AMADO Y ABORRECIDO

Pedro Calderón de la Barca

Texto basado en las COMEDIAS DE DON PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA, ed. Juan Jorge Keil (Leipzig, 1830), tomo IV. Fue editado en forma electrónica por David Hildner y luego pasado al HTML para ser presentado en esta colección por Vern Williamsen en 2000.


Personas que hablan en ella:

  • DANTE, galán
  • AURELIO, galán
  • LIDORO, galán
  • REY de Chipre
  • MALANDRÍN, gracioso
  • AMINTA, dama, hermana del rey
  • IRENE, dama, infanta de Egnido
  • FLORA, dama
  • NISE, dama
  • LAURA, dama
  • CLORI, dama
  • DIANA, diosa
  • VENUS, diosa
  • CRIADO
  • MÚSICA
  • Acompañamiento

JORNADA PRIMERA


Salen por una parte DANTE, y por otra AURELIO

AURELIO:            ¿Dónde queda el rey?
DANTE:                                       Detrás    
                 de esos ribazos le dejo,
                 en el alcance empeñado
                 de un jabalí, cuyo riesgo
                 veloz Aminta su hermana
                 sigue también.
AURELIO:                          Según eso,
                 ocasión será de que
                 concluyamos nuestro duelo,
                 con la novedad que está
                 citado.
DANTE:                      Para ese efecto
                 esperando estaba a vista
                 de este edificio soberbio.
AURELIO:         Pues llegad; solos estamos.
DANTE:           ¡Ah del soberano centro
                 donde aprisionada vive
                 toda la región del fuego!
AURELIO:         ¡Ah de la divina esfera
                 del sol más hermoso y bello
                 que, a pesar de opuestas nubes,
                 abrasa con sus reflejos!
DANTE:           ¡Ah del alcázar de amor!
AURELIO:         ¡Ah del abismo de celos!
DANTE:           ¡Patria de la ingratitud!
AURELIO:         ¡Monarquía del desprecio!
AURELIO y DANTE: ¡Ah de la torre!

En lo alto salen NISE y FLORA

FLORA y NISE:                          ¿Quién llama...
NISE:            ...tan sin temor...
FLORA:                                 ...tan sin miedo
                 a estos umbrales?
DANTE:                                 Decid
                 a vuestro divino dueño...
AURELIO:         Decid a la soberana
                 deidad de ese humano templo...
DANTE:           ...que a ese mirador se ponga.
AURELIO:         ...que salga a esa almena.
IRENE:                                        ¡Cielos!
                 ¿Quién para tanta osadía
                 ha tenido atrevimiento?
                 ¿Quién aquí da voces?
AURELIO y DANTE:                       Yo.
IRENE:           Ya con dos causas, no menos
                 que antes extrañé el oíros,
                 habré de extrañar el veros,
                 no tanto porque del rey
                 atropelléis los decretos,
                 no tanto porque de mí
                 aventuréis el respeto,
                 rompiendo el coto a la línea
                 de mi espíritu soberbio,
                 cuanto porque acrisoléis
                 la ingratitud de mi pecho,
                 que a par de los dioses juzga
                 lograr mármoles eternos.
                 Si de por sí cada uno,
                 aun en callados afectos
                 que apenas a estos umbrales
                 llegaron, cuando volvieron
                 castigados y no oídos,
                 examinó mis desprecios,
                 ¿qué hará, unido de los dos,
                 ahora el atrevimiento?
                 ¿Qué pretendéis?  ¿Qué intentáis?
                 Y ¿con qué efecto, en efecto,
                 llegáis aquí?  ¿Para qué
                 me dais voces?
AURELIO y DANTE:                  Para esto.

Sacan las espadas

AURELIO:         Que si de ambos ofendida
                 estás, ambos pretendemos,
                 con librarte de una ofensa,
                 ganar un merecimiento.
DANTE:           Y porque de su valor
                 quede el otro satisfecho,
                 queremos que seas testigo
                 tú misma de nuestro esfuerzo.
AURELIO:         Ya partido el sol está,
                 pues el sol nos está viendo.
DANTE:           Yo, porque no esté partido,
                 lidiaré por verle entero.

Riñen

IRENE:           Tened, tened las espadas;
                 templad los rayos de acero;
                 mirad que aun el vencedor
                 la esgrime contra sí mesmo,
                 pues no es menor el peligro
                 de vivir que quedar muerto.

Siguen riñendo

AURELIO:         ¡Qué valor!
DANTE:                       ¡Qué bizarría!
IRENE:           Llamad quien de tanto empeño
                 el riesgo excuse.
NISE:                              ¡Ah del monte!
FLORA:           ¡Cazadores y monteros
                 del rey!

Dentro

VOZ:                      De la torre llaman.
           Acudid, acudid presto.
AURELIO:         ¡Que no acabe con tu vida!
DANTE:           ¡Que dures tanto!

Salen el REY y gente

REY:                              ¿Qué es esto?
AURELIO y DANTE: Nada, señor.
IRENE:                       (Las almenas               Aparte
                 dejaré.  Y pues al rey tengo
                 tan cerca de mí, han de hablarle
                 claros hoy mis sentimientos.)

Vase

REY:             ¿Qué es esto?, digo otra vez;
                 y no ya porque pretendo
                 que afectado el disimulo
                 desvelar quiera el intento,
                 sino porque ya empeñado
                 estoy en que he de saberlo.
                 ¿Qué es esto, Dante?
DANTE:                                 Señor,
                 no lo sé.
REY:                              ¿Qué es esto, Aurelio?
AURELIO:         Tampoco sabré decirlo.
REY:             ¡Oh, qué recato tan necio
                 y tan fuera de que llegue
                 a conseguirse!  Y, supuesto
                 que lo he de saber, mirad
                 que casi toca el silencio
                 en especie de traición.
DANTE:           A esa fuerza...
AURELIO:                        A ese precepto...
DANTE:           ...la causa, señor...
AURELIO:                                ...la causa...
REY:             Decid.
DANTE:                ...es amor.
AURELIO:                          ...son celos.
REY:             Aunque celos y amor sea
                 respuesta bastante, puesto
                 que ellos son de acciones tales
                 culpa disculpada, quiero
                 más por extenso informarme
                 de la causa porque, siendo,
                 como sois, en paz y en guerra
                 los dos polos de mi imperio,
                 con quien igual he partido
                 la gravedad de su peso,

A DANTE
           
                 valeroso tú en las armas,

A AURELIO

                 político tú al gobierno,
                 no es justo, habiendo llegado
                 yo, dejar pendiente el duelo
                 para otra ocasión; y así
                 he de informarme, primero
                 que le ajuste, de la causa
                 que tenéis.
DANTE:                        Yo fío de Aurelio
                 tanto, señor --porque al fin,
                 sobre ser quien es, le tengo
                 por competidor y mal,
                 sin ser noble, podía serlo--,
                 que lo que él diga será
                 la verdad; y así te ruego
                 la oigas dél, pues cuando no
                 estuviera satisfecho
                 de su valor y su sangre,
                 por no decirla yo, pienso
                 que me dejara vencer,
                 aun en lo dudoso, a precio
                 de que mi voz no rompiera
                 las cárceles del silencio.
AURELIO:         Cuando no me diera Dante
                 licencia de hablar primero,
                 la pidiera yo, porqué
                 tan obediente al precepto
                 de tu voz estoy que, al ver
                 que tú gustas de saberlo,
                 aunque es mi afecto tan noble
                 como el suyo, hiciera menos
                 en callarlo que en decirlo.
                 Y es fácil el argumento,
                 pues en materias de amor
                 siempre calla un caballero
                 y no siempre un rey pregunta.
DANTE:           Dices bien, y yo me alegro
                 que en callar y hablar los dos
                 tan de un parecer estemos
                 que, hablando tú y yo callando,
                 quedemos los dos bien puestos.
AURELIO:         Un día, señor...

Salen AMINTA y damas

AMINTA:                                Hermano,
                 ¿qué es la causa que te ha hecho
                 dejar la caza y venir
                 otra novedad siguiendo?
REY:             De Aurelio, Aminta, lo oirás,
                 pues que llegas a buen tiempo.
DANTE:           (No llega sino a bien malo.)           Aparte
REY:             Prosigue, pues.
AURELIO:                          Oye atento.
                 Un día, señor, que a caza
                 saliste a este sitio ameno,
                 y yo contigo, llamado
                 de la ladra de sabuesos
                 y ventores, que lidiaban
                 con un jabalí en lo espeso
                 del monte, di de los pies
                 a un veloz caballo, a tiempo
                 que impacientes dos lebreles,
                 por llegar a socorrerlos,
                 antes que de la traílla
                 les diese suelta el montero,
                 le arrastraban por las breñas,
                 de suerte libres y presos
                 que, con cadena y sin tino,
                 iban atados y sueltos.
                 Pasaron por donde estaba
                 y, enredándose ligeros
                 entre los pies del caballo,
                 desatentado y soberbio
                 con ellos lidió, hasta que,
                 mal desenlazado de ellos,
                 el eslabón a un collar
                 rompió, y la obediencia al freno,
                 tal que de una en otra peña,
                 sin darse a partido al tiento
                 de la rienda, disparó,
                 hasta que, chocando ciego
                 con lo espeso de unas jaras,
                 perdió, con el contratiempo,
                 tierra tan dichosamente
                 que, él embazado y yo atento,
                 desamparamos iguales
                 yo la silla y él el dueño.
                 Aquí, al cobrarle la rienda,
                 se enarboló en dos pies puesto
                 y, llevándome tras sí,
                 partimos los elementos,
                 pues el mar de mi sudor
                 y de su cólera el fuego,
                 dejándome con la tierra,
                 le vieron ir con el viento.
                 Solo y a pie en la espesura,
                 ni bien vivo ni bien muerto,
                 sin saber dónde, quedé.
                 Preguntarásme a qué efecto,
                 hablándome tú en mi amor,
                 te respondo yo en mi riesgo.
                 Pues escucha; que no acaso
                 te he contado todo esto;
                 porque, hallándome, según
                 dirá después el suceso,
                 dentro del vedado coto
                 que tienes, gran señor, puesto
                 a la libertad de Irene,
                 fue justo decir primero
                 la disculpa con que yo
                 romperle pude, supuesto
                 que fue por culpa de un bruto;
                 que no pudieran con menos
                 violento acaso quebrar
                 mis lealtades tus preceptos.
                 Solo y a pie, como he dicho,
                 sin norte, sin guía, sin tiento,
                 me hallé en la inculta maleza,
                 las vagas huellas siguiendo
                 de las fieras que, perdidas
                 tal vez, tal cobradas, dieron
                 conmigo en la verde margen
                 de un cristalino arroyuelo
                 que, del monte despeñado,
                 descansaba en un pequeño
                 remanso, y para correr
                 paraba a tomar esfuerzo.
                 ¡Oh cómo sin elección
                 del humano entendimiento
                 sabe mostrarse el peligro,
                 sabe sucederse el riesgo!
                 Dígalo yo; pues llevado
                 de mí sin mí, discurriendo
                 al arbitrio del destino
                 --que homicida de sí mesmo,
                 sin saber dónde guía, sabe
                 dónde está el peligro, haciendo
                 de las señas del escollo
                 seguridades del puerto--,
                 me vi, cuando juzgué a vista
                 de los descansos, oyendo
                 de no sé qué humana voz
                 los mal distintos acentos,
                 y tan lejos del alivio
                 que, áspid engañoso el eco,
                 en las lisonjas del aire
                 escondía su veneno.
                 Estaba en la verde esfera
                 del más intrincado seno,
                 tejido coro de ninfas
                 como guardándole el sueño
                 a una deidad, recostada
                 en el apacible lecho
                 que de flores, yerba y rosa
                 estaba el aura mullendo.
                 No te quiero encarecer
                 su perfección; sólo quiero,
                 para disculpa, que sepas
                 que vi y amé tan a un tiempo
                 que, entre dos cosas no pude
                 distinguir cuál fue primero,
                 pues juzgo que volví amando
                 aun antes de llegar viendo.
                 Apenas entre las ramas
                 el templado ruido oyeron
                 de las hojas que movía
                 la inquietud de mi silencio
                 cuando todas asustadas
                 por las malezas huyeron
                 del monte.  Quise seguirlas,
                 mas no pude; que, resuelto
                 delante un guarda me puso
                 el arcabuz en el pecho,
                 diciéndome que me diese
                 a prisión, por haber hecho
                 contra las órdenes tuyas
                 tan notable atrevimiento
                 como haber roto la línea
                 de aquese vedado cerco.
                 Dije quién era y la causa,
                 a cuya disculpa atento,
                 disimulando conmigo,
                 guïó mis pasos, diciendo
                 lo que yo le dije a Dante
                 después, de cuyo secreto
                 vino a originarse en ambos
                 la ocasión de nuestro duelo,
                 que fue que aquel bello asombro,
                 aquel hermoso portento,
                 era Irene.
REY:                        Calla, calla,
                 no prosigas; que no quiero
                 saber que traidor tu engaño
                 adora lo que aborrezco.
                 Mujer, enemiga mía,
                 sangre aleve de quien... (Pero         Aparte
                 ¿a mí puede destemplarme
                 tanto ningún sentimiento?)
                 ¿Es ella, Dante, también
                 la que tú adoras?
DANTE:                             Supuesto
                 que yo el secreto no he dicho,
                 poco importa del secreto
                 que diga la circunstancia.
                 Sí, señor, pero advirtiendo...
                 (Perdone Aminta.)                      Aparte
AMINTA:                            (¡Ay de mí!           Aparte
                 ¿Qué escucho?)
DANTE:                            ...que fue primero...
AMINTA:          (¡Ah, ingrato amante!)                   Aparte
DANTE:                                 ...mi amor...
REY:             ¿Qué?
DANTE:                  ...que tu aborrecimiento.
REY:             ¿Primero tu amor?  Prosigue.
                 ¿De qué suerte?
DANTE:                             Escucha atento.
                 Lo que por mayor supiste
                 sabrás por menor; que temo,
                 por obligar lo que adoro,
                 enojar lo que aborrezco.
AMINTA:          (¡Oh, quiera Amor que yo pueda           Aparte
                 reprimir mis sentimientos!)
DANTE:           Lidógenes, rey de Egnido,
                 tributario del imperio
                 de Chipre, que largos años
                 te deje gozar el cielo,
                 en campaña contra ti
                 puso sus armas, diciendo
                 que no había de pagarte
                 aquel heredado feudo
                 que a tu corona tributan
                 los avasallados reinos
                 que el Archipiélago baña,
                 porque el de Egnido era esento
                 a causa de no sé qué
                 mal honestados pretextos,
                 que no me toca argüirlos,
                 aunque me tocó vencerlos.
                 Tú indignado preveniste
                 tus armadas huestes, siendo
                 yo su general, a quien
                 honraron con este puesto
                 siempre, señor, tus favores
                 más que mis merecimientos.
                 Con ellas, pues, salí en busca
                 de tu enemigo; y, supuesto
                 que sabes que le vencí,
                 sólo en esta parte quiero,
                 por lo que al suceso toca,
                 eslabonar el suceso.
                 Y así diré solamente
                 que aquel día en que vi puesto
                 de la fortuna al arbitrio
                 todo el poder de tu imperio,
                 fauto para mí e infausto
                 fue, pues me vi a un mismo tiempo
                 ser vencedor y vencido,
                 cuando, en fuga el campo puesto
                 de Lidógenes, que iba
                 desbaratado y deshecho,
                 entre el bélico aparato
                 de tanto marcial estruendo,
                 tanto militar asombro
                 reconocí un caballero
                 que a todos sobresalía
                 por ser su arnés un espejo
                 en quien se miraba el sol,
                 que, blandiendo herrado el fresno,
                 la sobrevista calada,
                 en un bruto tan ligero
                 que pareció que volaba
                 con las plumas de su dueño,
                 de las desmandadas tropas
                 que iban por el campo huyendo
                 el desorden reducía,
                 valiente, animoso y diestro,
                 solicitando rehacerlas
                 para empeñarlas de nuevo,
                 por ver si así mejoraba
                 de fortuna en el reencuentro.
                 Puse en él los ojos y él,
                 adivinando mi intento,
                 que a veces el corazón
                 habla de parte de adentro,
                 saliéndome al paso, hizo
                 elección de mejor puesto,
                 ocupando de un ribazo
                 la loma, cuyo terreno,
                 algo pendiente, le hacía
                 ventajoso, donde habiendo
                 proporcionado a su juicio
                 la distancia del encuentro,
                 pasó de la cuja al ristre
                 la lanza con tal denuedo
                 que, hecho a la mano el caballo,
                 sin esperar el acuerdo
                 de la espuela, para mí
                 partió tan galán, tan diestro
                 que diera miedo a cualquiera
                 que hubiera de tener miedo.
                 Yo, que sobre el mismo aviso
                 estaba, habiendo primero
                 reparado mi caballo,
                 por ganarle algún aliento,
                 al verle partir, partí
                 tan igual con él que entiendo
                 que, a haber medio entre los dos,
                 el choque dijera el medio.
                 Entre baberol y gola
                 el asta me rompió, a tiempo
                 que yo de la gola arriba
                 la mía rompí, subiendo
                 en átomos, no en astillas,
                 tal altos entrambos fresnos
                 que, de la región del aire
                 pasándose a la del fuego,
                 por encenderse, tardaron
                 en caer o no cayeron.
                 Mal afirmado en la silla
                 quedó un rato porque, haciendo
                 en las grabazones presa
                 el trozo último del cuento
                 se llevó con el penacho,
                 falseando el tornillo al yelmo,
                 la sobrevista tras sí,
                 de manera que, volviendo
                 a recobrarse en el torno,
                 empuñanado el blanco acero,
                 a buscarme y a buscarle,
                 le vi el rostro descubierto,
                 en cuya rara hermosura,
                 en cuyo semblante bello
                 suspendido y admirado,
                 juzgué que, Adonis con celos
                 de Marte, pretendía dar
                 satisfacciones a Venus
                 de que lo hermoso no sólo
                 es en las cortes soberbio.
                 Embistióme, pues, segunda
                 vez, en cuyo trance creo
                 que quedara victorioso,
                 según yo estaba suspenso,
                 si, tropezando el caballo
                 --quizá fue en mi pensamiento,
                 pues yo se le eché delante--,
                 con él no diera en el suelo,
                 de cuyo acaso gozando,
                 me hallé vencedor en duelo
                 tan dudoso que quedamos
                 uno de otro prisionero,
                 él de mi esfuerzo, mas yo
                 de su hermosura y su esfuerzo.
                 Retiráronle a mi tienda,
                 y fui el alcance siguiendo
                 hasta que, ya coronado
                 de despojos y trofeos,
                 canté la victoria, y más
                 cuan[d]o, a mis reales volviendo,
                 supe al entrar en mi tienda
                 que el hermoso prisionero
                 que en ella estaba era..

Salen IRENE, CLORI y LAURA

IRENE:                                       Yo,
                 que llegar, señor, no temo
                 a tus pies, gozando de esta
                 ocasión que hoy me da el cielo,
                 porque sé que en tus enojos
                 nada aventuro, supuesto
                 que no aventuro la vida,
                 porque es la que yo no tengo.
                 Y así, pues he de morir
                 sepultada en mi silencio,
                 muera anegada en mi llanto,
                 y débate por lo menos,
                 en albricias de mi muerte,
                 el estarme un rato atento.
                    Hija soy de Lidógenes de Egnido          
                 isla del Archipiélago que, ufana,
                 como ésta a Venus consagrada ha sido,
                 aquélla consagrada fue a Dïana,
                 de cuyo opuesto rito ha procedido
                 entre las dos la enemistad tirana
                 que las mantiene en iras y rencores,
                 hija de olvidos una, otra de amores.
                    A aquesta causa aborrecidos creo
                 que siempre unos isleños de otros fuimos;
                 y así no hay que buscarle nuevo empleo
                 a nuestra enemistad, pues siempre vimos
                 que, opuesto el culto, opuesto está el deseo;
                 con que unos y otros al nacer hicimos
                 callados homenajes en la cuna
                 de aborrecer nuestra mejor fortuna.
                    Este, pues, heredado horror, que vario
                 el tiempo no borró de la memoria,
                 engendró en nuestra gente el temerario
                 pretexto de negarte aquella gloria
                 de que su rey te fuese tributario;
                 y aunque declare el cielo la victoria
                 en tu favor, nos queda por consuelo
                 creer que tuvo otro motivo el cielo.
                      Pues no siempre sus orbes celestiales,
                 no siempre sus luceros, sus estrellas,
                 árbitros de los bienes y los males,
                 lo mejor distribuyen que hay en ellas,
                 porque importa tal vez que desiguales
                 los dioses oigan mal nuestras querellas
                 y, siendo su instrumento el enemigo,
                 injusticia parezca el que es castigo.
                    Y así, dejando aparte que tuviese
                 otra razón mi padre, pues ninguna
                 es mayor que pensar cuánto le pese
                 ver mejorada en algo tu fortuna,
                 voy --o ya fuese justa o no lo fuese
                 la guerra-- a si hay alguna ley, alguna
                 razón para que, siendo prisionera,
                 en una torre emparedada muera.
                    Si yo en los ejercicios de Diana,
                 por ser a su deidad más parecida,
                 tan altiva nací, viví tan vana
                 que, siendo de las fieras homicida,
                 quise llegar con ambición ufana,
                 quise pasar con fama esclarecida
                 a serlo de los hombres, porque vieras
                 cuánto son para mí los hombres fieras
                    --a cuyo efecto vine gobernando
                 del ejército el trozo que postrero
                 se puso en fuga, ¡ay infelice!, cuando
                 contra mí el hado articuló severo
                 la infausta voz que el enemigo bando
                 victoria apellidó, y por eso infiero
                    que rigor a rigor añadir miras,
                 crüeldad a crüeldad, iras a iras--,
                    ¿de cuándo acá en los reyes ha durado
                 desde un día rencor para otro día?
                 ¿De cuándo acá la indignación del hado,
                 fiera al vencer, no es en venciendo pía?
                 Si mi valor te puso en tal cuidado,
                 mi valor es también el que debía
                 ponerte en el de honrarme, pues ha sido
                 gloria del vencedor la del vencido.
                      Y ya que esta razón en ti no alcanza
                 piedad, por tantas causas merecida,
                 acaba de una vez con tu venganza;
                 de una vez, no de tantas se despida,
                 porque de aquestos pies, sin esperanza
                 de mi muerte, no digo de mi vida,
                 no me he de levantar, donde en despojos
                 las lágrimas consagro de mis ojos.
                    Y porque afable esa deidad humana
                 responda al sacrificio que la adora,
                 no soy de armadas huestes capitana,
                 no infanta soy de Egnido vencedora,
                 no soy sacerdotisa de Dïana,
                 pues sólo soy una mujer que llora,
                 tan modesta en pedir que aun de esta suerte
                 no pido más de que me des la muerte.

REY:                Levanta, Irene, del suelo;     
                 y pues en público acusas
                 mi majestad de tirana,
                 para que serlo no arguyan,
                 ni tú, ni cuantos oyeron
                 las hermosas quejas tuyas,
                 aunque lo sienta, he de darte
                 en público la disculpa.
                 El día que tuve aviso
                 de aquella batalla, en cuya
                 victoria estribó el honor
                 de mi majestad augusta,
                 hice sacrificio a Venus,
                 cuya hermosa deidad suma,
                 tutelar de Chipre, siempre
                 velando está en guarda suya.
                 Ella, al tiempo que sus aras
                 religioso fuego ahuma,
                 a mi culto agradecida,
                 por su oráculo articula
                 que vencerían mis armas,
                 pero tan a costa suya
                 que el mejor despojo de ellas
                 sería...

Dentro ruido grande

LIDORO:                    Asombros y furias
                 nos combaten.
UNO:                           ¡Iza!
OTRO:                                 ¡Amaina!
OTRO:            ¡Qué pena!
OTRO:                        ¡Qué ansia!
OTRO:                                    ¡Qué angustia!
LIDORO:          ¡Piedad, dioses!
TODOS:                              ¡Piedad, cielos!
REY:             Cuanto iba a decir pronuncia
                 por mí el aire, pues en quejas
                 la voz a mis labios hurta.
IRENE:           No, señor, en los acasos
                 el constante varón funda
                 agüeros; lamentos son,
                 cuantos hoy tu acento usurpan,
                 de un derrotado bajel
                 que, sin norte y sin aguja,
                 antes de tomar el puerto,
                 está corriendo fortuna.
AMINTA:          Es verdad, pues, contrastado
                 de dos violentas injurias,
                 con los vientos y las ondas
                 a brazo partido lucha.
NISE:            Ya de ambas sañas movido,
                 no sabe a qué parte sulca.
FLORA:           Embates de mar y tierra
                 le zozobran y le asustan.
AURELIO:         Y tanto que desbocado
                 choca con las peñas duras.
DANTE:           En ellas cascado el pino,
                 su todo en partes menudas
                 desata, de suerte que
                 ya el que fue bajel es tumba.

Dentro

LIDORO:          ¡Piedad, Dïana!
DIANA:                            A mí siempre
                 me fue contraria la espuma,
                 que es de la deidad de Venus
                 primer patria y primer cuna.
LIDORO:          ¡Piedad, Venus!
VENUS:                            No hay piedad
                 con quien estos puertos busca,
                 en sus entrañas trayendo
                 tan grande traición oculta.
TODOS:           ¡Piedad, dioses!  ¡Piedad, cielos!
IRENE:           ¡Qué pena!
AMINTA:                     ¡Qué ansia!
TODOS:                                   ¡Qué angustia!
REY:             Esperad aquí las dos,
                 siendo paréntesis una
                 desdicha de otra, entre tanto
                 que hoy el primero yo acuda
                 a socorrer en la orilla
                 los que náufragos fluctúan.

Vase

DANTE:           Ociosa piedad será,
                 que, hidrópica la sañuda
                 sed del mar, ni aun un fragmento
                 arroja a tierra.

Vase

AURELIO:                            En cerúleas
                 bóvedas el mar dio a todos
                 pira, monumento y urna.

Vase

IRENE:           Aunque la piedad, Aminta,
                 no es prenda de la hermosura,
                 puesto que en humano pecho
                 nadie las vio vivir juntas,
                 la de esta mísera ruina
                 será bien que aquí reduzca
                 a tus pies --bien que a pesar
                 de mi altivez-- mi fortuna
                 te suplica que intercedas
                 con tu hermano que concluya
                 con mi vida, dando fin
                 a una prisión tan injusta.
AMINTA:          Los motivos de mi hermano,
                 que estorbó esa desventura
                 decir, hasta ahora nadie
                 sabe, pero está segura
                 que, si estuviera en mi mano
                 tu libertad, es sin duda
                 que desde un instante acá,
                 según el verte me angustia,
                 estuvieras ya, no digo,
                 Irene, en la patria tuya,
                 pero aun donde no pudieras
                 volver a estas islas nunca.
IRENE:           De tu generosa sangre
                 lo creo, y está segura
                 tú también que, cuando no
                 fuera felicidad suma
                 la libertad, por no verme
                 donde atrevido presuma
                 Dante halagar con finezas
                 los ceños de mis injurias,
                 lo estimara.
AMINTA:                        Según eso,
                 ¿verte amada te disgusta
                 de Dante?
IRENE:                   Y tanto...
AMINTA:                          (¡Alma, albricias!) Aparte
IRENE:           ...que el incendio de mi furia
                 no ha de apagarse hasta que
                 sea con la sangre suya.
AMINTA:          (Primero con su poder                  Aparte
                 todo el cielo te destruya.)
IRENE:           ¿Qué dices?
AMINTA:                     Nada.  (¡Ay, amor,            Aparte
                 siempre mi pesar procuras,
                 primero por si le amaba
                 y agora porque le injuria!)

Salen el REY, DANTE y AURELIO

REY:             No se ha visto igual estrago;
                 apenas la saña bruta
                 de ese monstruo dio a la arena
                 ni aun la seña más menuda
                 de su naufragio.
AMINTA:                              Pues ya
                 que, como dices, es una
                 pena paréntesis de otra,
                 no venzan ambas y suplan
                 noticias de la primera
                 lástimas de la segunda.
REY:             Dices bien, y así mi voz
                 en lo que empezó discurra,
                 diciendo que al tiempo que
                 religioso fuego ahuma
                 --aquí quedamos-- las aras
                 de Venus, su voz pronuncia
                 que vencerían mis armas,
                 pero tan a costa suya
                 que trocaría el despojo
                 en desdicha la ventura.
                 Veniste tú prisionera
                 y, viendo cuánto se aúnan
                 vaticinios que amenazan
                 ruinas, tragedias e injurias
                 con bellezas que aun después
                 de verse vencidas triunfan,
                 hurtarte quise a los ojos
                 de mis gentes.  ¡Qué locura!
                 ¡Buscar medios que embaracen
                 donde hay estrellas que influyan!
                 Dígalo el ver que, aun guardada
                 en las entrañas incultas
                 de estos montes, has podido
                 dar principio a las futuras
                 ansias que temí, poniendo
                 en campal ardiente lucha
                 los héroes que de mi imperio
                 son las más fuertes colunas.
                 Y pues infalible el hado
                 ni se estorba ni se excusa,
                 pues antes busca su efecto
                 quien su impedimento busca,
                 entre tu llanto y mi miedo
                 partir pretendo la duda,
                 y que ni libre ni presa
                 quedes.
IRENE:                   ¿De qué suerte?
REY:                                      Escucha,
                 y escuchad todos.  Irene,
                 en cuya rara hermosura
                 la de nuestra diosa Venus
                 no quiere sufrir segunda,
                 no ha de volver a su patria,
                 pues su persona asegura
                 la invasión de estos estados,
                 siendo a la contraria furia
                 de sus movimientos freno,
                 y de su cerviz coyunda.
                 Quedarse como se estaba,
                 viendo que así no se excusan
                 los riesgos, es miedo inútil.
                 Si aun guardada nos perturba,
                 darla libertad tampoco;
                 pues será poner sin duda
                 en su libertad al hado.
                 A todo lo cual se junta
                 a muerte estar condenados
                 los dos.   Pues haya una industria
                 que disculpe mis crueldades
                 y que repare las suyas.
                 Esta ha de ser; que en mi estado
                 tome estado, con que ajustan
                 mis recelos que a su patria
                 volverse no pueda nunca,
                 siendo su alcaide su esposo;
                 con que también se asegura
                 que su sucesión vasalla
                 la ley de mi imperio sufra.
                 Y puesto que éste ha de ser
                 uno de los dos, con cuya
                 satisfacción el delito
                 de romper esta clausura
                 queda también honestado,
                 cada uno consigo arguya
                 quién querrá esposa con quien
                 Venus desdichas le anuncia,
                 el hado, ruinas, y todo
                 el cielo penas y angustias;
                 advirtiendo que ha de ser
                 la primera a que se ajusta
                 perder mi corte y mi gracia,
                 pues lo que aborrezco busca,
                 y sangre enemiga mía
                 hacerla su esposa gusta.
                 Y pues os doy a escoger,
                 brevemente lo discurra
                 vuestro amor, que habéis de darme
                 respuesta luego, y presuma
                 cualquiera que de esta ley,
                 o sea justa o no sea justa,
                 no será la culpa mía,
                 puesto que es la elección suya.
IRENE:           Mira, señor, que sin mí
                 esa nueva ley promulgas
                 y, en vez de librarme, a más
                 estrecha prisión me mudas.
                 ¿Yo la mano...?
REY:                              Esto ha de ser.

Vase

AURELIO:         Pues si eso ha de ser, escucha;
                 que yo que pensar no tengo.
                 Perdóneme una hermosura,
                 porque no ha de ser mi amor
                 árbitro de mi fortuna.

Vase

AMINTA:          Dante, en la elección que hicieres,
                 mira bien lo que aventuras,
                 que pierdes al rey y pierdes...
                 pero prosíganlo mudas
                 penas, que dichas son pocas
                 y calladas serán muchas.

Vase

IRENE:           Dante, porque no por mí
                 desperdicies tu ventura;
                 la gracia del rey conserva,
                 en ella tu aumento funda;
                 que yo, que no he de pagarte
                 rendidas finezas nunca
                 con amor, con desengaños
                 intento que uno a otro supla;
                 porque desde el día que fuiste
                 de mi tragedia importuna
                 el principal instrumento,
                 te aborrecí con tan suma
                 aversión que, si me hicieses
                 reina del mundo absoluta,
                 antes de darte mi mano
                 ni que llegara a ser tuya,
                 volviera, no digo sólo
                 a aquesa prisión inculta,
                 pero a vivir desde luego
                 las entrañas de una gruta,
                 donde a este vivo cadáver
                 sirviese de sepultura
                 o la pira de ese monte
                 o de ese risco la tumba.

Vase

DANTE:           ¡Ay, infelice!  ¿Quién vio
                 atropellarse tan juntas
                 en dos iguales bellezas
                 los favores y las furias,
                 las finezas y las iras,
                 las sañas y las blanduras,
                 las lágrimas y las penas,
                 las quejas y las injurias?

Sale MALANDRÍN

MALANDRÍN:       ¿Era hora, señor, de hallarte?
                 ¿Dónde están los que te buscan?
                 Que hasta uno o dos yo haré que
                 no te ofendan; y es sin duda,
                 pues, huyendo yo, tras mí
                 irán, con que te aseguras
                 de ellos, para que se vea
                 que no hay pendencia ninguna
                 donde no sirva de algo
                 un camarada, aunque huya.
                 ¿Qué pendencia ha sido ésta?
                 ¡Ah, señor!

DANTE, divertido, da un golpe a MALANDRÍN al
decir las siguientes palabras

DANTE:                            ¡Oh suerte dura!
MALANDRÍN:       ¡Y cómo que lo es, y está
                 tu suerte en la mano tuya!
                 ¡Oigan, qué sesgo se queda!
                 ¿Quién vio suspensión tan muda?
                 Vamos por estotra mano,
                 por si es más quieta la zurda.
                 ¡Ah, señor!

DANTE, divertido, le da otro golpe

DANTE:                            ¡Válgame el cielo,
                 y qué crueldad tan injusta!
MALANDRÍN:       Por muy injusta que es,
                 bastantemente se ajusta
                 a cuánto es pedir de boca.

DANTE repara en MALADRÍN

DANTE:           ¿Quién está aquí?
MALANDRÍN:                           ¿Ahora lo dudas?
                 Pues ¿no lo dudaras antes
                 de las dos manifacturas?
DANTE:           ¿Qué manifacturas?
MALANDRÍN:                           ¡Bueno!
                 ¿Por tan liberal te juzgas
                 que de lo que das te olvidas?
DANTE:           Deja, Malandrín, locuras;
                 que no estoy de burlas.
MALANDRÍN:                              Pues
                 ¿quién está, señor, de burlas
                 si ya no es que sean de manos,
                 tan pesadas como tuyas?
                 Pero ¿qué es esto?  ¿Qué tienes?
                 ¿Qué suspiras?  ¿Qué murmuras
                 entre ti?  Dime tus penas.
DANTE:           ¡Ay, infeliz, que son muchas!
MALANDRÍN:       Pues no me las digas todas;
                 que hartas habrá con algunas.
DANTE:           Aurelio, como a su amigo,
                 fiándome la pena suya,
                 me dijo que a Irene adora.
MALANDRÍN:       Pues ¿qué importa?
DANTE:                                 ¿Hay tal locura?
MALANDRÍN:       La locura es importar
                 entre amigos.  ¿Que se pudra
                 un hombre de que otro quiera
                 lo que él quiere?
DANTE:                              Si no escuchas,
                 no diré que de este acaso
                 en nuevo duelo resulta
                 reñir los dos, y que el rey
                 a partido nos reduzca
                 de que el que case con ella
                 pierda...
MALANDRÍN:                  ¿Qué?
DANTE:                         ...la gracia suya.
MALANDRÍN:       Pues ¿hay más de no casarse?
                 ¿Vale tanto una hermosura,
                 señor, como una privanza?
DANTE:           Y aun es de tantas fortunas
                 no la menor...
MALANDRÍN:                        ¿Qué?
DANTE:                              ... que Aminta
                 generosamente acuda
                 a vengar sus sentimientos.
MALANDRÍN:       Por cierto que tú te asustas
                 de una cosa que no sé
                 en qué discreción la fundas;
                 pues cuando está más celosa
                 es cuando está más segura
                 una dama.  ¿Por qué piensas
                 que en este tiempo es cordura
                 tener un hombre dos damas,
                 sino porque, si la una
                 falta, quede la otra que
                 la cátedra sustituya?
                 Y así soy de parecer
                 que a Irene dejes y suplas
                 a la una con la otra,
                 y a la otra con la una.
DANTE:           Calla, loco, no prosigas;
                 que el oírte me disgusta,
                 cuando, al ver que una me obliga
                 al paso que otra me injuria,
                 temo que desesperado
                 al mar me arrojen mis furias,
                 donde en el último aliento
                 digan lástimas tan justas...

Dentro

LIDORO:          ¡Ay infelice de mí,
                 contra cuya suerte dura
                 todo el poder de los hados
                 tiranamente se aúna!            
DANTE:           Aguarda. ¿Qué voz es ésta?
MALANDRÍN:       Pues ¿a quién se lo preguntas?
                 ¿Sélo yo?
DANTE:                      A lo que se deja
                 ver, entre ruinas caducas
                 que el mar a la tierra arroja,
                 de las ondas, con quien lucha,
                 parece que un hombre escapa
                 la vida casi difunta.
LIDORO:          ¡Si aun no estás vengada, Venus,
                 de tu cólera sañuda,
                 no me des puerto en la tierra,
                 pero dame sepultura!
MALANDRÍN:       Lo de "morir a la orilla"
                 se dijo por él sin duda.

Sale LIDORO como arrojado y desnudo

DANTE:           Infelice peregrino
                 del mar, si de tu fortuna
                 la última línea no tocas,
                 el perdido aliento ayuda,
                 que otro infelice en sus brazos
                 te recibe, porque acuda
                 a quien fluctúa en el mar
                 quien en la tierra fluctúa.
LIDORO:          Si vuestra piedad... No puedo
                 proseguir; que la voz muda,
                 dentro del pecho anegada,
                 todos mis sentidos turba.
                 ¡Ay infelice de mí!
                 ¡Muerto soy!

Desmáyase

DANTE:                            ¡Qué desventura!
                 ¿Si ha espirado?
MALANDRÍN:                            No, señor,
                 que aun agonizando pulsa.
DANTE:           Llévale a aquesa cercana
                 población.
MALANDRÍN:                     ¿Quién?
DANTE:                                 Tú; y procura
                 que con algún beneficio
                 los alientos restituya.
MALANDRÍN:       Juro a Baco que es el dios
                 por quien los pícaros juran,
                 que tal no lleve.  ¡Por cierto,
                 linda comisión!
DANTE:                              ¿Qué dudas?
MALANDRÍN:       Andar con un muerto a cuestas
                 por aquestas espesuras.
DANTE:           Llévale; que yo no puedo.
MALANDRÍN:       Ni yo tampoco.  Sin duda,
                 que a lo que infiero era...
DANTE:                                    ¿Qué?
MALANDRÍN:       Amante de sola una,
                 porque es necio tan pesado
                 que las costillas me abruma.

Vase MALANDRÍN, llevándolo a cuestas
a LIDORO

DANTE:              En efecto no hay desdicha      
                 de quien no es otra mayor
                 consuelo.

Salen el REY, AURELIO, AMINTA e
IRENE

REY:                        ¡Dante!
DANTE:                                 ¿Señor?
REY:             ¿Has consultado, por dicha,
                    la respuesta que has de dar?
                 Que ya la de Aurelio sé.
DANTE:           Óigala yo, para que
                 a ella responda.
AURELIO:                           Que estar
                    contra Irene conjurado
                 el poder de las estrellas
                 y que su destino en ellas
                 infausto nos diga el hado
                    no acobarda mi amor
                 la resolución gallarda,
                 porque sólo la acobarda
                 perder la gracia y favor
                    del rey, a quien, dando indicio
                 de mis lealtades, rendida
                 pongo a sus plantas mi vida
                 en humano sacrificio
                    que de ella hago a Irene bella;
                 pues, muriendo de dolor,
                 habrá cumplido mi amor
                 con él, conmigo y con ella.
DANTE:              Pues yo, señor...
AMINTA:                              (¡Ay de mí!              Aparte
                 ¡Con qué de temores lucho!)
IRENE:           (Dos veces muero, si escucho           Aparte
                 desaires de un no y un sí.)
DANTE:              Pues yo, señor, asentado
                 que esto no toca en lealtad,
                 supuesto que es voluntad
                 tuya, digo que del hado
                    las amenazas no temo;
                 pues cuando precisas fueran,
                 y no contingentes, vieran
                 mis desdichas el extremo,
                    con que el miedo les perdía;
                 pues no es posible, señor,
                 que haya desdicha mayor
                 que no ser Irene mía.
                    Y siendo así, me prefiero,
                 tras el temor de los hados,
                 a perder puestos y estados;
                 porque, si hoy sin ella muero,
                      todo se pierde al perdella;
                 y quiero de aqueste modo,
                 perdiéndolo en ella todo,
                 perderlo todo y no a ella.
                    Y así, a tus plantas rendido,
                 la doy la mano.
REY:                              Detente,
                 loco, bárbaro, imprudente,
                 necio y desagradecido;
                    que, aunque licencia te di
                 para que elección hicieras,
                 viendo que preferir quieras
                 tu amor a mi gracia así,
                    tanto el desdén he sentido,
                 puesto que no sea traición,
                 que, en castigo de esa acción,
                 no has de ser tú su marido;
                    sin todo te has de quedar.--

A AURELIO

                 Y en premio de que tú fueses
                 quien más mi favor quisieses
                 que no adquirir y lograr
                      una hermosura, has de ser
                 quien la merezca; de modo
                 que venga a perderlo todo
                 quien nada quiso perder.--

A DANTE

                    De mi corte desterrado
                 al punto, Dante, saldrás,
                 sin más honores, sin más
                 hacienda ni más estado
                    que la vida.--  Y para que
                 sea el dolor más tirano,

A AURELIO

                 dale tú a Irene la mano
                 delante de él; que yo haré
                    ser tan dichoso con ella
                 que desmienta mi favor
                 el ceño de su rigor
                 y el influjo de su estrella.
                    Dale la mano.
AURELIO:                          Hoy verás,
                 Irene, que no temía
                 tu suerte, sino la mía.
IRENE:           Espera; que aun falta más.--

Al REY                   

                    Señor, aunque el hado impío
                 a ti me tiene rendida,
                 eres dueño de mi vida,
                 pero no de mi albedrío.
                    Y cuando su dueño fueras,
                 que es lo que en ninguna acción
                 aun los dioses no lo son,
                 obligarme no pudieras
                    a que le diera la mano
                 a quien, sabiendo que es mía,
                 lograrla no anteponía
                 al mayor favor humano.
                    A Dante no se la diera
                 tampoco, aunque lo mandaras;
                 porque cuantas luces claras
                 contiene del sol la esfera
                    no pudieran hacer, no,
                 habiendo --¡ay infeliz!-- sido
                 el que a tus pies me ha traído,
                 que no le aborrezca yo.
                      Con que hoy a morir me ofrezco,
                 antes que darme al partido
                 ni de uno que me ha ofendido,
                 ni de otro a quien aborrezco.
                    Y así, de ninguno yo
                 he de ser; que, a ti rendida,
                 podrás quitarme la vida,
                 mas forzarme el alma no.
                    Pues cuando no baste estar
                 segunda vez sepultada,
                 me has de ver desesperada
                 echar de esa torre al mar.

Vase

REY:                ¡Oye, aguarda! --Ven conmigo,
                 Aurelio; que hoy has de ser
                 su esposo.--  Y tú agradecer
                 puedes que templo el castigo
                    de tu ingratitud villana.
                 Y así, sin puesto ni estado,
                 de mi vista desterrado
                 parte al instante.

Vase

AURELIO:                               ¡Qué ufana
                      la Fortuna me previene
                 dichas, pues por justa ley
                 gozo la gracia del rey
                 y la hermosura de Irene!

Vase

AMINTA:             ¡Dante!
DANTE:                      (¡Sólo hoy a mi vida
                 faltaba, desesperada,
                 tras desprecios de una amada,
                 quejas de una aborrecida!)
AMINTA:             Bien pensarás que quejosa
                 me tiene tu libertad,
                 Dante; pues sea o no verdad,
                 no me he de vengar celosa
                    de ti, ni de tus desvelos;
                 que soy quien soy, para que
                 mi sentimiento se dé
                 al partido de los celos.
                    Sin la gracia del rey vas
                 de su corte desterrado,
                 sin dama, hacienda ni estado.
                 No sé quién lo sienta más.
                    La dama no podré dalla,
                 que no es mía; mas podré
                 hacienda y estado, en fe
                 de que tan noble se halla
                    mi voluntad que ofendida
                 aun sabrá volver por sí.
                 Espérame, Dante, aquí;
                 que para que de tu vida
                    repares la ruina, es bien
                 que yo --corrida lo digo--
                 parta mis joyas contigo.
                 Llévete el cielo con bien,
                    y dondequiera que fueres,
                 sepa yo, Dante, de ti.

Vase

DANTE:           ¡Qué bien te vengas de mí!
                 Mas eres al fin quien eres,
                    y no te puedes negar
                 la estimación que te debes.
                 ¡Que digan que no hay aleves
                 influjos para forzar 
                    un albedrío!  Es quimera;
                 porque ¿cómo puede ser
                 que quiera yo no querer,
                 y que quiera aunque no quiera,
                    sin que aquel desdén mitigue
                 este amor, y sin poder
                 que éste me obligue a querer,
                 ni aquél a olvidar me obligue?
                    Miente el astro que ha influido
                 tan varios efectos hoy
                 que me hace, entre amor y olvido,
                 feliz e infeliz, pues soy
                 amado y aborrecido.

FIN DE LA PRIMERA JORNADA

Amado

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