JORNADA SEGUNDA


 
Música y acompañamiento de universidad. Detrás de todos SIXTO, de fraile francísco, con bonete en la cabeza, con borla blanca, y a su lado RODULFO, caballero muy galán
RODULFO: Gocéis el honroso estado, padre, que Fermo os ofrce pues el grado que os ha dado da muestras que lo merece vuestro ingenio en sumo grado. Goce vuestra religión la dicha que con razón vuestro nombre pronostica, fray Félix, pues queda rica por vos su congregación. Goce vuestra habildad Fermo, aunque viviendo vos ha de haber dificultad en distinguír de los dos cuál es la universidad; pues si se encierran en ella todas las ciencias, vencella merece vuestra fortuna, pues no hay facultad alguna que no os iguale con ella. Y así en esa borla fundo vuestro ingenio sin segundo, pues os la da el cielo franco blanca, por ser vos el blanco de las ciencias en el mundo. Padre, el cardenal, mi tío, vuestra habilidad conoce, pío en nombre, en obras pío; y para que el mundo os goce, que dirá de vos confío, al Papa, para que pueda apoyar vuestra ventura. SIXTO: Si á tan buena sombra queda mi humilde suerte segura, ¿qué envidía habrá qure la exceda? Yo soy hijo de un villano; pero ya nuevo ser gano, pues si tan bajo me halláis, ya los dos me levantáis, pues los dos me dais la mano. RODULFO: Andad, padre, y descansad, que yo os prometo de hacer que ensalce Su Santidad vuestro humilde y pobre ser y honre vuestra habilidad. Aquéste es vuestro convento. La universidad podrá volverse. SIXTO: (Buen fundamento Aparte el cielo á mi dicha da. No desmayéis, pensamiento.)
Vanse todos. Salen PERETO, SABINA y CAMILA, y detienen a SIXTO
PERETO: Félix, hijo. SABINA: Con la prisa que se va, hermano... SIXTO: ¿Qué es esto? Mi padre y tu voz me avisa. SABINA: La caperuza le han puesto del cura. CAMILA: ¡Linda divisa! SIXTO: ¿Qué nuevo aliento, amado padre mío, os trae a Fermo, vos que de la cama apenas a la iglesia el cuerpo frío podíades mover? PERETO: Hijo, quien ama remoza su vejez y cobra brío; que amor, con ser tan viejo, no se llama sino niño, que al viejo vuelve mozo; si viejo soy, con verte me remozo. Dijéronme en Montalto que este día te honraba esta ciudad con un bonete y una borla que blanca te ponía tu orden porque Italia te respete; y como la honra tuya es honra mía, el gozo me animó que me promete tu vida deseada. Al fin a Fermo me he atrevido a venir viejo y enfermo. Hoy es miércoles, hijo, y hoy has sido con esa nueva dignidad honrado; en este día sólo hemos tenido las venturas que el cielo nos ha dado; en miércoles te vió Italia nacido, en miércoles te vimos bautizado, en miércoles ese hábito tomaste, y hoy que es miércoles, Félix, te graduaste. En miércoles, en fin, mi fraile, espero que has de honrar nuestro rústico linaje. SIXTO: Si la Fortuna, padre, como os quiero me ayuda, aunque la envidia más me ultraje, Italia os la tendrá. SABINA: No os considero muy grave fraile; como en ese traje estáis, ya no hacéis caso de Sabina. A fe que estoy enojada. CAMILA: Y yo mohina. SIXTO: ¡Ay, compañera en mis estudios! Sabe el cielo que eres de mis gustos vida. CAMILA: Ya no hacéis caso de nadie; estáis muy grave. SIXTO: Jamás lo que te quiero se me olvida, Camila amada. Porque no hay quien lave la ropa en el convento, ya sabida vuestra pobreza, si gustáis quisiera que fuéredes desde hoy su lavandera. Seis reales os darán cada semana y de comer, que así lo ha prometido el padre guardián. Venid mañana por la ropa. CAMILA: En buen hora. SIXTO: Y lo que os pido es que, ayudándoos tú querida hermana, regaléis nuestro padre. PERETO: Siempre he sido en esto venturoso. SIXTO: Y dad contento con vuestro buen servicio a este convento; haced la ropa limpia y olorosa. CAMILA: Más blanca ha de venir que la cuajada, y de las hojas del poleo, la rosa y trébol llena. SIXTO: Sed muy aseada. SABINA: No hay labradora sucia ni asquerosa; y más Camila, que es leche colada. CAMILA: Ya es hora que nos vamos, que anochece. PERETO: ¡Qué corta aquesta tarde me parece! SIXTO: Padre, adiós. PERETO: Él te vuelva brevemente a mis ojos. SIXTO: Sí hará. Dadme esa mano.
De rodillas
PERETO: Eres de misa; ya no lo consiente tu dignidad. SIXTO: Si el trono soberano de Roma coronara aquesta frente con la tïara del pastor romano, me levantara de su sacra silla y os la besara hincada la rodilla. Adiós, Camila; adiós, Sabina amada; id con Dios.
Abrázalos
SABINA: Aun no habemos vendido nuestra leña. SIXTO: Iréis de camarada, padre, con los serranos que han venido al mercado. CAMILA: No hayáis temor de nada, que hartos irán con él. SIXTO: Padre querido, mirad que no caigáis. SABINA: Que no hará, hermano. SIXTO: ¿Anda bien el jumento? SABINA: Bien y llano.
Vanse todos. Salen RODULFO y el maestro ABOSTRA, fraile franciscano
RODULFO: El cardenal, mi señor, como en su aumento se emplea, ver a fray Félix desea del papa predicador. ABOSTRA: Vuestro tío el cardenal, señor Rodulfo, se inclina a una persona muy dina, sabia, noble y principal. ¿Para semejantes puestos como el púlpito romano es bien honrar a un villano, y dejar tales supuestos como hay en mi religión? RODULFO: Fray Félix es noble y grave; Italia y el mundo sabe las letras y erudición de fray Félix. ABOSTRA: Las ovejas que ayer le vimos guardar le deben calificar. RODULFO: A pesar de vuestras quejas, padre, su virtud apruebo, que aunque la nobleza pueda ilustrar a quien la hereda, al que la gana de nuevo ensalza el mundo y alaba; pues porque más se aventaje, comienza en él su linaje, y en otros el suyo acaba. Mas, pues traigo comisión del cardenal, quiero dar hoy a la envidia lugar que deshace su opinión. ¿Qué sujetos hay aquí que al papa predicar puedan? ABOSTRA: Muchos que en la sangre heredan letras y virtud; que en mí no hay envidia, mas deseo de ver premiar nobles canas, y en ellas doctrinas sanas, y no en un mozo. RODULFO: Ya lo veo. ABOSTRA: Doce son los que contiene este papel. Cada cual fama, experiencia y caudal para aquese cargo tiene. Ya Roma sabe quien es el maestro Tolentino. El predicador divino tuvo por nombre después que con aplauso notable le oyó la curia romana. Rainaro ya es cosa llana que es un púlpito admirable. Pues fray Marcos de Espoleto tras sí se ha llevado el mundo; el Pablo, llaman, segundo al elegante Cursieto. Florencia dijo por él este Adviento, al capuchino, el celebrado Antonino se llamaba Cademiel; y yo, que soy el menor, no ha un mes que en la sacra curia... RODULFO: Basta. A nadie se hará injuria. Echar suertes es mejor, que pues tan iguales son, para juzgar como a sabio no quiero hacer a once agravio por honrar á uno. ABOSTRA: Es razón ésa muy justa. Ya están todos dentro.
Sacan una urna de plata, y meten las cédulas
RODULFO: El que saliere primero, ése se prefiere a todos; y aunque les dan en los sermones la fama, nadie, padre, me parece que entrar en suerte merece como fray Félix; mas ama mucho las escuelas, lea agora, aunque no predique al papa, y Fermo publique lo que en él el cielo emplea. ABOSTRA: Guíe el cielo soberano mis dedos donde el deseo pretende, que ahora veo mi bien y mal en la mano. La primera que he topado saco. RODULFO: Desdobladla, pues. ABOSTRA: ¡Válgame el cielo! RODULFO: ¿Quién es? ABOSTRA: Fray Félix. Mas si no ha entrado en suertes ¿cómo ha salido? RODULFO: Dale su virtud favor; pero alguno por error la debe de haber metido con los demás. ABOSTRA: ¿Qué es aquesto, cielos? ¡Que hasta un villano me haga punta! RODULFO: Salió en vano. Aunque es tan gran supuesto, no ha de ir fray Félix a Roma. Rasgadla, y volved a sacar otra. ABOSTRA: ¡Queraísme ayudar, cielos, que si una vez toma mi dicha la posesión del púlpito sacro, presto gozaré el supremo puesto de la de mi religión.
Sacan otra
Por lo menos no será de fray Félix ésta. RODULFO: Aquí dice, "fray Félix." ABOSTRA: ¡Que ansí muerte mi envidia me da! No debe de haber otro nombre dentro de este vaso. RODULFO: Vos las escribisteis. ABOSTRA: ¡Que Dios me atormente con este hombre! RODULFO: Pues dos veces ha salido sin que en suertes haya entrado, y el cielo le ha señalado, él debe de ser servido que de aqueste cargo goce. Padre, haced que venga aquí. ABOSTRA: ¡Que dos veces salga así este villano entre doce! RODULFO: ¡Gran cosa! ABOSTRA: ¡Que por tan ruín hombre, mis penas me inquieten! RODULFO: Estos principios prometen grande honra, dichoso fin. No le llamen, que yo quiero darle el cargo y parabién. ABOSTRA: (Y a mí eL pésame me den. Aparte Mas pues de envidia me muero, y se celebra en Florencia capítulo general, si soy del orden claustral general, la competencia me pagará--¡vive el cielo!-- y que tengo de envialle a que ande de valle en valle guardando cabras.) RODULFO: Recelo que estáis envidioso. ABOSTRA: ¿Yo? De mi pecho juzgáis mal. (Salga una vez general, Aparte que ya la memoria halló traza con que me vengar. La opinión ha de perder que tiene el villano, y ser pastor.) RODULFO: Vamos. ABOSTRA: (¡Oh, pesar!) Aparte
Vanse todos. Salen SABINA y CAMILA
CAMILA: Adelante, hermana, pasa con tu cuento y con tu amor, mientras nos pagan la leña que hemos vendido las dos, que me parecen consejas las que cuentas; y si son verdades, pardiez, Sabina, que es tu dicha la mayor. SABINA: Es el escolar garrido más que cuando sale el sol entre nubes a quien borda su dorado resplandor. Cada día en el mercado me aguardaba, como hoy; que amor diz que aguarda al vuelo como astuto cazador. Comprábame los despojos que muesa tierra nos dio, ya el lino, ya las pajuelas, ya la miel, ya el requesón. Y si va a decir verdad, en viéndole, el corazón me bailaba dentro el pecho; no sé yo quién le hacía son. Llevé dos cargas de leña uña vez, y el niño Dios como vio leña, y es fuego, echando chispas saltó, más, que es cosa, y cosa hermana, que en la leña no emprendió, sino en el alma, do vive convirtiéndola en carbón. Dijome el escolarejo tantas cosas, que al sabor de sus melosas palabras la libertad me robó. En fin, le dije mi nombre, pueblo, tierra y afición; que amor, mudo en los principios, da, a la postre, en hablador. Proetió de ir a verme en traje de cazador otro dia a muesa tierra. ¡Ay, Dios! ¡Qué bien lo cumplió! Los peñascos son testigos, sus robles testigos son de sus palabras, mis yerros el oro de Amor doró. Diome palabra de ser mi esposo, aunque urdiese Amor entre su seda mi estambre, que siempre ha sido urdidor. Quedé, mi Camila, dueña, pero no dueña de honor mientras Césaro no cumpla la palabra que me dio. Tres años ha que viniendo a Fermo, como a señor, le paga mi amor tributo; suya ha tres años que soy; esta casa de placer, quinta o tercera es de Amor. ¿A dónde no pone en quintas este ciego enredador? Pero lo que más me aflige es, mi Camila, que estoy como hüevo de dos yemas, porque aquí me bullen dos; levántaseme a mayores el brïal, y de mi error descubro el fruto que quise gozar solamente en flor. ¿Qué me aconsejas? CAMILA: No sé; parirlo, que es lo mejor. Tu liviandad me ha enojado, tu amor me da compasión. Ello es hecho, no hay remedio, el tiempo descubridor nos dirá lo que has de hacer. Finje que es opilación, no lo sepa mueso padre. SABINA: Mi esposo viene. CAMILA: ¡Ah, traidor rapaz, descubre secretos! ¡Huego en quién se cree de vos!
Sale CÉSARO
CÉSARO: ¡Labradora de mis ojos! SABINA. ¡Cortesano de mi vida! CÉSARO: Ya la pena se me olvida que por ti me daba enojos. Dame esos brazos. SABINA: Y en ellos el alma. CAMILA: ¡Verá del modo que están! CÉSARO: Mi bien es todo. CAMILA: ¡Eso sí; apretáos los cuellos! ¡Arrulláos; qué palominos sois los dos! CÉSARO: ¿Esta serrana quién es? SABINA: Camila, mi hermana. Ya sabe mis desatinos, abrázala. CAMILA: ¿A quién? ¿A mí? mas no, nada. Hacéos a un lado. CÉSARO: Abrazadme por cuñado. CAMILA: Por cuñado, aqueso sí. ¡Qué buena cara que tien! No he visto ojos más garridos. Andáos a escoger maridos, Sabina, que lo hacéis bien. CÉSARO: ¿Queréis vos uno? CAMILA: ¿Qué manda? Nació en las malvas mi gesto. CÉSARO: Que os casaréis; será presto la boda. CAMILA: Ya se me anda. CÉSARO: Pues, Camila, yo me encargo de casaros, y os prometo marido rico y discreto. Abrazadme. CAMILA: Es cuento largo. CÉSARO: Tomad aquesta sortija y los brazos.
Abrázala
CAMILA: Lo que os pido es aquello del marido. ¡Ao verá cuál me embracija! SABINA: Sabed, Césaro, que estó mala. CÉSARO: ¡Cómo! SABINA: El otro día... Díselo tú, hermana mía, que tengo vergüenza yo. CÉSARO: ¿Qué tenéis, esposa amada? CAMILA: ¿Qué diabros ha de tener? Tentad y echaréis de ver que tien la tripa hinchada. CÉSARO: ¿Eso me dices ansí sin albricias? CAMILA: Yo os las pido. CÉSARO: ¿Qué albricias? CAMILA: Las del marido. CÉSARO: ¡Hay tal ventura! SABINA: ¡Ay, de mí! que, si mi padre lo sabe, temo que me ha de matar. CÉSARO: Dejad, mi bien, de llorar, que en el peligro más grave socorre el cielo mejor. Aquí, con gloria distinta, ha de ser Chipre esta quinta, y vos, Venus, que al Amor ha de parir. Al mercado acostumbráis cada día venir; cuando, esposa mía, llegue el tiempo deseado, aquí, serrana querida, daréis el fruto que espero. La mujer del jardinero, que también está parida, cuidará de tu regalo. Mi padre es viejo y enfermo, y presto te ha de ver Fermo, si a mi amor mi dicha igualo en diversa vida y traje. Sed agora labradora, que así mi amor os adora. Sólo Castro y un paje saben nuestro amor; mi bien, no lloréis. CAMILA: Alto de aquí. CÉSARO: ¿Es hora, Camila? CAMILA: Sí, que es tarde. Sabina, ven, que hueles a caballera, y vo envdiosa un poquillo. Yo no huelo sino a tomillo y cantueso. SABINA: No quisiera partirme de aquí en mi vida; pero ya es de noche. Adiós, que acá me quedo con vos. CAMILA: Espera hoy la despedida. CÉSARO: Camila, el cielo os me guarde. CAMILA: Ao, no pongais en olvido... CÉSARO: ¿Qué? CAMILA: Bueno, lo del marido. CÉSARO: No hayáis miedo. CAMILA: Ven que es tarde.
Vanse las dos. Sale el príncipe FABRIANO, POMPEYO y DECIO
FABRIANO: Debe a su santidad la casa Ursina mil mercedes, y yo principalmente por la afición que a mi favor le inclina. CÉSARO: Señor ¿qué es esto? FABRIANO: Hoy, hijo, dale al cielo mil gracias en albricias de que toma a su cargo tu aumento mi consuelo. ............................ .............................. Cardenal eres, Césaro, de Roma. CÉSARO: ¿Yo? FABRIANO: Sí; la beatitud de Pio Quinto, santo en la dignidad como en las obras, la púrpura te da con que en distinto y en diferente estado te prefieres a tu hermano mayor en honra y fama. Cardenal te ha crïado, y ya lo eres, CÉSARO: (¡Ay, de mí!) Aparte FABRIANO: La familia y casa Ursina honra su santidad con gran cuidado. CÉSARO: (¡Ay, mi serrana hermosa! ¡ay, mi Sabina! Aparte ¿Qué estorbos de tu amor son los que escucho? Mas, ¿qué estorbos quien ama no atropella? Quien quiere mucho menosprecia mucho. Perdóneme la púrpura romana, la dignidad suprema y su capelo, que mi sayal estimo y no su grana.) FABRIANO: Paréceme que te has entristecido de lo que era razón que te alegrases. ¿No me respondes? ¿Tú el color perdido? CÉSARO: No te espantes, señor; mudo he quedado cuando me ofreces el honroso oficio del cargo sacro que gozar no puedo. FABRIANO: ¡Cómo que no puedes! ¿Quién te inhabilita, que no puedes gozarle? CÉSARO: Estoy casado. FABRIANO: ¿Casado? ¡Loco! mi paciencia irrita a justo enojo. ¡Ah, desdichado viejo! ................................. CÉSARO: No aguarda Amor licencia ni consejo. FABRIANO: ¿Quién es tu infame esposa? CÉSARO: No es infame la esposa de tu hijo, ni agora puedo declararte quién es. FABRIANO: ¡Que no derrame tu sangre vil! ¿Quién es, Decio, responde, esa mujer? DECIO: Tan ignorante en eso estoy, que no sé quién, cómo, ni adónde. No privo yo tanto que me cuenta de sua amores; otros pajes tiene, ellos te lo dirán. FABRIANO: ¿Hay tal afrenta? ¿Pareceráte bien que vuelva a Roma el capelo que el papa te ha envïado, cuando con tanto amor tus cosas toma? CÉSARO: Sobrinos tienes, deudos y parientes; pide para uno de ellos el capelo, que en mí hallarás un mar de inconvenientes. FABRIANO: ¿Quién es esa mujer? CÉSARO: No he de decillo. FABRIANO: Ponelde en el castillo de Fabriano, veremos si lo dice en el castillo. De guarda estén cien hombres. CÉSARO: Aunque aplican prisiones, poco importa, que en la ausencia las almas, con amor, se comunican. FABRIANO: Llevalde. CÉSARO: (Todo por Sabina es poco.)Aparte
Llevan a CÉSARO
FABRIANO: No saldrás en tu vida; tu verdugo seré en lugar de padre, infame loco. Decio, tú sabes esto. DECIO: Ruego al cielo, señor, si sé tal cosa. FABRIANO: ¡Hola! traedme aquí un verdugo. DECIO: De tu inclemencia apelo. FABRIANO: Sacad un potro aquí. DECIO: Dómele otro. No le saquen, senor, que aunque estudiante, no quiero que me den el grado en potro. La verdad cantaré, yo seré gallo. FABRIANO: Acaba, pues. DECIO: Estése el potro dentro, que no sé andar en potro ni a caballo. Césaro habrá tres años que, perdido por una serraneja de Montalto, le dió palabra y mano de marido. Tan pobre es, que su hermana es lavandera de los frailes franciscos que aquí habitan, y Césaro la adora de manera que, sin mirar que es hija de un villano, el más humilde y pobre de esta sierra, la jura hacer princesa de Fabriano. Cada mercado viene aquí cargada de baratijas, y cargada vuelve, porque pienso, señor, que está preñada. Aquesto es lo que sé, que no hay secreto que el relincho de un potro no descubra. Ella, en fin, es Sabina y él Pereto. FABRIANO: No ha de quedar en todo el vil Montalto casa, pajiza, encina, piedra o roble que el fuego y mi venganza no dé asalto. Yo en persona he de hacer esta venganza. ¿De una villana Césaro marido? No logrará su vana esperanza. DECIO: Canté por Dios. Un potro el arpa ha sido.
Vanse todos. Salen ASCANIO Colona y MARCELO, de camino
ASCANIO: ¡Y a qué vais, señor, a Roma? MARCELO: A su santidad me envía Venecia y su señoría; que el ver cuán a pechos toma esta santa guerra y liga, ha obligado su tesoro, con una tïara de oro y piedras con que bendiga el estandarte, le ofrece. ASCANIO: La potencia veneciana de liberal y cristiana el primer nombre merece. MARCELO: A sesenta mil ducados ha llegado. ASCANIO: ¡Hermosa pieza; y digna de la cabeza de un Pío Quinto! MARCELO: Convocados los generales están, de aquesta liga, el romano por la iglesia, el veneciano y el fénix de Austria don Juan, hijo del flamenco Marte y cabeza de la liga. Quieren que el papa bendiga el católico estandarte, donde las armas han puesto de la iglesia soberana, del rey, y la veneciana señoría, y para esto me envían con la tïara que os he dicho. ASCANIO: De ese modo vamos juntos, que yo y todo voy a Roma, y me pesara no hallarme en esta ocasión en ella, porque es mi tío el capitán a quien Pío da de la iglesia el bastón. Hame impetrado un capelo del Papa. MARCELO: Y en vos está ASCANIO: bien empleado. MARCELO: Será para serviros.
Sale SIXTO
SIXTO: ¡Que el cielo, cuando más honra me trata en la vulgar opinión, por la vil persecución de la envidia así me abata! Huyendo de su malicia vengo al sacro tribunal del jüez pontifical, que sólo de su justicia espero lo que me niega la envidia en mi religión. Mas, válgame Dios, ¿quién son aquestos? MARCELO: Un fraile llega de camino y a pie? ASCANIO: Padre, ¿adónde solo y a pie? SIXTO: Adonde el cielo me dé defensa. A Roma, que es madre de perseguidos. ASCANIO: ¿Qué veo? no sois vos fray Félix? SIXTO: Félix fui, ya soy infelix, señor Ascanio. ASCANIO: El deseo de veros se me ha cumplido; mas no de veros ansí. Veis, señor Marcelo, aquí el que a Italia ha enriquecido de letras, el que en el mundo coluna de ciencias fuera cual la de Set, si viniera otro diluvio segundo. Es éste el fray Félix Pereto. MARCELO: ¿El de Montalto? ASCANIO: El que asombra. MARCELO: El monstruo, Italia, le nombra de letras. ASCANIO: Esto, os prometo. MARCELO: ¿Pues cómo venís ansí, honra de nuestra nación? SIXTO: Háceme contradicción la envidia, por ver en mí humildad en el linaje, letras en la juventud, premio y honra en la virtud, y llaneza en el lenguaje. Hanme hecho predicador del papa, y llévalo mal, señores, mi general. Huyo en fin de su rigor, porque ha mandado prenderme, y por desacreditarme, al papa envía a acusarme, y yo, queriendo valerme de mi justicia, he venido huyendo hasta la montaña. MARCELO: ¡Oh, bien gobernada España donde la observancia ha sido la que, echando a la claustral tiene en ella firme asiento! Sabe el cielo lo que siento que os trate vuestra orden mal; pero no fuera señor José de Egipto y su tierra a no hacerle tanta guerra la envidia. Mostrad valor, que a Roma vamos los dos, y con nosotros podéis ir seguro, si queréis. SIXTO: Págueos tanta merced Dios. ASCANIO: Ya el papa tendrá noticia de quien sois; pero, si fuere necesario y os pidiere cuenta de vuestra justicia, yo os abonaré. SIXTO: De mí voy satisfecho, señor; no he menester protector, mi inocencia hable por mí. ASCANIO: Ya yo sé que la tenéis en toda Italia abonada.
Sale JULIO, criado
JULIO: La cena está aderezada. MARCELO: Venid y descansaréis; que luego caminaremos. ASCANIO: Vamos, veréis la tïara. SIXTO: Virtud, tu valor me ampara, por más que andes por extremos.
Éntranse, sino es JULIO, que saca una tiara
JULIO: ¡Oh, hética inagotable de la codicia de Midas! Oro gastan tus comidas, tu sed bebe oro potable. De oro vistes tu avarircia, de oro buscas tu amistad y oro ha puesto mi lealtad en tus manos, vil codicia. La tiara que Venecia ha entregado a mi señor para el romano pastor, hurtó mi codicia necia. Con sesenta mil ducados que valéis, ¿qué lealtad podrá con seguridad librar de vos sus cuidados? Entre estas piedras que son las más ocultas os dejo escordida, y yo me alejo; con vos queda el corazón. Quiero volver donde pueda no dar sospecha, y después que en vano busquen quien es el ladrón que en vos se queda, tornaré, que aunque es vileza, esta no la puede haber como el haber menester, pues siempre es vil la pobreza.
Escóndela entre unas piedras y vase. Sale SIXTO
SIXTO: Mientras duerme quien me ampara, montañas, cuya aspereza tengo por naturaleza, oid en lo que repara del mundo la suerte avara; porque entre el tosco sayal nace la invidia mortal y me causa esta inquietud; que hasta la misma virtud quieren que sea principal. ¿Qué diferencia el cielo hace, --decid, encinas y robles-- entre villanos y nobles, que tanto los satisface? Llorando uno y otro nace y con las mismas señales, cayados y cetros reales, lloran también al salir; que en el nacer y morir unos y otros son iguales. No abate al roble la palma por ser sus frutos mejores, que las dotes que hay mayores son sólo dotes del alma. Con ellos mi dicha calma, por faltarme los pequeños, de quienes son otros dueños. Penas, razón de esto os pido; dádmela, aunque esté dormido, si puede haberla entre sueños.
Duérmese sobre las peñas donde está escondida la tiara. Aparécele Roma en lo alto con unas llaves en la una mano, y en la otra una espada desnuda
ROMA: Félix, ¿qué descuido es ése? Tiempo es de velar, despierta; que el que ha de ser mi pastor no es bien que descanse y duerma.
SIXTO habla entre sueños
SIXTO: ¿Quién eres, doncella hermosa, que tus palabras me inquietan el alma? ROMA: Roma, del mundo y de la iglesia cabeza. SIXTO: ¿Pues qué me quieres? ROMA: Armarte, para que en los hombros tengas la carga honrosa y pesada de la militante iglesia. El Santo Papa Pío Quinto, en cuyo favor esperan Austria y España en Lepanto vencer las lunas turquescas, con un capelo te aguarda; y después que las ovejas del católico rebaño seis años rija, y suceda en su santidad y silla Gregorio, de fama eterna, para consagrar tus sienes mis tres coronas te esperan por un lustro con que ilustres a Italia, que está en tinieblas. No te vencerá la envidia de tus émulos, ni temas sus vanas persecuciones, pues porque mejor las venzas dos llaves te ofrece el cielo; pero, porque las poseas en seguridad, te da aquesta espada con ellas. Crüel te llamará el vulgo, pero, a pesar de sus lenguas, advierte que no se alcanza a veces la paz sin guerra; usa, Félix, el rigor que esta espada blanca muestra, y gozarás de estas llaves.
Cúbrese Roma. Despierta SIXTO. Queriendo levantarse, saca la tiara en la mano alborutado
SIXTO: Oye, Roma, aguarda, espera; la tïara que me ofreces quiero ver dónde la llevas. Dame, Roma, la tïara. ¡Válgame Dios! ¡Qué quimeras aun durmiendo me persiguen! ¡Cielos! ¿Qué tïara es ésta? ¿Quién durmiendo me la ha puesto? Pero dentro de estas penas cuando desperté la hallé. Si con señales tan ciertas, Roma, no gozo tu silla, nadie en pronósticos crea. ¡Oh, peso de todo el mundo, que, sin saber lo que pesas, tienes tantos deseosos, rica y noble en la apariencia! ¿Qué mucho que peses tanto si te adornan tantas piedras? Y ¿qué mucho que dé de ojos la cabeza que te lleva? ¡Válgame el cielo! ¿Quién pudo ocultar tanta riqueza en estos toscos peñascos? Pero ¿qué voces son éstas?
Salen ASCANIO, MARCELO y JULIO alborotados
MARCELO: Todos los de la posada y el huésped con ellos prendan, que tal insulto merece como es la culpa la pena. ASCANIO: ¿Hay igual atrevimiento? ¡La tïara que Venecia envía al papa, robada! JULIO: (Encubrid mi insulto, peñas.) Aparte MARCELO: ¡Válame el cielo! ¿Qué veo? ¿La tïara no es aquélla la misma? ASCANIO: ¡Jesús! Fray Félix, ¿vos la hurtasteis? No creyera tal cosa jamás. ¡Jesús! MARCELO: No me espanto de que os tengan, padre, en tan mala opinión, pues que vuestras obras muestran las malas inclinaciones que a los de vuestra orden fuerzan a perseguiros ansi. SIXTO: Pues yo... ASCANIO: ¿Aún no tenéis vergüenza de hablar aquí? No hay disculpa. MARCELO: Vaya a Roma, porque en ella se castigue este delito como merece. ASCANIO: ¿A bajeza, se inclina un hombre cual vos, semejante? Mal se emplean las letras que os dan tal fama. JULIO: (De mis desgracias las medias Aparte ahorro, ya que perdí, por mi poca diligencia, tal joya, pues mi codicia con mi infamia está encubierta.) ASCANIO: Por lo bien que os he querido, padre, y por la reverencia del hábito que traéis, de quien dais tan mala cuenta, haré que no os lleven preso a Roma, que me avergüenza el ver a un fraile ladrón. SIXTO: Escuchad, señor. MARCELO: ¡Que aún lengua tengáis para disculparos de tal! ¡De que a tal bajeza la de su bajo linaje le inclina!
Vanse todo sino es SIXTO
SIXTO: ¡Cielos, paciencia! ¿Qué enredos, qué confusión rendir mi paciencia intenta? Qué borrasca, qué tormenta derriba así mi opinión? ¿Ya me tienen por ladrón, cuando me juzgo por dueño de Roma? ¡Por tan pequeño gusto, afrentas, cielos, tales! Despierto me dais los males, y los bienes cuando sueño. ¡Ay de mí, cómo ha salido el vil pronóstico cierto! Ya experimento despierto lo que me engañó dormido. Las tres coronas han sido aquéstas que mis quimeras creyó gozar verdaderas. ¡Ay, desdichada ambición! ¡De burlas mis dichas son, y mis desdichas de veras!
Salen CHAMOSO, CRENUDO y PERETO, llorando
CRENUDO: Ya el llanto, Pereto, en vano vuestra honrada vejez baña. CHAMOSO: No ha sido, por cierto, hazaña del príncipe Fabriano el quemar la pobre hacienda que el cielo en Montalto os dió; pero ya que os la quemó, dando a su cólera rienda, en mi casa viviréis, y la mía, aunque es escasa, será vuesa. PERETO: No es mi casa quien causa el llanto que veis; que, aunque de ella vivo falto, la vejez que me hace guerra casa debajo la tierra pide, y no sobre Montalto. Mi honra lloro perdida, y a Sabina que la dió a quien tan mal la empleó. SIXTO: ¡Padre! PERETO: ¡Hijo de mi vida! ¿Tú aquí? SIXTO: Y vos dando a los ojos llanto que mis penas fragua. PERETO: ¡Ay, Félix! no basta el agua que derraman mis enojos para que la mancha lave de nuestro honor. SIXTO: ¡Ay de mí! Padre mío, ¿cómo ansí? PERETO: Sabina, tu hermana, sabe el cómo. A Césaro ha dado la joya de más valor que heredó de nuestro honor. Su padre, el príncipe, airado, porque su mujer la llama, dicen que le tiene preso, y en venganza de este exceso que dice ofende su fama, fuego a mi casa pajiza ha puesto, cuyas alhajas por ser los techos de pajas se han convertido en ceniza. Pero no siento esto tanto como mi perdido honor y que quite de este error fruto que aumente mi llanto. Félix [hijo], Sabina está preñada. SIXTO: Eso, sí, Fortuna. Vengan desdichas, que alguna la vida me acabará. ¡Ah, males con que acrisolo mi paciencia! Derribad juntos mi felicidad; que nunca un mal viene solo. Padre, ni el honor perdido, ni la hacienda siento tanto como ese honrado llanto que el alma me ha enternecido. ¡Ay, padre! Quién padeciera cuantas penas puede haber para que del padecer ninguna parte os cupiera! No pequeñas me han cabido. Infamado de ladrón estoy, y mi religión de su gremio me ha expelido. Pero aunque tanta venganza a la envidia doy, no intento, porque crezca el pensamiento, que desmaye la esperanza; que si el cielo solicita contra mí desdichas tales y, con un tropel de males, todos los bienes me quita, sin ellos mi dicha pruebo, que, pues por tan varios modos, Dios me desnuda de todos, es por vestirme de nuevo. Yo voy a Roma; allí tengo al cardenal protector, y de su ayuda y favor mi felicidad prevengo. Entretanto, padre mío, podréis con Chamoso estar; que de nadie oso fïar lo que de su amistad fío. Chamoso por mi respeto mirara, padre, por vos. CHAMOSO: Por cualquiera de los dos, que es muy honrado Pereto. Mas ya que a Roma partís, ¿vais a pie? SIXTO: No tengo en qué, y es fuerza que vaya a pie. CHAMOSO: No haréis, pues eso decís; que os prestaré un cuartago que el miércoles os pondrá dentro en Roma. SIXTO: ¿Quién podrá pagarlo? CHAMOSO: No quiero pago. SIXTO: Dame, mi padre, tu mano. PERETO: Pague tu obediencia el cielo, que con verte me consuelo; mas sin honor todo es vano. SIXTO: Estos trabajos celebran mi nueva felicidad; que la virtud y verdad adelgazan, mas no quiebran.
Vanse todos. Entra EL PAPA Pío Quinto, RODULFO, un FRAILE franciscano y otro. Siéntase EL PAPA
EL PAPA: Ya yo tengo noticia de las partes de aqueste religioso; que fray Félix tiene fama y renombre en varias partes. También la envidia sé que le hace odioso con su orden, y estimole por eso, que siempre es envidiado el virtüoso. Si el general por eso le aborrece y le acusáis vosotros, yo le alabo, que la virtud más perseguida crece. FRAILE 1: Beatísimo padre, en esta carta que nuestro padre general escribe a vuestra santidad hay materia harta para que eche de ver cuán virtüoso es fray Félix al mundo, y su justicia dar ayuda y favor a un sospechoso en la fe. RODULFO: Si no hubiera más sospecha en vuestra acusación que en el hábito, quedara esa malicia satisfecha. EL PAPA: Cosas de fe aun en duda es bien vellas, que aun la fama no más deslustra un hombre. RODULFO: ¡Ah, envidia¡ ¡Qué de honores atropellas! EL PAPA: Vos la leed, que de un ingenio grande se puede sospechar cualquier desgracia. RODULFO: ¡Que a tal maldad la envidia se desmande! Mas aunque más su fuego y rabia atice la verdad vencerá por flaca que ande Ansí la carta, padre santo, dice,
Lee
"El maestro fray Félix Pereto, por católico celoso de nuestra Santa Fe, y el más docto de nuestra Religión, merece que vuestra Santidad le premie en el cargo de Inquisidor de Venecia, que está ahora vacante, y en confirmación de esta verdad lo firmamos yo y los infrascritos por testigos de su abono en esta Universidad de Fermo y Monasterio Claustral de San Francisco, a 26 de octubre de 1550. El maestro Abostra, indigno General de la Orden Claustral de San Francisco-- Fray Ángelo de Monte--Fray Silvestre Espigio."
Muy sorprendido
FRAILE 1: Fray Ángelo, decid, ¿yo he firmado tal cosa? FRAILE 2: ¿Yo en su abono eché mi firma? FRAILE 1: ¿El padre general escribió eso? EL PAPA: ¿Son aquestos los cargos que deponen de fray Félix, decid? Vuestra vergüenza os sirva de castigo por ahora. RODULFO: No quepo de contento. FRAILE 2: ¡Oh, envidia necia! EL PAPA: Inquisidor le nombro de Venecia.
Sale SIXTO
SIXTO: Gracias al cielo, que puedo pisaros, palacios sacros, y en miércoles, que es mi día, venturoso fin aguardo. Pero, ¿estoy en mí? ¿Qué es esto? Inadvertido me he entrado hasta la presencia misma del universal prelado. Pon, santísimo pastor, en mi boca ese pie santo, dos veces por el oficio y por el dueño sagrado. EL PAPA: Levantáos, hijo, ¿quién sois? RODULFO: ¡Cielos! al colmo llegaron las venturas de fray Félix. El que te adora postrado es el que su orden persigue. EL PAPA: A buen tiempo habéis llegado. Huélgome de conoceros; indicios he visto claros de vuestro divino ingenio en vuestro semblante sabio. Vuestro general es muerto. SIXTO: ¡Válgame el cielo! EL PAPA: En vos hallo partes dignas de ocupar fray Félix, tan digno cargo. Por vicario general en lugar suyo os señalo. SIXTO: Son mis fuerzas... EL PAPA: De esto gusto. SIXTO: En tus pies pongo mis labios. FRAILE 1: ¿Qué dice, padre, de aquesto? FRAILE 2: Que hemos muy bien negociado. ¿Quién le dijo que era muerto el general? FRAILE 1: Si es un santo, Dios, padre, se lo habrá dicho. EL PAPA: También, fray Félix, os hago inquisidor de Venecia. SIXTO: Tanto bien... RODULFO: Gocéis mil años el oficio. SIXTO: Todo viene, Rodulfo, por vuestra mano.
A SIXTO
FRAILE 1: Dadnos a besar la vuestra como a súbditos. SIXTO: Los brazos os doy, olvidando, padres, vuestra envidia y mis agravios.
Salen ASCANIO y MARCELO, y sacan en una fuente la tiara
MARCELO: Gran sucesor de San Pedro, el senado veneciano esta tïara os presenta, porque el estandarte santo de la liga bendigáis con ella. EL PAPA: Muestra el Senado de su cristiandad el celo. RODULFO: ¡Gran joya! FRAILE 1: ¡Presente raro! EL PAPA: Mostrad.
Vásela a dar y tropieza, y da la tiara en las manos de SIXTO
SIXTO: ¡Válgaos Dios! Tened, que la que ha de estar en alto de la cabeza del Papa no es razón que caiga abajo. EL PAPA: No hará, fray Félix, que vos la tenéis, y en vuestras manos mi tïara está segura, SIXTO: (¡Válgame Dios! ¡qué presagios Aparte tan grandes mi pecho inquietan!) ASCANIO: Padre, el cielo os da su amparo, y vuelve por la virtud que os da fama y nombre claro. Ya supimos quién hurtó esta tïara y cuán falso fue nuestro loco jüicio. Él queda ya castigado, y a vos perdón os pedimos. SIXTO: Con él os doy estos brazos. (Cielos, dichoso fin tienen Aparte mis rigurosos trabajos; los de mi padre volved en gusto.) EL PAPA: A bendecir vamos el católico estandarte de la liga. En vuestras manos dió, fray Félix, mi tïara; traedla, que os he cobrado tanta afición que he de haceros mucho favor. SIXTO: Tus pies sacros beso mil veces humilde. (Miércoles, siempre me ha dado Aparte en tí el cielo buena suerte.) FRAILE 2: ¡Gran dicha! MARCELO: ¡Suceso extraño!

FIN DE LA SEGUNDA JORNADA

La elección por la virtud, Jornada III


Texto electrónico por Vern G. Williamsen y J T Abraham
Formateo adicional por Matthew D. Stroud
 

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Actualización más reciente: 22 Jun 2002