EL ALCALDE DE ZALAMEA

Pedro Calderón de la Barca

Texto basado en varios impresos tempranos y modernos de EL ALCALDE DE ZALAMEA. Fue preparado por Vern Williamsen en esta forma electrónica en el año 1995.


Personas que hablan en ella:

  • El REY, don Felipe II
  • Don LOPE de Figueroa
  • Don ÁLVARO de Atayde, capitán
  • Un SARGENTO
  • SOLDADOS
  • REBOLLEDO, soldado
  • La CHISPA, soldadera
  • Pedro CRESPO, labrador
  • JUAN, hijo de Pedro Crespo
  • ISABEL, hija de Pedro Crespo
  • INÉS, prima de Isabel
  • Don MENDO, hidalgo gracioso
  • NUÑO, criado de don Mendo
  • Un ESCRIBANO
  • VILLANOS

JORNADA PRIMERA


Salen REBOLLEDO, la CHISPA, y algunos
SOLDADOS

REBOLLEDO:        ¿Cuerpo de Cristo con quien
               de esta suerte hace marchar
               de un lugar a otro lugar
               sin dar un refresco!
TODOS:                                ¡Amén!
REBOLLEDO:        ¿Somo gitanos aquí,                
               para andar de esta manera?
               ¿Una arrollada bandera
               nos ha de llevar tras sí
                  con una caja...
SOLDADO 1:                         ¿Ya empiezas?
REBOLLEDO:     ...que este rato que calló                 
               nos hizo merced de no
               rompernos estas cabezas?
SOLDADO 2:        No muestres de eso pesar,
               si ha de olvidarse, imagino,
               el cansancio del camino                           
               a la entrada del lugar.
REBOLLEDO:        ¿A qué entrada, si voy muerto?
               Y aunque llegue vivo allá
               sabe mi Dios si será
               para alojar; pues es cierto                       
                  llegar luego al comisario
               los alcaldes a decir,
               que si es que se pueden ir,
               que darán lo necesario.
                  Responderle lo primero                         
               que es imposible, que viene
               la gente muerta; y, si tiene
               el concejo algún dinero,
                  decir, "Señores, soldados,
               orden hay que no paremos;                         
               luego al instante marchemos."
               Y nosotros, muy menguados,
                  a obedecer al instante
               orden, que es, en caso tal,
               para él orden monacal,                     
               y para mi mendicante.
                  Pues, ¡voto a Dios!, que si llego
               esta tarde a Zalamea,
               y pasar de allí desea
               por diligencia o por ruego,                       
                  que ha de ser sin mí la ida;
               pues no, con desembarazo
               será el primero tornillazo
               que habré yo dado en mi vida.
SOLDADO 1:        Tampoco será el primero,                
               que haya la vida costado
               a un miserable soldado;
               y más hoy, si considero,
                  que es el cabo de esta gente
               don Lope de Figueroa,                             
               que, si tiene tanta loa
               de animoso y de valiente
                  la tiene también de ser
               el hombre más desalmado,
               jurador y renegado                                
               del mundo, y que sabe hacer
                  justicia del más amigo,
               sin fulminar el proceso.
REBOLLEDO:     ¿Ven ustedes todo eso?
               Pues yo haré lo que yo digo.               
SOLDADO 2:        ¿De eso un soldado blasona?
REBOLLEDO:     Po mí muy poco me inquieta;
               sino por esa pobreta
               que viene tras la persona.
CHISPA:           Seor Rebolledo, por mí                  
               vuecé no se aflija, no;
               que bien se sabe que yo
               barbada el alma nací;
                  y ese temor me deshonra,
               pues no vengo yo a servir                         
               menos, que para sufrir
               trabajos con mucha honra;
                  que para estarme, en rigor,
               regalada, no dejara
               en mi vida, cosa es clara,                        
               la casa del regidor,
                  donde todo sobra, pues
               al mes mil regalos vienen;
               que hay regidores, que tienen
               menos regla con el mes;                           
                  y pues a venir aquí
               a marchar y perecer
               con Rebolledo, sin ser
               postema, me resolví,
                  por mí ¿en qué duda o repara?                                                          
REBOLLEDO:     ¡Viven los cielos, que eres
               corona de las mujeres!
SOLDADO 2:     Aquesa es verdad bien clara.
                  ¡Viva la Chispa!
REBOLLEDO:                         ¡Reviva!
               Y más, si, por divertir                    
               esta fatiga de ir
               cuesta abajo y cuesta arriba,
                  con su voz al aire inquieta
               una jácara o canción.
CHISPA:        Responda a esa petición                    
               citada la castañeta.
REBOLLEDO:        Y yo ayudaré también.
               Sentencien los camaradas
               todas las partes citadas.
SOLDADO 1:     ¡Vive Dios, que han dicho bien!              

Cantan REBOLLEDO y la CHISPA

CHISPA:           "Yo soy tiritiritaina,
               flor de la jacarandana.
REBOLLEDO:        "Yo soy tiritiritina,
               flor de la jacarandina.
CHISPA:           "Vaya a la guerra el alférez,           
               y embárquese el capitán.
REBOLLEDO:        "Mate moros quien quisiere;
               que a mí no me han hecho mal.
CHISPA:           "Vaya y venga la tabla al horno,
               y a mí no me falte pan.                    
REBOLLEDO:        "Huéspeda, máteme una gallina,
               que el carnero me hace mal."

SOLDADO 1:        Aguarda; que ya me pesa
               --que íbamos entretenidos
               en nuestros mismos oídos---,               
               caballeros, de ver esa
                  torre, pues es necesario
               que donde paremos sea.
REBOLLEDO:     ¿Es aquélla Zalamea?
CHISPA:        Dígalo su campanario.                      
                  No sienta tanto vusté,
               que cese el cantico ya;
               mil ocasiones habrá
               en lograrle; porque
                  esto me divierte tanto,                        
               que como de otras no ignoran,
               que a cada cosa lloran,
               yo a casa cosica canto,
                  y oirá ucé jácaras ciento.
REBOLLEDO:     Hagamos aquí alto, pues                    
               justo, hasta que venga, es
               con la orden el sargento,
                  por si hemos de entrar marchando
               o en tropas.
SOLDADO 2:                    Él solo es quien
               llega ahora.  Mas también                  
               el capitán esperando
                  está.

Salen don ÁLVARO y el SARGENTO

ÁLVARO:                  Señores soldados,
               albricias puedo pedir;
               de aquí no hemos de salir,
               y hemos de estar alojados                         
                  hasta que don Lope venga
               con la gente, que quedó
               en Llerena; que hoy llegó
               orden de que se prevenga
                  toda, y no salga de aquí                
               a Guadalupe, hasta que 
               junto todo el tercio esté,
               y él vendrá luego; y así
                  del cansancio bien podrán
               descansar algunos días.                    
REBOLLEDO:     Albricias pedir podías.
TODOS:         ¡Vítor nuestro capitán!
ÁLVARO:           Ya está hecho el alojamiento.
               El comisario irá dando
               boletas, como llegando                            
               fueren.
CHISPA:                 Hoy saber intento,
                  por qué dijo, voto a tal,
               aquella jacarandina;
               "Huéspeda, máteme una gallina;
               que el carnero me hace mal."                      

Vanse todos, y quedan el CAPITÁN y el
SARGENTO

ÁLVARO:           Señor sargento, ¿ha guardado
               las boletas para mí
               que me tocan?
SARGENTO:                     Señor, sí.
ÁLVARO:        ¿Y dónde estoy alojado?
SARGENTO:         En la casa de un villano,                      
               que el hombre más rico es
               del lugar, de quien después
               he oído, que es el más vano
                  hombre del mundo, y que tiene
               más pompa y más presunción,  
               que un infante de León.
ÁLVARO:        Bien a un villano conviene
                  rico aquesa vanidad.
SARGENTO:      Dicen, que esta es la mejor
               casa del lugar, señor;                     
               y si va a decir verdad,
                  yo la escogí para ti,
               no tanto porque lo sea,
               como porque en Zalamea
               no hay tan bella mujer...
ÁLVARO:                                 Di.                      
SARGENTO:         ...como una hija suya.
ÁLVARO:                                 Pues,
               ¿por muy hermosa y muy vana
               será más que una villana
               con malas manos y pies?
SARGENTO:         ¡Que haya en el mundo quien diga          
               eso!
ÁLVARO:              ¿Pues no, mentecato?
SARGENTO:      ¿Hay más bien gastado rato
               --a quien amor no le obliga,
                  sino ociosidad no más--
               que el de una villana, y ver,                     
               que no acierta a responder
               a propósito jamás?
ÁLVARO:           Cosa es que en toda mi vida,
               ni aun de paso, me agradó;
               porque en no mirando yo                           
               aseada y bien prendida
                  una mujer, me parece
               que no es mujer para mí.
SARGENTO:      Pues para mí, señor, sí,
               cualquiera que se me ofrece.                      
                  Vamos allá; que por Dios,
               que me pienso entretener
               con ella.
ÁLVARO:                  Quieres saber
               ¿cuál dice bien de los dos?
                  El que una belleza adora,                      
               dijo, viendo a la que amó,
               "Aquella es mi dama," y no,
               "Aquella es mi labradora."
                  Luego si dama se llama
               la que se ama, claro es ya,                       
               que en una villana está
               vendido el nombre de dama.

                  Mas, ¿qué ruido es ese?
SARGENTO:                                  Un hombre,
               que de un flaco rocinante
               a la vuelta de esa esquina                        
               se apeó, y en rostro y talle
               parece aquel Don Quijote
               de quien Miguel de Cervantes
               escribió las aventuras. 
ÁLVARO:        ¡Qué figura tan notable!              
SARGENTO:      Vamos, señor; que ya es hora.
ÁLVARO:        Lléveme el sargento antes
               a la posada la ropa,
               y vuelva luego a avisarme.

Vanse.  Salen don MENDO, hidalgo de figura, y
[NUÑO, su] criado

MENDO:            ¿Cómo va el rucio?
NUÑO:                                Rodado,                   
               pues no puede menearse.
MENDO:         ¿Dijiste al lacayo, di,
               que un rato le pasease?
NUÑO:          ¡Qué lindo pienso!
MENDO:                             No hay cosa
               que tanto a un bruto descanse.                    
NUÑO:          Aténgome a la cebada.
MENDO:         ¿Y que a los galgos no aten,
               dijiste?
NUÑO:                  Ellos se holgarán
               mas no el carnicero.
MENDO:                             Baste;
               y pues que han dado las tres,                     
               cálzome palillo y guantes.
NUÑO:          ¿Si te prenden el palillo
               por palillo falso?
MENDO:                             Si alguien,
               que no he comido un faisán,
               dentro de sí imaginare,                    
               que allá dentro de sí miente,
               aquí y en cualquiera parte
               lo sustentaré.
NUÑO:                       ¿Mejor
               no sería sustentarme
               a mí que al otro, que en fin               
               te sirvo?
MENDO:                   ¡Que necedades!
               En efecto, ¿que han entrado
               soldados aquesta tarde
               en el pueblo?
NUÑO:                      Sí, señor.
MENDO:         Lástima da el villanaje                    
               con los huéspedes que espera.
NUÑO:          Más lástima da y más grande
               con los que no espera...
MENDO:                                  ¿Quién?
NUÑO:          La hidalguez, y no te espante;
               que, si no alojan, señor,                  
               en casa de hidalgos a nadie,
               ¿por qué piensas que es?
MENDO:                                  ¿Por qué?
NUÑO:          Porque no se mueran de hambre.
MENDO:         En buen descanso esté el alma
               de mi buen señor y padre,                  
               pues en fin me dejó una
               ejecutoria tan grande,
               pintada de oro y azul,
               exención de mi linaje.
NUÑO:          Tomáramos que dejara                       
               un poco del oro aparte.
MENDO:         Aunque, si reparo en ello,
               y si va a decir verdades,
               no tengo que agradecerle
               de que hidalgo me engendrase;                     
               porque yo no me dejara
               engendrar, aunque él porfiase,
               sino fuera de una hidalgo,
               en el vientre de mi madre.
NUÑO:          Fuera de saber difícil.                    
MENDO:         No fuera, sino muy fácil.
NUÑO:          ¿Cómo, señor?
MENDO:                        Tú en efecto
               filosofía no sabes,
               y así ignoras los principios.
NUÑO:          Sí, mi señor, y aun los antes       
               y postres, desde que como 
               contigo; y es, que al instante
               mesa divina es tu mesa,
               sin medios, postres ni antes.
MENDO:         Yo no digo esos principios.                       
               Has de saber que el que nace
               sustancia es del alimento,
               que antes comieron sus padres...
NUÑO:          ¿Luego tus padres comieron?
               Esa maña no heredaste.                     
MENDO:         ...esto después se convierte
               en su propia carne y sangre;
               luego si hubiera comido
               el mío cebolla, al instante
               me hubiera dado el olor,                          
               y hubiera dicho yo, "Tate,
               que no me está bien hacerme
               de excremento semejante."
NUÑO:          Ahora digo que es verdad.
MENDO:         ¿Qué?
NUÑO:                Que adelgaza la hambre                      
               los ingenios.
MENDO:                        Majadero,
               ¿téngola yo?
NUÑO:                          No te enfades;
               que, sino la tienes, puedes
               tenerla; pues de la tarde
               son ya las tres, y no hay greda,                  
               que mejor las manchas saque,
               que tu saliva y la mía.
MENDO:         Pues, ¿esa es causa bastante
               para tener hambre yo?
               Tengan hambre los gañanes;                 
               que no somos todos unos;
               que a un hidalgo no le hace
               falta el comer...
NUÑO:                           ¡Oh quién fuera
               hidalgo!
MENDO:                   Y más no me hables
               de esto, pues ya de Isabel                        
               vamos entrando en la calle.
NUÑO:          ¿Por qué, si de Isabel eres
               tan firme y rendido amante,
               a su padre no la pides?
               Pues con esto tú y su padre                
               remediaréis de una vez
               entrambas necesidades;
               tú comerás, y él hará
               hidalgos sus nietos.
MENDO:                             No hables
               más Nuño, calla.  ¿Dineros     
               tanto habían de postrarme,
               que a un hombre llano por fuerza
               había de admitir?
NUÑO:                               Pues antes
               pensé, que ser hombre llano
               para suegro era importante;                       
               pues de otros dicen, que son
               tropezones, en que caen
               los yernos; y si no has
               de casarte, ¿por qué haces
               tantos extremos de amor?                          
MENDO:         ¿Pues no hay, sin que yo me case,
               Huelgas en Burgos, adonde
               llevarla, cuando me enfade?
               Mira, si acaso la ves.
NUÑO:          Temo si acierta a mirarme                         
               Pero Crespo.
MENDO:                      ¿Qué ha de hacer,
               siendo mi crïado, nadie?
               Haz lo que manda tu amo.
NUÑO:          Sí, haré.  Aunque no he de sentarme
               con él a la mesa.
MENDO:                             Es propio                     
               de los que sirven, refranes.
NUÑO:          Albricias que, con su prima
               Inés, a la reja sale.
MENDO:         Di que por el bello oriente,
               coronado de diamantes,                            
               hoy, repitiéndose el sol,
               amanece por la tarde.

Salen a la ventana ISABEL e INÉS,
labradoras

INÉS:          Asómate a esa ventana,
               prima, así el cielo te guarde,
               verás los soldados, que entran             
               en el lugar.
ISABEL:                      No me mandes,
               que a la ventana me ponga,
               estando ese hombre en la calle,
               Inés, pues ya, en cuánto el verle
               en ella me ofende, sabes.                         
INÉS:          En notable tema ha dado
               de servirte y festejarte.
ISABEL:        No soy más dichosa yo.
INÉS:          A mi parecer, mal haces
               de hacer sentimiento de esto.                     
ISABEL:        Pues, ¿qué había de hacer?
INÉS:                                         Donaire.
ISABEL:        ¿Donaire de los disgustos?

[MENDO habla] a ISABEL

MENDO:         Hasta aqueste mismo instante
               jurara yo a fe de hidalgo,
               --que es juramento inviolable--                   
               que no había amanecido;
               mas, ¿qué mucho que lo extrañe,
               hasta que a vuestras auroras
               segundo día les sale?
ISABEL:        Ya os he dicho muchas veces,                      
               señor don Mendo, cuán en balde
               gastáis finezas de amor,
               locos extremos de amante
               haciendo todos los días
               en mi casa y en mi calle.                         
MENDO:         Si las mujeres hermosas
               supieran, cuanto las hace
               más hermosas el enojo,
               el rigor, desdén y ultraje,
               en su vida gastarían                       
               más afeite, que enojarse.
               Hermosa estáis, por mi vida;
               decid, decid más pesares.
ISABEL:        Cuando no baste el decirlos,
               don Mendo, el hacerlos baste,                     
               de aquesta manera:  Inés,
               éntrate allá dentro, y dale
               con la ventana en los ojos.

Vase [ISABEL]

INÉS:          Señor caballero andante,
               que de aventurero entráis                  
               siempre en lides semejantes,
               porque de mantenedor,
               no era para vos tan fácil,
               Amor os provea.

Vase [INÉS]

MENDO:                           Inés,                    
               las hermosuras se salen                           
               con cuanto ellas quieren.  ¡Nuño!
NUÑO:          ¡Oh qué desairados nacen
               todos los pobres!

Sale Pedro CRESPO, labrador

CRESPO:                            (¡Que nunca     Aparte
               entre y salga yo en mi calle,
               que no vea a este hidalgote                       
               pasearse en ella muy grave!)
NUÑO:          Pedro Crespo viene aquí.
MENDO:         Vamos por esta otra parte,
               que es villano malicioso.

Sale JUAN, su hijo

JUAN:          (¡Que siempre que venga halle      Aparte                                                    
               esta fantasma a mi puerta,
               calzado de frente y guantes!)
NUÑO:          Pero acá viene su hijo.
MENDO:         No te turbes ni embaraces.
CRESPO:        Mas Juanico viene aquí.                    
JUAN:          Pero aquí viene mi padre.
MENDO:         Disimula.  Pedro Crespo,
               Dios os guarde.
CRESPO:                         Dios os guarde.

Vanse don MENDO y NUÑO

               (Él ha dado en porfïar      Aparte
               y alguna vez he de darle                          
               de manera que le duela.)
JUAN:          (Algún día he de enojarme.)         Aparte
               ¿De adónde bueno, señor?
CRESPO:        De las eras; que esta tarde
               salí a mirar la labranza,                  
               y están las parvas notables
               de manojos y montones,
               que parecen al mirarse
               desde lejos montes de oro,
               y aun oro de más quilates                  
               pues de los granos de aqueste,
               es todo el cielo el contraste.
               Allí el bieldo, hiriendo a soplos
               el viento en ellos süave,
               deja en esta parte el grano                       
               y la paja en la otra parte;
               que aun allí lo más humilde
               da el lugar a lo más grave.
               ¿Oh, quiera Dios, que en las trojes
               yo llegue a encerrarlo, antes                     
               que algún turbión me lo lleve
               o algún viento me la tale!
               Tú, ¿qué has hecho?
JUAN:                              No sé cómo
               decirlo, sin enojarte.
               A la pelota he jugado                             
               dos partidos esta tarde,
               y entrambos los he perdido.
CRESPO:        Naces bien, si los pagaste.
JUAN:          No los pagué; que no tuve
               dineros para ellos; antes                         
               vengo a pedirte, señor...
CRESPO:        Pues escucha antes de hablarme;
               dos cosas no has de hacer nunca,
               no ofrecer los que no sabes
               que has de cumplir, ni jugar                      
               más de lo que está delante,
               porque, si por accidente
               falta, tu opinión no falte.
JUAN:          El consejo es como tuyo,
               y por tal debo estimarle;                         
               y he de pagarte con otro:
               en tu vida no has de darle
               consejo al que ha menester
               dinero.
CRESPO:                  ¡Bien te vengaste!

Sale el SARGENTO

SARGENTO:      ¿Vive Pedro Crespo aquí?              
CRESPO:        ¿Hay algo que usté le mande?
SARGENTO:      Traer a casa la ropa
               de don Álvaro de Atayde,
               que es el capitán de aquesta
               compañía, que esta tarde            
               se ha alojado en Zalamea.
CRESPO:        No digáis más, esto baste;
               que para servir al Rey, 
               y al Rey en sus capitanes,
               están mi casa y mi hacienda.               
               Y en tanto, que se le hace
               el aposento, dejad
               la ropa en aquella parte,
               e id a decirle que venga,
               cuando su merced mandare,                         
               a que se sirva de todo.
SARGENTO:      Él vendrá luego al instante.

Vase [el SARGENTO]

JUAN:          ¡Que quieras, siento tú rico,
               vivir a estos hospedajes
               sujeto!
CRESPO:                  Pues, ¿cómo puedo           
               excusarlos ni excusarme?
JUAN:          Comprando una ejecutoria.
CRESPO:        Dime por tu vida, ¿hay alguien
               que no sepa que yo soy,
               si bien de limpio linaje,                         
               hombre llano?  No, por cierto.
               Pues, ¿qué gano yo en comprarle
               una ejecutoria al Rey
               si no le compro la sangre?
               ¿Dirán entonces que soy               
               mejor que ahora?  No, es dislate.
               Pues, ¿qué dirán?  Que soy noble
               por cinco o seis mil reales;
               y esto es dinero y no es honra;
               que honra no la compra nadie.                     
               ¿Quieres, aunque sea trivial
               un ejemplillo escucharme?
               "Es calvo un hombre mil años,
               y al cabo de ellos se hace
               una cabellera.  Éste,                      
               en opiniones vulgares,
               ¿deja de ser calvo?  No.
               Pues, ¿qué dicen al mirarle?
               Bien puesta la caballera
               trae fulano."  Pues, ¿qué hace,       
               si, aunque no le vean la calva,
               todos que la tiene saben?
JUAN:          Enmendar su vejación,
               remediarse de su parte,
               y redimir vejaciones                              
               del sol, del hielo y del aire.
CRESPO:        Yo no quiero honor postizo
               que el defecto ha de dejar
               en casa.  Villanos fueron
               mis abuelos y mis padres;                         
               sean villanos mis hijos.
               Llama a tu hermana.
JUAN:                              Ella sale.

Salen ISABEL e INÉS

CRESPO:        Hija, el Rey, nuestro señor,
               que el cielo mil años guarde,
               va a Lisboa, porque en ella                       
               solicita coronarse
               como legítimo dueño;
               a cuyo efecto, marciales
               tropas caminan con tantos
               aparatos militares                                
               hasta bajar a Castilla
               el tercio viejo de Flandes
               con un don Lope, que dicen
               todos que es español Marte.
               Hoy han de venir a casa                           
               soldados, y es importante,
               que no te vean.  Así, hija,
               al punto has de retirarte
               en esos desvanes, donde
               yo vivía.
ISABEL:                  A suplicarte                            
               me dieses esta licencia
               venía yo.  Sé que el estarme
               aquí es estar solamente
               a escuchar mil necedades.
               En ese cuarto mi prima                            
               y yo estaremos, sin que nadie
               ni aun el sol mismo, no sepa
               de nosotras.
CRESPO:                       Dios os guarde.
               Juanico, quédate aquí.
               Recibe a huéspedes tales,                  
               mientras busco en el lugar
               algo con qué regalarles.

Vase [Pedro CRESPO]

ISABEL:        Vamos, Inés.
INÉS:                         Vamos, prima.
               (Mas tengo por disparate           Aparte
               el guardar una mujer                              
               si ella no quiere guardarse.)

Vanse [ISABEL e INÉS].  Salen don
ÁLVARO y el SARGENTO

SARGENTO:      Ésta es, señor, la casa.
ÁLVARO:        Pues del cuerpo de guardia al punto pasa
               toda mi ropa.
SARGENTO:                     Quiero
               registrar la villana lo primero.                  

Vase [el SARGENTO]


JUAN:          Vos seáis bien venido
               a aquesta casa; que ventura ha sido
               grande venir a ella un caballero
               tan noble como en vos le considero.
               (¡Qué galán y alentado!             Aparte                                     
               Envidia tengo al traje de soldado.)
ÁLVARO:        Vos seáis bien hallado.
JUAN:          Perdonaréis, no estar acomodado;
               que mi padre quisiera
               que hoy un alcázar esta casa fuera.        
               Él ha ido a buscaros
               que comáis, que desea regalaros,
               y yo voy a que esté vuestro aposento
               aderezado.
ÁLVARO:                     Agradecer intento
               la merced y el cuidado.                           
JUAN:          Estaré siempre a vuestros pies postrado.   

Vase [JUAN] y sale el SARGENTO

ÁLVARO:        ¿Qué hay, sargento?  ¿Has ya visto
               a la tal labradora?
SARGENTO:                          ¡Vive Cristo!
               Que con aquese intento
               no he dejado cocina ni aposento                   
               y que no la he topado.                            
ÁLVARO:        Sin duda el villanchón la ha retirado.
SARGENTO:      Pregunté a una crïada
               por ella, y respondióme que ocupada
               su padre la tenía                          
               en ese cuarto alto, y que no había         
               de bajar nunca acá, que es muy celoso.
ÁLVARO:        ¿Qué villano no ha sido malicioso?
               De mí digo, que, si hoy aquí la viera,
               caso de ella no hiciera;                          
               y sólo porque el viejo la ha guardado,
               deseo, vive Dios, de entrar me ha dado
               donde está.
SARGENTO:                  Pues, ¿qué haremos,
               para que allá, señor, con causa entremos,
               sin dar sospecha alguna?                          
ÁLVARO:        Solo por tema la he de ver, y una
               industria he de buscar.
SARGENTO:                               Aunque no sea
               de mucho ingenio para quien la vea
               hoy, no importará nada;
               que con eso será más celebrada.     
ÁLVARO:        Óyela pues ahora.
SARGENTO:                          Di, ¿qué ha sido?
ÁLVARO:        Tú has de fingir...  Mas no, pues que ha venido
               ese soldado, que es más despejado,
               él fingirá mejor lo que he trazado.

Salen REBOLLEDO y la CHISPA

REBOLLEDO:     Con este intento vengo                            
               a hablar al capitán, por ver si tengo
               dicha en algo.
CHISPA:                       Pues háblale de modo
               que le obliges; que en fin no ha de ser todo
               desatino y locura.
REBOLLEDO:     Préstame un poco tú de tu cordura.  
CHISPA:        Poco y mucho pudiera.
REBOLLEDO:     Mientras hablo con él, aquí me espera.

[Habla REBOLLEDO] a don ÁLVARO

               Yo vengo a suplicarte...
ÁLVARO:                                 En cuanto puedo
               ayudaré, por Dios, a Rebolledo,
               porque me ha aficionado                           
               su despejo y su brío.
SARGENTO:                            Es gran soldado.
ÁLVARO:        Pues, ¿qué hay que se le ofrezca?
REBOLLEDO:                                   Yo he perdido
               cuanto dinero tengo y he tenido
               y he de tener, porque de pobre juro,
               en presente, en pretérito y futuro.        
               Hágaseme merced de que por vía
               de ayudilla de costa aqueste día
               el alférez me dé...
ÁLVARO:                            Diga, ¿qué intenta?
REBOLLEDO:     El juego del boliche por mi cuenta;
               que soy hombre cargado                            
               de obligaciones y honbre al fin honrado.
ÁLVARO:        Digo que eso es muy justo,
               y el alférez sabrá que este es mi gusto.

[La CHISPA habla aparte]

CHISPA:        (Bien le habla el capitán.  ¡Oh si me viera          
               llamar de todos ya la bolichera!)                 
REBOLLEDO:     Daréle ese recado.
ÁLVARO:                            Oye.  Primero
               que le lleves, de ti fïarme quiero
               para cierta invención que he imaginado,
               con que salir intento de un cuidado.
REBOLLEDO:     Pues, ¿qué es lo que se aguarda?      
               Lo que tarda en saberse, es lo que tarda
               en hacerse.
ÁLVARO:                    Escúchame.  Yo intento
               subir a ese aposento
               por ver sien él una persona habita,
               que de mí hoy esconderse solicita.         
REBOLLEDO:     Pues, ¿por qué no le subes?
ÁLVARO:                                   No quisiera,
               sin que alguna color para esto hubiera,
               por disculparlo más; y así, fingiendo
               que yo riño contigo, has de irte huyendo
               por ahí arriba.  Yo entonces enojado       
               la espada sacaré.  Tú muy turbado
               has de entrarte hasta donde
               esta persona que busque se esconde.
REBOLLEDO:     Bien informado quedo.
CHISPA:        (Pues habla el capitán con Rebolledo       
               hoy de aquella manera,
               desde hoy me llamarán la bolichera.)

[Habla REBOLLEDO]en alta voz

REBOLLEDO:     ¡Voto a Dios que han tenido
               esta ayuda de costa, que he pedido,
               un ladrón, un gallina y un cuitado,        
               y ahora que la pide un hombre honrado,
               ¿se la dan?
CHISPA:                     (¡Ya empieza su tronera!)
ALVARO:        Pues, ¿cómo me habla a mí de esa manera?
REBOLLEDO:     ¿No tengo de enojarme
               cuando tengo razón?
ÁLVARO:                            No, ni ha de hablarme;        
               y agradezca que sufro aqueste exceso.
REBOLLEDO:     Ucé es mi capitán, sólo por eso
               callaré.  Mas, ¡por Dios!, que si yo hubiera
               la bengala en mi mano...
ÁLVARO:                                 ¿Qué me hiciera?
CHISPA:        ¡Tente, señor!  (Su muerte considero.)                                                      
REBOLLEDO:     ...que me hablara mejor.
ÁLVARO:                               ¿Qué es lo que espero,
               que no doy muerte a un pícaro atrevido?
REBOLLEDO:     Huyo, por el respeto que he tenido
               a esa insignia.
ÁLVARO:                         Aunque huyas,
               te he de matar.
CHISPA:                        (Ya él hizo de las suyas.) 
SARGENTO:      ¡Tente, señor!
CHISPA:                       ¡Escucha!
SARGENTO:                               ¡Aguarda, espera!
CHISPA:        (Ya no me llamarán la bolichera.)

Éntrale acuchillando y salen JUAN con espada
y Pedro CRESPO

JUAN:          ¡Acudid todos presto!
CRESPO:        ¿Qué ha sucedido aquí?
JUAN:                              ¿Qué ha sido aquesto?
CHISPA:        Que la espada ha sacado                           
               el capitán aquí para un soldado,
               y esa escalera arriba
               sube tras él.
CRESPO:                     ¿Hay suerte más esquiva?
CHISPA:        Subid todos tras él.
JUAN:                              Acción fue vana
               esconder a mi prima y a mi hermana.               

Éntranse y salen REBOLLEDO huyendo, e ISABEL
e INÉS

REBOLLEDO:        Señoras, si siempre ha sido
               sagradoel que es templo, hoy
               sea mi sagrado aqueste,
               pues es templo del Amor.
ISABEL:        ¿Quién a vos de esa manera            
               os obliga?
INÉS:                ¿Qué ocasión
               tenéis de entrar hasta aquí?
ISABEL:        ¿Quién os sigue o busca?

Salen don ÁLVARO y el SARGENTO

ÁLVARO:                                   Yo;
               que tengo de dar la muerte
               al pícaro, ¡vive Dios!                
               Si pensase....
ISABEL:                       Deteneos,
               siquiera porque, señor,
               vino a valerse de mí;
               que los hombres, como vos,
               han de amaparar las mujeres,                      
               si no por lo que ellas son,
               porque son mujeres; que esto
               basta, sindo vos quien sois.
ÁLVARO:        No pudiera otro sagrado
               librarle de mi furor,                             
               sino vuestra gran belleza;
               por ella vida le doy.
               Pero mirad, que no es bbien
               en tan precisa ocasión
               hacer vos el homicidio,                           
               que no queréis que haga yo.
ISABEL:        Caballero, si cortés
               ponéis en obligación
               nuestras vidas, no zozobre
               tan presto la intercesión.                 
               Que dejéis este soldado
               os suplico; pero no
               que cobréis de mí la deuda
               a que agradecida estoy.
ÁLVARO:        No sólo vuestra hermosura                  
               es derara perfección,
               pero vuestro entendimiento
               lo es también; porque hoy en vos
               alïanza están jurando
               hermosura y discreción.                    

Salen Pedro CRESPO y JUAN, las espadas desnudas

CRESPO:        ¿Cómo es eso, caballero?
               ¿Cuando pensó mi temor
               hallaros matando a un hombre,
               os hallo...
ISABEL:                  (¡Válgame Dios!)        Aparte
CRESPO:        ...requebrando a una mujer?                       
               Muy noble sin duda sois,
               pues que tan presto se os pasan
               los enojos.
ÁLVARO:                    Quien nació
               con obligaciones debe
               acudir a ellas; y yo                              
               al respeto de esta dama
               suspendí todo el furor.
CRESPO:        Isabel es hija mía,
               y es labradora, señor,
               que no dama.
JUAN:                       (¡Vive el cielo        Aparte                                                    
               que todo ha sido invención,
               para haber entrado aquí!
               Corrido en el alma estoy
               de que piensen, que me engañan,
               y no ha de ser.)  Bien, señor              
               capitán, pudierais ver
               con más segura atención
               lo que mi padre desea
               hoy serviros, para no
               haberle hecho este disgusto.                      
CRESPO:        ¿Quién os mete en eso a vos,
               rapaz?  ¿Que disgusto ha habido?
               Si el soldado le enojó,
               ¿no había de ir tras él?
               Mi hija os estima el favor                        
               del haberle perdonado,
               y el de su respeto yo.
ÁLVARO:        Claro está, que no habrá sido
               otra causa, y ved mejor
               lo que decís.
JUAN:                         Yo lo veo                          
               muy bien.
CRESPO:                  Pues, ¿cómo habláis vos
               así?
ÁLVARO:              Porque estáis delante,
               más castigo no le doy
               a este rapaz.
CRESPO:                       Detened,
               señor capitán; que yo               
               puedo tratar a mi hijo
               como quisiere, y vos no.
JUAN:          Y yo sufrirlo a mi padre,
               mas a otra persona no.
ÁLVARO:        ¿Qué habíais de hacer?         
JUAN:                                   Perder                   
               la vida por la opinión.
ÁLVARO:        ¿Qué opinión tiene un villano?
JUAN:          Aquella misma que vos;
               que no hubiera un capitán
               sino hubiera un labrador.                         
ÁLVARO:        ¡Vive Dios, que ya es bajeza
               sufrirlo!
CRESPO:                  Ved que yo estoy
               de por medio.

Sacan las espadas

REBOLLEDO:                    ¡Vive Cristo,
               Chispa, que ha de haber hurgón!
CHISPA:        ¡Aquí del cuerpo de guardia!          
REBOLLEDO:     ¡Don Lope, ojo avisor!

Sale don LOPE con hábito, muy galán,
y bengala

LOPE:          ¿Qué es aquesto?  ¿La primera
               cosa que he de encontrar hoy,
               acabdo de llegar,
               ha de ser una cuestión?                    
ÁLVARO:        (¡A qué mal tiempo don Lope      Aparte
               de Figueroa llegó!)
CRESPO:        (¡Por Dios, que se las tenía          Aparte
               con todos el rapagón!)
LOPE:          ¿Qué ha habido?  ¿Qué ha sucedido?                                                        
               Hablad, porque, ¡votos a Dios!,
               que a hombres, mujeres y casa
               eche por un corredor!
               ¿No me basta haber subido
               hasta aquí, con el dolor                   
               de esta pierna, que los diablos
               llevarán, amén, si no
               no decirme, "Aquesto ha sido"?
CRESPO:        Todo eso es nada, señor.
LOPE:          Hablad, decid la verdad.                          
ÁLVARO:        Pues es que alojado estoy
               en esta casa; un soldado...
LOPE:          Decid.
ÁLVARO:             ...ocasión me dio
               a que sacase con él
               la espada.  Hasta aquí se entró     
               huyendo.  Entréme tras él
               donde estaban esas dos
               labradoras, y su padre
               o su hermano--o lo que son--
               se han disgustado de que                          
               entrase hasta aquí.
LOPE:                              Pues yo
               a tan buen tiempo he llegado,
               satisfaré a todos hoyt.
               ¿Quién fue el soldado, decid,
               que a su capitán le dio                    
               ocasión de que sacase
               la espada?
REBOLLEDO:               (¡A que pago yo           Aparte
               por todos!)
ISABEL:                      Aquéste fue
               el que huyendo hasta aquí entró.
LOPE:          Denle dos tratos de cuerda.                       
REBOLLEDO:     Tras...  ¿Qué me han de dar, señor?
LOPE:          Tratos de cuerda.
REBOLLEDO:                         Yo hombre
               de estos tratos no soy.
CHISPA:        (De esta vez me lo estropean.)     Aparte
ÁLVARO:        (¡Ah, Rebolledo, por Dios,          Aparte                                                    
               que nada digas!  Yo haré
               que te libren.)

[REBOLLEDO habla] aparte a él

REBOLLEDO:                    (¿Cómo no
               lo he de decir, pues si callo,
               los brazos me pondrán hoy
               atrás, como mal soldado?)                  

A don LOPE

               El capitán me mandó
               que fingiese la pendencia,
               para tener ocasión
               de entrar aquí.
CRESPO:                       Ved ahora,
               si hemos tenido razón.                     
LOPE:          No tuvisteis, para haber
               así puesto en ocasión
               de perderse este lugar.
               ¡Hola!  Echa un bando tambor:
               --Que al cuerpo de guardia vayan                  
               los soldados cuantos son,
               y que no salga ninguno,
               pena de muerte, en todo hoy--
               Y para que no quedéis
               con aqueste empeño vos,                    
               y vos con este disgusto,
               y satisfechos los dos,
               buscad otro alojamiento;
               que yo en esta casa estoy
               desde hoy alojado, en tanto                       
               que a Guadalupe no voy
               donde está el Rey.
ÁLVARO:                            Tus preceptos,
               órdenes precisas son
               para mí.

Vanse los soldados

CRESPO:                  Entraos allá dentro.

Vanse ISABEL, INÉS y JUAN
            
               Mil gracias, señor, os doy                 
               por la merced, que me hicisteis
               de excusarme una ocasión
               de perderme.
LOPE:                      ¿Cómo habíais,
               decid, de perderos vos?
CRESPO:        Dando muerte a quien pensara                      
               ni aun el agravio menor.
LOPE:          ¿Sabes, ¡voto a Dios!, que es
               capitán?
CRESPO:                  Sí, ¡voto a Dios!,
               y aunque fuera él general,
               en tocando a mi opinión                    
               le matara.
LOPE:                    A quien tocara
               ni aun al soldado menor
               sólo un pelo de la ropa,
               ¡por vida del cielo!, yo
               le ahorcara.
CRESPO:                     A quien se atreviera                 
               a un átomo de mi honor,
               ¡por vida también del cielo!,
               que también le ahorcara yo.
LOPE:          ¿Sabéis que estáis olbigado
               a sufrir, por ser quien sois,                     
               estas cargas?
CRESPO:                       Con mi hacienda,
               pero con mi fama no.
               Al Rey la hacienda y la vida
               se ha de dar; pero el honor
               es patrimonio del alma,                           
               y el alma sólo es de Dios.
LOPE:          ¡Juro a Cristo!, que parece
               que vais teniendo razón!
CRESPO:        Sí, ¡juro a Cristo!, porque
               siempre la he tenido yo.                          
LOPE:          Yo vengo cansado, y esta
               pierna, que el diablo me dio,
               ha menester descansar.
CRESPO:        Pues, ¿quién os dice que no?
               Ahí me dio el diablo una cama,             
               y servirá para vos.
LOPE:          ¿Y dióle hecha el diablo?
CRESPO:                                 Sí.
LOPE:          Pues a deshacerla voy,
               que estoy, ¡voto a Dios!, cansado.
CRESPO:        Pues descansad, ¡voto a Dios!                
LOPE:          (Testarudo es el villano;          Aparte
               también jura como yo.)
CRESPO:        (Caprichoso es el don Lope         Aparte
               no haremos migas los dos.)

FIN DE LA PRIMERA JORNADA


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