LA JUDÍA DE TOLEDO

Antonio Mira de Amescua

Texto basado en el manuscrito de LA JUDÍA DE TOLEDO perteneciente a la colección Ticknor de la Biblioteca Pública de Boston. Fue editado en forma electrónica por Vern G. Williamsen en 1986 como parte de sus investigaciones.


Personas que hablan en ella:

ACTO PRIMERO


Salen RAQUEL dama, y DAVID, su padre
RAQUEL: Suspende de tus ojos, padre y señor, el repetido llanto, que te ha causado enojos, y si mi amor puede contigo tanto como mi confïanza, alcance amor lo que el dolor no alcanza. La causa que tuviste para tanto pesar me comunica; y si tu llanto triste en mudas quejas su dolor explica, pues que no sea tanto, dígamela tu voz, mas no tu llanto. ¿Por qué tu pena escondes? Mira que dando estás tormento al alma. En fin, ¿no me respondes? Mira que ya con tan penosa calma el dolor engañamos. ¡O sintamos los dos o no sintamos! DAVID: Eres, hija, importuna enemiga de ti, cuando engañosa buscas que tu fortuna te haga más infeliz por más hermosa, apurando el veneno que oculta el pecho de recelos lleno RAQUEL: Si el mal comunicado halla alivio en la pena que mantiene, reparte tu cuidado, y el dolor hará menos, que te tiene en tan duro tormento, ya, de puro sentir, sin sentimiento. Comunica tus males y templaré al oírlos el tenerlos; que si los hizo iguales el amor, no se aumentan con saberlos; y quizás al oírlos, descansará tu pecho con decirlos. DAVID: Raquel, este cuidado, que así es líquido aljófar desperdicio, no sólo en mí ha empleado el duro golpe que me priva el juicio; que a muchos toca siento mas no por eso es menos mi tormento. Toda mi ley padece el golpe de fortuna más airado; que el dolor ennoblece, siendo el honor, Raquel, el injuriado triste y común afrenta. RAQUEL: ¿No me dirás la causa? DAVID: Escucha atento. Después que Alfonso el octavo, rey de Castilla feliz, entre rebeldes tinieblas triunfante empezó a lucir, brillando el acero armado siempre en combate civil de opuestos afectos, ciegas luces de mentido ardid; después que a sus plantas nobles rindió la altiva cerviz que descollaba a horizontes presuntüoso cenit, y después que victorioso vio a Fernando desistir, ceñido el sacro laurel que usurpaba para sí; después que fijó el imperio y con pecho varonil al colorido del alma dio el valor oro matiz; después, en fin, que engañada envidia nueva, mentir hizo a la edad el ardor de experiencia juvenil; entre diversos combates que pudiera oprimir mayores fuerzas, el yugo supo al cuello sacudir, y en repetidas campañas contra la morisma lid de mil victorias cargado le vio su campo embestir, fuera el repetir sus glorias toda la luz reducir del sol a número, y todo ese estrellado zafir con la vista registrar y en la memoria escribir. De esta postrera lo digan las Navas, donde le vi, siendo de sus huestes todas presuntüoso adalid, competir con lo bizarro y triunfar de lo gentil. Pero, ¿para qué te canso en contar ni repetir victorias que han de parar en tragedias para mí? Vamos al caso, Raquel, que ya no puede encubrir el silencio tanto tiempo la llama dentro de sí. A Toledo llegó Alfonso, y agradecido al feliz triunfo que a su Dios le debe, promulgó, en oprobio vil de la mosaica y hebrea ley, que para dividir de sus cristianos vasallos nuestra religión, salir nos mandaba de Toledo. Escucha; que desde aquí empiezan, Raquel, mis penas que en el secreto escondí de mi dolor, porque el tuyo en su noticia temí. Diez días ha ya que estamos desterrados, y de mí ha diez días que no sé con tan nuevo frenesí. En este aprieto los nobles, los ricos, que, de rabí descendientes, a sus tribus firmes siempre han de seguir, hicieron junta, y Rubén, descendiente de Leví, nuestro pontífice sumo, acordó que era bien ir alguna hermosa judía a hablar al rey, y decir de parte de su ley toda que el miserable infeliz estado de su rüina no aumentase introducir tan nueva mudanza al pueblo que, olvidado del motín, entre los hebreos vivía quieto, seguro y feliz. La causa que le movió a aquesto fue el presumir que, como el rey es tan mozo, en quien el ardor pueril aun está expirando humos, del fuego inquieto aprendiz, puede ser que no tan firme quiera el voto proseguir con que a su ley sacrifica despojos de Sinaí. Y más, si es que la hermosura pone con mano sutil en la tabla de sus ojos de su veneno el buril, que es tan retórico el labio si sabe bello fingir que trueca distante unión entre el mirar y el oír. Persüade la hermosura con otras voces, y así. lo que lo atento callar, hace lo hermoso decir. Pareció bien este arbitrio, y acordándose de ti, quieren que tú misma seas la que vayas a pedir al rey por tu pueblo; todos unánimes, hija, aquí dicen que esperan tu amparo por más hermosa. Sufrir debes tan nuevo cuidado. Acuérdate de Judit, que por libertar su pueblo quiso arriesgarse a morir. Por el miedo de Nabal la prudente Abigaíl el ímpetu resistió de los campos de David. No has menester pelear, pues aunque vas a rendir, tú en tus ojos aseguras, triunfante victorias mil. Ya no he podido excusarte; sabe el gran Adonaí cuánto intenté defenderlo, mas, ¿cómo podré encubrir los rayos de tu hermosura, pasmo de Senacherib? Esto fue lo que confuso me tuvo, y aquesto, en fin, lo que mi llanto ocasiona, pues aunque es justo cumplir el precepto de Rubén, también es justo advertir que hacer cebo tu hermosura, y de su temprano abril querer ya experimentar la flor que empieza a salir, es querer que se malogre el fruto con la raíz. ¡Ay, Raquel! Cuánto lo lloro; mejor que de Isaac, allí el sacrificio presumo que yo te le labro aquí, pues si en el fuego de amor materia haciendo de ti, aplico la leña yo, causa de su llama fue. Hoy a la cumbre de Alfonso tu subo; mas, ¡ay de mí!, que hay incendio al abrasar y no hay cordero al herir. Ya te lo he dicho, Raquel; mis miedos no hagan hüir el valor que te acompaña. Y pues sabes resistir las orejas a las vanas lisonjas, por desmentir mis temores, arma el pecho de encantos, Circe gentil. El árbol de Ulises lleve tu nave, que surta oír pueda las voces, y el sueño burle encantos a su ardid. Escúchate el más atento sollozar, mas no gemir; tus dos labios purifique nuevo alado serafín para bien del pueblo hebreo, y de la fama el clarín tu nombre eterno publique en uno y otro confín. RAQUEL: (¡No sé qué espíritu ardiente Aparte tiranamente me ciega, que a su voluntad me entrega!) A tu gusto está obediente Raquel. La embajada aceto; y si en mí libra el favor del rey, el pueblo, señor, desde luego le prometo. No así hagáis con fe perjura concepto, que desvanezca en lo que el valor merezca lo que debo a mi hermosura. ¿Vos de mí tal presunción? ¿Vos, sabiendo mi entereza tenéis miedo a mi belleza? DAVID: No es miedo; que es prevención. RAQUEL: Yo, que soberbia y altiva ni aun a la fama consiento que me alabe, porque intento que ella muera y que yo viva, pudiera negarme, avara, de mis ojos al crisol; aunque fuera Alfonso el sol, sus rayos menospreciara; y si hago experiencia aquí de mi soberbia crüel, sabré yo rendirle a él, mas él no vencerme a mí; con que se allana el intento que me pone vuestra ley, pues solo vencer a un rey tuviera por vencimiento. DAVID: Pues si tanto te dispones, oye lo que has de decir. RAQUEL: No he menester persuadir yo con ajenas razones, pues si al rey mover ordeno, a mi acento persuasivo, no irá el afecto tan vivo si fuera el discurso ajeno. Y cuando mi resistencia a esta victoria se obliga, no sufra que nadie diga que ayudó con su advertencia, pues si fuere menos sabio mi discurso en sus enojos, yo haré que enmienden mis ojos los errores de mi labio. Voy a obedecer. DAVID: Detente; que si est&aaccute;s determinada, no has de llevar la embajada con traje tan indecente. Menos alegre el dolor ostente tu sentimiento, porque dos veces atento acometa tu valor. Todo está ya prevenido. ¡Zara, Dalila!
Salen DALILA y ZARA con un traje de gala
ZARA: ¿Señor? DALILA: Aquéste es mejor color para adornar tu vestido; con él representa atenta nuestro mal y nuestro bien, y diga el color también lo que el corazón intenta. RAQUEL: Todo a tu obediencia asiste; mas, ¡ay de mí! DAVID: ¿Qué te ha dado? RAQUEL: Inquieta el alma ha turbado este espectáculo triste. Aquesta pompa funesta que negro aparato traza, ¿contra qué vida amenaza? ¿Contra qué vida se apresta? ¿Qué librea es la que advierte mi afecto, en dudas deshecho, si voy a rendir un pecho con las señas de una muerte? La voz el dolor ataja que tan triste agüero ofrece, y hasta el corazón parece que se viste su mortaja. Quitad, apartad; que estoy temiendo --¡lance crüel!-- cuando he de rendirle a él, que yo a ser rendida voy. DAVID: ¿Qué dices, Raquel? Advierte que éste es traje prevenido. RAQUEL: Ya sé, señor, que es vestido, mas es vestido de muerte. DAVID: Antes ese adorno vi que ajena muerte traslada. ZARA: Y si tú fueras casada, no le temieras así. DAVID: Igual pronóstico ha sido de que triunfante has quedado, pues de la muerte has sacado despojos en el vestido. Mas si te ha causado enojos... RAQUEL: No prosigas; que quisiera que la misma muerte fuera, por beberla con los ojos. Venga ese adorno; que así burlarme quiero del hado; venceré al fin mi cuidado. DAVID: Mientras te vistes aquí, aplaudiendo tu dolor, la gente voy a juntar que te ha de ir a acompañar. RAQUEL: Guárdete el cielo, señor.
Vase DAVID
Y pues es preciso hacer, obediente a su precepto, ley su mandato --¡ay de mí!-- daca, Dalila, el espejo y tú, Zara, harás que cante Débora entre tanto --¡ay cielos!-- por ver si de aquesta suerte mi extraño pesar divierto. ZARA: Tú has hecho como judía en haber tenido miedo.
Pónle DALILA un espejo delante, empieza a vestirse, y suena música
RAQUEL: No mal mi mal acredito si por despojos empiezo, pues me quita lo que gozo el logro de lo que temo; desnude el pecho el vestido, y vista el alma el afecto; mas, ¿quién no teme en aquél alegre y éste funesto? ZARA: Si tu hermosura es beldad, mejor es dejarla en cueros. RAQUEL: ¿No cantan, Zara? ZARA: Ya cantan. RAQUEL: ¡Qué mal mi quietud suspendo! MUSICA: "A los ojos de David Bersabé rindió su esfuerzo, porque los ojos de un rey pueden más cuando hablan menos". RAQUEL: No fuera si el sagrado del amor rindiera fueros; que no hay imperio en las almas, aunque hay dominio en los cuerpos. Apriétame el pecho, Zara, que no será nuevo aprieto, y al cristal de mi pureza defienda este muro negro. MUSICA: "Miróla una vez el rey, y bastó a encenderle luego; porque, como está más libre, la vista de un rey es viento". RAQUEL: Antes, no, porque un rey tiene más cautivos sus afectos, si ha de medir advertido las acciones con el puesto. Suéltame el cabello, Zara, que ese adorno lisonjero, si ha de prender con su engaño, no es justo que vaya preso. MUSICA: "Retiróse Bersabé a los principios, mas luego el triunfo de su hermosura celebró correspondiendo". RAQUEL: ¿Cómo se puede llamar triunfo el poco rendimiento? Dejarse vencer arguye o poca fortuna o miedo. De aquellos negros listones me pon lazos; que los llevo previniendo mi cautela, por si Alfonso cae en ellos. MUSICA: "Acabó el gustoso halago en trágico fin sangriento, y envuelto en sangre de Urías, voló el amor más soberbio". RAQUEL: Calla, calla, no prosigas; que de tu voz a los ecos infausto culto me rinde el amor, y en el inquieto agüero de mi porfía has añadido otro agüero. ZARA: Deja, señora, ese tema, y mira que ruido siento, señal de que ya te esperan. RAQUEL: Yo también a mí me espero. ZARA: Hermosa estás, nada temas; a un rey vas a ver, y puesto que de otra ley, allá van leyes donde quieren ellos. RAQUEL: Vamos. (Deidad soberana, Aparte que influyes mortal veneno, blanca hija de las espumas, madre del alado ciego, a cuyo templo consagra la inmunidad de los tiempos de mortales acechanzas fantásticos vencimientos; préstale imán a mis labios, dales a mis ojos fuego, infunde ardor en mis voces, llena de espíritu el pecho contra Alfonso. Contra Alfonso lleva el azote, hiriendo los blancos cisnes que tiran tu carroza por el viento. Llega, deidad soberana, ampara, ayuda mi intento; así de Adonis la muerte mienta el trágico silencio, y así el gentílico aplauso vuelva a consagrarte templos; que tú ayudando cuando yo venciendo, daremos fama y sacaremos premio).
Vanse. Salen FERNANDO Illán, galán, y CALVO, gracioso
CALVO: Digo, señor, que no puedo mejor día haber tenido. FERNANDO: Pero, ¿qué te ha parecido, Calvo, la imperial Toledo? CALVO: De ella, señor, no he gustado; la confusión de la corte no es para hombres de mi porte, crïados al desenfado. Aquí, si en palacio entramos con ceremonias y extremos al alba nos recogemos y a las doce no almorzamos. Todo es semblante severo, todo respecto y cuidado; al que sale, al que ha llegado, dándole al pie y al sombrero. Mejor de la guerra siento, donde es toda la atención cumplir con su obligación y no hay otro cumplimiento. FERNANDO: ¿Cuándo en la corte no ha estado la confusión más atenta y la quietud más violenta? Lo que yo te he preguntado es del sitio, del lugar. ¿Qué te parece? CALVO: Señor, que es para trepar mejor que no para pasear; mas su disculpa le queda también, cuando así le igualo, que no puede ser muy malo lugar donde todo rueda. Sus calles y sus hatajos a cualquier vecino ofenden, y no sé cómo se entienden con tantos altos y bajos. FERNANDO: En vano así te querellas de una ciudad tan hermosa cuya fábrica famosa compite con las estrellas. CALVO: Aunque es buena cortesana, de ella apartarme procura; que no puede ser segura cosa que no fuera llana. FERNANDO: La novedad con que agora confuso está y alterado el pueblo, te habrá causado poco gusto. ¿Quién lo ignora? CALVO: ¡Notable entereza fue la de Alfonso! FERNANDO: Ya lo veo; pero en fin ningún hebreo quiere que en su tierra esté. CALVO: Muy justo será el desvelo; mas, ¿dónde pueden parar si en la tierra no han de estar, porque ellos no han de irse al cielo? FERNANDO: Mucho el vulgo lo ha sentido; mas, viendo tan justa ley se quietará; que es el rey amado como temido. CALVO: Grande ha hecho su opinión; mas yo no pienso decir bienes de él hasta salir bien de cierta pretensión. FERNANDO: ¿Pretensión tú? CALVO: Pues, ¿qué extrañas? ¿Seré en la corte el primero que pretenda de hazañero aunque le falten hazañas? FERNANDO: ¿Y qué piensas pretender? CALVO: Un cargo así del derecho que sea de gran provecho y tenga poco que hacer; y esto con maña y audacia, entablado a lo bellaco, si en justicia no lo saco, nos valdremos de la gracia. Además, que tengo ya un escolar, grande amigo y muy docto, que conmigo el memorial dispondrá; y ajustados los contratos, me ofrece con su jüicio el sacarme a mí el oficio porque le dé unos zapatos. FERNANDO: Pues si está tan desvalido, ¿cómo para él no apetece eso mismo que te ofrece? CALVO: No quiere; que es un perdido. FERNANDO: ¿Y qué oficio tu talento espera? CALVO: Al rey le diré que por agora me dé el que hallare más a cuento; y haciendo de mi valor experiencia, si importuno viere que obro mal en uno, me ponga en otro mejor. FERNANDO: Bien esa razón se admite, pero ya el rey sale aquí. CALVO: Si se ofrece hablar de mí, dile algo que me acredite.
Salen Á:LVAR Núñez, de barba, GARCI López, y el REY don Alfonso
REY: Ya con eso apaciguado quedará el reino y seguro. ALVAR: Como su quietud procuro, nada niego a mi cuidado; bien es verdad que primero el riesgo a que se exponía tu corona proponía porque templases severo tu rigor; pero ya agora, que el lance enmienda no admite, como la intención permite, la solicitud mejora. REY: Yo espero que, apaciguado el pueblo, mi arrojo alabe. GARCI: ¿Quién como tu pueblo sabe lo que debe a tu cuidado? REY: ¿Fernando? FERNANDO: ¿Señor? REY: ¿Adónde has estado? FERNANDO: De mi ausencia causa ha sido la obediencia que a tu afecto corresponde; ocupado en visitar toda la ciudad he andado, como mandaste; cuidado que no se debe olvidar. Inquieto el vulgo parece que está contra tus deseos de desterrar los hebreos; y aunque atento te obedece, siente su falta. GARCI: No es mucho, porque con ellos aumenta su población y su renta. REY: Con sentimiento os escucho. ¿Cuánto mejor es tener limpia de ritos tiranos, que llena de ciudadanos a Toledo? ¿Puede hacer falta a la ley verdadera la hebrea? Como obro, debo. ALVAR: (¡Qué bríos tiene el mancebo!) Aparte REY: Y aunque provechosa fuera, no quiero en esta ocasión aumentos contra mi ley.; que para un prudente rey primero es la religión. Hierba mala que arrancar no ha de quedar en la mía.
Sale un CRIADO
CRIADO: Afuera está una judía, señor, que te quiere hablar, con grande acompañamiento de hebreos, que, lastimosos, en su semblante, llorosos, publican su sentimiento. REY: Entre; mas si el fin arguyo, mal la razón le defiende. ALVAR: Sin duda el pueblo pretende revocar el orden tuyo. REY: Concocerá mi entereza, siendo en sus quejas mayor.
Salen RAQUEL, vestida de gala, y damas de acompañamiento
RAQUEL: A tus plantas, gran señor... REY: (¡Qué desdichada belleza!) Aparte
Míranse uno al otro y túrbase RAQUEL al hincar la rodilla
RAQUEL: Llega Raquel que, abatida, de ti, del pueblo y del hado... (Su presencia me ha turbado. Aparte ¡Pese a la lengua encogida!) ...una infeliz... REY: Levantad. (La turbación que asegura Aparte hace mayor su hermosura). RAQUEL: (¡Qué agradable majestad!) Aparte FERNANDO: (¡No vi perfección más rara!) Aparte CALVO: (¡Un prodigio es la judía! Aparte ¡Lástima es, por vida mía, que lleve el diablo esa cara!) REY: ¿Qué es vuestro intento, admirable mujer? RAQUEL: (¡Ea, pena infïel! Aparte Contrástele lo crüel; no le atiendas lo agradable). Dar muestras de mi pasión quiero, cuando a tus pies llego... REY: Proseguid, pues. (Yo estoy ciego; Aparte mas no es culpa la atención). RAQUEL: Una mujer hebrea, que libertar su religión desea, viene, Alfonso, a rogarte, con lástimas, con llanto, si ablandarte mereciere importuna, que hagas menos crüel nuestra fortuna. Rey, señor soberano, a cuyo imperio rinden más que humano feudo los corazones, atiende a mis razones. Enternézcante en tanto que te está diviertiendo triste llanto. Los míseros gemidos con que hiere el hebreo tus oídos, y el humor que resuena en tus orejas, participe del eco de mis quejas. Torpe ya y sin aliento, desunido el enjambre por el viento, sólo el susurro escucha del errado destierro con que lucha. El blanco panal deja la solícita abeja y el corcho desampara, a quien hacía trabajo amargo dulce compañía, echando menos voluntad sincera el rubio hijo de la blanca cera. Así desamparada yace la sinagoga maltratada. Al rumor de tus voces huye el enjambre, y miden ya veloces su error con tus deseos, poblando el campo míseros hebreos. Ya, por última rüina del temido dolor que se avecina, rendida a la pasión que los ahoga, arruinada cayó la sinagoga, y al mirar desunido el edificio, llanto común lloró su precipicio. Las tablas que Moisés guardó sagradas segunda vez se miran quebrantadas, y en venganza feliz de su ley santa, llora el hebreo y el cristiano canta. Mofa común, escarnio de la plebe, llueve en sus voces y en sus ojos llueve, riega el llanto contino el trillado camino, y florecen en vez de clavellinas contra sus pies de abrojos y de espinas, sangre que no derrama pena común que a tanto dolor llama, aunque con queja muda, suda el afán y el sobresalto suda vagando errantes, sin errar baldíos, por una y otra parte los judíos. Jerusalén segunda Toledo es ya, cuando su llanto inunda y de tanto concurso desterrada, la ciudad populosa desolada yace como vïuda, muda al ardor y al sobresalto muda. Llorando quedará [de] noche y día la apacible, la antigua compañía que la hicieron amigos los que agora la injurian enemigos. Del amargor cautiva, muerta al consuelo, si a la pena viva, sus calles va regando de nuestros sacerdotes, que llorando acompañan las vírgenes, ultraje del triste rostro, descompuesto el traje, el anciano alarido el alma arroja con cualquier gemido, dejando sus querellas inhumanas maltratada la plata de sus canas. Ten piedad de nosotros, rey famoso; no tribute a tus triunfos tan costoso aplauso, que llorando mísero agüero, esté pronosticando presagio, que desdice de lo mucho que el hado te predice. Con risa, y no con llanto, debes solemnizar aplauso tanto, o con llanto sin risa, nuestro destierro mísero te avisa de algún suceso extraño. Vuelve, Alfonso, los ojos a tu engaño; que no es, no, religión la que te mueve a que airada se cebe en tan humilde triunfo tu presencia de la más abatida resistencia. Mas, ¿qué dudo? ¿Qué temo? Rey soberano, príncipe supremo, a nuestro afecto atiende. Quien te obedece más, ¿en qué te ofende? ¿La humildad con que obliga más un vasallo, tu rigor castiga? Vuelve, señor, los ojos, y verás cuántos míseros despojos tu piedad aguardando, en lastimoso llanto están bañando tus umbrales, que mira oscuros la victoria con la ira, y repitiendo males, de lástimas cubiertos tus umbrales. Mira cómo te aclaman rey victorioso; y cuando así te llaman, segunda Ester, si no con tanta dicha, yo sola vengo a ser de su desdicha protectora, abogada, presumida, por mujer, por hermosa y afligida, diciendo en todos el afecto ansioso... TODOS: Ten piedad de nosotros, rey famoso. REY: Enternecido estoy; mas no me espanto si me habló la hermosura con el llanto; que puede mucho, si vencer procura, cuando el llanto hace voz de la hermosura. ALVAR: A piedad me ha movido. GARCI: Lástima la he tenido. FERNANDO: Su belleza persuada, y sus razones rémoras son de humanos corazones. CALVO: Sus lágrimas provocan a cogerlas; que tiene un llanto, a fe, como unas perlas. REY: (Turbado estoy). Aparte Del suelo te levanta; que yo... (¡Válgame el cielo! Aparte ¡Qué loco arrojamiento! Resuelto estuve a conceder su intento; reprimirme es forzoso. No vi afecto de amor más poderoso). RAQUEL: ¿Qué respondes, señor? (Mi muerte temo Aparte en su decreto, y ya con más extremo en mi altivez, que ociosa se despeña, lo que falta intenté, busco halagüeña). REY: Yo veré el memorial. (Fieros enojos, Aparte no está en él la razón, sino en sus ojos). RAQUEL: (De ansia y congoja muerto. Búscole amante y hállole severo en esfuerzo engañoso). Pues, rey, señor, Alfonso generoso, si tu gusto lo advierte, lógrale, y más que sea en nuestra muerte; que ésta es más que violencia; felicidad será por tu obediencia. REY: (A su voz y a su vista Aparte no hay poderoso esfuerzo que resista. ¡Sin mí estoy! De esta suerte disimulo las señas de mi muerte).
Vase el REY
RAQUEL: ¿Así, señor, os vais? ¡Pena violenta! (Mas, mi fácil pasión, ¿qué es lo que intenta?) ALVAR: El rey se ha retirado. GARCI: Mal despacho tenéis.
Vanse GARCI López y ÁLVAR Núñez
RAQUEL: De mi cuidado peor juzgo tenerle. FERNANDO: Vuestra porfía debe de ofenderle. RAQUEL: Pensé vencer a Alfonso, y voy vencida; ni llevo libertad ni llevo vida.
Vase RAQUEL
FERNANDO: Prudente el rey se ha mostrado. CALVO: ¡Vive Dios, que es un Nerón! Y no tiene corazón hombre que no se ha ablandado; y si me pidiera a mí lo que a Alfonso, no se fuera mal despachada, y no tuviera luego el sí con otro sí. FERNANDO: Por su ley es bien que el rey templara así esos extremos. CALVO: También por acá queremos muchas que no tienen ley. FERNANDO: ¿Posible es que te aconseja el deseo tal error? CALVO: Pues dime, ¿ésta no es mejor que no una cristiana vieja? FERNANDO: Tu ignorancia lo apercibe. CALVO: Yo, si alguna me ha agraviado, en mi vida he deseado saber en la ley que vive; y a muchos se les consiente casarse, y no es culpa grave, con mujeres que se sabe que no obran cristianamente. FERNANDO: En ésta el defecto es llano. CALVO: Sin embargo, he de sentir que, llegada a reducir, no es mala para un cristiano. FERNANDO: La ignorancia te hace errar en tan torpe parecer. CALVO: Mira, en cualquiera mujer que yo persuado a pecar, siendo católica, obligo dos riesgos, esto es lo cierto. El suyo, pues la pervierto, y el mío, pues mi error sigo. Y en ésta no, pues lograda la culpa, me ofende a mí, pues ella, así como así, se estaba ya condenada. FERNANDO: Vete; que el rey ha llegado. CALVO: Voyme, pues. (¡Hay tal porfía? Aparte Miren si por ser judía desdice para el pecado).
Vase. Sale el REY
REY: Fernando. FERNANDO: ¿Señor? REY: (La llama Aparte en que confuso me abraso, mal reprimido en el pecho, quiere exhalarse en el labio. Perdido estoy). FERNANDO: (Cuidadoso Aparte parece que el rey me ha hablado. ¿Qué puede ser?) REY: (Ya es rigor Aparte lo que sufro y lo que callo. Sirvan de alivio mis voces; que si la pasión ha dado consentimiento al deseo, será error más temerario ocultar lo que me aflige cuando no basto a estorbarlo). FERNANDO: Permite que afectüosa mi duda, en tantos cuidados como tu semblante ofrece, sepa la causa. REY: Fernando, grave es mi mal. FERNANDO: (¿Qué impensada Aparte novedad es ésta?) REY: Y tanto, que está en la muerte el remedio. FERNANDO: (El corazón se ha turbado). Aparte ¿Quién le ocasiona? REY: Yo mismo, yo soy mi mayor contrario; con mis potencias peleo, con mis sentidos batallo, y ellos me rinden y yo a defenderlo no basto. FERNANDO: (Notable riesgo apercibo. Aparte ¡Válgame el cielo! ¿Si acaso Raquel apurarlo intenta?) ¿Quién tan aprisa ha mudado a tu quietud el sosiego? REY: Un favor, un sobresalto, un ahogo, una pasión, un sentimiento, un cuidado, un frenesí, una locura, un fuego, un incendio, un rasgo de todos los males juntos; y en fin, para publicarlo... FERNANDO: ¿Es amor? REY: ¿Por qué me atajas? FERNANDO: Porque pasión tan de humano no es bien que tú la publiques; y así, el discurso adelanto. Que si me engaño, no pierdes tu autoridad, en mi engaño, y si acertare, te excuso que, sacándola a los labios, por dejarme satisfecho te quedes tú desairado. REY: Amor es, pero no dudo, aunque estimo tu reparo, el publicarlo, porque cuando oprobio más villano me ha reducido, tener atenciones es en vano. Juzga tú cuál puede ser, pues cuando de él no hago caso, tiene por malo el amor y es en mí lo menos malo. FERNANDO: (Cierta salió mi sospecha). Aparte Pues permíteme arrojado que te pregunte. REY: Pregunta; mas, si has de hallar mi cuidado, discurre primero tú los más dudosos acasos; porque, si al mayor no llegas, no has de conocer el daño. FERNANDO: ¿Tan extraño es el suceso? REY: Sí, Fernando, el más extraño que pudiera haber movido la fuerza de los encantos. FERNANDO: (No hay que dudar). Aparte Pues, señor, lo breve del sobresalto al lance que se ha ofrecido, la prevención del reparo, me hace pensar que Raquel pudo... REY: ¿De qué estás dudando? Que tú lo pienses deseo. Dilo, en tu voz me declaro, y deja que te agradezca el consuelo, pues es llano, si lo juzgares posible, que ya lo habrás disculpado. Raquel fue; Raquel la bella, aquel divino milagro de hermosura me ha rendido; toda la luz de los astros vi en sus ojos, todo el sol, en negros lutos bañado. FERNANDO: Pues, ¿cómo tan presto pudo rendirte? REY: Porque el contacto de las manos, de los ojos, cebo del pez, que animado por la caña le introduce al pescador su contagio, introdujo en mí el veneno por los ojos y las manos. Demás de que, ¿cómo quieres pedir ley a los acasos, dar tiempo a los pensamientos, buscar razón a los astros para lo que ellos infunden? Yo no sé más que penando estoy desde que la vi, y a mí me estoy preguntando lo mismo que tú preguntas, y responde amor a entrambos que, pues estoy muriendo y adorando, causa debe de haber para mal tanto. FERNANDO: Permíteme que te culpe arrojo tan temerario. REY: Sí, permito; mas advierte que no es acción de vasallo piadoso la que pretendes, Pues mis intentos culpando, haces mayor mi pesar y no menor mi cuidado. FERNANDO: Contraria ley es la suya. REY: ¿Cuándo amor no fue contrario? Mas en el gusto, ¿quién puso leyes ni introdujo mandos? Pues en sus libres deseos puedo, cuando más templado, quitarme lo que deseo pero no el desearlo. FERNANDO: Pues, ¿cómo el ser imposible no te templa? REY: Antes me ha dado mayor inquietud el serlo; que en los afectos humanos como es espíritu es obra de alta poderosa mano, aquel heroico principio los enciende, y arrojados, pretenden el imposible no por bueno, por contrario, no por lo que gozar pueden, sino sólo por gozarlo. FERNANDO: No ha de ser esto querido de ti, sino despreciado; con que no está el imposible en ella, sino en tu estado. REY: No es razón que me convence, pues si como rey me hallo superior, como hombre estoy sujeto. Con que, luchando lo hermoso con lo rendido, lo altivo con lo postrado, cuando como rey la obligo, la estoy como hombre adorando, como humano la pretendo y la oigo como cristiano. FERNANDO: Pues, ¿qué presumes hacer? REY: ¿Qué he de hacer? Morir callando. FERNANDO: Lástima tengo a tu pena. REY: ¡Qué poco alivio me has dado! FERNANDO: No es bien perder a mi rey. REY: Y a tu amigo, ¿es bien dejarlo? FERNANDO: No sé cómo responderte. REY: Yo sí; muriendo y penando. FERNANDO: El tiempo hará que te venzas. REY: ¿No sabes que el tiempo es falso? FERNANDO: Sé que la razón conoces. REY: También sé que me está hablando la memoria por mi amor, y que nos repite a entrambos que, pues estoy muriendo y adorando, causa debe de haber para mal tanto.
Vanse los dos

FIN DEL PRIMER ACTO

La judía de Toledo, Jornada II


Texto electrónico por Vern G. Williamsen y J T Abraham
Formateo adicional por Matthew D. Stroud
 

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Actualización más reciente: 30 Jun 2002