CUATRO MILAGROS DE AMOR
Antonio Mira de Amescua
Texto basado en una suelta, aparentemente única, colocada en la Staatsbibliothek de München, Alemania. CUATRO MILAGROS DE AMOR fue preparado por Vern Williamsen para un curso dictado en el año 1983. Luego fue editado en forma electrónica en el año 1987.
Personajes que hablan en ella:
- ALBERTO, tío de Lucrecia
- don SANCHO de Mendoza
- don JUAN
- don FERNANDO de Moncada
- Capitán ALVARADO
- GÓMEZ, escudero
- doña ANA de Meneses
- doña LUCRECIA de Castro
- INÉS
- ALDONZA
- Un COMENDADOR, padre de Sancho
JORNADA PRIMERA
Salen LUCRECIA, GÓMEZ y ALDONZA
LUCRECIA: Gómez, salga a recibir
a doña Ana; que ya ha entrado.
GÓMEZ: Mucho el alba ha madrugado.
LUCRECIA: ¿Siempre está para decir
impertinencias?5
GÓMEZ: Señora,
¿cuándo ha sido impertinente
hablar poéticamente?
LUCRECIA: Siempre lo fue, y más agora.
GÓMEZ: Venga en buen hora el valor
que esta casa estima y precia.10
Salen doña ANA e INÉS por otra puerta
ANA: ¿Siempre está, doña Lucrecia,
vuestro escudero de humor?
LUCRECIA: No le puedo ir a la mano.
GÓMEZ: (A la lengua ha de decir.) Aparte
LUCRECIA: ¿Me venís a persuadir15
lo que otras veces?
ANA: Si es sano
mi consejo, ¿no queréis,
amiga, que os persüada?
Mejor estaréis casada.
Hacienda y sangre tenéis,20
juventud y gallardía.
Lucrecia, tomad estado.
Vuestro tío me ha envïado.
LUCRECIA: Doña Ana, en vano porfía
el consejo de mi tío.25
Propóneme un caballero
a quien me incliné primero,
y usando de mi albedrío
le aborrecí y olvidé,
venciendo la inclinación30
con la luz de la razón.
ANA: Decid, ¿cómo?
LUCRECIA: Sí, diré.
Antes que el sol madrugase
en las auroras de mayo,
cuidando de mi salud35
muchas veces salí al campo,
y como suelen decir
que alienta sobre el blanco
cualquier color fácilmente.
aunque sea extraordinario,40
yo llevaba en blanco el pecho,
sin amoroso cuidados;
y dispuesto a que el Amor
hiciese en él algún rasgo.
En Término de pintores,45
llevaba el pecho imprimado
para que el Amor hiciese
algún dibujo gallardo.
Una, pues, de estas mañanas
entre las fuentes del Prado,50
donde trepan los cristales
por columnas de alabastro,
airoso vi a un caballero
haciendo mal a un caballo,
tan fogoso que a no ser55
repetido en los teatros,
dijera que era cometa,
o relámpago animado,
o que fue aborto del Betis,
ni bien bruto, ni bien rayo.60
Pero esto es ya muy común.
Al dueño del bruto paso
y digo que era pintura
del joven Adonis cuando
fatigaba monte y fieras,65
siendo también un retrato
del celoso Marte, al fin,
como de fuerza o de grado,
quiere Amor tener imperio
en los afectos humanos,70
a mirarle me inclinó
curiosamente y despacio;
mas viendo que en el camino
nuestros ojos se encontraron,
discurrí; que el caballero75
también estaba inclinado,
o que creyó que encubría
beldad rara el sutil manto.
Con unos mismos deseos
al Prado salimos ambos80
otras mañanas, y en fin,
como a los ojos un sabio
llamó retóricas lenguas
porque mudos revelaron
al corazón los secretos85
a que no se atrevió el labio,
en los suyos conocí
el regocijo y aplauso
con que miraba, diciendo:
“Mi dueño está enamorado”.90
Viendo, pues, que mis antojos,
o ya ciegos o ya vanos,
me despeñaban, no quise
que amor creciese, triunfando
de mi albedrío, y aquí95
se ofreció, doña Ana, un caso
que de mi pecho barrió
las amenazas y amagos
de amor, que aun no fueron flechas.
Vergüenza me da contarlo.100
Para la huerta del Duque
traían seis toros bravos
por San Blas; y el alboroto
de la plebe iba causando
más temores que las fieras.105
Hallábame yo en el paso.
Vi a mi amante, consoléme,
y creyendo que don Sancho
de Mendoza –éste es su nombre–
con el sombrero calado,110
como dicen, y terciada
la capa, puesta la mano
en la espada, con valor
se me plantara a mi lado,
pálido le vi, y corriendo115
se fue a tomar el caballo
que dejo para seguirme,
en quien subiendo turbado,
huyó del tropel confuso
de aquellos brutos que mansos120
por ir juntos y con vacas
sin ofenderse pasaron.
La tempestad fenecida,
se apareció, preguntando
cómo me fue; pero yo125
con el silencio y el manto
que hasta el pecho derribé,
sin que de él hiciese caso,
mi sentimiento mostré.
Informéme más despacio130
de sus costumbres y supe
que aunque es rico y es hidalgo
muy principal, quiere más
su vida que su honra. Espanto
me da; que siendo Mendoza,135
sea cobarde. No ha sacado
el acero en ocasiones
en que debiera sacarlo
jamás, según me refieren.
¡Oh, qué noble tan villano!140
Corrida y libre de amor,
aunque malévolas astros
me inclinaban, di lugar
que pretendiese un indiano
mi casamiento. Éste vino145
con ochenta mil ducados
del Perú, tan cuerdo y noble
como rico y cortesano;
pero éste tiene también
otro defecto tan malo;150
que es miserable en extremo.
De él me cuentan que es esclavo
de su plata, y su familia
se cifra en sólo un mulato.
Hay cuentos de su miseria155
y avaricia tan extraños
que me han quitado el deseo
de casarme. Un hombre avaro
y un cobarde me festejan.
¡Qué dos ánimos bizarros160
para mi humor! ¿Yo mujer
de hombre que vuelva agraviado
tal vez a casa? ¿Yo esposa
de quien por ídolo vano
tiene al oro? ¡No en mis días!165
Tan generoso y gallardo
mi dueño ha de ser, que sea
un César y un Alejandro.
Sin ánimo y sin valor
mal será el marido amparo170
de la mujer, honra, dueño,
guarda, defensa, regalo,
vida, consejo, cabeza,
mitad, unión, pompa, fausto,
gala, estimación, lisonja,175
alma, bien, gusto y descanso.
ANA: ¿Valentón le quieres? Di.
LUCRECIA: No le quiero de ese nombre,
pero el hombre ha de ser hombre
que sepa volver por sí.180
Porque siendo conveniente,
la vida se ha de arriesgar
sin recelo; que el guardar
el honor es ser valiente.
¿Y qué importa la riqueza185
si no se goza la vida?
¿Yo he de vivir deslucida?
¿Yo vivir con escaseza
porque juegue mi heredero?
¡Eso no! No quiero esposo190
tan bárbaro y codicioso
que idolatre en su dinero.
ANA: Pues, si algo no disimulas,
no hallarás hombre perfecto.
¿Quién no tiene algún defecto?195
GÓMEZ: Eso dicen de las mulas.
LUCRECIA: Faltas hay, tales que son
llevadas sin pesadumbre:
unas son de la costumbre
y otras de la condición.200
Y aquéstas sin aspereza
pueden llevarse sin duda;
que el veloz tiempo las muda;
pero si Naturaleza
las ha dado, es imposible205
que se enmienden.
GÓMEZ: ¡Bien ha dicho!
ANA: Todo tu gusto es capricho.
Humor tienes invencible.
De ver que incasable seas,
aun tus crïados se admiran.210
Cosas hay que si se miran
de lejos parecen feas;
mas, de cerca y conocidas,
son apacibles y hermosas.
De esta suerte hay muchas cosas215
que nos asombran oídas
y llegando a conocellas,
echamos de ver que son
disfamadas sin razón.
Pequeñas son las estrellas220
desde lejos, y diamantes
se nos antojan, o flores,
y dicen que son mayores
que la tierra. Dos amantes
de mi dote y opinión225
me sirven y yo resisto
de modo que aun no me han visto
la cara. Por relación
me pretenden y pasean,
pero siempre me he tapado230
en viéndolos. Con cuidado
he andado en que no me vean.
Yo, Lucrecia, he de casarme,
pues rica aunque fea nací.
Siendo señora de mí,235
nunca pienso enamorarme.
Mi casamiento he de ser
por concierto y elección.
Hasta agora estos dos son
mis amantes, y escoger240
quise en ellos y he sabido
una falta en cada uno
con que no admito a ninguno.
Así es los he aborrecido.
Un don Juan es uno, amiga,245
que anda sin aire y así
tan descuidado de sí
que a no estimarle me obliga.
¿A qué mujer de buen gusto
en esta corte ha agradado250
marido desaliñado?
No lo puedo ver.
LUCRECIA: Ni es justo.
ANA: Es el otro un don Fernando
de Moncada, y he sabido
que es muy necio y presumido255
y que habla siempre jugando
del vocablo o por rodeos
y metáforas, de modo
que es hombre exquisito en todo,
y así he tenido deseos260
de hablar con él.
LUCRECIA: No lo intentes.
ANA: Mi Lucrecia, examinemos
la noticia que tenemos
de estos cuatro pretendientes.
Hablémosles con cuidado.265
Quizá el necio es encogido,
el cobarde cuerdo ha sido,
sin arte el desaliñado,
el avariento guardoso,
y por esto los disfaman.270
GÓMEZ: Eso piensan los que llaman
decidor al mentiroso,
secretario al escribano,
al ciego, corto de vista,
y moreno al negro.275
ANA: Embista
el despejo cortesano
a hacer experiencia fiel
de éstos que nos han querido.
INÉS: Siguiéndonos ha venido
don Fernando, y un papel280
me dio.
ANA: ¿Por qué le tomaste?
LUCRECIA: Inés hizo bien. Veamos
el papel, pues deseamos
saber a quién te inclinaste.
Lee
Con el descrédito de la confianza y285
valimento de mi amor, es fuerza que esté
minorada la monarquía de mi libertad, y
supeditada la razón con deseos intrínsicos,
y superiores al infausto semblante de mi
osadía en fúnebres desaciertos, pero los290
alientos de la esperanza dan vigor al
lucimiento de mis pretensiones si esa
luminosa faz me vaporiza algún favor
atractivo. De Vuestra Merced, y tan suyo
que no es suyo, porque a ser suyo sin ese295
cuyo, no supiera con tal cuyo, si era mío
o si era suyo.
LUCRECIA: ¡Ay, amiga, mentecato
de cuatro costados es!
INÉS: Él vuelve.300
ANA: Llámale, Inés.
LUCRECIA: No conviene a mi recato
que entre en casa.
GOMÉZ: Yo me obligo
a que entre sin entender
el misterio. De un poder
ha de entrar a ser testigo305
y yo me finjo escribano.
ANA: Ponte mi manto, que así
ha de tenerte por mí.
Con el valor soberano
de tu ingenio y hermosura,310
quiero que asombro le des.
El por qué diré después.
Pónese el manto LUCRECIA
Entra a ser de una escritura
testigo, señor galán,
y perdone.315
Dentro
FERNANDO: Yo recibo
sumo honor.
GÓMEZ: (Mientras escribo, Aparte
sepan si es tonto.)
Sale don FERNANDO
FERNANDO: El imán
de esa voz atraerme pudo.
(Rendida a doña Ana dejo. Aparte
Obrando va el papelejo,320
¡pero tal es él de agudo!)
LUCRECIA: (¿A éste caballero llamas? Aparte
Con razón necia te digo.)
FERNANDO: ¿No valgo para testigo
de rescriptos? ¿Qué hacen, damas?325
LUCRECIA: Para cosas diferentes
son testigos tan felices.
Escribe
GÓMEZ: Obligo bienes raíces,
los bienes y semi-bienes.
FERNANDO: El portátil aposento330
que los cuadrúpedos tiran
infaustos, seguí, y no giran
relámpagos en el viento
como esos ojos radiantes
con quien intervalos tuve335
por el manto, opaca nube
que gusanos sibilantes
labraron, nocturnos velos
del manto, ausentando vaya
la luz abscondita, y haya340
manifestación de cielos.
Ana, que puede ser Ana
del tapiz más celestial,
Anajarte, Ana inmortal,
¿eres Dïana? Di, Ana.345
LUCRECIA: Amiga, ¿en qué me has metido?
Este necio me marea.
ANA: Da lugar a que te vea.
GÓMEZ: Y dio su poder cumplido.
LUCRECIA: He excusado que me vieses350
con porfía de mujer,
pero esta vez has de ver
a doña Ana de Meneses.
Verme y dejarme. No quiero
paseos ni pretensiones;355
ni ha de causar opiniones
a mi amor tal caballero.
Seguir mi coche y rondar
continuamente mi puerta
no ha sido acción en que acierta360
quien sabe tan bien hablar.
FERNANDO: Rígida, señora, fuisteis,
y ya benévola estáis.
De rayos me circundáis
después que ese cielo abristeis.365
Vuestra raridad admiro,
turbida y fea os mintió
la fama, y después que yo,
sin obstáculos os miro,
digo que sois una dea370
y que están mis pensamientos
difusos y turbulentos.
¡Feliz quién os galantea!
¿Con qué cara he de dejar
de estar viendo cara a cara375
la hermosura de esa cara
que cara me ha de costar?
LUCRECIA: (Respóndole por su estilo.) Aparte
Valor tan acreditado
estrépita me ha dejado.380
Frases y ambajes afilo
para exprimir elocuente
valimentos vigorosos,
descréditos noticiosos
que en la idea y en la mente385
alternando melodías
dan nocturnas invasiones,
infaustas infestaciones
y graves soberanías.
Y con esto irse podrá390
porque con esto y sin esto
en esto estás, y por esto
ésta seré si se está.
FERNANDO: ¡Oh, qué lenguaje almicida!
Duplicado me perdí.395
ANA: Échale, Gómez, de aquí;
que estoy de verle corrida.
Lee
GÓMEZ: Esto está hecho en la villa Madrid, a
treinta y cuatro del mes de febrero. Ante
mí, el presente escribano, y el infrascripto400
testigo a quien doy fe que conozco, pareció
la señora doña Lucrecia de Castro que es ésta
y obligando su persona y bienes, habidos y
por haber, dijo que vendía y vendió una uña
de la gran bestia, como el señor don Fernando405
es testigo, a la señora doña Ana de Meneses,
que es ésta; y porque la dicha bestia, no
quitando la presente, no parece de contado,
renunció las leyes de la mancomunidad y dando
su poder in solidum a cuales quier justicias,410
dijo que decía y cedió la dicha bestia como
esta escritura nota, y por no saber firmar
rogó a un testigo que firmase por ella.
Firme, Vuestra Merced, y váyase; que ya no
hay qué hacer.415
FERNANDO: Testigo Fénix, ¿no es vano?
¿No ocurre otro?
GÓMEZ: Cuando es
como vos, vale por tres.
FERNANDO: No es estulto el escribano.
Venga el calino ansarino.420
Subminstre con primor
etïópico color
a ese vaso cornerino.
GÓMEZ: (La pluma y tintero entiendo Aparte
que el señor Moncada dice).425
Sale don JUAN
JUAN: (Ya me he atrevido. Bien hice. Aparte
El coche vine siguiendo
y escuché que a don Fernando
llamaban, ¡oh suerte dura!,
para hacer una escritura430
y aun él mismo está firmando.
¡Vive Dios! Que se desposan
y las escrituras hacen.
Todas mis máquinas yacen.
En vano mis ansias osan435
trepar por el viento. Fue
mi esperanza vanidad.)
FERNANDO: Escriturario, tomad
la péndola. Ya firmé.
Lee
GÓMEZ: Don Fernando Fernández de Moncada440
por naturaleza, y Meneses por gracia.
FERNANDO: Dos conceptos son agudos.
Eso es firmar y decir.
GÓMEZ: (Aquí arriba he de escribir Aparte
que me debe cien escudos445
este mentecato.)
JUAN: (¿Cuándo Aparte
no elige mal la mujer?)
LUCRECIA: Aquí no tenéis qué hacer.
Idos, señor don Fernando.
FERNANDO: Quedaros diréis mejor,450
pues en quedar ha qué dar;
que dar el alma es quedar.
Quedando, quedó el rigor
y quedándome un favor,
quedo quedando en quedar,455
y por esto ha de decirse:
ir y quedar y con quedar partirse.
Vase
JUAN: (Éste es necio con ventura. Aparte
Ya mi pecho es un volcán.)
ANA: ¡Ay, amiga, éste es don Juan.460
LUCRECIA: Pues, prosigo mi figura.
JUAN: A daros la enhorabuena
con envidia y con cuidado,
señora doña Ana, he entrado;
aunque estás en casa ajena.465
Si un simple de vuestro esposo
las escrituras firmó,
fuerza fue que muera yo
si no vengado, envidioso…
LUCRECIA: Iguales estáis los dos470
en lo que habéis motejado;
que el otro es desaliñado
en lo que habla como vos
en lo que vestís.
JUAN: Ya abona
a un necio vuestro favor.475
Señas son de injusto amor.
LUCRECIA: Enderezad la valona.
JUAN: Donde vive Amor, no hay arte;
mas los vuestros son desvelos
para divertir mis celos.480
LUCRECIA: Levantad el talabarte.
JUAN: Casada estáis. Los recatos
del manto podéis perder
dejándoos, señora, ver.
LUCRECIA: Despabilad los zapatos.485
JUAN: Si burláis, burlo también,
y aunque grosería sea:
quien tiene fama de fea
no ha de usar de ese desdén
con quien haciendo fineza,490
no habiéndoos visto, os adora
porque conoce y no ignora
vuestra virtud y nobleza.
LUCRECIA: Pues, don Juan, para que os vais
enfadado, y me dejéis495
y mi calle no paséis,
quiero que ya me veáis;
cesen vuestras pretensiones.
Una nuestra falla sea;
que también tiene una fea500
desaliño en las facciones.
Descúbrese
JUAN: Hasta aquí no he visto el día;
con envidia habla la fama.
Ya supe que el mundo os llama
la fea por ironía.505
En veros me sucedió
con espanto y sin sosiego
lo que refieren de un ciego
que ver el sol deseó.
En medio una noche fría510
vista cobró, y una estrella
adoró como a luz bella
pensando que el sol sería.
Salió la luna después,
y admirado, aquel rabí515
dijo a voces: “Ésta sí
la hermosura del sol es”.
Pero amaneciendo luego,
como al sol natural vio,
tanto su luz le pasmó520
que otra vez se quedó ciego.
LUCRECIA: No estáis, don Juan, bien aquí;
que estamos en casa ajena.
Idos luego en hora buena.
JUAN: Obedezco y voy sin mí.525
GÓMEZ: Cierto prelado tenía,
señor don Juan, dos crïados
sucios y desaliñados,
y aunque santo, les decía:
“Enamoraos, puercos”.530
JUAN: Pues,
y con eso, ¿qué hay probado?
GÓMEZ: Que no estáis enamorado.
JUAN: Un prodigio mi amor es.
Vase
LUCRECIA: ¿De qué importancia fue, amiga,
esta invención?535
ANA: Cosa es cierta
que puede andar descubierta
sin que ninguno me siga
de los dos.
LUCRECIA: Y por librarte
de tus amantes así,
que me persigna a mí?540
ANA: Estos no han de pasearte.
LUCRECIA: ¿Defiéndeme tú, por Dios,
de los míos?
ANA: Sí, lo haré
porque ya el remedio sé.
ALDONZA: Y en la calle están los dos.545
LUCRECIA: Excusemos tales bodas.
Ni nos festejen, ni obliguen.
GÓMEZ: Cuatro figuras nos siguen;
descartémoslas hoy todas.
Vanse. Salen ALVARADO y don SANCHO
ALVARADO: El Capitán Alvarado550
soy, y de las Indias vine
a que el duelo determine
nuestro amoroso cuidado.
Vos, don Sancho de Mendoza,
a Lucrecia amáis. No ignoro555
vuestra intención. Yo la adoro
y ninguno favor goza.
Por ser dos, nos estorbamos
el uno al otro, y así
quede decidido aquí560
cuál la ha de servir. Riñamos.
SANCHO: Si apacible no la vemos,
necedad se ha de decir,
que vengamos a reñir
por cosa que no tenemos.565
Ni yo favores recibo
ni vos, y si sucediere
que el que más le agrada muere,
¿cómo ha de quedar el vivo?
Aborrecido. Y es justo.570
No riñemos a sus ojos
ni le causemos enojos.
Muriendo el que es de su gusto,
¿qué puede ser?
ALVARADO: Pues, no os halle
más aquí mi competencia575
o no escuséis la pendencia.
SANCHO: ¿Y es fineza que en su calle
riñan dos enamorados?
Locura será, no brío.
ALVARADO: Pues, al campo.580
SANCHO: ¿Desafío
y morir descomulgado?
Pienso, señor Capitán,
que hacemos mal.
ALVARADO: Pues, ¿qué medio
ha de dar corte y remedio
a que su amante y galán585
sea uno solo? ¿No es llano
que ha de decirlo la espada?
¿Para cuándo está guardada?
SANCHO: (Apretante es el indiano.) Aparte
Reportaos, señor, por Dios.590
Cuerdo soy y así resisto.
¿Dónde a Lucrecia habéis visto?
ALVARADO: En el Prado como vos.
SANCHO: Yo vi en casos semejantes
que suelen ir a la dama595
y ella declara a quién ama
dando paz a los amantes.
ALVARADO: A las comunes mujeres
se va con demandas tales,
no a mujeres principales.600
SANCHO: (¡Oh, qué colérico eres!) Aparte
A mí, señor, se me ofrece
para entrar allá ocasión,
y en nuestra conversación
se verá a quién favorece.605
ALVARADO: (Éste es cobarde y hacerle Aparte
algún donaire podré
que descrédito le dé.)
SANCHO: (Éste es mísero. Ponerle Aparte
en ocasión de gastar610
será descubrir su falta.)
ALVARADO: Si habemos de entrar, ¿qué falta?
Llegad, don Sancho a llamar.
Sale GÓMEZ
SANCHO: Señor Gómez, mi señora
doña Lucrecia, ¿está en casa?615
GÓMEZ: ¡Ay, no sepa lo que pasa;
que me engañó la traidora
de Aldonza. A un ardiente rayo
mi señora hará molerme
si sabe que mientras duerme620
las mañanicas de mayo
vamos al Prado.
SANCHO: No entiendo.
Sale ALDONZA
ALDONZA: ¿Qué es eso, Gómez?
GÓMEZ: Tus cosas
atrevidas y engañosas;
que ya se van descubriendo.625
ALDONZA: ¡Señor, don Sancho! ¡Señor
Capitán! ¡Por Dios, les ruego
que pues burla ha sido y juego
y son hombres de valor,
no descubran lo que pasa.630
ALVARADO: Esto, ¿qué misterio tiene?
Sale ANA
ANA: ¡Hola!
GÓMEZ: Mi señora viene.
Ella nos echa de casa.
ANA: Caballeros, ¿qué mandáis?
ALVARADO: A la señora Lucrecia635
buscamos.
ANA: ¿No avisáis, necia?
Hablando con ella estáis.
SANCHO: Doña Lucrecia de Castro
decimos.
ANA: La misma soy.
ALDONZA: Ellos dos sacaron hoy640
nuestro embuste por el rastro.
ANA: A los dos confusos miro
y a los dos turbados veo.
Saber la causa deseo.
Ea, de nada me admiro.645
Decid la verdad.
GÓMEZ: Señora,
nuestra culpa fue pequeña.
Mari-Ramírez la dueña
es, a veces, embaidora.
Estas mañanas de abril650
salimos mientras dormías
hacia el Prado algunos días
y ella en vez de su monjil
vestidos tuyos se puso;
que eras tú misma fingimos,655
los dos sirviéndola fuimos
porque dijo que es ya uso
que haya abrilas como mayas.
Viéronla estos dos soldados
y andan medio enamorados660
de Mari-Ramírez. No hayas
pesadumbre.
ANA: Caballeros,
si a mí os venís a quejar
de este engaño, castigar
sabré en mi casa embusteros665
sin que disculpa les valga;
que esto en ella no se enseña.
¡Hola!
INÉS: ¿Señora?
ANA: A esa dueña.
INÉS: Señora Ramírez, salga.
Sale LUCRECIA de dueña
LUCRECIA: ¿Fue buey de hurto salir670
de máscara al Prado un día?
¿Tanta fue la alevosía
que he cometido en fingir
que era mi señora yo
para que a quejarse vengan675
dos barbados y que tengan
a injuria que los burló
una pobreta mujer?
ANA: La ofendida soy, no ellos.
Yo os cortaré los cabellos;680
y esas tocas, que han de ser
honra de mi estrado, ya
no serán vuestras. Inés
las traerá; que cuerda es,
o Aldonza se las pondrá.685
Perdonad, y yo, en buena hora,
ya mi enojo la corrige.
GÓMEZ: ¿Ramírez, no se lo dije?
ALVARADO: ¡Más belleza tiene agora!
¡Vive Dios! ¡Que tiene así690
tan celestial hermosura!
¡Que le faltase ventura
a tal ángel! Al sol vi
cuando en círculos se mueve
cercando sus luces francas695
piélagos de nubes blancas
que están preñadas de nieve.
Más beldad, más gallardía
con las tocas tiene; tanto
que cuando del negro manto700
de la noche sale el día,
y entre dos nevadas rocas
descubre el sol su hermosura,
es una sombra y pintura
de este manto y de estas tocas.705
SANCHO: Mi inclinación es mayor;
mas, ¿qué importa que nobleza
le falta, si es la belleza
objeto del amor?
Cisne de cándidas plumas710
entre sombras ha salido,
clavel de grana ha traído
sobre cristales y espumas.
Manto y tocas son de suerte
que en ellos ve el alma mía,715
concha y perla, noche y día,
nubes y sol, vida y muerte.
ANA: Pues, ya estáis desengañados,
gentiles hombres. No os halle
otra vez en esta calle720
con pretensión y cuidados.
SANCHO: ¡Válgate el cielo por dueña!
Junto a Lucrecia pareces
que eres alba que amaneces;
mas, ¡ay, que Amor te despeña!725
Señora capitán, yo quiero
hablar a solas, lugar
si mandáis, me podéis dar.
ALVARADO: Eso imagino, primero.
Que os vais me importa. No dudo730
que lo hará tal cortesano.
SANCHO: (¡Válgate Dios por indiano Aparte
pertinaz y cabezudo!)
Con gracia fuimos burlados
de esta crïada yo y vos.735
Dotémosla entre los dos.
Yo la mando mil escudos.
ALVARADO: (¡Qué extraña proporción! Aparte
Loco este hombre debe ser
o no ha llegado a saber740
lo que mil escudos son.)
Con dádivas no obligamos
a mujeres principales.
SANCHO: Fineza es ser liberales.
ALVARADO: Mejor será que riñamos.745
SANCHO: ¿Qué provecho o qué valor
se le sigue del reñir?
ALVARADO: Verá el acero lucir.
SANCHO: Darémosle y es mejor.
ALVARADO: Animo y cólera ardiente750
en amor del hombre inflaman.
SANCHO: También magnánimo llaman
al que da, como al valiente.
ALVARADO: Marte no ha tenido igual.
SANCHO: Júpiter oro ha llovido.755
ALVARO: Valiente César ha sido.
SANCHO: Y Alejandro liberal.
ALVARADO: ¿Qué no pudieron amagos?
SANCHO: ¿Qué no penetraron joyas?
ALVARADO: Valientes abrasan Troyas.760
SANCHO: Pródigos vencen Cartagos.
ALVARADO: Franco es un prado y un valle.
SANCHO: Invencibles son las peñas.
En medio
GÓMEZ: Dádivas quebrantan dueñas,
dice el refrán.765
LUCRECIA: Gómez, calle.
ALVARADO: Dadme, señora, licencia
de no sufrir demasías.
Saca la espada
SANCHO: Necio estuve; las porfías
siempre paran en pendencia.
Señor capitán, con vos770
no hay enojo que me cuadre,
y por vida de mi madre
que habemos de ser los dos
amigos. Quedaos a solas.
LUCRECIA: (¡Ay, amiga, ¿madre tiene?) Aparte775
SANCHO: (¡Mal haya aquél que se viene Aparte
sin un jaco y dos pistolas.)
Vase SANCHO
ALVARADO: Señora doña Lucrecia,
mi grande amor os suplica
que atendáis a una razón780
que el aliento y él me dicta.
Atrevíme al oceano;
fui a las antárcticas Indias,
tumbas del sol; que por eso
en ellas tiene escondidas785
sus riquezas. Truje algunas
que la industria y la fatiga
me dieron, por no decir
la tierra, el mar y la dicha.
Si agora al tomar estado,790
elijo mujer altiva
de pensamientos, por noble,
de sangre ilustre y antigua,
claro está que ha de querer
gran fausto, mucha familia,795
coche, plata, estrado, dueñas,
pajes, grande casa y silla,
y, en tiempos tan apretados,
es forzoso la rüina
de mi hacienda, y así quiero800
mujer humilde y sencilla,
casera, y que se contente
con modesta pasadía
sin altiveces soberbias.
Mari-Ramírez es digna805
de gobernarme mi hacienda.
Ya yo sé que es mujer limpia
y honrada; que eso le basta
para madre de familias.
LUCRECIA: (¡Malos años! Aun no pudo810
disimular su avaricia.)
ANA: Con ella debe tratarse.
Yo quedo bien advertida.
ALVARADO: Pues, Gómez tome a su cargo
disponerlo. Si acredita815
mi pretensión, yo le mando
unas gentiles albricias.
GÓMEZ: ¿Y no hay algo de contado?
¿Por qué esperara al Mesías
quien futura sucesión820
de nada quiere en su vida?
ALVARADO: No faltará algún socorro
y en buen moneda.
Saca una bolsilla con muchos nudos
GÓMEZ: Obliga
tan generoso animazo
a que el mundo se le rinda.825
(¡Oh, que enana que es la bolsa! Aparte
Doscientos nudos le quita.
Ya no espero verla abierta.
Bien la bolsa significa
la miseria de su dueño.830
¡Ya sale el preso!)
ALVARADO: Reciba,
buen Gómez, este real
y en plata; mas por su vida
que no lo trueque sin premio.
GÓMEZ: Los años del Fénix viva835
tan liberal Alejandro.
¿Eres Príncipe? ¿Eres Midas?
¿Eres el gran Tamorlán?
ALVARADO: ¡Qué beldad tan peregrina!
Vase ALVARADO
GÓMEZ: Gracias a Dios; que ya hay una840
dueña en la corte bien quista.
LUCRECIA: ¿Qué te ha dado?
GÓMEZ: Este real
pechelí…
LUCRECIA: Doña Ana, amiga.
Doña Ana, al arma desde hoy
contra esta fiera cuadrilla845
de amantes tan imperfectos.
No te festejen ni sigan
un necio, un desaseado,
ni a mí un cobarde me sirva
ni un avariento me quiera850
porque es injuria y desdicha.
Vanse todos
