EL AQUILES

Tirso de Molina
(Gabriel Téllez)

Esta edición electrónica de EL AQUILES fue preparada por Vern Williamsen en 2000 para incluirse en esta colección. La edición que tomamos como base para fijar nuestro texto es la de la QUINTA PARTE DE COMEDIAS DEL MAESTRO TIRSO DE MOLINA (Madrid: Imprenta Real, 1636)


Personas que hablan en ella:

ACTO PRIMERO


Salen ULISES, TELÉMACO, niño, y NICANDRO, griego
ULISES: Nunca al tálamo justo, coyundas de Himeneo, de Peleo y de Tetis enlazaras con la cerviz el gusto; ya que dio a Peleo la mano Tetis, nunca convidaras los dioses, ni injuriaras la discordia traviesa, cuya manzana de oro ponzoña dio en tesoro e infausta sobremesa a la ocasión tirana si hechiza a toda Grecia una manzana. Nunca fuera piadosa con el pastor tirano la osa tributaria de sus pechos, o ya que de una osa mamó el licor villano, pues al monstruo cosario pagó pechos nunca de él satisfechos, árbitro juez le hicieran competidores ojos, ocasionando enojos, que tal venganza esperan, si yo llevo la pena, la gloria Venus y la culpa Elena. ¡Ay Penélope bella¡ ¡Ay hijo amado mío! Mitades de mi vida; en mi tormento, estorbos atropella de amor el señorío cuando a la honra obliga el juramento. Contra el pastor violento todos los griegos reyes juraron la venganza de Menelao, y alcanza el rigor de sus leyes a mi quietud sabrosa seguro con tal hijo y tal esposa. El parche vengativo a vuestro Ulises llama, detiene amor y el juramiento aprieta, si no me parto vivo con riesgo de mi fama al qué dirán del vulgo vil sujeta; si me parto, es profeta el alma de los daños que en esta ausencia temo; y entre uno y otro extremo, miedos y desengaños confusa traen mi vida partida entre el sosiego y la partida. El honor me aconseja que no pierdan los ojos de vista esposa que apetecen tantos, y el mismo honor no deja que, asegurando enojos, tímido quiebre juramentos santos; encuéntranselos llantos de obligación y ausencia; aquélla me da prisa, y ésta mi muerte avisa; ¿qué hará, pues, mi paciencia sin una y otra joya, de tres almas en Grecia, un cuerpo en Troya? NICANDRO: De dos forzosos daños, el menos peligroso escoge el sabio que el peligro mide; A tus maduros años, Ulises generoso, consultando el menor, consejos pide. Si el alma se divide partiéndote de Grecia en las prendas que adoras y contando las horas que la quietud desprecia, Penélope está enferma, ¿por qué querrás dejar tu patria yerma? Procure el injuriado vengar agravios suyos, y de Elena castigue la mudanza, que no por su cuidado es bien crecer los tuyos y a tu esposa olvidar por su venganza. Si tu experiencia alcanza los daños que recuerdas, ¿será prudente cosa por que él cobre a su esposa que tú la tuya pierdas? ¿Y que en demanda ajena a Penélope dejes por Elena? TELÉMACO: Padre, no se me ausente, que está mi madre mala y se nos morirá si la desprecia; si mis suspiros siente y el tierno amor iguala a la hermosura y caridad de Grecia, ¿no será cosa recia que tal esposa e hijo por ausentarse olvide? Mi madre esto le pide, y si se va, me dijo que no esperase, padre, gozar una hora más viva a mi madre. Pues si ella se me muere y el padre se me ausenta, huérfano de los dos, ¿de mí qué aguarda? Quédese en casa--¿quiere?-- Tendrála a ella contenta y a mí seguro en su amorosa guarda; advierta que si tarda de asegurar temores dos vidas atropella, pues muerto yo con ella, aumentaré dolores diciendo en la otra vida que de su esposa e hijo fue homicida. ULISES: ¡Ay, Telémaco mío! Persuasivo, elocuente, anegarme en tu tierno llanto puedes; cada perla es un río que en líquida corriente a las del Nilo en eficacia excedes. Ya viene Palamedes a llamarme perjuro si el juramento santo que al cielo hice quebranto; no está mi amor seguro si niego mi partida, ni si me parto lo estará mi vida. Pero si el Amor fuerza y el juramento obliga, venza el Amor, pues es mayor su exceso; ¿qué fuerza hay que a su fuerza resista, sin que siga yugo inmortal que a tanto dios ha preso? Quíteme amor el seso y no me quite ahora mi esposa por la ajena; robó Paris a Elena, si Menelao la adora, réstame su hermosura, que no hay obligación donde hay locura.
Llévase el niño y vase. Salen PALAMEDES y PELORO
PALAMEDES: No queda en Grecia señor que no parta contra Troya, y esta acción sólo se apoya en el ingenio y valor de Ulises, pues sus ardides, si a sabios se ha de creer, de más provecho han de ser que las hazañas de Alcides. Juró defender a Elena con los demás en la ley, que Tíndaro, griego rey, si no la cumplen, condena. Robóla Paris. Si intenta Ulises buscar ahora excusas por ver que llora Penélope, de su afrenta serán los dioses testigos; pues sus aras menosprecia, y a los príncipes de Grecia tendrá por sus enemigos. El ejército me envía por él. PELORO: Amor, que es más fuerte, y a las puertas de la muerte con Penélope porfía, o acabarla, u obligar a que su esposa se quede, en tal juramento puede justamente dispensar. NICANDRO: Dejar sola tal mujer ni es amor ni es fortaleza, tiraniza a la belleza, ya la ausencia, ya el poder. Y si uno y otro se junta y tantos la han pretendido, siendo madre del olvido la ausencia, llore difunta su honra, Ulises ausente. PALAMEDES: Penélope es la más casta de toda Grecia. PELORO: No basta ese valor excelente para el recelo que lleva, ni puede discreto ser, siendo vidrio la mujer, quién con la ausencia la prueba. Según esto, no os espante, viendo que a la muerte está, si Ulises con vos no va. PALAMEDES: Menos valiente es que amante; pero yo no he de ir sin él o ha de quedar por perjuro, pues la victoria aventuro que tengo cierta por él.
Sale ULISES medio desnudo y loco
ULISES: Toquen las cajas aprisa, y pues Grecia a Troya pasa, abrase Ulises su casa. ¿Hércules está en camisa? Deyanira le pegó la ponzoña del Centauro. Creta encierre el Minotauro, que Pasifé le parió; pobre Minos, ¿qué dolor de cabeza os atormenta? El marido que se ausenta eche en remojo su honor. Toro se llama la cama del matrimonio en latín, etimología ruín sacará de ella la fama, díganlo los adivinos, mientras yo mi ausencia lloro, ¿la Pasifé con el toro y sin azotarla Minos? ¡Oh, bellaco! ¿De malicia qué laberintos trazáis y a mí a Troya me enviáis? ¡Malos años! ¿No hay justicia? PALAMEDES: ¿Qué es esto? NICANDRO: Ulises sin seso, que a no perderle, no fuera tan discreto, ni quisiera su esposa en tanto exceso. PELORO: Deja la mayor belleza que enamoró al dios rapaz el reino que goza en paz y un hijo de su riqueza y discreción heredero; pártese a ajenas venganzas, el honor teme mudanzas y Amor desnudo el acero. Quien ama cuerdo, ama poco; ama mucho y loco está. PALAMEDES: Cobarde temor será y engaño el fingirse loco. Ya Grecia tiene experiencia de sus astucias, malicia es toda.
ULISES pregona y azótase
ULISES: Ésta es la justicia que manda hacer el ausencia a un recién casado--Dale. ¡Oh, cómo escuece el traidor!-- que se ausenta de su honor y de su casa se sale. ¡Qué indigenta está la penca! Gran delito debe ser dejar a propia mujer por otra mujer mostrenca. Libros hay de ejemplos llenos, donde leerá el que los trata que es un asno el que se mata cual yo por duelos ajenos. Por Dios que estábamos buenos dejándonos en los nidos los pajaricos perdidos en uñas del gavilán. El refrán diga que a muertos y a idos no hay amigos, mas yo trueco --perdóneme Dios si peco-- a estos versos los sentidos, y entendidos, rezan con causa mayor que el honor canta, que a muertos y a idos no hay maridos, no hay maridos, que es peor. Pues si entre ausencias y olvidos de la honra no hay noticia, y de milicia a malicia va tan poco, ¿quién se parte a la milicia? ¿Ausencia necia a mí sacarme de Grecia? ¡Malos años! ¡No hay justicia! NICANDRO: ¿Hay lástima semejante? ULISES: ¿Yo, entre cajas y pendones, marido de comisiones? Vaya la mujer delante, llore y cante como cuerdo y como loco quien tiene su honor en poco, que yo, entre él llanto y la risa, ni tengo espacio ni prisa. Menelao su enojo aplaque y vengue su badulaque, porque, cual dijo mi abuela, a quien le duele la muela, la muela, que se la saque; o si no yo iré a la guerra, como no quede en mi tierra hombre que amando negocia; que yo ausentarme no quiero si no los llevan primero a todos a Capaocia. ¿Penelopica en Escocia? ¿Yo sin Penelopica? ¡Fuego de Dios, cómo pica! Ella hilando, otros urdiendo, y amor la trama tejiendo en mohatras la avaricia conquistando la codicia. ¿Pasifé abrazando al toro y Venus al monstruo de oro? !Malos años! ¡No hay justicia! PELORO: ¡Desgracia, por Dios, extraña! NICANDRO: Notable fuerza de Amor. ULISES: De alfeñique es el honor y la mujer es de caña, si a Paris Elena engaña llévese él la penitencia. ¿Comílo yo? ¿Hay tal sentencia? Mandar pagar sus amores justos hoy por pecadores. Donosa es, por Dios, la maula, metiérala en una jaula, o colgarásela al cuello, que yo--si quieren sabello-- loco, mas no mentecato, no dejo la carne al gato ni a los osos la colmena; si Elena es mala o es buena allá se lo haya; si se fue a holgar a la playa tómeselo que la vino, que el borracho junto al vino dirá la jurispericia que es malicia. Lo que el Troyano comió ¿quieren que lo escote yo? ¡Malos años! ¡No hay justicia!
Vase ULISES
NICANDRO: Id tras él, que está furioso; no le suceda algún daño. PALAMEDES: Todo esto es ficción y engaño. Ulises es cauteloso. yo probaré su locura o fingido frenesí que no ha de excusar así su miedo y nuestra ventura.
Vase. Sale ULISES sembrando sal
ULISES: Fuera, que soy labrador; sal siembro en lugar de pan, porque así no picarán avechuchos en mi honor. Tienen a mi esposa amor muchos, y por Dios que es malo; la sal preserva al regalo, mi esposa se queda acá, y no se me dañará si aunque me ausente la salo.
Siembra
¿No es la sal sabiduría? El sembrarla, pues, me importe, que hay poca, y anda en la Corte en coches la bobería. Hay notable carestía de doncellas recatadas; las más están decentadas, por eso me ocupo en esto, que si se dañan tan presto es porque no están saladas. NICANDRO: Rey, gran señor, vuelve en ti. ULISES: Bueno, ¿pues paréceos mal sembrar mi casa de sal y esterilizarla así? El amor, ¿no es fuego? Si. ¿No es estopa la hermosura? Pues si abrasarla procura el fuego del amor ciego, saltar ha la sal del fuego y mi honra estará segura. Ea, ya habemos sembrado; démosle ahora una reja; quien se va y su mujer deja no cogerá fruto honrado. ¿No entierra al grano el arado, que con el tiempo batalla, y después colmado se halla?. Pues quien quisiere coger fruto de honra en la mujer, cuando se ausente, enterralla. La deshonra es, a mi cuenta, mastín que a la fama ladra; mirad si el nombre le cuadra, pues muerde al pobre que afrenta; luego si mi amor se ausenta ..............y da tras mí, ¿no es bueno sembrar sal? Sí; y no sembrarla, ¿no es malo? Sí; que al perro, si no hay palo, el remedio es "¡sal aquí." Vosotros me serviréis de guebras, poneos aquí.
Ara con ellos
PELORO: Si ha de sosegarse así, sigamos su humor. ULISES: ¿No veis que es justo que me ayudéis, pues cultivar mi honor quiero? Are el cuidado primero lo que la opinión sembró; mas con bueyes, eso no, que en tal tierra es mal agüero. mejor es el azadón
Toma el azadón y cava
y ahorraremos de molestias, que no es bien fïar de bestias el honor y la opinión. Quitemos toda ocasión, ningún terrón nos impida la cosecha en mi partida, que es tropezón la belleza, y la mujer, si tropieza, dadla también por caída.
Sale PALAMEDES con TELÉMACO en los brazos
PALAMEDES: Ea, Ulises, yo también soy labrador como vos, sembremos juntos los dos. ULISES: Pardiez, vaya, decís bien. PALAMEDES: Porque buen año nos den frutos de esta sementera, grano es Telémaco, muera,
Saca la daga
y os dará el tiempo oportuno los hijos ciento por uno a la cosecha primera. Con su sangre es bien regar la tierra, pues que no llueve; muera, y fruto el campo lleve. TELÉMACO: ¿Por qué me quiere matar? Padre, llégueme a vengar. PALAMEDES: Yo seré el ejecutor, muera el fruto, aunque esté en flor, y multiplique despojos.
Vale a dar. Tiénele ULISES
TELÉMACO: ¿Padre? ULISES: ¡Ay hijo de mis ojos, tierno efecto de mi amor! Si con prueba tan costosa se ha de excusar mi partida, Ulises pierda la vida y auséntese de su esposa. Mi locura cautelosa, Palamedes, ya ha cesado. Obedezcamos al hado y no pierda yo opinión con vos, pues cualquier perdón merece el temor casado. PALAMEDES: Con la victoria presente mi fama a ilustrar comienzo, que, pues en ingenio os venzo, más que todos soy valiente. Vamos, Ulises prudente, a Troya, que la venganza tiene puesta su esperanza sólo en vos, pues más efeto hace un capitán discreto que el arnés, la flecha y lanza. Consolad a vuestra esposa, y veréis que en esta ausencia, si es casta por excelencia, os gana fama gloriosa. ULISES: ¡Ay prenda del alma hermosa! En fin, me parto y os pierdo; honor, entrad en acuerdo, y pues en el mal que toco no bastó fingirme loco, sed vos en mi ausencia cuerdo.
Vanse. Salen AQUILES, que ha de hacer la mujer vestida de pieles con un birtón, y QUIRÓN, viejo, también de pieles, y TETIS bizarramente vestida de campo
QUIRÓN: Ya no te pueden sufrir, Aquiles, estas montañas, a nadie dejas vivir; de tus costumbres extrañas todos procuran huír. ¿Qué pastor por ti no está señalado? ¿Qué pastora, cuando a su cabaña va, de ti no se queja y llora, y mil querellas me da? No diferencias los brutos de los hombres, ni aun los frutos de ti se pueden librar, pues, antes de madurar, forzados te dan tributos. No sé yo de qué aprovecha lo mucho que te he enseñado, la ciencia está satisfecha con el natural templado que el bárbaro ser desecha. Hizo a la filosofía para moderar pasiones el Sol, que todo lo cría. En ella te di lecciones, y en ti lograrse podría; la música, ya tu sabes que con agudos y graves, ánimos silvestres templa, y que el que en ella contempla le da del alma las llaves. Tocas el arpa y la lira y tus costumbres no tocas; quien te oye cantar se admira, y de tus costumbres locas asombrado se retira. Debajo de tal belleza, ¿es posible que se esconda tan crüel naturaleza? En las fieras corresponda al cuerpo la rustiqueza, pero no en ti, cuya suerte, si tan bello quiso hacerte, arrepentido repara que enamoras con la cara y con los brazos das muerte. AQUILES: Tú tienes la culpa de eso; desde niño me crïaste, Quirón, robusto y travieso; con leche me alimentaste de una onza, así profeso el natural heredado de la leche que mamé. Carnes de fieras me has dado A comer, nunca gusté ni la liebre ni el venado. En éstos el temor crece que huyendo los envilece; imitando a esotros voy. Bien haya, pues su hijo soy, quien a los suyos parece. TETIS: ¿Hijo de las fieras? AQUILES: Sí. TETIS: ¿Y no mío? AQUILES: El ser primero te debo, pues que nací de ti, pero no el postrero que del sustento adquirí. Ya sé que el Rey Peleo fue mi padre y esposo tuyo; pero como me crïé entre estos montes, concluyo que en ellos me transformé. A Quirón me encomendaste; forma quejas, madre, de él si tan diverso me hallaste, que yo estimo ser crüel en más que ser tu hijo. QUIRÓN: Baste. AQUILES: Voy a vengar en leones y tigres lo que no puedo en vuestras reprehensiones. TETIS: Hijo, espera. AQUILES: Escuche el miedo consejos y persuasiones.
Vase
TETIS: ¡Ay hijo del alma mía! Ese valor ha de ser mi muerte, y yo he de perder, perdiéndote, mi alegría. Quirón, un mortal asombro ocasionó mi camino; el oráculo divino y mil sabios que no nombro me afirman que si se parte con el ejército griego mi Aquiles a Troya, el fuego que Venus ofrece a Marte ha de ser su perdición; muerte le han de dar crüel, puesto que quede por él asolada la nación que en Troya a Paris ampara. Esto profetiza Apolo; es hijo Aquiles, es solo y es los ojos de esta cara. Si siempre que se me acuerda que su luz me ha de faltar excede mi llanto al mar, ¿qué he de hacer cuando le pierda? Tú, que su ayo y maestro eres desde que salió al mundo, y de quien fió mi fe el amor que le muestro, aconséjame del modo que podré librar su vida, que a esto ha sido mi venida. QUIRÓN: Ya yo sé que el mundo todo ha de registrar Ulises, que de buscarle se encarga, y a cuya prudencia larga los más remotos países no han de poder defenderle. Si su natural inquieto diera lugar al secreto, lo mejor fuera esconderle. Mas ¿cómo tendrá sosiego encerrada la inquietud, con grillos la juventud, y dentro la mina el fuego? ¿Pero qué es ello? TETIS: ¡Ay de mi!
De dentro voces y ruído
DEIDAMIA: ¡Aquí, cazadores míos, favor! AQUILES: No huyáis, persuadíos que no soy mónstruo. DEIDAMIA: ¡Aquí, aquí! AQUILES: Hechizo que el viento excedes, detén el curso y temor; hombre soy. DEIDAMIA: Dadme favor, vasallos de Licomedes. TETIS: Éste es mi Aquiles; procura sosegarle. QUIRÓN: Él es de suerte que o los ha de dar la muerte o hacer alguna locura.
Vanse. Sale AQUILES con DEIDAMIA en los brazos, que vendrá vestida de cara bizarramente. Luego CAZADORES
AQUILES: Desmayóseme en los brazos.
Pónela en el suelo
Emboscado estoy seguro; aquí corre un cristal puro que el cuerpo divide en lazos. Cristal con cristal pretendo resucitar. DEIDAMIA: ¡Ay de mi! ¿Dónde estoy? AQUILES: Ya ha vuelto en sí. Dos soles están lloviendo. Sosegad, mi cazadora, que si da gusto la presa a quien la caza profesa, un alma que en vos adora tenéis a los pies rendida; mas ¿qué mucho la rindáis si con dos flechas tiráis que, dando muerte, dan vida? DEIDAMIA: Monstruo, mas no digo bien, que ofendo tu gentileza, aunque tan rara belleza monstruosidad es también. Deidad de este bosque umbroso, héroe, semidiós u hombre, que no hallo decente nombre que cuadre a tu rostro hermoso; mira que heredera soy hija del Rey Licomedes, y que si el límite excedes honesto y dos voces doy, tengo esta montaña llena de monteros que podrán darte muerte y mezclarán con mi venganza mi pena. AQUILES: Princesa de mis ojos, que, pues en ellos tiene su origen mi esperanza justo es que en ellos reines, recelos asegura, que no osan atreverse a tu deidad hermosa deseos descorteses. Efectos tan contrarios en mí ha causado el verte, que hielas por lo grave y por lo hermoso enciendes. Solía yo, y no ha mucho, matando entretenerme, haciendo mal holgarme, pacífico ofenderme, cazando día y noche, huían igualmente de mí por esos campos los brutos y las gentes. ¿Qué rústico los pisa que en viéndome no tiemble, de día no se esconda, de noche no me sueñe? ¿Qué serranilla simple me mira que dispense con ella la hermosura humilde por silvestre? Los más robustos árboles de aquestas selvas verdes, temblándome en sus hojas dan muestras que me temen. Los tigres y leones, sin que mi lucha esperen, huyendo con bramidos me aplauden más valiente. Tú sola, victoriosa, trofeos grabar puedes en bronces inmortales, pues sola tú me vences. Salí a buscar venganzas de agravios que reprenden en canas venerables dictámenes crüeles, y cuando más furioso, miréte en una fuente copiando tu hermosura cristales por pinceles, templado suspendíme, suspenso contempléte, perdíme contemplándote, contemplando adoréte. En agua me abrasaste, no sé si fue agua ardiente, más sé que de ella forjas rayos para vencerme. Alzaste los dos soles, y apenas llegó a verme la luz que en ellos vive, cuando a los vientos leves, hurtándoles las alas la fugitiva liebre, no osó cuando corrías correr más, por correrse. Talares de Mercurio me dio mi feliz suerte, pues te alcancé amoroso y te detuve alegre. Desmayos y temores, si frágiles, prudentes, al pecho retiraron corales y claveles. Mas ya que restituyes a la animada nieve la púrpura usurpada que a darla esmaltes vuelve, penetra con los ojos un alma, que entre pieles rendida te idolatra y humilde te obedece. DEIDAMIA: Discreto, persuasivo, ¿en qué escuelas aprendes retórica amorosa en montes elocuente? Conclúyesme elegante, hermoso me enterneces, compuesto me aseguras y sabio me convences. Si como amante obligas, mi rigurosa suerte hubiera excepcionado mi gusto antes de verte, y no tuviera padres, cuya obediencia prende en concertadas bodas el alma que suspendes, ¿qué dicha como amarte? ¿Qué gloria como hacerte del reino y alma mía señor eternamente? Mi padre me da esposo, que ya por ti aborrecen los ojos, que no ha un hora lloraban hasta verle. Soy hija, es rey severo mi padre Licomedes; ¿a quién no obligan padres? ¿A quién no fuerzan reyes? Amante de imposibles soy ya, véngate en verme imposibilitada del bien que mi alma pierde. Nunca pluguiera al hado sacara al campo redes que en vez de fieras y aves su cazadora prenden, pues volveré a mi corte, si loca por quererte, eternizando llantos que tu memoria aumenten, AQUILES: ¿Pues quién será bastante, si tú, mi bien, me quieres, A violentar tu gusto? Yo soy...
Voces y ruido de dentro
CAZADOR 1: Aquí, aquí gente. CAZADOR 2: Aquí, que el fiero monstruo nuestra princesa ofende. Cercad todo este bosque, echadle los lebreles. AQUILES: ¿Qué es esto?
Sale GARBÓN, pastor
GARBÓN: Señor mío, huye, si no pretendes que con tu muerte lloren los prados y las gentes; con flechas y con dardos cercando el bosque vienen morteros atrevidos de la princesa y reye. Asegurar la vida por este atajo puedes; ¿qué harán, si aquí te matan, sin ti Quirón y Tetis? AQUILES: ¡Oh estorbos envidiosos de los mayores bienes, que en cifras de hermosuras los cielos comprehenden! Sabréis quién es Aquiles. Hermoso sol que enciendes un alma hasta hoy de bronce; si para detenerte son ruegos poderosos y, como afirmas, tienes amor a quien ya llora el verse de ti ausente, espérame no más del tiempo y plazo breve que tardo en quitar vidas a los que nos ofenden. Garbón, sé tú mi Argos, y mientras mi amor vuelve a reiterar favores, guárdame diligente la prenda que te fío. ¡Ay cielos, si te duermes, para pagar descuidos qué pocas vidas tienes!
Vase
GARBÓN: Par Dios bueno; ¿yo alcaide, en bosques, de mujeres que aprenden cantonadas, si aún no sé guardar bueyes? Sabrá, señora mía, que yo he sido sirviente de Arquillas y Esquilón un año y cuatro meses. Hame hecho este muchacho mastín suyo. ¿Qué quiere? Par Dios, si se me escurre que es diabro y me despierne. Con ella ha de agarrarme para que no me deje, seré siquiera un rato de tal hembra corchete. DEIDAMIA: ¡Ay confusiones mías! Decid, ¿aguardaréle? Mas--¡ay!--que si le aguardo mi honor ofensas teme. Pues ¿qué queréis? ¿Que huya? Mas si en el alma viene al vivo retratado y en ella asiento tiene, ¿quién huye de sí misma que en sí misma no lleve, si alas, también grillos que vuelan y detienen?
Sale QUIRÓN
QUIRÓN: Huye, princesa hermosa, los ímpetus crüeles de un mozo ocasionado de amor y de años verdes. No aguardes cortesías de quien a nadie teme, que pocas coyunturas de amor fueron corteses. Cebado en matar hombres, lugar y tiempo ofrece para que al rey, tu padre y mi señor, te lleve. Aquí tengo un caballo que a los del sol excede y lleva pies de plumas con que ligera vueles. ¿Qué aguardas? DEIDAMIA: ¡Ay Amor! ¡Ay honra! Indiferente estoy entre vosotros; pero si la honra vence donde el valor se estima, perdone amor aleve, que jura hasta que goza y goza hasta que miente.
Vanse los dos
GARBÓN: Señor... ¡A esta otra puerta! Llevósela; si vuelve Arquillas y no la halla, ¿que hará Garbón probete? El diabro que le aguarde, mas hétele a do viene; aquí hay un alcornoque, su hueco ha de esconderme. No tengo, si me agarra, para el primer puñete, que así despacha tigres como Garbón molletes.
Escóndese en el tronco de un árbol. Sale AQUILES
AQUILES: Huyeron, y sin seguillos sólo he querido espantallos, que son de mi bien vasallos y no es justo perseguillos. Después que amo, traigo grillos, sino es para aquí, en los pies; aquesta mi prisión es y aquí me aguarda mi hechizo. Mas--¡ay cielos¡--¿qué se hizo?
Asomándose entre las ramas
GARBÓN: (El alma traigo al revés. Aparte Temblando estoy.) AQUILES: ¿Mi señora? ¿Mi sol, mi gloria? ¡Ay de mi! GARBÓN: (Par Dios, si me encuentra aquí, Aparte que no vivo un cuarto de hora. AQUILES: ¡Garbón, Garbón! GARBÓN: (Agora Aparte topa conmigo, y si llega, por un pie me agarra y juega a la pelota y me arroja, si por no hablarle se enoja, al cielo, y desde allí a Noruega. Más vale antes que me toque hablarle, como que soy su dama, y por él estoy convertida en alcornoque.) AQUILES: Si no queréis que provoque, deidades, la religión que os da el mundo sin razón, volvedme la prenda mía. GARBÓN: (Si a los dioses desafía, Aparte ¿qué no hará de vos, Garbón? Si a injuriar los dioses llega con tal furor, ¿qué no hará de quien destilando está, de puro miedo, pez griega?) AQUILES: Si mi sol su luz me niega, ¿dónde irá ciego quien ama? ¡Mi bien, mi gloria!
Dentro del árbol, disimulando la voz responde GARBÓN
GARBÓN: ¿Quién llama? AQUILES: ¡Ay cielos! ¿Quién eres? GARBÓN: Fui quien te adoraba. AQUILES: ¡Ay de mi! GARBÓN: Y ando ya de rama en rama. Hazte allá, que quien me toca comete un grave pecado. AQUILES: ¿Hate algún Dios transformado? GARBÓN: ¡Y cómo! AQUILES: ¿En qué? GARBÓN: En alcornoca. AQUILES: Si Apolo a Dafne provoca hasta en laurel convertilla, si Clecie a su luz se humilla la cabeza vuelta en flor y Apolo le tuvo amor, no es nuevo, aunque es maravilla. ¿Amábate Apolo? GARBÓN: Sí. AQUILES: ¿Quísote gozar? GARBÓN: También. AQUILES: ¿Y hüiste de él? GARBÓN: Con desdén. AQUILES: ¿Fuéte siguiendo? GARBÓN: Hasta aquí. AQUILES: ¡Que en tal ocasión me fui! ¿Llamaste algún dios? GARBÓN: ¿Y cómo? AQUILES: ¿Y qué dios era? GARBÓN: El dios Momo. AQUILES: Por sus efectos lo veo; mas máteme mi deseo si venganza de él no tomo. ¡Ay Amor siempre crüel!
Al árbol
Mi planta serás divina, como de Hércules la encina, como de Apolo el laurel. Consagraréte como él, ya que tuve tales fines. GARBÓN: No es bien que en eso imagines. AQUILES: ¿Por qué? GARBÓN: Ya está consagrado el alcornoque, abogado de corchos para chapines. AQUILES: ¿Qué disparates son éstos? ¿Quién hace burla de mí? Desgajaréte, y así veré engaños manifiestos.
Desgaja la mitad del árbol y sale GARBÓN
GARBÓN: Señor, los hinojos puestos tiemblo y te pido perdón. AQUILES: ¿Quién eres? GARBÓN: Yo soy Garbón. AQUILES: ¿Qué es de mi princesa bella? GARBÓN: Ocupada está, vo a vella. AQUILES: ¿En qué? GARBÓN: Si he de hablar verdad, en cierta necesidad que él no puede hacer por ella. AQUILES: ¡Ah traidor! GARBÓN: Ea, ya comienza. AQUILES: ¿Qué es de mi bien, hombre vil? GARBÓN: Fuése a atar un cenogil, que tuvo de mí vergüenza. No sé si era orillo o trenza; pero presto volverá. AQUILES: ¿Huyó de mi amor? GARBÓN: Verá cuál se la traigo. AQUILES: Detente. GARBÓN: Dando estoy diente con diente. Espulgándose estará. Luego viene, aguarde un poco. AQUILES: ¿Huyes, villano? GARBÓN: Me escurro. AQUILES: Aguarda. GARBÓN: Aguárdele un burro.
Vase
AQUILES: A qué furor me provoco.
Va tras él, sale al encuentro TETIS y tiénele
TETIS: Hijo, detente. AQUILES: Estoy loco. TETIS: Ya me ha contado Quirón la fuerza de tu afición; por Deidamia estás perdido, a remediarte he venido. Fin a tus pesares pon. AQUILES: ¿Quién es Deidamia? TETIS: El espejo en que te miras. AQUILES: ¿Y adónde está? ¿Qué es de ella? Responde. TETIS: Llevóla a su padre viejo, Quirón. AQUILES: Pagará el consejo muriendo Quirón tirano.
Llora
TETIS: Refrena el enojo vano, que no eres hombre, pues lloras. AQUILES: Adórola. TETIS: Si la adoras yo te la pondré en la mano. Disponte tú a obedecerme y dispondréte a alcanzarla. AQUILES: ¿Cómo podrás tu obligarla? TETIS: Todo es posible. AQUILES: Ofenderme será, madre, el prometerme cosas que no has de cumplirme. TETIS: Determínate a seguirme, hijo, y a no replicarme, que tu amor sabrá enseñarme y mi industria prevenirme. AQUILES: ¿Qué me podrás tú mandar, por imposible que sea que, como a Deidamia vea, dificulte ejecutar? TETIS: Tiéneslo de rehusar. AQUILES: No tengas temor. TETIS: Si así lo cumples, vente tras mí. AQUILES: ¿Qué? ¿A Deidamia alcanzaré? TETIS: Hijo, sí, y te libraré de los daños que temí.

FIN DEL ACTO PRIMERO

El Aquiles, Jornada II


Texto electrónico por Vern G. Williamsen y J T Abraham
Formateo adicional por Matthew D. Stroud
 

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Actualización más reciente: 22 Jun 2002