EL EJEMPLO MAYOR DE LA DESDICHA

Antonio Mira de Amescua

Texto basado en el autógrafo de EL EJEMPLO MAYOR DE LA DESDICHA (Biblioteca Nacional, Madrid, R-112) con el apoyo de la edición príncipe, Parte veinticinco de comedias recopiladas de diferentes autores e ilustres poetas de España (Zaragoza: Pedro Escuer, 1632). Esta edición fue preparada por Vern Williamsen para un curso dictado en el año 1984.


Personas que hablan en ella:

ACTO PRIMERO


Salen por una puerta, al son de cajas, BELISARIO, FLORO, FABRICIO. Por otra LEONCIO, de peregrino
FLORO: Como tus hechos divinos son asombro de la muerte, todos han salido a verte. Ciudades son los caminos. Los riscos y árboles son miradores, donde están pasmados, hombres que dan ojos a la admiración. En el vulgo incierto y vario cada cual está diciendo: "¡Válgame Dios, que estoy viendo al valiente Belisario!" BELISARIO: Alabar sin ocasión es de necios, no es de sabios. Las lisonjas son agravios para el prudente varón. Habla menos y obra más. FLORO: Lisonjeros hay valientes y en la guerra serví. BELISARIO: Mientes. FLORO: Algún día lo verás. LEONCIO: (Dicha ha dado la ocasión; Aparte si le mato la tendré, aunque en esta ocasión se que es temeraria intención.) Capitán, tú que has ganado los reinos que el Ganges ven, manda que limosna den a este mísero soldado. BELISARIO: ¿A un hombre le oigo decir "soldado y mísero" cuando de Persia vengo triunfando? No lo podrá consentir la piedad que yo profeso. ¿Dónde servisteis, soldado? LEONCIO: (En estando descuidado Aparte este puñal le atravieso.) Con Leoncio el general en las guerras de Asia. BELISARIO: Fue gran capitán. LEONCIO: Hoy se ve desterrado, pobre y tal, que lástima le ha tenido el que envidia le tenía. Su fortuna fue la mía. Por seguirle me he perdido. (Cuando limosna me dé, Aparte teñiré en sangre el puñal.) BELISARIO: Leoncio ha sido leal como desdichado fue. Envidias le han desterrado, mas ya que a la corte vengo, dicha y favor le prevengo. ¡Vive Dios, que perdonado será del Emperador! De mis victorias no espero otro premio; sólo quiero sus mercedes y favor para Leoncio, y así éste será mi trofeo. Mucho su amistad deseo. Años ha que no le vi, y vos, que fuisteis soldado de buen capitán, tomad.
Dale una cadena
No tenga necesidad quien a mis pies ha llegado. LEONCIO: (¿Qué es aquesto, cielos? ¿Quién Aparte se puede atrever a un hombre que merece inmortal nombre, valiente y hombre de bien? ¿Cómo podrá mi crueldad dar a Belisario muerte, si en sí tiene un peto fuerte de virtud y de piedad? ¡Vive Dios!, que aunque me ordena que muerte le dé Teodora, ha de perdonarme agora. Prisión es esta cadena.) Tu esclavo soy, general, columna gallarda y fuerte del imperio. Dame muerte
Arrójale el puñal a los pies
con este mismo puñal. A tus pies llegué traidor, y lealtad me has enseñado. De clemencia está armado. Mal te ofenderá el rigor de los hombre. Si he venido a matar, pague el pecado del haberlo imaginado y del haberlo emprendido. Porque a delito tan fuerte aun no hay pena establecida; poca pérdida es la vida, pequeño mal es la muerte. FABRICIO: ¡Muera el traidor! FLORO: ¡Muera digo! BELISARIO: Dejadle, que ese rigor no es dar la muerte a un traidor, sino matar a un amigo. Mucho pierdo en él si muere. Cuando matarme quería esa pena merecía; no agora que ya no quiere. Pues bien de mí ha recibido y él reconociendo ya su obligación, claro está que ha de ser agradecido. Si éste después de obligado darme la muerte quisiera, pena inmortal mereciera, pero si ya ha confesado, arrepentido su error y a mi amistad no es ingrato, claro está que si le mato vengo yo a ser el traidor; y seré más liberal si en esta opinión que digo de un contrario hago un amigo y de un traidor un leal. Levanta. LEONCIO: Una pena airada quisiera más, que comienza a matarme la vergüenza, y es muerte más dilatada. Beso tus pies. BELISARIO: ¿Por qué, di, me matabas? LEONCIO: Fui mandado. BELISARIO: ¿Quién mi muerte ha deseado? LEONCIO: El secreto prometí y si agora te lo digo es hacer otra acción fea, y no es bien que traidor sea cuando llego a ser tu amigo. BELISARIO: Sí; mas no sabiendo yo de quién me debo guardar siempre en peligro he de estar. Y aquél que no me avisó de mi daño, no es mi amigo. LEONCIO: Yo me confieso obligado, y con el mismo cuidado has de estar si te lo digo. Yo he de hacer que tú no mueras; tu vida he de defender, y así yo pretendo hacer lo que tú si lo supieras. Callando cumplo conmigo; honrado en esto seré, y siendo honrado podré cumplir obrando contigo. Tu guarda soy. FLORO: ¿No es mejor, sin que la ocasión se pierda darle diez tratos de cuerda, y que diga este traidor quién te ha mandado matar? BELISARIO: Yo, Floro, por muchos modos tengo de hacer bien a todos, y esto me habrá de guardar. Su afrenta lleva consigo quien mal al bueno desea; haga yo bien siempre, y sea quien quisiere mi enemigo. FLORO: Tu misma virtud será, que envidias te habrá causado. BELISARIO: ¡Que el malo no es envidiado, y el bueno siempre lo está! LEONCIO: No es envidia, que es mujer tu enemigo, si es verdad que la envidia y la amistad entre iguales ha de ser. BELISARIO: ¡Mujer enemiga mía! Ya más cuidado recibo, que es animal vengativo cuando obstinado porfía. En todo tiene mudanza su fácil naturaleza, y sólo tiene firmeza en el odio y la venganza. ¡Ay, miserable pensión de la vida! ¡Ay, hado fiero! El triunfo y pompa que espero es la rueda del pavón. FLORO: ¿Una mujer desanima tu valor? BELISARIO: ¡Válgame Dios! ¿Quién es ésta? FLORO: Una de dos: la emperatriz o su prima. Claro está que es poderosa la que te quiere ofender. BELISARIO: Floro, cualquiera mujer puede mucho si es hermosa. Pero de esas dos ninguna al discurso de mi vida puede mover ofendida la rueda de la Fortuna. Antonio Patricia fue, ¿cómo en esto no reparas?, el altar en cuyas aras el alma sacrifiqué. Favorece mi cuidado, mi mismo aumento desea. ¿Cómo quieres que ella sea la que mi muerte ha intentado? FLORO: ¿Y la emperatriz Teodora? BELISARIO: Es un ángel soberano, y si provincias le gano en los reinos del aurora, si los reyes del oriente pongo a sus pies, ¿qué ocasión puede darle indignación? FLORO: Si mi memoria no miente y mi discurso no es necio, no pensando que sería emperatriz, te quería; y hoy se venga del desprecio, y porque a su prima amabas con tal afecto y ardor que llevado de este amor sus favores no estimabas. BELISARIO: No la amé, y en esto fundo que no es su pecho tirano, pues la amó Justinïano y es emperatriz del mundo. FLORO: Pues, Antonia será. BELISARIO: No. FLORO: ¿Por qué no si la mujer siempre suele aborrecer al mismo paso que amó?
Suenan atabalillos
FABRICIO: A recibirte ha salido sin duda el emperador. FLORO: ¡Grande bien! FABRICIO: ¡Grande favor! LEONCIO: (Pues que no soy conocido Aparte quiero esperar hasta ver si me consigue el perdón Belisario. ¡Oh, gran varón, inmortal habías de ser!) FLORO: Señor, el César entienda que en el guerra le serví. BELISARIO: Si tú me sirves a mí, merced te haré de mi hacienda. La del rey para el soldado solo se debe guardar. ¿Si no te vi pelear, cómo he de verte preciado? FLORO: No ves siempre al que pelea. Muchos persianos maté. BELISARIO: Pues haz que el César te dé premios sin que yo lo vea.
Sale el EMPERADOR, con acompañamiento. Suenan cajas
EMPERADOR: ¡Belisario amigo! BELISARIO: El nombre, gran señor, de la amistad en sí contiene deidad; no se debe dar a un hombre. Proporción no ven contigo mis merecimientos, y hallo que en llamarme tu vasallo me honras más que en ser tu amigo. EMPERADOR: Más, Belisario, mereces. Dame los brazos. BELISARIO: Señor, a tus pies estoy mejor. EMPERADOR: La modestia miente a veces. ¡Vive Dios!, que más quisiera ser yo tú que ser el dueño del mundo, reino pequeño, clima estrecho, corta esfera para tus méritos. Di, ¿no es más saberlo ganar que acertarlo a gobernar? Tú no dependes de mí. Contigo traes el valor, ser te da tu mismo ser; pero yo te he menester para ser emperador. Reinos me ganas, y así, ¡cuánto mejor me estuviera que yo provincias te diera que no el dármelas tú a mí! BELISARIO: Como tu deidad es mucha, reflejos de luz nos da. EMPERADOR: ¿Persia es del imperio ya? BELISARIO: Sí, señor. EMPERADOR: Di, ¿cómo? BELISARIO: Escucha: Cuando Persia, señor, las armas toma sin temer del imperio los blasones y la fatal violencia con que doma tigres en Asia, en Africa leones, con las invictas águilas de Roma rompieron tus gallardos escuadrones ondas de plata, arenas de granates en el rápido curso del Eufrates. En Duras, que es de Persia la frontera, un fuerte fabricamos eminente que amenazó del sol la rubia esfera con el altivo ceño de su frente; émulo fue del Olimpo, y de manera admiró las provincias del oriente, que temieron que Júpiter quería fulminar desde allí su monarquía. Nuestro ejército estaba dividido. Yo la mayor Armenia conquistaba cuando el persa feroz nos ha impedido el edificio, maravilla octava. La fábrica postró, y al gran rüido volvió del Tigris la corriente brava atrás, y en desiguales horizontes temblaron las columnas de los montes. Babilonia gimió, y estremecida de ser cadáver ya tuvo recelo creyendo que a borrar la humana vida desataba sus máquinas el cielo. Yo que el estruendo, no de la caída, de la fama escuché, el trágico vuelo de aquel agravio me encendió de suerte que tembló de mi cólera la Muerte. Como suele el halcón de la Noruega, si teme el trasmontar del breve día, darse prisa a cazar, y no sosiega hasta ver su rapante tiranía; temiendo la ocasión que se me niega a la venganza fue la prisa mía; torbellino de Armenia, en un momento, rayo del cielo fue y halcón del viento. Al fin vengué el agravio, y luego parte el vencedor ejército, marchando, como suelen relámpagos de Marte, deshaciendo las nubes y tronando. Apenas el católico estandarte en Persia tremoló sus plumas cuando tímidos lloran a la humana suerte los pálidos asombros de la muerte. Si viste, gran señor, langosta parda talando rubia mies; si viste un río que la ley de sus márgenes no guarda porque las lluvias le causaron brío; si viste fiero incendio que acobarda las fértiles campañas del estío, nuestro ejército, así, latino y griego, río, langosta, fue, diluvio y fuego. Su ejército me oponen y confían en la bárbara furia de elefantes que con navajas de marfil herían las tropas de caballos y de infantes. Cien torres que montañas parecían llevaban estos brutos arrogantes, y tantas flechas disparaban de ellas que eclipsaron el sol y las estrellas. Su natural instinto prevenido, en medio de los campos he formado un arroyo de sangre, que han vertido cien bueyes del bagaje, y el airado escuadrón de elefantes suspendido quedó cuando en la sangre ha reparado, y, así, volviendo atrás con furia brava los suyos sin piedad despedazaba. En efecto, vencí, ¡feliz suceso! Ya es del imperio cuanto el Tigris baña; Arsindo, rey de Armenia, viene preso, y el general de Persia le acompaña. Asia temblando está, y alegre beso tus pies, cuando en el mar y en la campaña adoran las provincias del oriente el laurel soberano de tu frente. EMPERADOR: Belisario, ¿qué favor no es pequeño para darte? Sólo pretendo pagarte con mí mismo, con mi amor; que ése es inmenso, y así grandes mercedes te doy, dando lo mismo que soy para que vivas en mí. Dos anillos con dos sellos mandé hacer de un propio modo, porque podamos en todo ser los dos uno con ellos. Toma el uno, y la amistad finezas haga y extremos. Cástor y Pólux seremos. Belisario es mi mitad. BELISARIO: Sólo una cosa te ruego. EMPERADOR: Hazla tú, ¿Qué me propones ni ruegas? BELISARIO: Es que perdones a Leoncio. EMPERADOR: Venga luego, y no sólo le perdono, pero mercedes le haré; porque hombre que digno fue de tu intercesión y abono ofenderme no ha podido. Por buen vasallo le tengo; y por eso a entender vengo. Envidias le han perseguido. BELISARIO: Beso tu mano. LEONCIO: (¡Que yo Aparte viniese a matar así al que me da vida a mí! ¡Mal haya quien lo mandó! ¡Mal haya quien lo ha intentado y quien le fuere traidor! FLORO: Mirando al Emperador Fabricio quedó elevado. Si de esta caja pudiera sacarle un papel, sería buena fortuna la mía porque servirme pudiera; que él mismo me lo ha mostrado. Ni nombre ni señas tray.
Sácale un papel de una caja de latón y métele otro
Valientes industrias hay para un gallina soldado. Topélo; el alcance sigo. ¡Helo! En esto no soy manco. Zámpole un papel en blanco, que acaso traigo conmigo. Boquiabierto Juan Paulín a los dos césares mira y de su amistad se admira. ¡Bisoño en la corte al fin! Así supiese mi amo que aquestas manos pelean. EMPERADOR: Ya es tiempo que todos vean cuánto tus virtudes amo. Triunfar debes; llega ya en esa imperial carroza a Constantinopla, y goza aplausos que el vulgo da. FLORO: Todo es confuso tropel en la corte. Aquí te tengo. Pues que de servirte vengo, lee, señor, este papel.
Dale el papel al EMPERADOR
BELISARIO: ¿Qué intentas, necio? FLORO: Que creas que Floro en la guerra fue valiente duende, y que sé pelear sin que me veas.
Lee
EMPERADOR: "Gran señor, el que éste lleva es un valiente soldado. Dos banderas ha ganado. No hay hombre que a más se atreva. Julio, maestre de campo." Besarme la mano puedes. Tenga en la corte mercedes quien servir sabe en el campo. Una villa tienes ya, y esta merced no es muy rica según Julio certifica. FLORO: (Y aun agosto lo dirá.) Aparte BELISARIO: Di, ¿cúyo es este papel, necio? FLORO: Del maestre de campo. BELISARIO: Otra vez que esté en el campo, pelead en mi cuartel. FABRICIO: (Si a este gallina le han dado Aparte sin méritos galardón, gozar quiero la ocasión.) Yo señor, soy un soldado pobre, que en Persia serví, según en éste verás.
Dale otro papel
EMPERADOR: No has servido; servirás, que el papel lo dice así. Si en blanco traes los servicios, en blanco quedarte puedes.
Rómpelo y vase el EMPERADOR
FABRICIO: ¡Buenas son estas mercedes! Perderé dos mil jüicios. ¿A una gallina maldiciente una villa y a mí nada? FLORO: No tiene igual esta espada. Sed, Fabricio, más valiente. FABRICIO: ¡Un loco rascacaballos tiene suerte más dichosa! FLORO: Sois, Fabricio, poca cosa para un señor de vasallos. LEONCIO: Espera, blasón del mundo. BELISARIO: ¿Qué quieres? LEONCIO: Besar tus pies. Leoncio es éste que ves. BELISARIO: ¡Oh, capitán sin segundo! No te conocí, que el traje desmintió tu calidad. LEONCIO: En manos de la amistad vuelvo a hacer pleito homenaje de ser tuyo. BELISARIO: Entre los dos habrá amistad verdadera. LEONCIO: El emperador te espera. Adiós, Belisario. BELISARIO: Adiós, y a esa mujer no ofendida templa el injusto rigor. LEONCIO: Yo te encomiendo mi honor. BELISARIO: Yo te encomiendo mi vida.
Vanse. Salen TEODORA y MARCELA
MARCIA: Señora, ¿no me dirás, perdona mi atrevimiento, por qué has mandado matar al que es blasón del imperio? Dime la causa, pues ya me descubriste el secreto. ¿Qué te ha hecho Belisario? ¿Tan grande aborrecimiento merece un hombre famoso, hombre que conquista reinos, hombre que reyes cautiva para darte a ti trofeos? ¿En qué te ha ofendido? TEODORA: Marcia, no alabes lo que aborrezco, porque es indignarme más. Bien le quise y mal le quiero. Antes que el Emperador pusiese en mí sus deseos y para feliz consorte su amor me eligiese, dieron a Belisario mis ojos favores, que con desprecios me pagó, y tomo venganzas cuando Emperatriz me veo. Quiero casar a Filipo con Antonio, demás de esto; y ella amando a Belisario no corresponde a mis ruegos. MARCIA: De un rey se dice que tuvo un contrario, antes de serlo; y, siendo rey, sus privados que le matase dijeron. Él respondió, "No es razón que un rey vengue agravios hechos a un particular." Lo mismo, señora, decirte puedo. Los agravios de Teodora no ha de vengar a este tiempo una emperatriz del mundo. TEODORA: Soy mujer; piedad no tengo.
Sale ANTONIA
ANTONIA: Señora, si a esos balcones hacen oriente los cielos de tus ojos, hallarás el mayor triunfo que vieron los romanos. En un carro de oro y rubís, compitiendo con el carro del aurora en los hermosos reflejos de luz y púrpura, viene terror de persias y armenios, Belisario, dando a Europa gloria y blasones eternos. Tráele a su mano derecha el Emperador; que en esto se descubre en un vasallo la grandeza de su dueño. Al concurso de la gente y a los aplausos del pueblo, las aves se han suspendido en las esferas del viento. Dos generales y un rey lleva delante, que, presos con cadenas de oro, dicen la gloria del vencimiento. TEODORA: (¡Válgame Dios! No ha podido Aparte el alborozo del pecho disimular con la lengua al amor que está allá dentro. Por la boca y por los ojos vas exhalando el incendio que en el corazón no cabe. Imprudente es el contento; mal sabe disimular. Rabiando estoy, y no puedo sufrir alabanzas suyas. ¡Que Leoncio no le ha muerto! ¡Ah, cobarde!) Antonia, Antonia, yo te juro por los cielos y por la vida dichosa --atiende a este juramento-- del grande Justinïano, que si en público o secreto das favor a Belisario, si con los ojos atentos le miras, si con palabras lisonjeas sus deseos, si le escribes ni respondes apacible, Antonia, muerto le has de ver, por mí mandado. No he de castigar sus yerros en ti sino en él, y así tu amor será su veneno. Tú le matas si le quieres; y a jurar otra vez vuelvo del Emperador la vida que han de darle muerte. ANTONIA: ¿Y debo ser ingrata y descortés a quien con tanto respeto me sirve? TEODORA: Si yo te caso con Filipo que es mi deudo, ¿por qué a mi gusto te opones? ANTONIA: Celos me dieras con esto a no saber que es venganza. (¿Qué desdicha es ésta, cielos? Aparte ¨No he de amar a Belisario? ¿No he de estimar sus afectos? ¿No he de agradecer su amor? ¿No he de honrar sus pensamientos? ¿No de mirar su buen talle? ¡Remedio, cielos, remedio!, que si tanto amor reprimo, ha de reventar el pecho.
Salen el EMPERADOR, BELISARIO, NARSÉS, FILIPO, y acompañamiento
BELISARIO: Déme vuestra majestad la mano. TEODORA: (Disimulemos, Aparte ira y venganza.) Seáis bienvenido. Alzad. (Yo vuelvo Aparte a ver si Antonia le mira.)
A ANTONIA
Baja esos ojos al suelo, que le costará la vida. ANTONIA: (Muero por mirarle, y temo Aparte de esta tigre los enojos. ¡Remedio, cielos, remedio!) (¡Ay, Antonia de mi vida! Aparte Gracias al Amor, que veo el cielo de tu hermosura. Dudoso del bien que tengo no doy crédito a los ojos; mas, ¡ay de mí! ¿Qué es aquesto? Los suyos no ha levantado para mirarme. Recelo... Mas, ¡qué recelo, qué digo, si con mis dudas la ofendo, con mis sospechas la agravio? Recato ha sido discreto. Ella su amor disimula.) ANTONIA: (Más os valiera estar ciegos, Aparte ojos, si no habéis de ver lo que con el alma quiero.)
Sale LEONCIO, de caballero
LEONCIO: Leoncio está a vuestros pies, gran señor, agradeciendo el perdón que le habéis dado, la merced que le habéis hecho. TEODORA: (¿Perdonado está Leoncio? Aparte Nuevos enojos prevengo. Este traidor me ha vendido, Él descubrió mi secreto.) LEONCIO: Déme vuestra majestad la mano.
A LEONCIO
TEODORA: Traidor, ¡qué es esto? ¿Cuando el perdón te ofrecí porque le matases, veo que él vive y tú le consigues? LEONCIO: No hallé ocasión, ni pretendo darle muerte. TEODORA: Basta, basta. (Pues éste a la gracia ha vuelto Aparte del Emperador, sin duda que ha revelado mi intento a Belisario. No fío de Leoncio más, ni quiero dilatar esta venganza.) Narsés. NARCÉS: Señora. TEODORA: El gobierno de Italia tendrá, si matas a Belisario. NARSÉS: Yo acepto tu palabra, y cumpliré lo que mandas. TEODORA: Te encomiendo el secreto y brevedad. NARSÉS: Todo está a mi cargo. ANTONIA: (Temo Aparte que le mato si le miro, y si no le miro muero. Con dos accidentes lucho, con dos contrarios peleo, y con dos muertes batallo. ¡Remedio, cielos, remedio!) EMPERADOR: Belisario, ven.
Vase el EMPERADOR
BELISARIO: (Sospechas, Aparte muchas fuerzas vais teniendo. Con rigor me mire Antonia, turbado su rostro veo. ¡Matadme, sospechas mías, antes que lleguéis a tiempo de ser en mí desengaños!
A ANTONIA
TEODORA: ¿Mirándole estás? Muy necios y livianos son tus ojos. ANTONIA: Y crüeles tus preceptos. TEODORA: No amas mucho, pues no temes... BELISARIO: (Ella se mudó. Soy muerto.) Aparte
Vanse todos. Se queda ANTONIA
ANTONIA: ¿Que ponga ley a mis ojos un colérico interés? Obstinado animal es una mujer con enojos. De sus fáciles antojos aprisa toma venganza. En todos tres hay mudanza. Ella manda sin razón, él se va sin galardón, yo adoro sin esperanza. Mi pecho amando es ingrato, favoreciéndole es fiero, si le aborrezco le quiero, y si le quiero le mato; su vida está en mi recato, su muerte está en mi favor, en mis ojos hay rigor. Amor, a muerte condenas. ¡Oh, laberinto de penas! ¡Oh, confusiones de amor!
Sale TEODORA junto al paño
TEODORA: Cuando una mujer porfía aborrece de esta suerte. Belisario vuelve. Advierte que tras de esta celosía te he de escuchar. ANTONIA: Tiranía, es la tuya, imperio no. ¿Qué amante triste se vio en tal trance? Estoy sin mí. Con el alma diré sí. Con los labios diré no.
Sale BELISARIO sin ver a TEODORA
BELISARIO: A tus pies llega vencido un amante vencedor, aunque mal he dicho "amor" lo que "obligación" ha sido; si es fuerza haberte querido después de haberte mirado, "un corazón obligado" llega a tus pies a vivir; que no me atrevo a decir "corazón enamorado." ¿Cuando triunfo del oriente, muestras tú tristeza extraña? O es tu amor el que me engaña o es mi vista la que miente. Si el alma está diferente, estélo, señora mía, tu beldad; que es tiranía, si he de amarte, que se vea mudada el alma y que sea la beldad la que solía. ANTONIA: Con ese amoroso engaño a la mariposa imitas, pues tu muerte solicitas amando tu propio daño; y así yo te desengaño que es tu amor, si en ti no mueve niño que un cuchillo quiere, y como el peligro ignora, cuando no se lo dan llora y si se lo dan se hiere. Y, así, de ese amor te olvida. BELISARIO: Oye, escúchame, por Dios. ANTONIA: (Vivid, Belisario, vos Aparte y cuéstame a mí la vida.)
Vase ANTONIA
TEODORA: Eso sí.
Vase ANTONIA
BELISARIO: ¿Cuándo, homicida, se ha mudado de esta suerte mujer alguna? ¿Tan fuerte es en ti el aborrecer? Mas, ¿si es ella la mujer que ha procurado mi muerte? Contra el alma y los sentidos hay ejército de enojos; desengaños ven los ojos, rigor sienten los oídos el corazón llora olvidos, suspensión el pensamiento, y es tan grande el sentimiento que, de todos combatida, sólo se escapa la vida para darme más tormento. Que se mude una mujer ya se vio, cualquiera alcanza mayorazgo en la mudanza, y que dé en aborrecer también común suele ser; pero que matar intente al desdichado que ausente su luz hermosa adoró, rigor es que no se oyó en las lenguas de la gente.
Sale el EMPERADOR. Sacan una luz y recado de escribir sobre un bufete
EMPERADOR: Tu amigo verdadero pienso ser hasta la muerte, no dirán que vengo a verte sino también que te quiero. Con la amistad son iguales el vasallo y el señor, y es la riqueza mayor que tenemos los mortales. Y como la majestad de un rey no ha comunicado otro rey, en el privado goza el bien de la amistad. Conózcase mi favor en todo aqueste hemisferio. Príncipe eres del imperio y perpetuo dictador. BELISARIO: Deja que bese tus pies por honras tan desiguales. EMPERADOR: Toma estos tres memoriales. Uno elige de esos tres para el supremo gobierno de Italia. BELISARIO: Yo, gran señor, no merezco tal favor. EMPERADOR: ¡Y mereces nombre eterno! Libre elección has de hacer aunque más lo dificultes. Voyme, porque no consultes conmigo tu parecer.
Vase el EMPERADOR
BELISARIO: Fortuna, tú que me subes hasta la región del fuego, y como el Olimpo griego me has coronado de nubes, si me levantas así para desdicha mayor, o niégame tu favor o ten lástima de mí.
Siéntase
Aunque la melancolía conduce a mis ojos sueño, quiero obedecer el dueño que de mi elección se fía.
Lee
Memorial de Leoncio. Aquéste a mil Numas le anticipo yo. Memorial de Filipo. Bien se puede confiar de éste Italia, que es sin segundo. ¿De quién el tercero es? Narsés dice. Todos tres pueden gobernar el mundo. La abundancia es la que impide la elección que Italia espera, porque a cada cual quisiera darle el gobierno que pide. La duda que tengo es fuerte. Dejémoslo a la Fortuna. No he errado empresa ninguna. Haga esta elección la suerte. Sólo de Antonia la fe mi mayor desdicha ha sido. En mi vida fui vencido. Catorce veces triunfé.
Baraja los memoriales
Sin que los títulos vea, éste elijo. Narcés dice. Él ha sido el más felice. ¡Quiera Dios que yo lo sea!
Escribe en el memorial
El decreto escribo, y luego si el sueño me ha de vencer, que el odio de una mujer me ha de permitir sosiego, ganar amigos procuro; mi descanso es hacer bien y el proverbio dice: "Quien hace bien, duerme seguro."
Sale NARSÉS, de noche
NARSÉS: Con el silencio y quietud de la noche está el palacio, pintando en sombras y lejos la soledad de los campos. Mal sosiega un ambicioso; mal reposan los cuidados de los soberbios que a oficios en las cortes van trepando. Teodora me ha prometido si doy muerte a Belisario el consulado de Roma y de Italia el magistrado. Si es emperatriz, ¿qué mucho que vengue yo sus agravios? Aquí está y está dormido. Bien dicen que es un tirano de la mitad de la vida el sueño. Ya no es retrato sino vivo original de la muerte su letargo.
Saca la daga
A nunca más despertar le considero. ¡Qué vanos son los discursos del hombre! ¡Qué designios tan errados! A éste le juzgué inmortal cuando venciendo y triunfando fue la pompa del imperio, y ya le está amenazando en este puñal la muerte. No se mueve. Yo le mato. Aquí memoriales veo. La curiosidad me ha dado antojos de ver primero si dio oficios soberanos del imperio. Éste es el mío. Pienso que está decretado. Su letra es y dice así:
Lee
Merece, señor, el cargo de Italia Narsés. Electo. ¿Cómo puedo ser ingrato al que procura mi bien? ¡Oh, valor extraordinario de capitán invencible y de prudente privado! Yo he de ser agradecido, aunque caiga en este caso de la gracia de Teodora. Sepa el peligro en que ha estado. Aquí le escribo un aviso
Escribe
si bien el secreto guardo de quien es la que desea su muerte. El acero clavo sobre el mismo memorial,
Clava la daga
y así le digo callando, por enigmas, que fui yo, el que la vida le ha dado. Ya desvelados los ojos muestran que fue breve rapto del sueño. Vele, quien tiene tan poderoso contrario.
Vase. Despiértase BELISARIO
BELISARIO: sólo el sueño y el amor me han vencido. No es agravio el del sueño, que es pasión natural. ¿Qué es lo que hallo tan cerca de mí? Fortuna, ¿si son éstos los amagos de tu mudanza? Dos veces vi puñal amenazando mi vida. De la tercera me libre Dios. Y clavado en el memorial de Narcés, ¿qué significa? Reparo en dos renglones escritos de otra letra y de otra mano.
Lee
"Hacer bien te dio la vida" Y escrito está más abajo: "Guárdate de una mujer." ¡Válgame Dios! ¿Tan tirano es el corazón de Antonia? ¿Tan aprisa está buscando mi muerte? Éstos son avisos que da el cielo soberano. En el memorial se muestra mi dicha, pues doy los cargos del imperio, y el acero diciendo está cuán cercano tiene su peligro aquél que ocupa lugares altos. Memorial y acero juntos no es nueva unión, no es milagro; ejemplo son de las cortes, sucesos de los palacios. Mas si el hacer bien me guarda, pensamiento, no tememos; hagamos bien, porque al fin esto no podrá faltarnos.
Sale el EMPERADOR con cartas, y un criado que tome la vela. ANTONIA al paño
EMPERADOR: Nuevas guerras me amenazan. Las cartas me dan cuidado. ¿Africa se me rebela cuando tengo a Belisario? ANTONIA: (Siguiendo voy recelosa Aparte del Emperador los pasos. Temo que guerras emprende y ha de ausentar a quien amo. Quiero escuchar desde aquí.) EMPERADOR: Amigo, amigo, temblando está el imperio, si tú no le das la invicta mano; los feudos de Africa roban los vándalos. BELISARIO: ¡Castigarlos, triunfar de ellos! Cipïón segundo seré en Cartago. EMPERADOR: Quiero ver las demás cartas.
Lee aparte
BELISARIO: (A Antonio he visto acechando Aparte en esta puerta, y mi muerte quiso ver.) ¡Ingrata, en vano has intentado dos veces mi desdicha y mis agravios! ANTONIA: Agora temo tu ausencia. BELISARIO: Sólo de mi ausencia trato porque, ausente, no podrás conseguir tu intento falso. Allá me darán la muerte en los reinos africanos. ANTONIA: Primero será la mía. BELISARIO: ¿Tanto lo deseas, tanto? EMPERADOR: Oye. BELISARIO: Señor. EMPERADOR: Hoy conviene que a Africa partas. BELISARIO: (Hoy salgo Aparte de peligros más crüeles.) Al momento, señor, parto. EMPERADOR: Quiero ver el otro pliego.
Adviértase que el EMPERADOR está en medio leyendo y un criado alumbrando, y BELISARIO le habla a hurto con ANTONIA, llegándose y desviándose cuando llama el EMPERADOR, y ella se est  siempre en la puerta porque no la vea el EMPERADOR
ANTONIA: ¿Así te partes, ingrato? BELISARIO: Temo tu furor aquí, y en los reinos más extraños no temo los enemigos. ANTONIA: ¿Así me dejas? BELISARIO: No aguardo a que tercero puñal vea en mi sangre bañado. ANTONIA: ¿Qué? ¿No sientes irte? BELISARIO: No. ANTONIA: ¡Y serán eterno llanto mis ojos en tanta ausencia! BELISARIO: Y yo ruego al cielo santo, pues que vengarte deseas, que en los reinos africanos algún alarbe crüel, con alguna flecha o dardo, de Belisario la vida acabe, y así quedamos tú vengada y yo en morir entre mis fieros contrarios, [............ ] No han de permitir los hados ni los cielos que se logran tus intentos que tiranos son para mí. ANTONIA: Bien lo creo de un corazón desdichado. BELISARIO: ¡Ah, falsa! ¿Que no lo niegas? EMPERADOR: Belisario. BELISARIO: Señor. EMPERADOR: ¿Cuándo te partirás? BELISARIO: Esta noche. EMPERADOR: Si tú me vuelves triunfando serás el mayor ejemplo de la dicha; que estos brazos te han de levantar al cielo. BELISARIO: Ejemplos del mundo raros. ¡Oh, mundo, aquí me levantas, y allí me están derribando! ANTONIA: Oye. BELISARIO: Sin causa me ofendes. ANTONIA: ¿Te vas? BELISARIO: Sí. ANTONIA: Quedo rabiando. BELISARIO: ¡Qué intentos tan fementidos! ANTONIA: ¡Qué amores tan desdichados!

FIN DEL ACTO PRIMERO

El ejemplo mayor de la desdicha, Jornada II


Texto electrónico por Vern G. Williamsen y J T Abraham
Formateo adicional por Matthew D. Stroud
 

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Actualización más reciente: 28 Jun 2002