LA PAREDES OYEN

 

Texto basado en la edición príncipe de LAS PAREDES OYEN en PARTE PRIMERA DE LAS COMEDIAS DE DON JUAN RUIZ DE ALARCÓN (Madrid; Juan González, 1628). Fue preparado por Vern Williamsen y luego pasado a su forma electrónica en 1998.


Personas que hablan en ella:

ACTO PRIMERO


Salen don JUAN, vestido llanamente, y BELTRÁN
JUAN: Tiéneme desesperado, Beltrán, la desigualdad, si no de mi calidad, de mis partes y mi estado. La hermosura de doña Ana, el cuerpo airoso y gentil bella emulación de abril, dulce envidia de Dïana, mira tú, ¿cómo podrán dar esperanza al deseo de un hombre tan pobre y feo y de mal talle, Beltrán? BELTRÁN: A un Narciso cortesano, un humano serafín resistió un siglo, y al fin la halló en brazos de un enano, y, si las historias creo y ejemplos de autores graves --pues, aunque sirviente, sabes que a ratos escribo y leo-- me dicen que es ciego Amor, y sin consejo se inclina; que la emperatriz Faustina quiso un feo esgrimidor; que mil injustos deseos, puestos locamente en ella, cumplió Hipia, noble y bella, de hombres humildes y feos. JUAN: Beltrán, ¿para qué refieres comparaciones tan vanas? ¿No ves que eran más livianas que bellas esas mujeres, y que en doña Ana es locura esperar igual error, en quien excede el honor al milagro de hermosura? BELTRÁN: ¿No eres don Juan de Mendoza? Pues doña Ana ¿qué perdiera cuando la mano te diera? JUAN: Tan alta fortuna goza, que nos hace desiguales la humilde en que yo me veo. BELTRÁN: Que diste en el punto, creo, de que proceden tus males. Si Fortuna en tu humildad con un soplo te ayudara, a fe que te aprovechara la misma desigualdad. Fortuna acompaña al dios que amorosas flechas tira; que en un templo los de Egira adoraban a los dos. Sin riqueza ni hermosura pudieras lograr tu intento; siglos de merecimiento trueco a puntos de ventura. JUAN: Eso mismo me acobarda. Soy desdichado, Beltrán. BELTRÁN: Trocar las manos podrán Fortuna y Amor. Aguarda. JUAN: Si a don Mendo hace favor, ¿qué esperanza he de tener? BELTRÁN: En ése echarás de ver que es todo fortuna amor. A competencia lo quieren doña Ana y doña Teodora; doña Lucrecia lo adora; todas, al fin, por él mueren. Jamás el desdén gustó. JUAN: Es bello y rico el mancebo. BELTRÁN: ¡Cuánto mejor era Febo! Y Dafnes lo desdeñó. Y, cuando no conociera otro en perfección igual, aquesto de decir mal ¿es defecto como quiera? JUAN: Y ¿no es eso murmurar? BELTRÁN: Esto es decir lo que siento. JUAN: Lo que siente el pensamiento no siempre se ha de explicar. BELTRÁN: Decir... JUAN: Que calles te digo; y ten por cosa segura que tiene, aquél que murmura, en su lengua su enemigo. BELTRÁN: Entre tus desconfïanzas, en su casa entrar te veo; sin duda que el gran deseo engaña tus esperanzas. Veste en desierto lugar, y no cesas de dar voces, y, aunque tu muerte conoces, nadas en medio del mar. JUAN: Lo que en gran tiempo no ha hecho, hace Amor en solo un día, venciendo al fin la porfia. BELTRÁN: Que te sucede sospecho lo que al tahur, que en perdiendo, solamente con decir "¡que no sepa yo gruñir!" está sin cesar gruñendo. Tú dices que desesperas; y, entre el mismo no esperar, nunca dejas de intentar. ¿Qué más haces cuando esperas? ¿Tú piensas que el esperar es alguna confección venida allá del Japón? El esperar es pensar que puede al fin suceder aquello que se desea; y, quien hace porque sea, bien piensa que puede ser.
JUAN saca una carta
JUAN: Pues si con esta invención en su desdén no hay mudanza, aunque viva mi esperanza morirá mi pretensión. BELTRÁN: El mercader marinero, con la codicia avarienta, cada vïaje que intenta dice que será el postrero. Así tú, cuando imagino que desengañado estás, ya con nuevo intento vas en la mitad del camino. Mas dime. ¿Qué te ha obligado a tratar esta invención para mostrar tu afición pudiendo, con un crïado de su casa, negociar lo que tú vienes a hacer? JUAN: No he de arriesgarme a ofender a quien pretendo obligar; que, como es tan delicada la honra, suele perderse solamente con saberse que ha sido solicitada. Y así, del murmurador pretendo que esté segura mi desdicha o mi ventura, su flaqueza o su valor; que aun a ti mismo callado estos intentos hubiera, si en ti, Beltrán, no tuviera más amigo que cesado. BELTRÁN: ¿Toda esta casa, don Juan, a una mujer aposenta? JUAN: Seis mil ducados de renta, ¿qué alcázar no ocuparán! BELTRÁN: Celia es ésta.
Sale CELIA
CELIA: ¿Qué mandáis, señor don Juan? JUAN: Celia mía, besar las manos querría, si licencia me alcanzáis, a mi señora doña Ana. CELIA: Que será imposible entiendo; porque se está previniendo para partirse mañana a una novena en Alcalá. JUAN: ¿De la corte se desvía cuando el celebrado día de San Juan tan cerca está? CELIA: Para los tristes no hay fiesta. JUAN: Pues, Celia, verla me importa. La visita será corta; sólo le quiero dar ésta que le ha venido en un pliego, y me dice quien la envía que sólo de mí confía el darla. CELIA: Yo salgo luego.
Vase CELIA
BELTRÁN: No hay pobre con calidad: si un villano rico fueras, a fe que nunca tuvieras en verla dificultad. JUAN: Si ella está tan de camino, que es justa la excusa creo. BELTRÁN: "Lo que con los ojos veo..." JUAN: Malicioso desatino. BELTRÁN: ¿Cuánto va que no la ves? JUAN: De no alcanzar no se ofende quien lo difícil emprende. Mas doña Ana es muy cortés. BELTRÁN: Y agora ¿qué hemos de hacer? Que ella se parte a Alcalá. JUAN: En tanto que ausente está, aguardar y padecer BELTRÁN: Bueno fuera acompañarla. JUAN: Si como quien soy pudiera, forzoso el hacerlo fuera, si así entendiese obligarla; mas ni me ayuda el poder. ni ella lo agradecería, por la nota que daría si se llegase a entender, BELTRÁN: Ella sale. JUAN: Di, Beltrán, que la Aurora bella y clara.
Salen Doña ANA, viuda, y CELIA, y habla a CELIA aparte
ANA: ¡Ay, Celia, y qué mala cara y mal talle de don Juan! JUAN: Aunque me dijo, señora, Celia vuestra ocupación --Con que fuera más razón el no estorbaros agora--,
Dale la carta
la importancia contenida en esta carta que os doy, me disculpa. ANA: Nunca estoy, señor don Juan, impedida para recibir merced de tan noble caballero. JUAN: Vuestro soy. Respuesta espero. Si sois servida, leed. ANA: Ser descortés me mandáis. JUAN: Leed, que importa una vida que cerca está de perdida si remedio no le dais. ANA: Si está su defensa en mí, la pena y temor dejad. JUAN: El caso es grave. Mandad que estemos solos aquí; que tenemos que tratar, y el secreto es importante. ANA: Dejadnos solos. BELTRÁN: (Amante Aparte fué el inventor de engañar.)
Vanse BELTRÁN y CELIA
JUAN: Pues contigo solo estoy, porque mi recato veas,
Va a leer doña ANA, y detiénela
oye, señora: no leas; que la carta viva soy. Que me atreva, no te altere, pues estoy solo contigo, y un agravio sin testigo al punto que nace muere. Desde que la vez primera vi la luz de tu arrebol dos veces la ha dado el sol a los signos de su esfera. Como al que el rayo tocó de Júpiter vengativo, por gran tiempo muerto, vivo en un instante quedó; como aquel que la cabeza de la Gorgona miraba, por un peñasco trocaba la humana naturaleza; tal en viéndote me veo, tan absorto y admirado, que en admirarme ocupado, no doy lugar al deseo; que esos divinos despojos tanta gloria me mostraron, que al punto me arrebataron toda el alma por los ojos. ANA: Tened, don Juan. Eso ¿para todo en que amor me tenéis? JUAN: No, porque ya lo sabéis, y en vano el tiempo gastara. ANA: ¿En que os morís? JUAN: No, señora, pues ni en morir parará; que en el alma vivirá el amor que os tengo agora. ANA: ¿Pára en pedirme que os quiera? JUAN: Ni llega, señora, ahí, que no hay méritos en mí para que a tal me atreviera. ANA: Pues decid lo que queréis. JUAN: Quiero... Sólo sé que os quiero, y que remedio no espero, viendo lo que merecéis. Como el mísero doliente, en el lecho fatigado, a cualquier parte inclinado los mismos dolores siente. y, por huir del tormento, que en cada lado es mayor, busca alivio a su dolor en el mismo movimiento. Así yo con mi cuidado vengo a vos, dueño querido, no de esperanza inducido, sino de dolor forjado, por no morir con callarlo, no por sanar con decirlo; que es imposible el sufrirlo como lo es el remediarlo. Y así, no os ha de ofender que me atreva a declarar, pues va junto el confesar que no os puedo merecer. ANA: ¿Queréis más? JUAN: ¿Qué más que a vos? Si entender queréis mi estado, en que os quiero está cifrado. ANA: Pues, señor don Juan, adiós. JUAN: Tened. ¿No me respondéis? ¿De esta suerte me dejáis? ANA: ¿No habéis dicho que me amáis? JUAN: Yo lo he dicho, y vos lo veis. ANA: ¿No decís que vuestro intento no es pedirme que yo os quiera, porque atrevimiento fuera? JUAN: Así lo he dicho y lo siento. ANA: ¿No decís que no tenéis esperanza de ablandarme? JUAN: Yo lo he dicho. ANA: ¿Y que igualarme en méritos no podéis, vuestra lengua no afirmó? JUAN: Yo lo he dicho de ese modo. ANA: Pues, si vos lo decís todo, ¿qué queréis que os diga yo?
Vase doña ANA
JUAN: ¡Oh! venga la muerte, acabe con vida tan desdichada, que sólo puede su espada remediar pena tan grave. ¿Qué delito cometí en quererte, ingrata fiera? ¡Quiera Dios!... Pero no quiera; que te quiero más que a mí.
Salen CELIA y BELTRÁN
CELIA: ¡Ah, desdichado don Juan! BELTRÁN: Ayúdale. CELIA: ¡A Dios pluguiera que mi voluntad valiera!
Vase CELIA
BELTRÁN: Pues, ¿qué tenemos? JUAN: Beltrán, la verdad huyo; a la esperanza pido engaños que alimenten mi deseo; eternos contra mí imposibles veo; nado en un golfo, ni de un leño asido. Con el vuelo de amor más atrevido, no subo un paso; y aunque más peleo, al fin vencido soy de lo que creo, vencedor sólo en lo que soy vencido. Así, desesperado victorioso, niego al deseo engaños, y a la gloria más vivo anhela, si su muerte sigo. ¡Triste, donde es el no esperar forzoso, donde el desesperar es la vitoria, donde el vencer da fuerza al enemigo! BELTRÁN: ¡Triste, donde es forzoso andar contigo, donde hallar qué comer es gran vitoria, donde el cenar es siempre de memoria!
Vanse don JUAN y BELTRÁN. Salen el CONDE, don MENDO y ORTIZ, escudero
MENDO: A mi señora Lucrecia dad, Ortiz, ese papel.
Dale un papel a ORTIZ
ORTIZ: Guárdeos Dios.
Vase ORTIZ
MENDO: Cosa crüel. Conde, es una mujer necia. CONDE: ¿Cómo? MENDO: Con celos y amor sale Lucrecia de sí. CONDE: ¿Con causa don Mendo? MENDO: Sí; mas tanto el yerro es mayor. Si por doña Ana estoy ciego. ella ¿qué ha de remediar con reñir y con celar, sino añadir fuerza al fuego? CONDE: (¡Quieran, Lucrecia, los cielos Aparte que te mude esta mudanza, y a mi perdida esperanza abran la puerta tus celos!) Y vos ¿qué le respondéis? MENDO: Nunca el negar hizo daño. CONDE: Mejor fuera el desengaño, si en otra parte queréis. MENDO: Dañarme, Conde, podría; que su amor causó en mi pecho terrible incendio, y sospecho que hay centellas todavía. Y quien antiguo cuidado arraigado al alma tiene, ha de obligar el que viene sin despedir el pasado; que mil veces se agradó de la novedad Cupido, y vuelve a buscar, rendido, lo que arrogante dejó. CONDE: Avariento sois de amor. MENDO: Más el de doña Ana estimo. CONDE: Y ella ¿os quiere? MENDO: Pienso, primo, que merezco su favor. CONDE: ¿Que hay de Teodora? MENDO: Quería que yo fuese su marido, como si hubieran nacido mis abuelos en Turquía. CONDE: Sin ser loca, yo no creo que ninguna mujer pida la esclavitud de una vida por la muerte de un deseo. MENDO: Pues ya, después que mi amor sacó pies amedrentado, en ella crece el cuidado y, al paso de él, mi rigor. Ya, sin esa condición, estimara mis favores. CONDE: Dichoso sois en amores. MENDO: En el signo de León, Marte y Venus concurrieron de mi nacimiento el día; y, si hay cierta astrología, ellos amable me hicieron. Mas, adiós primo, que es tarde y a doña Ana quiero ver; que hoy su sol se va a poner en Alcalá. CONDE: Dios os guarde.
Vase el CONDE. Sale LEONARDO
LEONARDO: El coche a la puerta está; que ya se parte imagino. MENDO: Tenme el coche de camino a la puerta de Alcalá. Parta al punto el repostero y encárgales, por mi vida, que esté a punto la comida en la venta de Vivero. Haz cómo doña Ana vea en mi prevención mi amor. LEONARDO: Toda tu gente, señor, su vida en tu gusto emplea.
Vanse don MENDO y LEONARDO. Salen doña ANA, de camino, y CELIA
ANA: ¿De qué vas triste? ¿De qué lo van todas mis doncellas? Habla, dime sus querellas. CELIA: Señora, verdad diré, pues obligación me pones. Tienen tus crïadas todas en la esperanza sus bodas y en la corte sus pasiones; y, como de aquí a seis días es la noche de San Juan --cuando los amantes dan indicios de sus porfías-- sienten el ver que esa noche en la corte no han de estar. ANA: Pues pierdan, Celia, el pesar; que, por la posta, en un coche conmigo entonces vendrán. Porque se alegre mi gente gozaré secretamente de la noche de San Juan, y volveréme a la aurora a proseguir mis novenas. CELIA: Alivie el cielo tus penas. Mas ¿no era mejor, señora, dilatar esta partida? ANA: Si sabes que estoy muriendo por dar la mano a don Mendo, y no hay cosa que lo impida sino el cumplir las novenas que a San Diego prometí, ¿dilataré, estando así, el remedio de mis penas? Con esta trata que doy ninguna queda quejosa. CELIA: Hágate el cielo dichosa. A darles la nueva voy. ANA: Encárgales, por mi vida, el secreto. CELIA: Así lo haré. Don Mendo viene.
Vase CELIA
ANA: Tendré buen agüero en la partida.
Sale don MENDO, de color
MENDO: Los campos de Alcalá, bella señora, desdeñan los favores del verano, y de la fértil Flora no solicitan ya la diestra mano, después que primaveras les reparte la dichosa esperanza de mirarte. Los arroyos--que esperan ser espejos en quien de esos dos soles celestiales se miren los reflejos transforman sus corrientes en cristales; y el agua, en cambio de besarlos, grata hace a tus blancos pies puente de plata. Al nuevo sol que nace agradecidas, en verdes ramos las cantoras aves, a coros divididas, dando a los vientos músicas süaves, para explicar la gloria de este día articular intentan su armonía. Parte ¡o feliz! que el céfiro süave lisonjear pretende codicioso la rodadora nave, de nueva Europa Júpiter dichoso, por quien, en Indias vuelto Manzanares, España de sus glorias hace a Henares. Parte ¡o primero móvil adorado!, de quien siguiendo voy el movimiento, si bien arrebatado --pues tras mi centro corro--, no violento, que yo, si lo merezco, gloria mía, voy a ser el lucero de ese día. ANA: Los campos de esperanza matizados, la consonancia dulce de las aves, los cristales cuajados, las lisonjas del céfiro süaves, en nada estimo; y estimara sólo llevar por mi lucero al mismo Apolo. Mas, cuando el corazón lo solicita, forzosa acción de amor correspondiente, ni el honor acredita, ni el estado que tengo lo consiente. MENDO: Es imán de mis ojos tu presencia. ANA: Justo efecto de Amor es la obediencia. MENDO: ¿Sin ti quieres dejarme? ANA: Yo, don Mendo, parto sin ti. MENDO: ¿Qué mucho? Vas helada cuando yo quedo ardiendo. ANA: ¡Segura fuese yo, como abrasada! MENDO: No me apartes de ti si desconfías. ANA: Vive el recato entre las ansias mías. MENDO: ¿No me llamas tu dueño? ANA: Y de mis ojos, cierta lengua del alma, lo has sabido. MENDO: ¿De quién temes enojos, cuando te adoro yo, de ti querido? ANA: Hasta el "sí" conyugal temo mudanza; que no hay dentro del mar cierta bonanza. En tanto que a mis deudos comunico la dichosa elección de vuestra mano, y devota suplico en Alcalá a su dueño soberano que lleve a fin feliz mi intento nuevo, y las novenas pago que le debo, puede mudarse vuestro amor ardiente y quedar mi opinión en opiniones del vulgo maldiciente, que a lo peor aplica las acciones. MENDO: ¿Mudarme yo? ANA: Temores son de amante. MENDO: Más parecen cautelas de inconstante. Si ya nuevo cuidado te fatiga, el fingido recato, ¿qué pretende? Declárate, enemiga. No el desengaño, la mudanza ofende. Vete segura. Ocuparé entre tanto el alma en celos y la vida en llanto. ANA: Ofendes mi lealtad si desconfías; mas porque de tu error te desengañes, pon secretas espías, prueba mi fe, como mi honor no dañes. MENDO: Confïanza tendré, mas no paciencia, contra el rigor, señora, de tu ausencia.
Sale CELIA
CELIA: Doña Lucrecia, señora, viene a visitarte. ANA: ¿Quién? CELIA: Tu prima. MENDO: (A impedir mi bien Aparte la trae mi desdicha agora.)
Sale doña LUCRECIA, con manto, y ORTIZ
LUCRECIA: No quise, prima, dejar de verte en esta partida. ANA: Ni yo, Lucrecia querida, me partiera sin pasar por tu casa, porque el ver al pasar tu rostro hermoso, fuese presagio dichoso del viaje que he de hacer.
Doña LUCRECIA habla aparte a don MENDO
LUCRECIA: Niégame agora, traidor, las verdades que estoy viendo. ANA: ¿Qué le dices a don Mendo? LUCRECIA: Del vestido de color le pregunto la ocasión; porque de irte a acompañar lo indicia el tiempo y lugar, y fuera galante acción. ANA: Tan alto merecimiento con mi humildad no conviene, y, más que lisonja, tiene malicia ese pensamiento. Mas, si conmigo partiera, de parecer, prima, soy, que, pues yo de negro voy, de color no se vistiera. CELIA: Ya bien te puedes partir, que los coches han venido. ANA: Que no me olvides te pido. LUCRECIA: Por puntos te he de escribir. ANA: Adiós, don Mendo. MENDO: Señora, en el coche os dejaré. ANA: Si alguno en la calle os ve, sospechará lo que agora ha sospechado mi prima. Quedaos y salid después. MENDO: Yo obedezco, y vuestros pies sigue el alma que os estima.
Vanse doña ANA y CELIA. Saca un papel LUCRECIA y muéstraselo a Don MENDO
LUCRECIA: ¿Conoces este papel? MENDO: Yo, Lucrecia, lo escribí. LUCRECIA: Junta lo que has hecho aquí con lo que dices en él. Traidor, fingido, embustero, engañoso, ¿a ti te dan apellido de Guzmán y nombre de caballero? ¿Qué sangre puede tener quien tiene pecho traidor? ¿Es hazaña de valor engañar una mujer? MENDO: Oye, señora... LUCRECIA: No muevas esos fementidos labios; que intentas nuevos agravios con satisfaciones nuevas. MENDO: Pues ¿qué quieres? ¿Condenarme, sin oír satisfación, por sola una presunción? LUCRECIA: ¿Qué disculpa puedes darme? ¿Presunción llamas, traidor, esta tan clara probanza de mi agravio y tu mudanza? MENDO: En lo que fundas mi error fundo la satisfación. ¿No te dijo de mi parte tu escudero, que de hablarte deseaba una ocasión, donde el descargo sabrías del recelo que te abrasa? Tuve aviso de tu casa que a ver tu prima salías, y vine a esperarte aquí, y adelantéme en llegar, por no dar que sospechar viéndome venir tras ti. ¡Mira por qué me condenas! LUCRECIA: ¿De modo que te disculpas multiplicando tus culpas y acrecentando mis penas? Causa doña Ana mi daño, ¡y con hallarte con ella das remedio a mi querella! MENDO: Porque fuese el desengaño en su presencia más fuerte. LUCRECIA: ¿Qué desengaño me diste? MENDO: Como tu pena encubriste, no quise, hablando, ofenderte; mas ten cierta confïanza, para asegurar tus celos, que en el orden de los cielos, antes que en mí, habrá mudanza. Tuyo soy. LUCRECIA: Las obras creo. MENDO: Presto, con la voluntad de tu padre, su verdad te mostrará mi deseo.
Sale el CONDE
CONDE: (¿Dónde hay con celos cordura?) Aparte ¡Lucrecia hermosa! ¡Don Mendo! MENDO: Conde, que venís entiendo traído de mi ventura; que Lucrecia ha de saber de vos lo que hablamos hoy de su amor. CONDE: Testigo soy. MENDO: Eso a solas ha de ser; que pensará que os obligo con mi presencia a abonarme.
Vase don MENDO
LUCRECIA. (¡Tú dejas, para informarme Aparte en tu favor, buen testigo!) CONDE: ¿He de decir la verdad? LUCRECIA: Para eso quedas aquí. CONDE: Pues escúchala de mí, pague o no mi lealtad. Y por prevenir el daño, si acaso no me creyeres, ten secreto lo que oyeres y averigua si es engaño. Que, pues me dijo don Mendo que cuente lo que hoy pasó, cumpliendo lo que él mandó, nadie dirá que le ofendo; que, aunque su intento haya sido que use contigo de engaño, no debo para mi daño darme yo por entendido. Dando hoy para ti un papel don Mendo a Ortiz, tu crïado, desdeñoso y enfadado, me dijo, "¡Cosa crüel, Conde, es una mujer necia¡ Después que a doña Ana di en servir, sale de sí de amor y celos Lucrecia." Yo le dije, "¿No es mejor no engañarla?" Y respondió, "Mil veces lo que dejó volvió a desear amor, Y este caso previniendo, nada pierdo en conservalla." LUCRECIA: ¿Qué enredos inventas? Calla. ¿Tal pudo decir don Mendo? ¿Que tu afición agradezca quieres así disponer? ¿Piensas que te he de querer aunque a don Mendo aborrezca? CONDE: Oye. LUCRECIA: No me digas nada. CONDE: Averígualo advertida, y dame pena ofendida, o premio desengañada. Y, si por amarte yo, duda en mi verdad has puesto, sírvate de indicio aquesto, ya que de probanza no. Él va tras ella a Alcalá, y no es éste mal testigo del desengaño que digo. Despacha tú quien allá, con cuidado y sin pasión, secretamente lo siga; y, si mi verdad te obliga, premia un leal corazón; que será culpable error que prefiera tu cuidado un engaño averiguado a un averiguado amor. LUCRECIA: La verdad diciendo estás, que si negándola estoy, no es que crédito no doy, sino que pena me das. ¡Ah, falso! ¡Ah, mal caballero! ¡Plega a Dios que, en igual grado amante y desengañado, pruebes el mal de que muero! ¡Pluguiera a Dios, conde mío, pudiera, en esta ocasión, mudarse la inclinación al paso del albedrío! Mas vive cierto, señor, que, si me has dicho verdad, te dará mi voluntad lo que te niega mi amor. CONDE: Yo lo estimo de esa suerte. LUCRECIA: Tanto más me deberás cuanto me forzare más, conde, por corresponderte.
Vanse doña LUCRECIA y el CONDE. Salen don JUAN y BELTRÁN, de noche
BELTRÁN: El duque Urbino esta noche bien pudiera perdonarte. JUAN: ¿Qué puede querer? BELTRÁN: Llevarte querrá consigo en el coche, amarrado a un duro banco, sin poderte entretener, cuando el decir y el hacer anda por las calles franco. Que, noche de San Juan, hallo, si un peón sabe embestir, que suele solo rendir más que treinta de a caballo; que hay mujer que, en el engaño que en esta noche previene, librados los gustos tiene de los deseos de un año. Cuál llega al poblado coche de angélica jerarquía, y, siendo paje de día, pasa por marqués de noche; cuál sin pensar se acomoda con la viuda disfrazada, que, entre galas de casada, hurta los gustos de boda; cuál encuentra y desbarata una sarta de doncellas, de quien son las manos bellas engasaduras de plata; cuál se llega a las que van brindando los retozones, y trueca a mil refregones un pellizco que le dan. JUAN: Quien los encuentros enseña, encuentre con un azar. BELTRÁN: ¿Es el azar encontrar una mujer pedigüeña? Si ése temes, en tu vida en poblado vivirás, porque ¿dónde encontrarás hombre o mujer que no pida? Cuando dar gritos oyeres, diciendo, "Lienzo" a un lencero, te dice, "Dame dinero, si de mi lienzo quisieras." El mercader claramente diciendo está sin hablar, "Dame dinero, y llevar podrás lo que te contente." Todos, según imagino, piden, que para vivir, es fuerza dar y pedir cada uno por su camino. Con la cruz el sacristán, con los responsos el cura, el monstruo con su figura, con su cuerpo el ganapán; el alguacil con la vara, con la pluma el escribano, el oficial con la mano y la mujer con la cara. Y ésta, que a todos excede, con más razón pedirá, pues que más que todos da, y menos que todos puede. Y el miserable que el dar tuviere por pesadumbre --ellas piden por costumbre-- hago costumbre en negar; que tanto, desde que nacen, el pedir usado está, que pienso que piden ya sin saber lo que se hacen. Y así, es fácil el negar; porque se puede inferir que quien pide sin sentir, no sentirá no alcanzar. JUAN: Aunque más razones halles, no has de quitarme el temor, Beltrán; que el azar mayor es el no tener que dalles; y más si la que he adorado se dignase de mis dones. BELTRÁN: ¿Aún te duran tus pasiones? JUAN: Ardo más, más desdeñado. BELTRÁN: Éste es el duque.
Salen el DUQUE y don MENDO, de noche
DUQUE: ¡Don Juan! JUAN: Déme los pies vueselencia. DUQUE: Ya acusaba vuestra ausencia. JUAN: Si don Mendo de Guzmán, Apolo de discreción, acompañándoos está, señor, ¿qué falta os hará el que en su comparación luz de una estrella no envía? MENDO: Merced recibo de vos. DUQUE: La amistad de entre los dos extraña la cortesía. JUAN: Decidme, pues, el intento con que hemos sido llamados. MENDO: Aquí tenéis dos crïados. DUQUE: Dadme, pues, oído atento. Hombre que a la corte viene recién heredado y mozo --pájaro que estrena el viento nave que se arroja al golfo-- que a los ojos de su rey y a los populares ojos, ni debe mostrar flaqueza ni puede esconder el rostro, ha de regir sus acciones por los expertos pilotos, obligados, por parientes; por amigos, cuidadosos con esta ley os obligo, y con esta fe os escojo capitanes veteranos de este soldado bisoño. Acompañadme los dos, advertidme lo que ignoro, decidme el nombre, el estado y la calidad de todos; y en lo de las cortesías principal cuidado os pongo, advirtiendo que con nadie pretendo pecar de corto; que el señor siempre es señor, como Apolo siempre Apolo, aunque en lugares indignos entren sus rayos hermosos. Lengua honrosa, noble pecho, fácil gorra, humano rostro, son voluntarias Argeles de la libertad de todos. Enseñadme los bajíos en que tocar suelen otros; cuál es Acates fiel, y cuál Sinón cauteloso; Ya del dulce lisonjero el veneno en vaso de oro, ya la canora sirena, porque me defienda sordo. Al fin, los dos sois el hilo; la corte, el cretense monstro. Por mi corren mis aciertos, y mis yerros por vosotros. MENDO: Yo confieso que es muy débil para ese cielo este polo; mas suplirán mis deseos el defecto de mis hombros. JUAN: De no ser un Quinto Fabio hoy con mi suerte me enojo; mas el que soy, obediente a serviros me dispongo. DUQUE: Con eso, en nombre de Dios, seguro a la mar me arrojo. Vamos andando las calles mientras pregunto y me informo. MENDO: Ésta es la calle Mayor. JUAN: Las Indias de nuestro polo. MENDO: Si hay Indias de empobrecer, yo también Indias la nombro. JUAN: Es gran tercera de gustos. MENDO: Y gran cosaria de tontos. JUAN: Aquí compran las mujeres. MENDO: Y nos venden a nosotros. DUQUE: ¿Quién habita en estas casas? JUAN: Don Lope de Lara, un mozo muy rico, pero más noble. MENDO: Y menos noble que tonto.
Hacen dentro ruido de bailar
DUQUE: Tened, que bailan allí. JUAN: San Juan es fiesta, de todos. MENDO: Yo aseguro que van éstos más alegres que devotos. DUQUE: ¿Quién vive aquí? JUAN: Una viuda, muy honrada y de buen rostro. MENDO: Casta es la que no es rogada; alegres tiene los ojos. BELTRÁN: (¡Bien haya tan buena lengua¡ Aparte ¡Vive Cristo, que es un Momo!) JUAN: Esta imagen puso aquí un extranjero devoto. MENDO: Y, entre aquestas devociones, no le sabe mal un logro. JUAN: Un regidor de esta villa hizo este hospital famoso. MENDO: Y primero hizo los pobres. BELTRÁN: (Por Dios, que lo arrasa todo.) Aparte
Salen doña ANA y CELIA a la ventana
ANA: Hoy hace, Celia, tres años que mi esposo, con sus días, dió fin a mis alegrías y dió principio a mis daños. CELIA: Si de Alcalá te veniste sólo a gozar la alegría que Madrid hace este día, ¿por qué quieres estar triste? ¿Por qué con esta memoria tan injusta guerra mueves contra el contento que debes a noche de tanta gloria? Ya que tu luto funesto te impide salir de casa hoy, que los limites pasa el estado más honesto, y estar quieres encerrada noche que el uso permite que los altares visite la doncella más honrada; con quien pasa, tus enojos divierte, señora mía, y niegue esta celosía lo que conceden tus ojos. Las doce han dado, señora. Oye del segundo esposo el pronóstico dichoso. ANA: A don Mendo el alma adora. MENDO: Don Juan de Mendoza... ANA: ¡Ay, Dios! ¿Don Mendo no es el que habló? CELIA: Sí, mas a don Juan nombró. ANA: ¿Quién duda que de los dos es don Mendo de Guzmán pronóstico para mí? Pues antes su voz oí que no el nombre de don Juan. CELIA: Mas ¿qué fuera que ordenara el destino soberano que tu blanca hermosa mano para don Juan se guardara? ANA: Calla, necia. ¿Quién pensó tan notable desatino? ¿Qué importará que el destino quiera, si no quiero yo? Del cielo es la inclinación: el sí o el no todo es mío; que el hado en el albedrío no tiene jurisdición. ¿Cómo puedo yo querer hombre cuya cara y talle me enfada sólo en miralle? CELIA: El amor lo puede hacer. ANA: Sólo quitará el morirme, Celia, a don Mendo mi mano; que está el plazo muy cercano y mi voluntad muy firme. DUQUE: ¿Cúyos son estos balcones? JUAN: De doña Ana de Contreras. El sol, por sus vidrieras, suele abrasar corazones. ANA: Escucha, que hablan de mí. DUQUE: ¿Es la viuda de Siqueo? JUAN: La misma. DUQUE: Verla deseo. MENDO: Pues agora no está aquí. (Ni yo en mí, que estoy sin ella.) Aparte DUQUE: ¿Dónde fué? MENDO: Velando está a San Diego en Alcalá. DUQUE: La fama dice que es bella. JUAN: Pues por imposible siento que en algo la haya igualado el dibujo que ha formado la fama en tu pensamiento; que en belleza y bizarría, en virtud y discreción, vence a la imaginación, si vence a la noche el día. MENDO: (¡Plega a Dios que esta alabanza Aparte no engendre en el Duque amor, que con tal competidor mal vivirá mi esperanza. Yo quiero decir mal de ella por quitar la fuerza al fuego.) Ciego sois, o Yo soy ciego, o la viuda no es tan bella. Ella tiene el cerca feo, si el lejos os ha agradado; que yo estoy desengañado, porque en su casa la veo. DUQUE: ¿Visitáisla? MENDO: Por pariente, alguna vez la visito; que si no, fuera delito, según es impertinente. ANA: (¡Ha, traidor!) Aparte MENDO: Si el labio mueve su mediano entendimiento, helado queda su aliento entre palabras de nieve.
BELTRÁN habla aparte con don JUAN
BELTRÁN: ¡Ya escampa! JUAN: ¿Que trate así un caballero a quien ama? BELTRÁN: Esto dice de su dama. ¡Mira qué dirá de ti! MENDO: Pues la edad no sufre engaños, aunque la tez resplandece.
Hablan aparte doña ANA y CELIA
ANA: ¡Ah, falso! ¿Qué te parece? Aun no perdona mis años. MENDO: Mil botes son el Jordán con que se remoja y lava.
Hablan aparte el DUQUE y don MENDO
DUQUE: Pues ¿cómo don Juan la alaba? MENDO: Para entre los dos, don Juan es un buen hombre; y si digo que tiene poco de sabio, puedo, sin hacerle agravio. Vuestro deudo es y mi amigo; mas esto no es murmurar. JUAN: ¡Que queráis poner defeto en tan hermoso sujeto! MENDO: En la rosa suele estar oculta la aguda espina. JUAN: Ellos son gustos, y al mío, o del todo desvarío, o esta mujer es divina. MENDO: Poco sabéis de mujeres. JUAN: Veréisla, duque, algún día, y acabará esta porfía de encontrados pareceres. MENDO: (Don Juan me quiere matar, Aparte y aquello mismo que he hecho para sosegar el pecho del duque, me ha de dañar.) CELIA: ¿Qué te parece? ANA: Estoy loca. CELIA: ¿A este hombre tienes amor? ANA: El pecho abrasa el furor. Fuego arrojo por la boca. ¿Posible es que tal oí? Vil, ¿a quien te quiere infamas ¿Así tratas a quien amas? CELIA: No ama quien habla así. Él te engaña. ANA: Claro está. Di que me traigan un coche. Volvamos, Celia, esta noche a amanecer a Alcalá, que lo que agora escuché, castigo del cielo ha sido por haber interrumpido las novenas que empecé. CELIA: Antes este desengaño le debes a esta venida. ANA: Si con él pierdo la vida, mejor me estaba el engaño.
Vanse doña ANA y CELIA. Hacen dentro ruido de cuchilladas
MENDO: Allí suenan cuchilladas. DUQUE: Estas damas, de mi voto, sigamos.
Vase el DUQUE
MENDO: Es más devoto de mujeres que de espadas.
Vase don MENDO
JUAN: Y así al más amigo abona; para que advertido estés. BELTRÁN: Su lengua, en efeto, es la que a nadie no perdona.
Vanse don JUAN y BELTRÁN

FIN DEL PRIMER ACTO

Las paredes oyen, Jornada II


Texto electrónico por Vern G. Williamsen y J T Abraham
Formateo adicional por Matthew D. Stroud
 

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Actualización más reciente: 24 Jun 2002