombre dejo
por el de don Diego de Ribera,445
y parto a la ciudad a quien da espejo
el Bétis de cristal, y allí en diez días
para Madrid dispuse mi jornada,
donde ya en vos las desventuras mías
gran parte ven de mi intención lograda,450
puesto que vivo y con salud os veo,
y agora solo resta a mi deseo
saber, si ya la tierra no sepulta
ami padre, el lugar en que se oculta,
para que tenga fin este cuidado455
que tan largas fatigas me ha costado.
DIEGO: Quietad el pecho. Vuestro padre vive,
y aunque en Madrid ha estado,
lugar por su grandeza acomodado
para que en él se oculte quien recibe460
de la Fortuna injurias.
Dos meses solamente
habrá, don Sebastián, que un accidente
le obligó a retirarse a las Asturias,
donde, mudado el nombre, de este día465
la luz dichosa espera.
Vos no hagáis novedad; que mensajera
será una carta mía,
más breve y más segura,
de la llegada vuestra y su ventura.470
SEBASTIÁN: ¿No es más razón que yo a buscarle parta?
DIEGO: Que en Madrid le esperéis, y yo po carta
Le avise, el órden fue, si ha de cumplirse,
que me dio vuestro padre al despedirse.
SEBASTIÁN: Fuerza es que le obedezca;475
mas vos, don Diego, porque no padezca
mi pecho confusión tan congojosa
si la sabéis acaso, de su intento
la causa me decid.
DIEGO: Su pensamiento
ignoro; pero siendo tan penosa480
la ocasión y tan grave
que a don Antonio a lo que veis obliga,
fuera de él no es razón que otro os la diga,
pues que será deciros que la sabe;
porque ni aun vuestro padre, si pudiera485
excusallo, era bien que la dijera.
Vase don DIEGO
SEBASTIÁN: ¡Válgame Dios! Cuando entendí que había
llegado al puerto la desdicha mía,
la tempestad parece que comienza.
¡Don Diego de Mendoza se avergüenza490
de referirme la ocasión! ¿Qué dudo?
Con no decirla dijo cuanto pudo.
¡Mi padre vive oculto y desterrado
de su patria, con nombre disfrazado!
Infame es la ocasión, la causa es fea.495
Mas, ¿qué me aflijo? Lo que fuere sea;
que pues para el remedio me ha llamado,
posible lo imagina, y ya he llegado,
y yo de cualquier modo
tengo valor para salir con todo.500
Vase
Salen don FERNANDO, encontrándose con don SEBASTIÁN
FERNANDO: Don Rodrigo.
SEBASTIÁN: ¿Qué hay, amigo?
FERNANDO: Apenas llegado habéis
a Madrid, cuando ya hacéis
visitas que son conmigo
por dos partes ocasión505
de celos.
SEBASTIÁN: Mucho sintiera
que mi amistad no os cumpliera
en todo su obligación.
Decid, pues, cómo os he dado
los celos que habéis tenido510
para que enmiende advertido
lo que ignorante he pecado.
FERNANDO: Bien decís; que no es razón
que os recate, don Rodrigo,
siendo mi mayor amigo,515
la llave del corazón.
De don Diego de Mendoza
es esta casa de donde
salís, que es nube que esconde
el rayo o cielo que goza520
en su bija, una deidad,
vida y muerte de mi amor,
pues me mata su rigor,
y me anima su beldad.
Celos me dais por amigo,525
si a don Diego visitastes,
pues lo que con él hablastes
no habéis tratado conmigo;
y si a Lucrecia, ignorante
de mi aficián, visitáis,530
aunque mi amigo seáis,
me dais celos por amante.
SEBASTIÁN: Fernando, ni en la amistad
ni en el amor os ofendo;
que ni a Lucrecia pretendo,535
ni tuve de su beldad
jamás otra relación
que la que me dais aquí;
mas aunque a su padre vi
sin daros cuenta, no son540
vuestras quejas bien fundadas,
que no obligó el comenzar
vuestra amistad a acabar
correspondencias pasadas.
Vase don FERNANDO
SEBASTIÁN: ¡Ah cielos! ¡Si yo la mano545
de doña Ana mereciese
en premio de que la diese
doña Lucrecia a su hermano!
Mas, ¿cómo en el triste estado
de mi opinión recelosa,550
tu beldad, doña Ana hermosa,
lisonjea mi cuidado?
¡Ay de mí! Que en la memoria
de las deudas de mi honor,
huye la dicha de amor,555
y desvanece la gloria;
como el pintado pavón,
que por más que haciendo en torno
con la pompa de su adorno
arrogante ostentación,560
de hermoso y galán presuma,
pierde marchito después,
en la fealdad de los pies,
la vanidad de la pluma.
Vase. Salen doñ ANA e INÉS a una reja baja, después MOTÍN
ANA: Pues Motín está en la calle,565
háblale agora.
INÉS: Detrás
de la ventana podrás,
sin que él lo entienda, escuchalle.
ANA: Infórmate con cautela
de todo.570
INÉS: Pierde cuidado.
Ocúltase doña ANA, y sale MOTÍN
MOTÍN: (¡Que haya de ser un crïado, Aparte
por su dueño, centinela
de su dama noche y día!
¡Y que una escasa ración
incluya en su obligación575
tambien la alcahuetería!)
INÉS: Motín…
MOTÍN: ¿Quién llama?
INÉS: Yo soy.
MOTÍN: ¿Cómo, Inés, soy tan dichoso,
que me llamas?
INÉS: Vite ocioso,
y porque también lo estoy,580
quise entretener así
a los dos.
MOTÍN: Merced me has hecho;
que me fastidian el pecho
algunas cosas que vi,
como soy recién venido585
a Madrid, que si no hallara
con quien de ellas murmurara,
me muriera de podrido.
INÉS: Di pues, descansa.
MOTÍN: Un mozuelo,
büido de pies, que andando590
va cada momento dando
de puntillazos al suelo,
¿qué significa?
INÉS: Que como
es puntiagudo el zapato,
no entra bien.595
MOTÍN: Pues ¿más barato
no fuera calzarle romo?
Y algunos que braceando
con la mano acucharada,
la manga desabrochada
y sin puños, le va dando600
en los dedos el aforro.
¿Es gala o hipocresía?
¿Es aliño o porquería?
¿Es descuido o es ahorro?
¿O presumen por ventura605
de manos, y hacen con esto
que junto al color opuesto
parezca más la blancura?
Y el que levanta igualmente
por los dos lados el ala610
del sombrero, y por gran gala
lleva un candil en la frente,
dime, ¿en qué puede fundarse?
¿Y en qué se funda un galán,
que vistiendo tafetán615
en julio, por no abrasarse,
embute de estofa vana
jubón y calzón? Querría
saber si la seda enfría
más que calienta la lana.620
Y el escolar que camina
con un matachín meneo,
y hecho un rollo del manteo,
se le encaja en la pretina.
¿A quién no le causa risa?625
¿Y un paje que, si reparas,
Mide las ligas a varas,
y a pulgadas la camisa?
INÉS: Y tú, pues en eso tocas,
¿cuántas tienes?630
MOTÍN: Tengo, Inés,
Si verdad te digo, tres.
INÉS: Pues ¿cómo tiene tan pocas
quien de las Indias llegó
un mes ha?
MOTÍN: Engañada estás;
qué no he fïado jamás635
al agua la vida yo.
INÉS: Pues, ¿cuándo entraste a servir
a don Rodrigo?
MOTÍN: Después
que señalaron sus pies
la orilla a Guadalquivir.640
INÉS: Segun eso, no sabrás
su calidad.
MOTÍN: Solo sé
que en sus acciones se ve
que ninguno tiene más.
INÉS: Y di, ¿qué finezas fueron,645
las que hicieron tan amigo
de Fernando a don Rodrigo?
MOTÍN: En Sevilla concurrieron
en una posada un día
los dos, y en viéndose en ella,650
halló en cada cual su estrella
lo que llaman simpatía.
INÉS: ¿Simpa… qué?
MOTÍN: Conformidad,
rabiando a lo castellano.
Pues como abrasa el verano655
el sol aquella ciudad,
fuimos una noche al río
los tres; siendo el primero
en desnudarse ligero
mi señor, al cristal frío,660
sin prevenir los azares
de su hondura, se arrojó;
que sin duda imaginó
que se echaba en Manzanares.
Despojábase espacioso665
la ropilla don Fernando
por no acatarrarse, cuando
a mi dueño, congojoso,
en un mal formado acento,
que gorgoritas hacía,670
escuchamos que decía,
“¡Que me ahogo!” Y al momento
al peligro se arrojó
animoso don Fernando,
medio vestido, y nadando,675
a la orilla le sacó.
INÉS: Y tú, ¿no le socorriste?
¿No sabes nadar?
MOTÍN: Sí, sé,
mas del refrán me acordé.
INÉS: ¿De qué refrán?680
MOTÍN: ¿Nunca oiste
decir que el buen nadador
guarda la ropa?
INÉS: Si oí.
MOTÍN: Pues yo, que lo soy, allí
la guardaba a mi señor.
Demás que era desatino685
entregarme al agua, á quien
jamás he querido bien.
Si el Bétis fuera de vino,
don Rodrigo paseara
seguro su centro frío.690
INÉS: ¿Cómo?
MOTÍN: Sorbiérame el río,
y él en seco se quedara.
En esta hazaña se funda,
pues, la amistad que nació
en los dos, a que añadió695
nuevos lazos la segunda.
A la posada venía
una noche don Rodrigo
muy tarde, solo conmigo;
y cuando llamar quería700
a la puerta, acometieron
a matarnos con montantes
cuatro feroces gigantes.
INÉS: ¡Tan grandes te parecieron?
MOTÍN: Pues piensa que me limito,705
que en ellos fuera una espada
hasta el recazo envainada
picadura de mosquito.
Y así, valiéndome, como
en la ventajosa lid710
del gigante hizo David,
de otras armas, quité el pomo
a mi espada, y de una liga
hice una honda, y tiré
al uno, y le reventé715
un ojo; y con la fatiga
cayó el Polifemo, dando
Tal golpe, que estremeció
la ciudad, y despertó
el estruendo a don Fernando,720
que asomándose a un balcón,
y viendo que don Rodrigo,
su camarada y amigo,
estaba en tal aflicción,
a la calle se arrojó725
con una espada, en camisa,
y a los gigantes tal prisa
de cuchilladas les dio,
que todos en un momento
se desparecieron como730
humo al viento.
INÉS: ¿Y el del pomo?
MOTÍN: Huyó también tan sin tiento,
como en lo tuerto no estaba
ducho, que la calle errando
y en las casas tropezando,735
como bolas las birlaba.
INÉS: ¡Gran ventura! Mas querría
saber de dónde contigo
esa noche don Rodrigo
tan a deshora venía;740
porque de esto y de intentar
darle muerte esa cuadrilla,
colijo yo que en Sevilla
se debió de enamorar.
Doña ANA aparte al paño
ANA: (Sutilmente ha rodeado Aparte745
la plática a mi intención.)
MOTÍN: Yo pienso que la ocasión,
Inés, de haberle intentado
matar, fue para quitarle
un diamante que traía750
en el dedo, que podía
el mismo sol cudiciarle;
que allí no galanteaba;
antes, según lo que agora
a tu hermoso dueño adora,755
y a Madrid apresuraba,
logrando instantes del día,
su jornada, he sospechado
que estaba allá enamorado
de doña Ana en profecía.760
ANA: (¡Vitoria, amor!) Aparte
MOTÍN: (De un chapín Aparte
tras de la ventana brilla,
o me engaño, una virilla.
¿Si escucha doña Ana?)
INÉS: Al fin,
¿la tiene amor?765
Habla doña ANA aparte a INÉS
ANA: Tiempo es
de declararte.
MOTÍN: (¿Qué he visto? Aparte
del pie le ha dado. ¡Por Cristo
que juega con ganso Inés.)
Toda la noche se queja,
y suspira tan sentido,770
que el huésped le ha despedido
porque dormir no le deja.
INÉS: Pues pide para los dos
albricias a don Rodrigo;
que su amor–yo soy testigo–775
de que es pagado; y adiós.
Retíranse las dos
MOTÍN: ¡Hay tal dicha! Cierto es
que doña Ana lo ha escuchado,
y fue entre los dos tratado
cuanto aquí me ha dicho Inés.780
Sale don SEBASTIÁN
SEBASTIÁN: Motín…
MOTÍN: Señor, mi deseo,
Te llamó; que en este instante
me ha dicho Inés que es tu amante
doña Ana.
SEBASTIÁN: ¡Oh cielos! No creo
tanta ventura.785
MOTÍN: Yo sí;
que lo que a Inés escuché,
orden de doña Ana fue.
SEBASTIÁN: Pues, ¿cómo?
MOTÍN: Hablando de ti
desde la reja a la calle,
donde yo estaba en espía,790
después que gastado había
gran prosa en exageralle
tu ciego amor, vi que Inés
un poco se suspendió,
y que la atención pasó795
de los ojos a los pies.
Penetré la celosía,
aplicando un poco más
la vista, y vi que detrás
de la ventana lucía800
una virilla, chismosa
de su dueño y de su intento,
que dijo a mi pensamiento
que era de doña Ana hermosa.
Disimulé, y luego vi805
que despidió la virilla
una breve zapatilla,
así flamante y así
ajustada, que pensé,
viendo que nada injuriaba810
su primer facción, que estaba
en la horma, y no en el pie.
Mas desengañóme luego
una rosa o una estrella,
que después que llegó a vella815
el Amor le pintan ciego,
que en puntillas tan brillantes
y cándidas se remata,
que si no es globo de plata,
es erizo de diamantes.820
Salió pues, señor, el pie,
si recatado, lascivo,
que tiene más de atractivo
cuando se ve y no se ve;
y tocó á Ines. Yo creí825
que tocaba a retirar,
y no fue sino tocar
a declararse; y así
me dijo, “Para los dos
pide albricias a Rodrigo;830
que su amor, yo soy testigo,
de que es pagado; y adiós.”
SEBASTIÁN: ¿Es posible que ha tenido
tan dichoso fin mi pena?
Dale a Ines esta cadena,835
Dale una
Y tú, ponte aquel vestido
que estrené cuando partí
de Guadalquivir.
MOTÍN: (Dió fuego.) Aparte
SEBASTIÁN: ¿Que a ser tan dichoso llego?
¿Que tanto bien merecí?840
Pues que doña Ana me adora
vengan penas, vengan males;
que si antes eran mortales,
serán medianas agora.
MOTÍN: Pues, ¿podrás estar quejoso845
de las nuevas que te he dado?
SEBASTIÁN: Mas que cuerdo desdichado,
quiero ser loco dichoso.
Vanse. Salen don JUAN Y doña ANA
ANA: Señor don Juan, por mi vida
que os vais.850
JUAN: Señora, ¿qué es esto?
¿Vos me despedís tan presto?
A darle la bienvenida
vengo, por nuestra amistad,
a vuestro hermano; y así,
ni le hará el hallarme aquí855
sospecha ni novedad,
si vos conmigo la hacéis
por eso.
ANA: De porfïado
estáis ya, don Juan, cansado.
JUAN: ¡Ay de mí! ¡Ya os ofendéis860
de verme! Ya vuestros ojos,
de quien luces merecí
de favores, contra mí
fulminan rayos de enojos!
¿En que os ofendi, señora?865
ANA: En nada.
JUAN: Pues, ¿qué mudanza
es ésta que mi esperanza
condena sin culpa agora?
ANA: Mudanza.
JUAN: ¿Puédela hacer
sin causa quien su favor870
ha empeñado?
ANA: Es loco Amor.
JUAN: ¿No sois noble?
ANA: Soy mujer.
Salen don SEBASTIÁN y MOTÍN, que se quedan acechando a doña ANA y don JUAN, hablan los dos aparte
SEBASTIÁN: ¿Qué estoy viendo?
MOTÍN: El galán es
que te da cuidado.
SEBASTIÁN: ¡Ah, cielos!
Ya son agravios mis celos.875
MOTÍN: ¿Doyle la cadena a Inés?
SEBASTIÁN: Necio estás.
JUAN: Solo de vos
saber la ocasión querría
de mi mal, doña Ana mía.
MOTÍN: ¡Mía dijo, vive Dios!880
SEBASTIÁN: Oye.
ANA: Don Juan, idos ya;
que no os la quiero decir.
JUAN: Ni yo de aquí he de salir.
ANA: Entraréme yo.
JUAN: Será
Quiere irse, y tiénela
obligarme a ser grosero.885
ANA: Soltad. ¿Qué es esto, atrevido?
SEBASTIÁN: (Sin darme por entendido Aparte
del caso, estorbarle quiero.)
Adelántase
¿Está el señor don Fernando
en casa?890
JUAN: (¿Hay licencia igual?) Aparte
ANA: (¡Que sucedió al fin el mal Aparte
que yo estaba recelando!)
JUAN: ¿Quién es? ¿Quién de esta manera,
donde yo en visita estoy,
Sin avisar entra?895
SEBASTIÁN: Soy
don Rodrigo de Ribera,
y soy, porque soy su amigo,
don Fernando Vasconcelos.
Pero vos, ¿quién sois?
ANA: (De celos Aparte
da sospechas don Rodrigo,900
y antes que se empeñe, quiero
estorbarle.) Si le halláis
conmigo, ¿qué preguntáis?
Amigo es tan verdadero
el señor don Juan de Lara905
como vos de don Fernando;
que si no lo fuera, estando
él ausente no pisara
de esta casa los umbrales.
JUAN: (¿Satisfaciones le da? Aparte910
Yo he reconocido ya
el principio de mis males.)
SEBASTIÁN: (Disimular me conviene.) Aparte
Preguntéle por saber,
señora, lo que he de hacer
de la obligación que tiene915
al señor don Juan mi amigo
Fernando; y así, pensad
que es una vuestra amistad
con él, don Juan, y conmigo.
JUAN: (Bien disimula.) Aparte920
ANA: (Prudente, Aparte
cuerdo y cortés se mostró.
JUAN: Lo mismo os ofrezco yo.
(¡Ah celos! la boca miente;
que no es ésta la ocasión
que declararos podéis;925
pero a solas le diréis
lo que siente el corazón.)
A doña Ana, don Rodrigo,
os quedad acompáñando
mientras viene don Fernando,930
puesto que sois tan su amigo.
Vase
ANA: (Ya le entiendo. De celoso Aparte
da señales.) No os quedéis,
don Rodrigo; no le deis
causa de estar sospechoso.935
SEBASTIÁN: Satisfación a don Juan
queréis dar?
ANA: Y vos, ¿por qué
de eso queréis que os la dé?
SEBASTIÁN: ¿Que haya quien, siendo galán,
tenga licencia, en ausencia940
de vuestro hermano, de veros?
ANA: ¿Tenéisla vos de ofenderos
reñirme esa licencia?
SEBASTIÁN: ¿No la tiene el que os adora?
ANA: ¿Vos me adoráis?945
SEBASTIÁN: Pues mis ojos,
¿no os han dicho mis enojos.
ANA: No entendí tal; mas ajora
que claramente a decirme
vuestro amor llegáis, Rodrigo,
que tenéis licencia, digo,950
de ofenderos y reñirme.
Vase
SEBASTIÁN: Y yo digo, pues pagás
con tal favor mi afición,
que no me deis la ocasión,
pues la licencia me dais.955
MOTÍN: Y yo que, pues ha tenido
tan dichoso fin tu pena,
le doy a Inés la cadena,
y me tomo yo el vestido
