EL MÉDICO DE SU HONRA
Pedro Calderón de la Barca
Texto basado en varios textos tempranos del EL MÉDICO DE SU HONRA. El texto base de esta edición es el de la Segunda parte de la obras de Calderón publicada en Madrid en el año de 1637. Fue preparado por Vern Williamsen para un curso dictado en el año 1984.
Personas que hablan en ella:
- Don GUTIERRE
- El REY don Pedro
- El infante don ENRIQUE
- Don ARIAS
- Don DIEGO
- COQUÍN, lacayo
- Doña MENCÍA de Acuña
- Doña LEONOR
- JACINTA, una esclava
- INÉS, criada
- TEODORA, criada
- LUDOVICO, sangrador
- Un VIEJO
- SOLDADOS
- MÚSICA
JORNADA PRIMERA
Suena ruido de caja, y sale cayendo el infante don ENRIQUE, don ARIAS y don DIEGO, y algo detrás el REY don Pedro, todos de camino
ENRIQUE: ¡Jesús mil veces!
ARIAS: ¡El cielo
te valga!
REY: ¿Qué fue?
ARIAS: Cayó
el caballo, y arrojó
desde él al infante al suelo.
REY: Si las torres de Sevilla5
saluda de esa manera,
¡nunca a Sevilla viniera,
nunca dejara a Castilla!
¿Enrique! ¡Hermano!
DIEGO: ¡Señor!
REY: ¿No vuelve?10
ARIAS: A un tiempo ha perdido
pulso, color y sentido.
¡Qué desdicha!
DIEGO: ¡Qué dolor!
REY: Llegad a esa quinta bella,
que está del camino al paso,
don Arias, a ver si acaso15
recogido un poco en ella,
cobra salud el infante.
Todos os quedad aquí,
y dadme un caballo a mí,
que he de pasar adelante;20
que aunque este horror y mancilla
mi rémora pudo ser,
no me quiero detener
hasta llegar a Sevilla.
Allá llegará la nueva25
del suceso.
Vase el REY
ARIAS: Esta ocasión
de su fiera condición
ha sido bastante prueba.
¿Quién a un hermano dejara,
tropezando de esta suerte30
en los brazos de la muerte?
¡Vive Dios!
DIEGO: Calla, y repara
en que, si oyen las paredes,
los troncos, don Arias, ven,
y nada nos está bien.35
ARIAS: Tú, don Diego, llegar puedes
a esa quinta; y di que aquí
el infante mi señor
cayó. Pero no; mejor
será que los dos así40
le llevemos donde pueda
descansar.
DIEGO: Has dicho bien.
ARIAS: Viva Enrique, y otro bien
la suerte no me conceda.
Llevan al infante, y sale doña MENCÍA y JACINTA, esclava herrada
MENCÍA: Desde la torre los vi,45
y aunque quien son no podré
distinguir, Jacinta, sé
que una gran desdicha allí
ha sucedido. Venía
un bizarro caballero50
en un bruto tan ligero,
que en el viento parecía
un pájaro que volaba;
y es razón que lo presumas,
porque un penacho de plumas55
matices al aire daba.
El campo y el sol en ellas
compitieron resplandores;
que el campo le dio sus flores,
y el sol le dio sus estrellas;60
porque cambiaban de modo,
y de modo relucían,
que en todo al sol parecían,
y a la primavera en todo.
Corrió, pues, y tropezó65
el caballo, de manera
que lo que ave entonces era,
cuando en la tierra cayó
fue rosa; y así en rigor
imitó su lucimiento70
en sol, cielo, tierra y viento,
ave, bruto, estrella y flor.
JACINTA: ¡Ay señora! En casa ha entrado…
MENCÍA: ¿Quién?
JACINTA: …un confuso tropel
de gente.75
MENCÍA: ¿Mas que con él
a nuestra quinta han llegado?
Salen don ARIAS y don DIEGO, y sacan al infante don ENRIQUE, y siéntanle en una silla
DIEGO: En las casas de los nobles
tiene tan divino imperio
la sangre del rey, que ha dado
en la vuestra atrevimiento80
para entrar de esta manera.
MENCÍA: (¿Qué es esto que miro? ¡Ay cielos!) Aparte
DIEGO: El infante don Enrique,
hermano del rey don Pedro,
a vuestras puertas cayó.85
y llega aquí medio muerto.
MENCÍA: ¡Válgame Dios, qué desdicha!
ARIAS: Decidnos a qué aposento
podrá retirarse, en tanto
que vuelva al primero aliento90
su vida. ¿Pero qué miro?
¡Señora!
MENCÍA: ¡Don Arias!
ARIAS: Creo
que es sueño fingido cuanto
estoy escuchando y viendo.
Que el infante don Enrique,95
más amante que primero,
vuelva a Sevilla, y te halle
con tan infeliz encuentro,
¿puede ser verdad?
MENCÍA: Sí es;
¡y ojalá que fuera sueño!100
ARIAS: Pues, ¿qué haces aquí?
MENCÍA: De espacio
lo sabrás; que ahora no es tiempo
sino sólo de acudir
a la vida de tu dueño.
ARIAS: ¿Quién le dijera que así105
llegara a verte?
MENCÍA: Silencio,
que importa mucho, don Arias.
ARIAS: ¿Por qué?
MENCÍA: Va mi honor en ello.
Entrad en ese retiro,
donde está un catre cubierto110
de un cuero turco y de flores;
y en él, aunque humilde lecho,
podrá descansar. Jacinta,
saca tú ropa al momento,
aguas y olores que sean115
dignos de tan alto empleo.
Vase JACINTA
ARIAS: Los dos, mientras se adereza,
aquí al infante dejemos,
y a su remedio acudamos,
si hay en desdichas remedio.120
Vanse don ARIAS y don DIEGO
MENCÍA: Ya se fueron, ya he quedado
sola. ¡Oh quién pudiera, ah cielos,
con licencia de su honor
hacer aquí sentimientos!
¡Oh quién pudiera dar voces,125
y romper con el silencio
cárceles de nieve, donde
está aprisionado el fuego,
que ya, resuelto en cenizas,
es ruina que está diciendo:130
“Aquí fue amor”! Mas ¿qué digo?
¿Qué es esto, cielos, qué es esto?
Yo soy quien soy. Vuelva el aire
los repetidos acentos
que llevó; porque aun perdidos,135
no es bien que publiquen ellos
lo que yo debo callar,
porque ya, con más acuerdo,
ni para sentir soy mía;
y solamente me huelgo140
de tener hoy que sentir,
por tener en mis deseos
que vencer; pues no hay virtud
sin experiencia. Perfeto
está el oro en el crisol,145
el imán en el acero,
el diamante en el diamante,
los metales en el fuego;
y así mi honor en sí mismo
se acrisola, cuando llego150
a vencerme, pues no fuera
sin experiencias perfecto.
¡Piedad, divinos cielos!
¡Viva callando, pues callando muero!
¡Enrique! ¡Señor!155
ENRIQUE: ¿Quién llama?
MENCÍA: ¡Albricias…
ENRIQUE: ¡Válgame el cielo!
MENCÍA: …que vive tu alteza!
ENRIQUE: ¿Dónde
estoy?
MENCÍA: En parte, a lo menos
donde de vuestra salud
hay quien se huelgue.160
ENRIQUE: Lo creo,
si esta dicha, por ser mía,
no se deshace en el viento,
pues consultando conmigo
estoy, si despierto sueño,
o si dormido discurro,165
pues a un tiempo duermo y velo.
Pero ¿para qué averiguo,
poniendo a mayores riesgos
la verdad? Nunca despierte
si es verdad que agora duermo;170
y nunca duerma en mi vida
si es verdad que estoy despierto.
MENCÍA: Vuestra alteza, gran señor,
trate prevenido y cuerdo
de su salud, cuya vida175
dilate siglos eternos,
fénix de su misma fama,
imitando al que en el fuego
ave, llama, ascua y gusano,
urna, pira, voz y incendio,180
nace, vive, dura y muere,
hijo y padre de sí mesmo;
que después sabrá de mí
dónde está.
ENRIQUE: No lo deseo;
que si estoy vivo y te miro,185
ya mayor dicha no espero;
ni mayor dicha tampoco,
si te miro estando muerto;
pues es fuerza que sea gloria
donde vive ángel tan bello.190
Y así no quiero saber
qué acasos ni qué sucesos
aquí mi vida guiaron,
ni aquí la tuya trajeron;
pues con saber que estoy donde195
estás tú, vivo contento;
y así, ni tú que decirme,
ni yo que escucharte tengo.
MENCÍA: (Presto de tantos favores Aparte
será desengaño el tiempo).200
Dígame ahora, ¿cómo está
vuestra alteza?
ENRIQUE: Estoy tan bueno,
que nunca estuvo mejor;
sólo en esta pierna siento
un dolor.205
MENCÍA: Fue gran caída;
pero en descansando, pienso
que cobraréis la salud;
y ya os están previniendo
cama donde descanséis.
Que me perdonéis, os ruego,210
la humildad de la posada;
aunque disculpada quedo…
ENRIQUE: Muy como señora habláis,
Mencía. ¿Sois vos el dueño
de esta casa?215
MENCÍA: No, señor;
pero de quien lo es, sospecho
que lo soy.
ENRIQUE: Y ¿quién lo es?
MENCÍA: Un ilustre caballero,
Gutierre Alfonso Solís,
mi esposo y esclavo vuestro.220
ENRIQUE: ¡Vuestro esposo!
Levántase don ENRIQUE
MENCÍA: Sí, señor.
No os levantéis, deteneos;
ved que no podéis estar
en pie.
ENRIQUE: Sí puedo, sí puedo.
Sale don ARIAS
ARIAS: Dame, gran señor, las plantas,225
que mil veces todo y beso,
agradecido a la dicha
que en tu salud nos ha vuelto
la vida a todos.
Sale don DIEGO
DIEGO: Ya puede
vuestra alteza a ese aposento230
retirarse, donde está
prevenido todo aquello
que pudo en la fantasía
bosquejar el pensamiento.
ENRIQUE: Don Arias, dame un caballo;235
dame un caballo, don Diego.
Salgamos presto de aquí.
ARIAS: ¿Qué decís?
ENRIQUE: Que me deis presto
un caballo.
DIEGO: Pues, señor…
ARIAS: Mira…240
ENRIQUE: Estáse Troya ardiendo,
y Eneas de mis sentidos,
he de librarlos del fuego.
Vase don DIEGO
¡Ay, don Arias, la caída
no fue acaso, sino agüero
de mi muerte! Y con razón,245
pues fue divino decreto
que viniese a morir yo,
con tan justo sentimiento,
donde tú estabas casada,
porque nos diesen a un tiempo250
pésames y parabienes
de tu boda y de mi entierro.
De verse el bruto a tu sombra,
pensé que, altivo y soberbio,
engendró con osadía255
bizarros atrevimientos,
cuando presumiendo de ave,
con relinchos cuerpo a cuerpo
desafïaba los rayos,
después que venció los vientos;260
y no fue sino que al ver
tu casa, montes de celos
se le pusieron delante,
porque tropezase en ellos;
que aun un bruto se desboca265
con celos; y no hay tan diestro
jinete, que allí no pierda
los estribos al correrlos.
Milagro de tu hermosura
presumí el feliz suceso270
de mi vida, pero ya,
más desengañado, pienso
que no fue sino venganza
de mi muerte; pues es cierto
que muero, y que no hay milagros275
que se examinen muriendo.
MENCÍA: Quien oyere a vuestra alteza
quejas, agravios, desprecios,
podrá formar de mi honor
presunciones y concetos280
indignos de él; y yo agora,
por si acaso llevó el viento
cabal alguna razón,
sin que en partidos acentos
la troncase, responder285
a tantos agravios quiero,
porque donde fueron quejas,
vayan con el mismo aliento
desengaños. Vuestra alteza,
liberal de sus deseos,290
generoso de sus gustos,
pródigo de sus afectos,
puso los ojos en mí;
es verdad, yo lo confieso.
Bien sabe, de tantos años295
de experiencias, el respeto
con que constante mi honor
fue una montaña de hielo,
conquistada de las flores,
escuadrones que arma el tiempo.300
Si me casé, ¿de qué engaño
se queja, siendo sujeto
imposible a sus pasiones,
reservado a sus intentos,
pues soy para dama más,305
lo que para esposa menos?
Y así, en esta parte ya
disculpara, en la que tengo
de mujer, a vuestros pies
humilde, señor, os ruego310
no os ausentéis de esta casa,
poniendo a tan claro riesgo
la salud.
ENRIQUE: ¡Cuánto mayor
en esta casa le tengo!
GUTIERRE: Déme los pies vuestra alteza,315
si puedo de tanto sol
tocar, ¡oh rayo español!,
la majestad y grandeza.
Con alegría y tristeza
hoy a vuestras plantas llego,320
y mi aliento, lince y ciego,
entre asombros y desmayos,
es águila a tantos rayos,
mariposa a tanto fuego;
tristeza de la caída325
que puso con triste efeto
a Castilla en tanto aprieto;
y alegría de la vida
que vuelve restituída
a su pompa, a su belleza,330
cuando en gusto vuestra alteza
trueca ya la pena mía.
¿Quién vio triste la alegría?
¿Quién vio alegre la tristeza?
Y honrad por tan breve espacio335
esta esfera, aunque pequeña;
porque el sol no se desdeña,
después que ilustró un palacio,
de iluminar el topacio
de algún pajizo arrebol.340
Y pues sois rayo español,
descansad aquí; que es ley
hacer el palacio el rey
también, si hace esfera el sol.
ENRIQUE: El gusto y pesar estimo345
del modo que le sentís,
Gutierre Alfonso Solís;
y así en el alma le imprimo,
donde a tenerle me animo
guardado.350
GUTIERRE: Sabe tu alteza
honrar.
ENRIQUE: Y aunque la grandeza
de esta casa fuera aquí
grande esfera para mí,
pues lo que de otra belleza,
no me puedo detener;355
que pienso que esta caída
ha de costarme la vida;
y no sólo por caer,
sino también por hacer
que no pasase adelante360
mi intento; y es importante
irme; que hasta un desengaño
cada minuto es un año,
es un siglo cada instante.
GUTIERRE: Señor, ¿vuestra alteza tiene365
causa tal, que su inquietud
aventure la salud
de una vida que previene
tantos aplausos?
ENRIQUE: Conviene
llegar a Sevilla hoy.370
GUTIERRE: Necio en apurar estoy
vuestro intento; pero creo
que mi lealtad y deseo…
ENRIQUE: Y si yo la causa os doy,
¿qué diréis?375
GUTIERRE: Yo no os la pido;
que a vos, señor, no es bien hecho
examinaros el pecho.
ENRIQUE: Pues escuchad: yo he tenido
un amigo tal, que ha sido
otro yo.380
GUTIERRE: Dichoso fue.
ENRIQUE: A éste en mi ausencia fïé
el alma, la vida, el gusto
en una mujer. ¿Fue justo
que, atropellando la fe
que debió al respeto mío,385
faltase en ausencia?
GUTIERRE: No.
ENRIQUE: Pues a otro dueño le dio
llaves de aquel albedrío;
al pecho que yo le fío,
introdujo otro señor;390
otro goza su favor.
¿Podrá un hombre enamorado
sosegar con tal cuidado,
descansar con tal dolor?
GUTIERRE: No, señor.395
ENRIQUE: Cuando los cielos
tanto me fatigan hoy,
que en cualquier parte que estoy,
estoy mirando mis celos,
tan presentes mis desvelos
están delante de mí,400
que aquí los miro, y así
de aquí ausentarme deseo;
que aunque van conmigo, creo
que se han de quedar aquí.
MENCÍA: Dicen que el primer consejo405
ha de ser de la mujer;
y así, señor, quiero ser
–perdonad si os aconsejo–
quien os dé consuelo. Dejo
aparte celos, y digo410
que aguardéis a vuestro amigo,
hasta ver si se disculpa;
que hay calidades de culpa
que no merecen castigo.
No os despeñe vuestro brío;415
mirad, aunque estéis celoso,
que ninguno es poderoso
en el ajeno albedrío.
Cuanto al amigo, confío
que os he respondido ya;420
cuanto a la dama, quizá
fuerza, y no mudanza fue;
oídla vos, que yo sé
que ella se disculpará.
ENRIQUE: No es posible.425
Sale don DIEGO
DIEGO: Ya está allí
el caballo apercibido.
GUTIERRE: Si es del que hoy habéis caído,
no subáis en él, y aquí
recibid, señor, de mí,
una pía hermosa y bella,430
a quien una palma sella,
signo que vuestra la hace;
que también un bruto nace
con mala o con buena estrella.
Es este prodigio, pues,435
proporcionado y bien hecho,
dilatado de anca y pecho;
de cabeza y cuello es
corto, de brazos y pies
fuerte, a uno y otro elemento440
les da en sí lugar y asiento,
siendo el bruto de la palma
tierra el cuerpo, fuego el alma,
mar la espuma, y todo viento.
ENRIQUE: El alma aquí no podría445
distinguir lo que procura,
la pía de la pintura,
o por mejor bizarría,
la pintura de la pía.
COQUÍN: Aquí entro yo. A mí me dé450
vuestra alteza mano o pie,
lo que está –que esto es más llano–,
o más a pie, o más a mano.
GUTIERRE: Aparte, necio.
ENRIQUE: ¿Por qué?
Dejalde, su humor le abona.455
COQUÍN: En hablando de la pía,
entra la persona mía,
que es su segunda persona.
ENRIQUE: Pues ¿quién sois?
COQUÍN: ¿No lo pregona
mi estilo? Yo soy, en fin,460
Coquín, hijo de Coquín,
de aquesta casa escudero,
de la pía despensero,
pues le siso al celemín
la mitad de la comida;465
y en efeto, señor, hoy,
por ser vuestro día, os doy
norabuena muy cumplida.
ENRIQUE: ¿Mi día?
COQUÍN: Es cosa sabida.
ENRIQUE: Su día llama uno aquél470
que es a sus gustos fïel,
y lo fue a la pena mía;
¿cómo pudo ser mi día?
COQUÍN: Cayendo, señor, en él;
y para que se publique475
en cuantos lunarios hay,
desde hoy diré: “A tanto cay
San Infante don Enrique.”
GUTIERRE: Tu alteza, señor, aplique
la espuela al ijar; que el día480
ya en la tumba helada y fría,
huésped del undoso dios,
hace noche.
ENRIQUE: Guárdeos Dios,
hermosísima Mencía;
y porque veáis que estimo485
el consejo, buscaré
a esta dama, y de ella oiré
la disculpa. (Mal reprimo Aparte
el dolor, cuando me animo
a no decir lo que callo.490
Lo que en este lance hallo,
ganar y perder se llama;
pues él me ganó la dama,
y yo le gané el caballo).
Vanse el infante don ENRIQUE, don ARIAS, don DIEGO y COQUÍN
GUTIERRE: Bellísimo dueño mío,495
ya que vive tan unida
a dos almas una vida,
dos vidas a un albedrío,
de tu amor e ingenio fío
hoy, que licencia me des500
para ir a besar los pies
al rey mi señor, que viene
de Castilla; y le conviene
a quien caballero es
irle a dar la bienvenida.505
Y fuera de esto, ir sirviendo
al infante Enrique, entiendo
que es acción justa y debida,
ya que debí a su caída
el honor que hoy ha ganado510
nuestra casa.
MENCÍA: ¿Qué cuidado
más te lleva a darme enojos?
GUTIERRE: No otra cosa, ¡por tus ojos!
MENCÍA: ¿Quién duda que haya causado
algún deseo Leonor?515
GUTIERRE: ¿Eso dices? No la nombres.
MENCÍA: ¡Oh qué tales sois los hombres!
Hoy olvido, ayer amor;
ayer gusto, y hoy rigor.
GUTIERRE: Ayer, como al sol no veía,520
hermosa me parecía
la luna; mas hoy, que adoro
al sol, ni dudo ni ignoro
lo que hay de la noche al día.
Y escúchame un argumento.525
Una llama en noche oscura
arde hermosa, luce pura,
cuyos rayos, cuyo aliento
dulce ilumina del viento
la esfera. Sale el farol530
del cielo, y a su arrebol
toda a sombra se reduce;
ni arde, ni alumbra, ni luce,
que es mar de rayos el sol.
Aplico agora; yo amaba535
una luz, cuyo esplendor
bebió planeta mayor,
que sus rayos sepultaba,
una llama me alumbraba;
pero era una llama aquélla,540
que eclipsas divina y bella
siendo de luces crisol;
porque hasta que sale el sol,
parece hermosa una estrella.
MENCÍA: ¡Qué lisonjero os escucho!,545
muy parabólico estáis.
GUTIERRE: En fin, ¿licencia me dais?
MENCÍA: Pienso que la deseáis mucho;
por eso cobarde lucho
conmigo.550
GUTIERRE: ¿Puede en los dos
haber engaño, si en vos
quedo yo, y vos vais en mí?
MENCÍA: Pues, como os quedáis aquí,
adiós, don Gutierre.
GUTIERRE: Adiós.
Vase don GUTIERRE. Sale JACINTA
JACINTA: Triste, señora, has quedado.555
MENCÍA: Sí, Jacinta, y con razón.
JACINTA: No sé qué nueva ocasión
te ha suspendido y turbado;
que una inquietud, un cuidado
te ha divertido.560
MENCÍA: Es así.
JACINTA: Bien puedes fïar de mí.
MENCÍA: ¿Quieres ver si de ti fío
mi vida, y el honor mío:
Pues escucha atenta.
JACINTA: Di.
MENCÍA: Nací en Sevilla, y en ella565
me vio Enrique, festejó
mis desdenes, celebró
mi nombre, ¡felice estrella!
Fuése, y mi padre atropella
la libertad que hubo en mí.570
La mano a Gutierre di,
volvió Enrique, y en rigor,
tuve amor, y tengo honor.
Esto es cuanto sé de mí.
Vanse y sale doña LEONOR e INÉS, con mantos
INÉS: Ya sale para entrar en la capilla.575
Aquí le espera, y a sus pies te humilla.
LEONOR: Lograré mi esperanza,
si recibe mi agravio la venganza.
Salen el REY, un VIEJO, y SOLDADOS
SOLDADO 1:¡Plaza!
SOLDADO 2: Tu majestad aquéste lea.
REY: Yo le haré ver.580
SOLDADO 3: Tu alteza, señor, vea
éste.
REY: Está bien.
SOLDADO 1: (Pocas palabras gasta). Aparte
SOLDADO 2:Yo soy…
REY: El memorial aqueste basta.
SOLDADO 1:Turbado estoy; mal el temor resisto.
REY: ¿De qué os turbáis?
SOLDADO 1: ¿No basta haberos visto?
REY: Sí basta. ¿Qué pedís?585
SOLDADO 1: Yo soy soldado;
una ventaja.
REY: Poco habéis pedido,
para haberos turbado.
Una jineta os doy.
SOLDADO 1: Felice he sido.
VIEJO: Un pobre viejo soy; limosna os pido.
REY: Tomad este diamante.590
VIEJO: ¿Para mí os le quitáis?
REY: Yo no os espante;
que, para darle de una vez, quisiera
sólo un diamante todo el mundo fuera.
LEONOR: Señor, a vuestras plantas
mis pies turbados llegan;595
de parte de mi honor vengo a pediros
con voces que se anegan en suspiros,
con suspiros que en lágrimas se anegan,
justicia. Para vos y Dios apelo.
REY: Sosegaos, señora, alzad del suelo.600
LEONOR: Yo soy…
REY: No prosigáis de esa manera.
Salíos todos afuera.
Vanse todos
Hablad agora, porque si venisteis
de parte del honor, como dijisteis
indigna cosa fuera605
que en público el honor sus quejas diera,
y que a tan bella cara
vergüenza la justicia lo costara.
LEONOR: Pedro, a quien llama el mundo justiciero,
planeta soberano de Castilla,610
a cuya luz se alumbra este hemisferio;
Júpiter español, cuya cuchilla
rayos esgrime de templado acero,
cuando blandida al aire alumbra y brilla;
sangriento giro, que entre nubes de oro,615
corta los cuellos de uno y otro moro;
yo soy Leonor, a quien Andalucía
llama –lisonja fue–, Leonor la bella;
no porque fuese la hermosura mía
quien el nombre adquirió, sino la estrella;620
que quien decía bella, ya decía
infelice, que el hombre incluye y sella,
a la sombra no más de la hermosura,
poca dicha, señor, poca ventura.
Puso los ojos, para darme enojos,625
un caballero en mí, que ¡ojalá fuera
basilisco de amor a mis despojos,
áspid de celos a mi primavera!
Luego el deseo sucedió a los ojos,
el amor al deseo, y de manera630
mi calle festejó, que en ella veía
morir la noche, y espirar el día.
¿Con qué razones, gran señor, herida
la voz, diré que a tanto amor postrada,
aunque el desdén me publicó ofendida,635
la voluntad me confesó obligada?
De obligada pasé a agradecida,
luego de agradecida a apasionada;
que en la universidad de enamorados,
dignidades de amor se dan por grados.640
Poca centella incita mucho fuego,
poco viento movió mucha tormenta,
poca nube al principio arroja luego
mucho diluvio, poca luz alienta
mucho rayo después, poco amor ciego645
descubre mucho engaño; y así intenta,
siendo centella, viento, nube, ensayo,
ser tormenta, diluvio, incendio y rayo.
Dióme palabra que sería mi esposo;
que éste de las mujeres es el cebo650
con que engaña el honor el cauteloso
pescador, cuya pasta es el Erebo
que aduerme los sentidos temeroso.
El labio aquí fallece, y no me atrevo
a decir que mintió. No es maravilla.655
¿Qué palabra se dio para cumplilla?
Con esta libertad entró en mi casa,
si bien siempre el honor fue reservado;
porque yo, liberal de amor, y escasa
de honor, me atuve siempre a este sagrado.660
Mas la publicidad a tanto pasa,
y tanto esta opinión se ha dilatado,
que en secreto quisiera más perdella,
que con público escándalo tenella.
Pedí justicia, pero soy muy pobre;665
quejéme de él, pero es muy poderoso;
y ya que es imposible que yo cobre,
pues se casó, mi honor, Pedro famoso,
si sobre tu piedad divina, sobre
tu justicia, me admites generoso,670
que me sustente en un convento pido;
Gutierre Alfonso de Solís ha sido.
REY: Señora, vuestros enojos
siento con razón, por ser
un Atlante en quien descansa675
todo el peso de la ley.
Si Gutierre está casado,
no podrá satisfacer,
como decís, por entero
vuestro honor; pero yo haré680
justicia como convenga
en esta parte; si bien
no os debe restituír
honor, que vos os tenéis.
Oigamos a la otra parte685
disculpas suyas; que es bien
guardar el segundo oído
para quien llega después;
y fïad, Leonor, de mí,
que vuestra causa veré690
de suerte que no os obligue
a que digáis otra vez
que sois pobre, él poderoso,
siendo yo en Castilla rey.
Mas Gutierre viene allí;695
podrá, si conmigo os ve,
conocer que me informasteis
primero. Aquese cancel
os encubra, aquí aguardad,
hasta que salgáis después.700
LEONOR: En todo he de obedeceros.
Escóndese, y sale COQUÍN
COQUÍN: De sala en sala, pardiez,
a la sombra de mi amo,
que allí se quedó, llegué
hasta aquí, ¡válgame Alá!705
¡Vive Dios, que está aquí el rey!
Él me ha visto, y se mesura.
¡Plegue al cielo que no esté
muy alto aqueste balcón,
por si me arroja por él!710
REY: ¿Quién sois?
COQUÍN: ¿Yo, señor?
REY: Vos.
COQUÍN: Yo,
¡válgame el cielo!, soy quien
vuestra majestad quisiere,
sin quitar y sin poner,
porque un hombre muy discreto715
me dio por consejo ayer,
no fuese quien en mi vida
vos no quisieseis; y fue
de manera la lición,
que antes, agora y después720
quien vos quisiéredes sólo
fui, quien gustaréis seré,
quien os place soy; y en esto,
mirad con quién y sin quién…
y así, con vuestra licencia,725
por donde vine me iré
hoy, con mis pies de compás,
si no con compás de pies.
REY: Aunque me habéis respondido
cuanto pudiera saber,730
quién sois os he preguntado.
COQUÍN: Y yo os hubiera también
al tenor de la pregunta
respondido, a no temer
que en diciéndoos quién soy, luego735
por un balcón me arrojéis,
por haberme entrado aquí
tan sin qué ni para qué,
teniendo un oficio yo
que vos no habéis menester.740
REY; ¿Qué oficio tenéis?
COQUÍN: Yo soy
cierto correo de a pie,
portador de todas nuevas,
hurón de todo interés,
sin que se me haya escapado745
señor, profeso o novel;
y del que me ha dado más,
digo mal, mas digo bien.
Todas las cosas son mías;
y aunque lo son, esta vez750
la de don Gutierre Alfonso
es mi accesorio, en quien fue
mi pasto meridiano,
un andaluz cordobés.
Soy cofrade del contento;755
el pesar no sé quién es,
ni aun para servirle. En fin,
soy, aquí donde me veis,
mayordomo de la risa,
gentilhombre del placer760
y camarero del gusto,
pues que me visto con él.
Y por ser esto, he temido
el darme aquí a conocer;
porque un rey que no se ríe,765
temo que me libre cien
esportillas batanadas,
con pespuntes al envés,
por vagamundo.
REY: En fin, ¿sois
hombre, que a cargo tenéis770
la risa?
COQUÍN: Sí, mi señor;
y porque lo echéis de ver,
esto es jugar de gracioso
en palacio.
Cúbrese
REY: Está muy bien;
y pues sé quién sois, hagamos775
los dos un concierto.
COQUÍN: ¿Y es?
REY: ¿Hacer reír profesáis?
COQUÍN: Es verdad.
REY: Pues cada vez
que me hiciéredes reír,
cien escudos os daré;780
y si no me hubieres hecho
reír en término de un mes,
os han de sacar los dientes.
COQUÍN: Testigo falso me hacéis,
y es ilícito contrato785
de inorme lesión.
REY: ¿Por qué?
COQUÍN: Porque quedaré lisiado
si le aceto, ¿no se ve?
Dicen, cuando uno se ríe
que enseña los dientes; pues790
enseñarlos yo llorando,
será reírme al revés.
Dicen que sois tan severo,
que a todos dientes hacéis;
¿qué os hice yo, que a mí solo795
deshacérmelos queréis?
Pero vengo en el partido;
que porque ahora me dejéis
ir libre, no le rehúso,
pues por lo menos un mes800
me hallo aquí como en la calle
de vida; y al cabo de él
no es mucho que tome postas
en mi boca la vejez;
y así voy a examinarme805
de cosquillas. ¡Voto a diez,
que os habéis de reír! Adiós,
y veámonos después.
Vase COQUÍN y salen don ENRIQUE, don GUTIERRE, don DIEGO y don ARIAS, y toda la compañía
ENRIQUE: Déme vuestra majestad
la mano.810
REY: Vengáis con bien,
Enrique. ¿Cómo os sentís?
ENRIQUE: Más, señor, el susto fue
que el golpe. Estoy bueno.
GUTIERRE: A mí
vuestra majestad me de
la mano, si mi humildad815
merece tan alto bien,
porque el suelo que pisáis
es soberano dosel
que ilumina de los vientos
uno y otro rosicler;820
y vengáis con la salud
que este reino ha menester,
para que os adore España,
coronado de laurel.
REY: De vos, don Gutierre Alfonso…825
GUTIERRE: ¿Las espaldas me volvéis?
REY: …grande querellas me dan.
GUTIERRE: Injustas deben de ser.
REY; ¿Quién es, decidme, Leonor,
una principal mujer830
de Sevilla?
GUTIERRE: Una señora,
bella, ilustre y noble es,
de lo mejor de esta tierra.
REY: ¿Qué obligación la tenéis,
a que habéis correspondido835
necio, ingrato y descortés?
GUTIERRE: No os he de mentir en nada,
que el hombre, señor, de bien
no sabe mentir jamás,
y más delante del rey.840
Servíla, y mi intento entonces
casarme con ella fue,
si no mudara las cosas
de los tiempos el vaivén.
Visitéla, entré en su casa845
públicamente; si bien
no le debo a su opinión
de una mano el interés.
Viéndome desobligado,
pude mudarme después;850
y así, libre de este amor,
en Sevilla me casé
con doña Mencía de Acuña,
dama principal, con quien
vivo, fuera de Sevilla,855
una casa de placer.
Leonor, mal aconsejada
–que no la aconseja bien
quien destruye su opinión–,
pleitos intentó poner860
a mi desposorio, donde
el más riguroso juez
no halló causa contra mí,
aunque ella dice que fue
diligencia del favor.865
¡Mirad vos a qué mujer
hermosa favor faltara,
si le hubiera menester!
Con este engaño pretende,
puesto que vos lo sabéis,870
valerse de vos; y así,
yo me pongo a vuestros pies,
donde a la justicia vuestra
dará la espada mi fe,
y mi lealtad la cabeza.875
REY: ¿Qué causa tuvisteis, pues,
para tan grande mudanza?
GUTIERRE: ¿Novedad tan grande es
mudarse un hombre? ¿No es cosa
que cada día se ve?880
REY: Sí; pero de extremo a extremo
pasar el que quiso bien,
no fue sin grande ocasión.
GUTIERRE: Suplícoos no me apretéis;
que soy hombre que, en ausencia885
de las mujeres, daré
la vida por no decir
cosa indigna de su ser.
REY: ¿Luego vos causa tuvisteis?
GUTIERRE: Sí, señor; pero creed890
que si para mi descargo
hoy hubiera menester
decirlo, cuando importara
vida y alma, amante fiel
de su honor, no lo dijera.895
REY: Pues yo lo quiero saber.
GUTIERRE: Señor…
REY: Es curiosidad.
GUTIERRE: Mirad…
REY: No me repliquéis;
que me enojaré, por vida…
GUTIERRE: Señor, señor, no juréis;900
que menos importa mucho
que yo deje aquí de ser
quien soy, que veros airado.
REY: (Que dijese le apuré Aparte
el suceso en alta voz,905
porque pueda responder
Leonor, si aquéste me engaña;
y si habla verdad, porque,
convencida con su culpa,
sepa Leonor que lo sé).910
Decid, pues.
GUTIERRE: A mi pesar
lo digo; una noche entré
en su casa, sentí ruido
en una cuadra, llegué,
y al mismo tiempo que ya915
fui a entrar, pude el bulto ver
de un hombre, que se arrojó
del balcón; bajé tras él,
y sin conocerle, al fin
pudo escaparse por pies.920
ARIAS: (¡Válgame el cielo! ¿Qué es esto Aparte
que miro?)
GUTIERRE: Y aunque escuché
satisfacciones, y nunca
di a mi agravio entera fe,
fue bastante esta aprensión925
a no casarme; porque
si amor y honor son pasiones
del ánimo, a mi entender,
quien hizo al amor ofensa,
se le hace al honor en él;930
porque el agravio del gusto
al alma toca también.
Sale doña LEONOR
LEONOR: Vuestra majestad perdone;
que no puedo detener
el golpe a tantas desdichas935
que han llegado de tropel…
REY: (¡Vive Dios, que me engañaba! Aparte
La prueba sucedió bien).
LEONOR: …y oyendo contra mi honor
presunciones, fuera ley940
injusta que yo, cobarde,
dejara de responder;
que menos perder importa
la vida, cuando me dé
este atrevimiento muerte,945
que vida y honor perder.
Don Arias entró en mi casa…
ARIAS: Señora, espera, detén
la voz, vuestra majestad,
licencia, señor me dé,950
porque el honor de esta dama
me toca a mí defender.
Esa noche estaba en casa
de Leonor una mujer
con quien me hubiera casado,955
si de la parca el crüel
golpe no cortara fiera
su vida. Yo, amante fiel
de su hermosura, seguí
sus pasos, y en casa entré960
de Leonor –atrevimiento
de enamorado– sin ser
parte a estorbarlo Leonor.
Llegó don Gutierre, pues;
temerosa, Leonor dijo965
que me retirase a aquel
aposento; yo lo hice.
¡Mil veces mal haya, amén,
quien de una mujer se rinde
a admitir el parecer!970
Sintióme, entró, y a la voz
de marido, me arrojé
por el balcón; y si entonces
volví el rostro a su poder
porque era marido, hoy,975
que dice que no lo es,
vuelvo a ponerme delante.
Vuestra majestad me dé
campo en que defienda altivo
que no he faltado a quien es980
Leonor, pues a un caballero
se le concede la ley.
GUTIERRE; Yo saldré donde…
Empuñan
REY: ¿Qué es esto?
¿Cómo las manos tenéis
en las espadas delante985
de mí? ¿No tembláis de ver
mi semblante: Donde estoy,
¿hay soberbia ni altivez?
Presos los llevad al punto;
en dos torres los tened;990
y agradeced que no os pongo
las cabezas a los pies.
Vase el REY
ARIAS: Si perdió Leonor por mí
su opinión, por mí también
la tendrá; que esto se debe995
al honor de una mujer.
Vase don ARIAS
GUTIERRE: (No siento en desdicha tal Aparte
ver riguroso y crüel
al rey; sólo siento que hoy
Mencía, no te he de ver).1000
Vase don GUTIERRE
ENRIQUE: (Con ocasión de la caza,
preso Gutierre, podré
ver esta tarde a Mencía).
Don Diego, conmigo ven;
que tengo de porfïar1005
hasta morir o vencer.
Vanse don ENRIQUE, don DIEGO, y acompañamiento
LEONOR: ¡Muerta quedo! ¡Plegue a Dios,
ingrato, aleve y crüel,
falso, engañador, fingido,
sin fe, sin Dios y sin ley,1010
que como inocente pierdo
mi honor, venganza me dé
el cielo! ¡El mismo dolor
sientas que siento, y a ver
llegues, bañado en tu sangre,1015
deshonras tuyas, porque
mueras con las mismas armas
que matas, amén, amén!
¡Ay de mí!, mi honor perdí.
¡Ay de mí!, mi muerte hallé.1020
Vase
