ACTO TERCERO


Salen doña LUCRECIA y JUANA
LUCRECIA: ¿Dices que Inés te contó que al punto que don Rodrigo, aquel forastero amigo de don Fernando, llegó, puso en doña Ana el cuidado, y ella en él; y que está agora celosa de que me adora, por saber que ha visitado en mi casa? JUANA: Así lo dijo. LUCRECIA: Pues, ¿cómo en ofensa mía don Juan de Lara porfia en servirla? Yo colijo que sus favores alcanza, porque no hay tan nuevo amor, que aliente contra un rigor declarado, la esperanza.
Salen doña ANA e INÉS, con mantos
ANA: Lucrecia amiga. LUCRECIA: Doña Ana, ¿qué es esto? ¡Sin avisar tanto bien! ANA: Quien viene a dar norabuena, es cortesana costumbre que no prevenga. LUCRECIA: ¡Norabuena a mí! ¿De qué? ANA: De que te casas. LUCRECIA: No sé que tanta ventura tenga. ANA: Es público en el lugar, ¿y me lo ocultas a mí? LUCRECIA: Las albricias, si de ti lo sé, vendrás a ganar. ANA: ¡Qué falsa, Lucrecia, estás! JUANA: Inés... LUCRECIA: ¿Y á quien doy la mano, según dicen? ANA: A un indiano. (No quiero decirle más, Aparte por si miente la sospecha; que tal vez pone el Amor el aviso en el error, y en el aviso la flecha.) LUCRECIA: ¿Y sabes cómo se llama, amiga, ese forastero? ANA: Esto solo que refiero cuenta en la corte la fama. LUCRECIA: (Ya la entiendo. Don Rodrigo Aparte es éste, y averiguar sus celos, sin declarar su nombre, quiere conmigo; y pues me los cansa a mí con don Juan, y la Ocasión a mi ofendida afición ofrece el cabello aquí, de uno y otro he de vengarme: de ella, porque no cumplio la palabra que me dio, pues prosigue en agraviarme don Juan; y de él, porque ha sido tan ingrato; y por ventura si el juzgarme tan segura le guarda el sueño a su olvido, despertará su afición, recelando mi mudanza que hay nieve en la confïanza y hay fuego en la emulación.) ANA: Lucrecia, ¿de qué has quedado suspensa? LUCRECIA: Estoylo de ver que hayas llegado a saber, doña Ana, lo que ha tratado mi padre con gran secreto. INÉS: (Bueno es esto.) Aparte ANA: ¿Luego es cierta la fama? LUCRECIA: Sí. ANA: (Yo soy muerta.) Aparte LUCRECIA: (¡Qué mal encubren su efeto los celos! Perdió el color.) Y pues ya se dice, quiero que sepas que el forastero que solicita mi amor y que tiene de mi mano esperanza, es don Rodrigo de Ribera, aquel amigo de don Fernando, tu hermano, que a Madrid con él llegó y a tu casa el mismo día que en ella la pena mía contigo aliviaba yo. INÉS: (¡Hay tal maldad!) Aparte ANA: No me dés más señas. (Rabiando estoy. Aparte fuego en vez de aliento doy, y en mis pensamientos es cada cuidado una furia, una muerte cada intento, un rayo cada tormento, y un infierno cada injuria.) LUCRECIA: (De mi intención conseguida Aparte me informa, triste y turbada; que me publica vengada, pues se confiesa ofendida.) ANA: Y dime, ¿qué estado tiene en tu pecho su deseo? LUCRECIA: Piénsalo tú, cuando veo la dicha que me previene, pues demás de ser quien es, es su tercero y su amigo mi padre, y en don Rodrigo tan bizarras partes ves. (Sus celos y mi alabanza Aparte más fuerza a su amor darán, para que yo con don Juan asegure mi esperanza.) ANA: Pues, ¿tan presto has olvidado A don Juan? LUCRECIA: ¿Qué puedo hacer, si no cesa de ofender con su olvido mi cuidado? Si don Juan no prosiguiera en servirte y agraviarme fuera delito mudarme, y es cierto que no admitiera otro aventajado empleo; que el empeño conocido de haberle favorecido prefiere a cualquier deseo. Pero sé... ANA: ¡Viven los cielos, que te engañas si sospechas que son mis favores flechas de su amor y de tus celos! Que yo soy noble, y te di palabra de no ofenderte; pero si el satisfacerte y asegurarte de mí, y conseguir el deseo de tu amor, consiste, amiga Lucrecia, en que no prosiga don Juan en mi galanteo, la palabra y fe te doy de disponerlo de suerte que no le espante la muerte más que mis ojos; que soy Tu amiga y de tu pesar me lastimo, y siendo así, no es bien que pierdas por mí lo que no quiero ganar. LUCRECIA: (Mal encubre su intención pues tan presto por la puerta que vio su esperanza abierta entró a gozar la ocasión.) Ni dudo de lo que harás, ni dudo de lo que has hecho, porque de tu hidalgo pecho me prometo mucho más. Y si don Juan, obligado de tí, a mi amor ofendido satisface arrepentido lo que le agravió mudado, la vida, gusto y honor, amiga, te deberé; porque todo lo empeñé cuando empeñé mi favor. ANA: ¡Ojalá que la ventura tenga yo como el deseo! Y adiós. LUCRECIA: Él te dé el empleo como te dio la hermosura. JUANA: Adiós, Inés. INÉS: Él te guarde.
Vanse doña LUCRECIA y JUANA
ANA: ¿Cómo basta el sufrimiento a resistir el violento fuego que en mis venas arde? ¿Has visto, Inés? ¿Has oído mi desdicha? INÉS: Si señora. ANA: ¿Y defenderás ahora Que no es falso y fementido don Rodrigo? INÉS: De admirada Estoy muda. ANA: Si después de mil indicios, Inés, se mudó de la posada tan vecina, que su amor no solamente gozaba la luz, mas le regalaba de mis ojos el calor, ¿no dio a entender claramente en esto la ofensa mía? Quien huye la luz del día, ¿No es cierto que es delincuente? Si tras esto se ha ocultado, y ni me ve ni le veo, ¿no muestra que su deseo divierte nuevo cuidado? INÉS: Nunca de su amor creyera tan gran falsedad. ANA: Yo sí; que soy desdichada. Di que lleguen el coche. INÉS: Espera, señora; que por la calle viene tu amante engañoso. ANA: Claro está que era forzoso donde me ofende encontralle. Tápate, Inés. INÉS: Pues ¿qué quieres?
Tápanse
ANA: Que no nos conozca. INÉS: Harás en eso bien, pues estás desengañada.
Salen don SEBASTIÁN y MOTÍN
MOTÍN: Mujeres hay aquí, y son por lo menos de buena ropa; que dan tal olor que es el zaguán la tienda le los morenos. SEBASTIÁN: ¿Mandáis algo en esta casa, en que yo pueda serviros? Bien podéis, sin descubriros, hablar. ANA: (El pecho se abrasa Aparte de verle hablar como dueño de la casa.) SEBASTIÁN: Pues calláis, ni con gusto me escucháis, ni con ventura me empeño. Ven, Motín. ANA: (¿Que mis agravios Aparte Tengo de ver a mis ojos, y negar a mis enojos el alivio de los labios? No es posible.) MOTÍN: Á tu visita sube tú; que yo entretanto me prometo que algún manto de los que ves me permita, más fácil que a tí, sus rayos; que me dicen, pues están tan despacio en un zaguán, que son presa de lacayos. SEBASTIÁN: Calla, grosero.
Quiere irse y detiénele doña Ana
ANA: Aguardad, engañoso, fementido. SEBASTIÁN: ¿Qué es esto? ANA: Haber convencido, traidor, vuestra falsedad. SEBASTIÁN: ¡Señora! ANA: ¡Viven los cielos, que habéis de ver en mi furia que injuria al sol quien injuria a doña Ana Vasconcelos! Salid. SEBASTIÁN: Ya salgo. Tomad el coche. ANA: No he de tornalle si primero de la calle no salís. SEBASTIÁN: Sí haré, y fïad de mi amor que si aplacara con eso vuestra querella, antes que las guijas de ella, sierpes de Libía pisara.
Apártanse MOTÍN y don SEBASTIÁN
MOTÍN: Harto sierpe es cada una. Señor, ¿qué es esto? ¿De qué está celosa? SEBASTIÁN: No sé. (Trazas son de la Fortuna, Aparte que me persigue de suerte, que me va, prenda querida, en obligarte la vida, y el honor en ofenderte.)
Vase
MOTÍN: Temblando estaba de vella, Aparte y sospecho que la vio y que esta copla escribió el valenciano por ella: "Pues los celos, Vasconcelos, son furia de Barrabás, y barrabasada vas, sin duda que vas con celos." )
Vase
INÉS: Mil veces vuelve los ojos a mirarte. ANA: ¡Oh, loco Amor! ¿Que la lisonja menor aplaque tantos enojos? INÉS: ¿Esto llegas a estimar cuando tus ofensas ves? ANA: ¿De eso te espantas, Inés? ¿No suele al niño enojar quien la joya le quitó, y en dándole una manzana, contento de lo que gana, olvida lo que perdió? Pues así, como es mi amor niño también, aunque han sido los agravios que ha sentido de tanto peso y valor, viendo que ha vuelto y mirado Rodrigo, y que para echalle de esta casa y de esta calle solo mi gusto ha bastado, estimando lo que gana en esta inútil vitoria, ha olvidado mi memoria la joya por la manzana.
Vanse las dos. Salen don SEBASTIÁN y MOTÍN
MOTÍN: Ya el coche del sol camina por la eclíptica empedrada de la calle celebrada de Atocha, y ya por la esquina de San Sebastián la noche amenaza en el ocaso; pero ya te sale al paso don Fernando, y pára el coche. SEBASTIÁN: Acompañar a su hermana querrá. MOTÍN: No; que ella ha salido al estribo, y al oído se están hablando. SEBASTIÁN: (¡Ay, doña Ana Aparte mi prenda mas adorada! ¡Ay Fernando, mi mayor amigo! ¿Cuál, cuál rigor revolvió de estrella airada de honor, amor y amistad un huracán tan incierto, que ni acierto con el puerto, ni muero en la tempestad?) MOTÍN: Ya se retira del coche don Fernando, y él camina; ya dio la vuelta a la esquina que es de tus ojos la noche. SEBASTIÁN: ¡Y qué tenebrosa, triste y confusa! Vamos. MOTÍN: Luego ¿no vas a ver a don Diego? SEBASTIÁN: ¿Cómo puedo ya, si oíste que a doña Ana doy pesar? MOTÍN: Tente; que te ha columbrado su hermano, y apresurado el paso, te viene a hablar. SEBASTIÁN: (Pésame, porque en llegando Aparte a hablarle, mi sentimiento en vano ocultar intento.)
Sale don FERNANDO
FERNANDO: Don Rodrigo... SEBASTIÁN: Don Fernando, ¿qué teneis? Que me parece que venís descolorido. FERNANDO: Sí vendré, porque he tenido un enfado. SEBASTIÁN: Si se ofrece en qué os sirva, mi amistad conocéis. FERNANDO: Venid conmigo; que os he menester. SEBASTIÁN: Ya os sigo. FERNANDO: A ese crïado mandad que se quede. SEBASTIÁN: Aquí te queda, Motín.
Vanse los dos caballeros
MOTÍN: Si haré; que soy cuerdo y de don Beltrán me acuerdo en habiendo polvareda; y perderme no querría, que lleva el color turbado el portugués, y un crïado que se arriesga, ¿en qué se fía, si es fuerza que salga mal de todo, pues en riñendo, pára en la cárcel hiriendo, y herido en el hospital. Y en efeto, el servir yo es por ganar la comida para asegurar la vida, que para arriesgalla no.
Vase. Salen don SEBASTIÁN y don FERNANDO
SEBASTIÁN: Don Fernando, ya del campo de Santa Isabel las tapias que del ábrego lluvioso le defienden las espaldas, nos ven ciegas y oyen sordas, y solas nos acompañan; y espero ya que rompáis al silencio las aldabas. FERNANDO: Yo os he traído a mostraros cuerpo a cuerpo en la campaña que del modo que sé dar la vida con esta espada a quien me obliga, también sé quitarla a quien me agravia. SEBASTIÁN: ¿Qué decís? ¿Que el desafío es conmigo? FERNANDO: Sí. SEBASTIÁN: Mil gracias os doy; que habéis dado fin con eso a la mas extraña confusión, luz a la noche más tenebrosa y más larga que vio leño fluctuante en tenebrosa borrasca. Mas de vuestro sentimiento decid, Fernando, la causa; que, si no por vos, por mí es razón que os satisfaga de que jamás a quien soy he faltado. FERNANDO: No llegara a lance que es el postrero sin tenerla averiguada vos, testigo de mis penas, vos, tercero de mis ansias. Con doña Lucrecia, en vez de adelantar mi esperanza, de vuestra fe y mi amistad habéis violado las aras pretendiendo ser su esposo. SEBASTIÁN: ¡Vive el cielo, que os engaña quien eso de mí os ha dicho! FERNANDO: ¡Pluguiera a Dios me engañara, y informaran de mi agravio indicios, y no probanzas! Pero porque no juzguéis mi resolución liviana, ni que doy a mis enojos ocasiones afectadas, escuchad. Yo vi que al cielo de la venturosa casa de Lucrecia, a excusas mías se atrevieron vuestras plantas. Yo vi en el acero puesta la mano a don Juan de Lara contra vos, y que los celos daban fuego a su venganza, y el del amor de Lucrecia es el que su pecho abrasa. Vi que me callastes, siendo tan vuestro migo, la dama; y cuando no es en su ofensa, nadie a su amigo la calla. Vi que estando tan unidos los techos como las almas de los dos, un mismo día sin decirme vos la causa y sin daros yo ocasión, en todo hicisteis mudanza, mesurado de semblante, y alejado de posada, tanto, que de vos apenas me ha dado nuevas la fama; y es conjetura evidente que el que se retira agravia, que delinque el que se esconde, y teme el que se recata. Pero doy que todas juntas mientan estas circunstancias; no mienten los mismos labios de Lucrecia, que a mi hermana hoy le ha dicho que a su empleo aspira vuestra esperanza, y que tiene ya su padre vuestras bodas concertadas. Mirad pues si puede haber satisfación que deshaga, cuando neguéis los indicios, tan evidente probanza; y mirad si me he resuelto con razón a que esta espada de vuestra aleve amistad y de vuestra vida ingrata, dos veces libre por mí, tome sangrienta venganza. SEBASTIÁN: Ya es fuerza, para poder satisfaceros, que salga a los labios un secreto, don Fernando, que encerraba con candados de diamante vuestra amistad en el alma. Providencia de los cielos, que cuando yo con pisadas inciertas en un obscuro laberinto vacilaba, por tan ocultos caminos han gobernado las causas, que la claridad me enseñan y de confusión me sacan, haciendo que me obliguéis vos mismo a lo que dejaba de hacer por vos; que sin duda por este medio me pagan agradecidos de ver que por serlo yo era tanta mi amistad, que prefería a mi propio honor sus aras. Sabed que yo, aunque se ofende cuando lo pronuncia el alma, pues a la lengua debiera anticiparse la espada, soy don Sebastián de Sosa, hijo de aquél cuyas canas fueron tan cobardemente de vuestra mano afrentadas. FERNANDO: ¡Válgame Dios! ¿Qué decís? SEBASTIÁN: Aguardad que os satisfaga; que luego hablarémos de eso. Yo vine llamado a España de mi padre, sin saber su intención, porque su carta solo que el nombre me mude y venga oculto me manda, y que en llegando a Madrid, hga solo confïanza de don Diego de Mendoza, sabidor de su desgracia y del lugar que le oculta. Ésta fue de mi jornada la ocasión. Llegué a Sevilla, donde el nombre me disfraza de don Rodrigo, y allí, sin saber que de mi infamia era autora vuestra mano, os di lugar en el alma; a que añadió nuevos lazos la fineza duplicada con que a mi vida evitastes dos arpones de la Parca. A Madrid llegamos juntos, y juntos a vuestra casa, donde apenas vi los ojos hermosos de vuestra hermana, cuando me sentí abrasado de sus amorosas llamas; que esto os digo porque es fuerza, para que así os satisfaga de que el acero empuñó contra mí don Juan de Lara, no por celos de Lucrecia, por celos sí de doña Ana, de quien es amante ciego; y así como era la causa del disgusto hermana vuestra, lo fue también de callarla. De visitar a don Diego a excusas vuestras, es clara satisfación del negocio que os he dicho la importancia. En esto llegó a la corte mi padre, y de su desgracia, de vuestro exceso y mi afrenta me informó. ¿Quién, quién pensara que en el amigo mayor cayera desdicha tanta? ¡Nunca, pluguiera a los cielos, me ofreciera vuestra espalda bajel, y remos los brazos, cuando piadosas las aguas del Bétis, porque no viese tanto mal, me sobornaban para quitarme la vida con monumento de plata! Nunca, pluguiera a los cielos, tan oportuna y bizarra esgrimiera vuestra mano en mi defensa la espada cuando de cuatro enemigos me acometieron las armas, pues fuera el fin de mi vida término de mi desgracia! Ya de esto habréis entendido la ocasión de la mudanza que vistes en mi semblante despues, porque son ventanas los ojos del corazón, y por ellos se asomaban, a pesar de] sufrimiento, los sentimientos del alma. Y esto me obligó también a que de vos me alejara; que ver un noble afrentado el rostro de quien le agravia, menos que para acabar con la vida a la venganza es modo de consentir y aun de acrecentar su infamia. Y como en mi corazón estaba tan arraigada de vuestra amistad la forma, y del amor de doña Ana, cuando mi agravio llegó a introducir la contraria de rigor y enemistad, halló resistencia tanta, que fue menester que el tiempo dispusiese mi mudanza; y así, en tanto que durase entre las dos la batalla, ni daros la muerte pude, ni quise veros la cara. Con esto ya los indicios quedan desmentidos; falta que le dé satisfación a la que llamáis probanza, y con razón; que ni yo me atrevo a decir que es falsa, por el decoro que debo a tan principales damas. Mas un argumento oid, que solo pienso que basta a dejaros satisfecho. Vos decís, que a vuestra hermana dijo la misma Lucrecia que su padre concertaba su casamiento conmigo. Desmienta la sangre clara de don Diego, que no yo, a Lucrecia o a doña Ana; que supuesto que es Mendoza, y que no ignora mi infamia, ¿cómo llegais á creer que para yerno estimara a quien es fuerza que tenga, mientras vive quien le agravia, afrenta en la dilación y peligro en la venganza? FERNANDO: No paséis más adelante, don Sebastián; basta, basta; que me siento, de haber puesto duda en vuestra confïanza, tan corrido, que las mismas satisfáciones me matan mucho más que las sospechas del agravio me mataban. SEBASTIÁN: Pues si ya quedáis de mí satisfecho, agora falta que lo quede yo de vos. Sacad, Fernando, la espada; que demás de que la ley del duelo obliga a sacarla sin mirar satisfaciones, en saliendo a la estacada, habéis violado vos mismo, con vuestras desconfïanzas y con haberme sacado por ellas a la campaña, de mi obligación las leyes y de mi amistad las aras; y así vos me habéis resuelto a lo que por vos dudaba. FERNANDO: Parece que os olvidáis de la sangre lusitana que mi corazón anima, cuando con tal confïanza os prometéis la vitoria. SEBASTIÁN: En la sangre no hay ventaja, pues es también portuguesa la que gobierna esta espada.
Acuchíllanse y retira don SEBASTIÁN A don FERNANDO
FERNANDO: Muerto soy. Dentro SEBASTIÁN: Vos me sacastes, Volviendo don Fernando, a la campaña la culpa busca la pena, y el agravio la venganza.
Vase. Salen MOTÍN, doña ANA, e INÉS
MOTÍN: A la puerta de don Diego hallé a don Juan, y doña Ana en el coche, díles parte también a don Juan de Lara, a don Antonio y don Diego. ANA: ¡Ay, Dios, el cielo me valga! Traidor, ¿donde está mi hermano? MOTÍN: Escucha y sabrás la causa. ........................... .......................... .......................... ..........................
Salen don SEBASTIÁN, don ANTONIO, doña LUCRECIA, y don DIEGO
ANA: ¡Ah enemigo! muerta soy! SEBASTIÁN: Sosiega el pecho, señora, y escucha atenta, que agora como el veneno, te doy la triaca. Yo, doña Ana, soy don Sebastián de Sosa; don Antonio es padre mío. ANA: ¡Esto más! MOTÍN: (¡Buena tramoya Aparte se descubre!) INÉS: (¿Hay tal enredo?) Aparte JUAN: ¡Caso extraño! SEBASTIÁN: Y pues no ignoras de aquel atrevido exceso de don Fernando la historia, la causa habrás entendido del disfraz que mi persona con nombre ajeno ocultó. Y tú sabes que me informa dangre que de la opinión ni aun escrúpulos perdona. Tu mano causó mi agravio. Tu mano ha de ser ahora la satisfación; que yo tengo dispuestas las cosas de suerte, que sin hacer para nuestras paces otra diligencia, su perdida opinión mi padre cobra, y yo quedo satisfecho, alcanzando por esposa la misma que con injuria de los timbres que me adornan, don Fernando me negó. Y supuesto que no gozan más lustre los Vasconcelos en Portugal que los Sosas, y que la elección podía resolverte a lo que ahora te necesita la suerte, mira lo que más te importa. DIEGO: Ésta ha sido la ocasión de traer, doña Ana hermosa, a Lucrecia a persuadirte que fin venturoso pongas con la nieve de tu mano al fuego de esta discordia. LUCRECIA: Doña Ana, amiga, ¿qué aguardas? La tardanza es peligrosa. Don Sebastián te merece, y yo sé que tú le adoras. SEBASTIÁN: ¡Ah, doña Ana! ¿Persuasiones son menester cuando logras amor tan encarecido? JUAN: (¡Que esto sufro, y que en la boca Aparte hayan de morir las llamas que me abrasan y me ahogan, por estar aquí Lucrecia!)
Aparte a doña ANA
MOTÍN: Ablándale, Faraona. ANA: No admiréis mi confusion, si un caso que tanto importa, congojada me suspende, y suspensa me congoja; mas pues tantas conveniencias vienen a hacer tan forzosa la resolución, la mano os doy.
Danse las manos
SEBASTIÁN: Y en ella la gloria mayor que el amor alcanza. JUAN: (Pues quien perdida la llora, Aparte ¿cómo tendrá sufrimiento?) LUCRECIA: (Amor, la esperanza colma, pues colmaste la venganza.) ANTONIO: Dadme los brazos ahora, hijo. ANA: Y vos a mí la mano. SEBASTIÁN: Tenéos. ANTONIO: Es ley forzosa que os reconozca por padre, pues sois fénix de mi honra. En mis cenizas heladas perdió su ser; pero ahora por vos ee rejuvenece, se vivifica y mejora. Y perdona que celebro con lágrímas estas glorias; que también las da el contento, como la pena y congoja. Y más cuando tal consorte, que viva edades dichosas, colmó el punto a mis deseos, tan divina cuanto hermosa. No puedo hablar más palabra. Perdonad; que tantas honras temo que ataje la muerte, de mis dichas envidiosa. ......................... SEBASTIÁN: Ya, doña Ana, sois mi esposa. ANA: Y dichosa. SEBASTIÁN: Pues decidme, si sentiréis más, señora, ver sin vida a vuestro hermano, que a vuestro esposo sin honra. ANA: ¿Qué vida en comparación del honor vuestro me importa? Pero, ¿por qué lo decís? SEBASTIÁN: Porque esta mano que goza en la vuestra tal ventura, borró con esta vitoria la injuria de despreciarme don Fernando; mas con otra quitó a mi padre el honor, de que era su vida sola satisfación, y ni vos quisiérades ser mi esposa, ni yo, que tanto os estimo, aspirara a tanta gloria sin honor, pues fuera haceros agravio en vez de lisonja; y así le he dado la muerte. ANA: ¿Qué decís? ¡Ah, cielos! MOTÍN: (Oyan Aparte la píldora que faltaba.) SEBASTIÁN: ..................... Señora, la culpa busca la pena; que cuando yo entre las ondas de su amistad y mi agravio, vuestro amor y mi deshonra, ciega tempestad corría de dudas y de congojas; él, celoso por la causa que sabéis, pues vuestra boca del engaño le informó que habéis conocido agora, me sacó al campo, y su culpa negoció su pena propia. ANA: ¡Ay de mí, que en vez de galas visto de luto mis bodas! SEBASTIÁN: Vos, señor don Juan, pues veis que ocasiones tan forzosas me obligaron, disculpadme; y al claro sol de Mendoza, de su honor desvaneced, siendo su esposo, las sombras. JUAN: Los casos han enseñado que reservaban la gloria de su mano a mi ventura, si don Diego de Mendoza me da licencia. DIEGO: Lucrecia es en eso venturosa. LUCRECIA: Yo soy tuya. MOTÍN: Y demos fin a esta verdadera historia; que si con solo decirlo al poeta le perdonan las faltas, con esto espera la censura mas piadosa.

FIN DE LA COMEDIA


Texto electrónico por Vern G. Williamsen y J T Abraham
Formateo adicional por Matthew D. Stroud
 

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Actualización más reciente: 24 Jun 2002