LA DAMA BOBA

Lope de Vega

Texto basado en el manuscrito autógrafo de la obra en la Biblioteca Nacional de Madrid y preparado con el apoyo de la edición normal de las comedias de Lope de Vega (Acad. N., tomo 11). El texto aquí presentado fue editado por Vern Vern Williamsen en 1984 para emplearse en un curso dictado en aquel año.

 


Personas que hablan en ella:

ACTO PRIMERO


Salen LISEO, caballero, y TURÍN, lacayo, los dos de camino
LISEO: ¡Qué lindas posadas! TURÍN: ¡Frescas! LISEO: ¿No hay calor? TURÍN: Chinches y ropa tienen fama en toda Europa. LISEO: ¡Famoso lugar en Illescas! No hay en todos los que miras quien le iguale. TURÍN: Aun si supieses la causa... LISEO: ¿Cuál es? TURÍN: Dos meses de guindas y de mentiras. LISEO: Como aquí, Turín, se juntan de la corte y de Sevilla, Andalucía y Castilla, unos a otros preguntan: unos de las Indias cuentan, y otros, con discursos largos de provisiones y cargos, cosas que al vulgo alimentan. ¿No tomaste las medidas? TURÍN: Una docena tomé. LISEO: ¿E imágenes? TURÍN: Con la fe que son de España admitidas por milagrosas en todo cuanto en cualquiera ocasión les pide la devoción y el nombre. LISEO: Pues, de ese modo, lleguen las postas, y vamos. TURÍN: ¿No has de comer? LISEO: Aguardar a que se guise es pensar que a media noche llegamos; y un desposado, Turín, ha de llegar cuando pueda lucir. TURÍN: Muy atrás se queda con el repuesto Marín; pero yo traigo que comas. LISEO: ¿Qué traes? TURÍN: Ya lo verás. LISEO: Dilo. TURÍN: Guarda. LISEO: Necio estás. TURÍN: ¿De esto, pesadumbre tomas? LISEO: Pues ¿para decir lo que es...? TURÍN: Hay a quien pesa de oír su nombre. Basta decir que tú lo sabrás después. LISEO: ¿Entretiénese la hambre con saber qué ha de comer? TURÍN: Pues sábete que ha de ser... LISEO: ¡Presto! TURÍN: Tocino fiambre. LISEO: Pues ¿a quién puede pesar de oír nombre tan hidalgo? Turín, si me has de dar algo, ¿qué cosa me puedes dar que tenga igual a ese nombre? TURÍN: Esto y una hermosa caja. LISEO: Dame de queso una raja; que nunca el dulce es muy hombre. TURÍN: Esas liciones no son de galán, ni desposado. LISEO: Aún agora no he llegado. TURÍN: Las damas de corte son todas un fino cristal; transparentes y divinas. LISEO: Turín, las más cristalinas comerán. TURÍN: ¡Es natural! Pero esta hermosa Finea con quien a casarte vas comerá... LISEO: Dilo. TURÍN: No más de azúcar, maná y jalea. Pasaráse una semana con dos puntos en el aire de azúcar. LISEO: ¡Gentil donaire! TURÍN: ¿Qué piensas dar a su hermana? LISEO: A Nise, su hermana bella, una rosa de diamantes, que así tengan los amantes tales firmezas con ella; y una cadena también, que compite con la rosa. TURÍN: Dicen que es también hermosa. LISEO: Mi esposa parece bien; si doy crédito a la fama. De su hermana poco sé; pero basta que me dé lo que más se estima y ama. TURÍN: ¡Bello golpe de dinero! LISEO: Son cuarenta mil ducados. TURÍN: ¡Bravo dote! LISEO: Si contados los llego a ver, como espero. TURÍN: De un macho con guarniciones verdes y estribos de palo, se apea un hidalgo. LISEO: ¡Malo, si la merienda me pones!
Sale LEANDRO, estudiante, de camino
LEANDRO: Huésped, ¿habrá qué comer? LISEO: Seáis, señor, bien llegado. LEANDRO: Y vos en la misma hallado. LISEO: ¿A Madrid...? LEANDRO: Dejéle ayer, cansado de no salir con pretensiones cansadas. LISEO: Esas van adjetivadas con esperar y sufrir. Holgara, por ir con vos lleváramos un camino... LEANDRO: Si vais a lo que imagino, nunca lo permita Dios. LISEO: No llevo qué pretender; a negocios hechos voy. ¿Sois de ese lugar? LEANDRO: Sí, soy. LISEO: Luego podéis conocer la persona que os nombrare. LEANDRO: Es Madrid una talega de piezas, donde se anega cuanto su máquina pare. Los reyes, roques y arfiles conocidas casas tienen; los demás que van y vienen son como peones viles; todo es allí confusión. LISEO: No es Octavio pieza vil,. LEANDRO: Si es quien yo pienso, es arfil, y pieza de estimación. LISEO: Quien yo digo es padre noble de dos hijas. LEANDRO; Ya sé quién; pero dijérades bien que de una palma y de un roble. LISEO: ¿Cómo? LEANDRO; Que entrambas lo son; pues Nise bella es la palma; Finea, un roble sin alma y discurso de razón. Nise es mujer tan discreta, sabia, gallarda, entendida, cuanto Finea encogida, boba, indigna e imperfeta. Y aun pienso que oí tratar que la casaban...
Habla LISEO a TURÍN
LISEO: ¿No escuchas? LEANDRO: Verdad es que no habrá muchas que la puedan igualar en el riquísimo dote; mas ¡ay de aquel desdichado que espera una bestia al lado! Pues más de algún marquesote a codicia del dinero, pretende la bobería de esta dama, y a porfía hacen su calle terrero.
A TURÍN
LISEO: Yo llevo lindo concierto. ¡A gentiles vistas voy! TURÍN: Disimula. LISEO: Tal estoy que apenas a hablar acierto. En fin, señor, ¿Nise es bella y discreta?... LEANDRO: Es celebrada por única, y deseada por las partes que hay en ella de gente muy principal. LISEO: ¿Tan necia es Finea? LEANDRO: Mucho sentís que lo sea. LISEO: Contemplo, de sangre igual, dos cosas tan desiguales... Mas ¿cómo en dote lo son: Que, hermanas, fuera razón que los tuvieran iguales. LEANDRO: Oigo decir que un hermano de su padre la dejó esta hacienda, porque vio que sin ella fuera en vano casarla con hombre igual a su noble nacimiento, supliendo el entendimiento con el oro. LISEO: Él hizo mal. LEANDRO: ¡Antes bien!, porque con esto tan discreta vendrá a ser como Nise. TURÍN; ¿Has de comer? LISEO: Ponme lo que dices, presto. Aunque ya puedo excusallo. LEANDRO: ¿Mandáis, señor, otra cosa? LISEO: Serviros. (¡Qué linda esposa!) Aparte
Vase LEANDRO
TURÍN: ¿Qué haremos? LISEO: Ponte a caballo que ya no quiero comer. TURÍN: No te aflijas, pues no es hecho. LISEO: Que me ha de matar, sospecho, si es necia y propia mujer. TURÍN: Como tú no digas "sí," ¿quién te puede cautivar? LISEO: Verla ¿no me ha de matar; aunque es basilisco en mí? TURÍN: No, señor. LISEO: También advierte que, siendo tan entendida Nise, me dará la vida, si ella me diere la muerte.
Vanse los dos
Salen OCTAVIO y MISENO
OCTAVIO: ¿Ésa fue la intención que tuvo Fabio? MISENO: Parece que os quejéis. OCTAVIO: ¡Bien mal emplea mi hermano tanta hacienda! No fue sabio. Bien es que Fabio, y que no sabio sea. MISENO: Si en dejaros hacienda os hizo agravio, vos propio lo juzgad. OCTAVIO: Dejó a Finea, a título de simple, tan gran renta que a todos, hasta agora, nos sustenta. MISENO: Dejóla a la que más le parecía, de sus sobrinas. OCTAVIO; Vos andáis discreto, pues a quien heredó su bobería dejó su hacienda para el mismo efeto. MISENO: De Nise la divina gallardía, las altas esperanzas y el conceto os deben de tener apasionado. ¿Quién duda que le sois más inclinado? OCTAVIO: Mis hijas son entrambas; mas yo os juro que me enfadan y cansan, cada una por su camino. Cuando más procuro mostrar amor e inclinación a alguna, si ser Finea simple es caso duro, ya lo suplen los bienes de fortuna y algunos que le dio Naturaleza, siempre más liberal, de la belleza; pero ver tan discreta y arrogante a Nise, más me pudre y martiriza, y que, de bien hablada y elegante, el vulgazo la aprueba y soleniza. Si me casara agora --y no te espante esta opinión, que alguno lo autoriza--, de dos extremos; boba o bachillera, de la boba elección, sin duda, hiciera. MISENO: ¡No digáis tal, por Dios!, que están sujetas a no acertar en nada. OCTAVIO: Eso es engaño; que yo no trato aquí de las discretas; sólo a las bachilleras desengaño. De una casada son partes perfetas virtud y honestidad. MISENO: Parir cada año, no dijérades mal, si es argumento de que vos no queréis entendimiento. OCTAVIO: Está la discreción de una casada en amar y servir a su marido; en vivir recogida y recatada, honesta en el hablar y en el vestido; en ser de la familia respetada, en retirar la vista y el oído, en enseñar los hijos, cuidadosa; preciada más de limpia que de hermosa. ¿Para qué quiero yo que, bachillera, la que es propia mujer concetos diga? Esto de Nise por casar me altera; lo más, como los menos, me fatiga; resuélvome en dos cosas que quisiera; pues la virtud es bien que el medio siga que Finea supiera más que sabe, y Nise menos. MISENO: Habláis cuerdo y grave. OCTAVIO: Si todos los extremos tienen vicio, yo estoy, con justa causa, descontento. MISENO: ¿Y qué hay de vuestro yerno? OCTAVIO: Aquí el oficio de padre y dueño alarga el pensamiento. Caso a Finea; que es notable indicio de las leyes del mundo, al oro atento. Nise, tan sabia, docta y entendida, apenas halla un hombre que la pida; y por Finea, simple, por instantes me solicitan tantos pretendientes, del oro, más que del ingenio, amantes, que me cansan amigos y parientes. MISENO: Razones hay, al parecer, bastantes. OCTAVIO: Una hallo yo, sin muchas aparentes, y es el buscar un hombre en todo estado, lo que le falta más, con más cuidado. MISENO: Eso no entiendo bien. OCTAVIO: Estadme atento. Ningún hombre nacido a pensar viene que le falta, Miseno, entendimiento, y con esto no busca lo que tiene; ve que el oro le falta y el sustento, y piensa que buscalle le conviene, pues como ser la falta el oro entienda, deja el entendimiento y busca hacienda. MISENO: ¡Piedad del cielo! Que ningún nacido se queje de faltarle entendimiento. OCTAVIO: Pues a muchos que nunca lo han creído, les falta, y son sus obras argumento. MISENO: Nise es aquésta. OCTAVIO: Quítame el sentido su desvanecimiento. MISENO: Un casamiento os traigo yo. OCTAVIO: Casémosla; que temo alguna necedad, de tanto extremo.
Vanse los dos. Salen NISE y CELIA, criada
NISE: ¿Dióte el libro? CELIA: ¡Y tal que obliga a no abrille ni tocalle! NISE: Pues, ¿por qué? CELIA: Por no ensucialle, si quieres que te lo diga. En cándido pergamino vienen muchas flores de oro. NISE: Bien lo merece Heliodoro, griego poeta divino. CELIA: ¿Poeta? Pues parecióme prosa. NISE: También hay poesía en prosa. CELIA: No lo sabía. Miré el principio y cansóme. NISE: Es que no se da a entender, con el artificio griego, hasta el quinto libro, y luego todo se viene a saber; cuanto precede a los cuatro. CELIA: En fin, ¿es poeta en prosa? NISE: Y de una historia amorosa, digna de aplauso y teatro. Hay dos prosas diferentes; poética e historial; la historial, lisa y leal, cuenta verdades patentes, con frase y términos claros; la poética es hermosa, varia, culta, licenciosa, y escura aun a ingenios raros. Tiene mil exornaciones y retóricas figuras. CELIA; Pues, ¿de cosas tan escuras juzgan tantos? NISE: No le pones, Celia, pequeña objeción; pero así corre el engaño del mundo.
Salen FINEA, dama con unas cartillas, y RUFINO, maestro
FINEA: ¡Ni en todo el año saldré con esa lección! CELIA: Tu hermana con su maestro. NISE: ¿Conoce las letras ya? CELIA: En los principios está. RUFINO: ¡Paciencia, y no letras, muestro! ¿Qué es ésta? FINEA: Letra será. RUFINO: ¿Letra? FINEA: Pues, ¡es otra cosa? RUFINO: No, sino el Alba. ¡Qué hermosa Aparte bestia!) FINEA: Bien, bien. Sí, ya, ya; el alba debe de ser, cuando andaba entre las coles. RUFINO: Ésta es "k". Los españoles no la solemos poner en nuestra lengua jamás. Úsanla mucho alemanes y flamencos. FINEA: ¡Qué galanes van todos éstos detrás! RUFINO: Éstas son letras también. FINEA: ¿Tantas hay? RUFINO: Veintitrés son. FINEA: Ahora vaya de lición; que yo la diré muy bien. RUFINO: ¿Qué es ésta? FINEA: Aquésta no sé. RUFINO: ¿Y ésta? FINEA: No sé qué responda. RUFINO: ¿Y ésta? FINEA: ¿Cuál? ¿Ésta, redonda? ¡Letra! RUFINO: ¡Bien! FINEA: ¿Luego, acerté? RUFINO: ¡Linda bestia! FINEA: ¡Así, así! Bestia, ¡por Dios!, se llamaba; pero no se me acordaba. RUFINO: Ésta es erre, y ésta es i. FINEA: Pues, ¿si tú lo traes errado...? NISE: (¡Con qué pesadumbre están!) Aparte> RUFINO: Di aquí: b, a, n; ban. FINEA: ¿Dónde vas? RUFINO: ¡Gentil cuidado! FINEA: ¿Que se van, no me decías? RUFINO: Letras son. ¡Míralas bien! FINEA: Ya miro. RUFINO: B, e, n; ven. FINEA: ¿Adónde? RUFINO: ¡Adónde en mis días no te vuelva más a ver! FINEA: ¿Ven, no dices? Pues ya voy. RUFINO: ¡Perdiendo el jüicio estoy! ¡Es imposible aprender! ¡Vive Dios, que te he de dar una palmeta!
Saca una palmeta
FINEA: ¿Tú, a mí? 350 RUFINO: ¡Muestra la mano! FINEA: Hela aquí. RUFINO: ¡Aprende a deletrear! FINEA: ¡Ay, perro! ¿Aquesto es palmeta? RUFINO: Pues, ¿qué pensabas? FINEA: ¡Aguarda!... NISE: ¡Ella le mata! CELIA: Ya tarda tu favor, Nise discreta. RUFINO: ¡Ay, que me mata! NISE: ¿Qué es esto? ¿A tu maestro...? FINEA: Hame dado causa. NISE: ¿Cómo? FINEA: Hame engañado. RUFINO: ¿Yo, engañado? NISE: ¡Dila presto! FINEA: Estaba aprendiendo aquí la letra bestia y la k... NISE: La primera sabes ya. FINEA: Es verdad, ya la aprendí. Sacó un zoquete de palo y al cabo una media bola; pidióme la mano sola --¡mira que lindo regalo!--, y apenas me la tomó, cuando, ¡zas! la bola asienta, que pica como pimienta, y la mano me quebró. NISE: Cuando el discípulo ignora, tiene el maestro licencia de castigar. FINEA: ¡Linda ciencia! RUFINO: Aunque me diese, señora, vuestro padre cuanto tiene, no he de darle otra lección.
Vase RUFINO
CELIA: ¡Fuése! NISE: No tienes razón. Sufrir y aprender conviene. FINEA: Pues, ¿las letras que allí están, yo no las aprendo bien? Vengo cuando dicen ven, y voy cuando dicen van. ¿Qué quiere, Nise, el maestro, quebrándome la cabeza con ban, bin, bon? CELIA: (¡Ella es pieza Aparte de rey!) NISE: Quiere el padre nuestro que aprendamos. FINEA: Yo ya sé el Padrenuestro. NISE: No digo sino el maestro; y el castigo por darte memoria fue. FINEA: Póngame un hilo en el dedo y no aquel palo en la palma. CELIA: Mas que se te sale el alma, si lo sabe. FINEA: ¡Muerta quedo! ¡Oh, Celia! No se lo digas, y verás qué te daré.
Sale CLARA, criada
CLARA: ¡Topé contigo, a la fe! NISE: Ya, Celia, las dos amigas se han juntado. CELIA: A nadie quiere más, en todas las crïadas. CLARA: ¡Dadme albricias, tan bien dadas como el suceso requiere! FINEA: Pues, ¿de qué son? CLARA: Ya parió nuestra gata la Romana. FINEA: ¿Cierto, cierto? CLARA: Esta mañana. FINEA: ¿Parió en el tejado? CLARA: No. FINEA: ¿Pues dónde? CLARA: En el aposento. ¡Qué cierto se echó de ver su entendimiento! FINEA: ¡Es mujer notable! CLARA: Escucha un momento: Salía, por donde suele, el sol muy galán y rico, con la librea del rey colorado y amarillo; andaban los carretones quitándole el romadizo que da la noche a Madrid; aunque no sé quién me dijo que era la calle Mayor el soldado más antiguo, pues nunca el mayor de Flandes presentó tantos servicios; pregonaban aguardiente, agua biznieta del vino, los hombres Carnestolendas, todos naranjas y gritos; dormían las rentas grandes, despertaban los oficios, tocaban los boticarios sus almireces a pino, cuando la gata de casa comenzó, con mil suspiros, a decir: "¡Ay, ay, ay, ay! Que quiero parir, marido." Levantóse Hociquimocho, y fue corriendo a decirlo a sus parientes y deudos; que deben de ser moriscos, porque el lenguaje que hablaban, en tiple de monacillo, si no es jerigonza entre ellos, no es español ni latino. Vino una gata viuda, con blanco y negro vestido --sospecho que era su agüela-- gorda y compuesta de hocico; y si lo que arrastra honra, como dicen los antiguos, tan honrada es por la cola como otros por sus oficios. Trújole cierta manteca, desayunóse y previno en qué recibir el parto. Hubo temerarios gritos. No es burla. Parió seis gatos tan remendados y lindos, que pudieran, a ser pías, llevar el coche más rico. Regocijados, bajaron de los tejados vecinos caballetes y terrados, todos lo deudos y amigos: Lamicola, Arañizaldo, Marfuz, Marramao, Micilo, Tumbahollín, Mico, Miturrio, Rabicorto, Zapaquildo, unos vestidos de pardo, otros de blanco vestidos, y otros con forros de martas, en cueras y capotillos. De negro vino a la fiesta el gallardo Golosino; luto que mostraba entonces de su padre el gaticidio. Cuál la morcilla presenta; cuál el pez, cuál el cabrito, cuál el gorrión astuto, cuál el simple palomino. Trazando quedan agora, para mayor regocijo en el gatesco senado, correr gansos cinco a cinco. Ven presto, que si los oyes, dirás que parecen niños, y darás a la parida el parabién de los hijos. FINEA: ¡No pudieras contar cosa, para el gusto mío, de mayor contentamiento! CLARA: Camina. FINEA: Tras ti camino.
Vanse FINEA y CLARA
NISE: ¿Hay locura semejante? CELIA: Y Clara es boba también. NISE: Por eso la quiere bien. CELIA: La semejanza es bastante; aunque yo pienso que Clara es más bellaca que boba. NISE: Con esto la engaña y roba.
Salen DUARDO, FENISO, y LAURENCIO, caballeros
DUARDO: Aquí, como estrella clara, a su hermosura nos guía. FENISO: Y aun es del sol su luz pura. LAURENCIO: ¡Oh, reina de la hermosura! DUARDO: ¡Oh, Nise! FENISO: ¡Oh, señora mía! NISE: ¡Caballeros! LAURENCIO: Esta vez, por vuestro ingenio gallardo, de un soneto de Eduardo os hemos de hacer jüez. NISE: ¿A mí, que doy de Finea hermana y sangre? LAURENCIO: A vos sola, que sois sibila española, no cumana ni eritrea; a vos, por quien ya las gracias son cuatro, y las musas diez, es justo haceros jüez. NISE: Si ignorancias, si desgracias trujérades a juzgar, era justa la elección. FENISO: Vuestra rara discreción, imposible de alabar, fue justamente elegida. Oíd, señora, a Eduardo. NISE: ¡Vaya el soneto! Ya aguardo, aunque de indigna, corrida. DUARDO: La calidad elementar resiste mi amor, que a la virtud celeste aspira y en las mentes angélicas se mira, donde la idea del calor consiste. No ya como elemento el fuego viste el alma, cuyo vuelo al sol admira; que de inferiores mundos se retira adonde el serafín ardiendo asiste. No puede elementar fuego abrasarme. La virtud celestial que vivifica envidia al verme a la suprema alzarme; que donde el fuego angélico me aplica, ¿cómo podrá mortal poder tocarme; que eterno y fin, contradicción implica? NISE: Ni una palabra entendí. DUARDO: Pues en parte se leyera que más de alguno dijera por arrogancia: "Yo sí". La intención o el argumento es pintar a quien ya llega, libre del amor que ciega, con luz del entendimiento a la alta contemplación de aquel puro amor sin fin, donde es fuego el serafín. NISE: Argumento e intención queda entendido. LAURENCIO: ¡Profundos conceptos! NISE: ¡Mucho le esconden! DUARDO: Tres fuegos, que corresponden, hermosa Nise, a tres mundos, dan fundamento a los otros. NISE: ¡Bien los podéis declarar! DUARDO: Calidad elementar es el calor en nosotros; la celestial, es virtud que calienta y que recrea, y la angélica es la idea del calor. NISE: Con inquietud escucho lo que no entiendo. DUARDO: El elemento en nosotros es fuego. NISE: ¿Entendéis vosotros? DUARDO: El puro sol que estáis viendo, en el cielo fuego es; y fuego el entendimiento seráfico; pero siento que así difieren los tres: que el que elementar se llama, abrasa cuando se aplica; el celeste, vivifica, y el sobreceleste, ama. NISE: No discurras, por tu vida; vete a escuelas. DUARDO: Dónde estás lo son. NISE: ¡Yo no escucho más, de no entenderte, corrida! ¡Escribe fácil! DUARDO: Platón, a lo que en cosas divinas escribió, puso cortinas que, tales como éstas, son matemáticas figuras y enigmas. NISE: ¡Oye, Laurencio! FENISO: Ella os ha puesto silencio. DUARDO: Temió las cosas escuras. FENISO: ¡Es mujer! DUARDO: La claridad a todos es agradable, que se escriba o que se hable.
Hablan aparte NISE y LAURENCIO
NISE: ¿Cómo va de voluntad? LAURENCIO: Como quien la tiene en ti. NISE: Yo te la pago muy bien. No traigas contigo a quien me eclipse el hablarte ansí. LAURENCIO: Yo, señora, no me atrevo por mi humildad, a tus ojos; que, dando en viles despojos se afrenta el rayo de Febo; pero si quieres pasar al alma, hallarásla rica de la fe que amor publica. NISE: Un papel te quiero dar; pero, ¿cómo podrá ser que de estos visto no sea? LAURENCIO: Si en lo que el alma desea me quieres favorecer mano y papel podré aquí asir juntos, atrevido como finjas que has caído.
Cae
NISE: ¡Jesús! LAURENCIO: ¿Qué es eso? NISE: ¡Caí! LAURENCIO: Con las obras respondiste. NISE: Ésas responden mejor; que no hay sin obras amor. LAURENCIO:Amor en obras consiste. NISE: Laurencio mío, adiós queda. Duardo y Feniso, adiós. DUARDO: Que tanta ventura a vos como hermosura os conceda.
Vanse NISE y CELIA
DUARDO: ¿Qué os ha dicho del soneto Nise? LAURENCIO: Que es muy extremado. DUARDO: Habréis los dos murmurado; que hacéis versos, en efeto. LAURENCIO: Ya no es menester hacellos para saber murmurallos; que se atreve a censurallos quien no se atreve a entendellos. FENISO: Los dos tenemos qué hacer. Licencia nos podéis dar. DUARDO: Las leyes de no estorbar queremos obedecer. LAURENCIO: ¡Malicia es ésa! FENISO: ¡No es tal! La divina Nise es vuestra, o, por lo menos, lo muestra. LAURENCIO: Pudiera tener igual.
Despídanse, y quede solo LAURENCIO
LAURENCIO: Hermoso sois, sin duda, pensamiento; y, aunque honesto, también, con ser hermoso, si es calidad del bien ser provechoso, una parte de tres que os falta siento. Nise, con un divino entendimiento, os enriquece de un amor dichoso; mas sois de sueño pobre, y es forzoso que en la necesidad falte el contento. Si el oro es blanco y centro de descanso, y el descanso del gusto, yo os prometo que tarda el navegar con viento manso. Pensamiento, mudemos de sujeto; si voy necio tras vos, y en ir me canso, cuando vengáis tras mí seréis discreto.
Sale PEDRO, lacayo de LAURENCIO
PEDRO: ¡Qué necio andaba en buscarte fuera de aqueste lugar! LAURENCIO:Bien me pudieras hallar con el alma en otra parte. PEDRO: ¿Luego estás sin ella aquí? LAURENCIO:Ha podido un pensamiento reducir su movimiento desde mí fuera de mí. ¿No has visto que la saeta del reloj, en un lugar firme siempre suele estar aunque nunca está quieta, y tal vez está en la una y luego en las dos está? Pues así mi alma ya, sin hacer mudanza alguna, de la casa en que me ves, desde Nise, que ha querido, a las doce se ha subido; que en número de interés. PEDRO: Pues, ¿cómo es esa mudanza? LAURENCIO:Como la saeta soy, que desde la una voy por lo que el círculo alcanza. ¿Señalaba a Nise? PEDRO: Sí. LAURENCIO:Pues ya señalo a Finea. PEDRO: ¿Eso quieres que te crea? LAURENCIO:¿Por qué no, si hay causa? PEDRO: Di. LAURENCIO: Nise es una sola hermosa; Finea las doce son; hora de más bendición, más descansada y copiosa. En las doce el oficial descansa, y bástale ser hora entonces de comer, tan precisa y natural. Quiero decir que Finea hora de sustento es, cuyo descanso ya ves cuánto el hombre le desea. Denme, pues, las doce a mí, que soy pobre, con mujer; que dándome de comer es la mejor para mí. Nise es hora infortunada, donde mi planeta airado, de sextil y de cuadrado me mira con frente armada. Finea es hora dichosa, donde Júpiter, benigno, me está mirando de trino con aspecto y faz hermosa. Doyme a entender que poniendo en Finea mis cuidados, a cuarenta mil ducados las manos voy previniendo. Ésta, Pedro, desde hoy ha de ser empresa mía. PEDRO: Para probar tu osadía en una sospecha estoy. LAURENCIO: ¿Cuál? PEDRO: Que te has de arrepentir, por ser simple esta mujer. LAURENCIO:¿Quién has visto de comer, de descansar y vestir, arrepentido jamás? Pues esto viene con ella. PEDRO: A Nise, discreta y bella, Laurencio, ¿dejar podrás por una boba ignorante? LAURENCIO:¡Qué ignorante majadero! ¿No ves que el sol del dinero va del ingenio adelante? Él que es pobre, ése es tenido por simple; el rico, por sabio. No hay en el nacer agravio, por notable que haya sido, que el dinero no lo encubra, ni hay falta en naturaleza que con la mucha pobreza no se aumente y se descubra. Desde hoy quiero enamorar a Finea. PEDRO: He sospechado que a un ingenio tan cerrado no hay puerta por donde entrar. LAURENCIO: Yo sé cuál. PEDRO: ¡Yo no, por Dios! LAURENCIO:Clara, su boba crïada. PEDRO: Sospecho que es más taimada que boba. LAURENCIO: Demos los dos en enamorarlas. PEDRO: Creo que Clara será tercera más fácil. LAURENCIO: De esa manera seguro va mi deseo. PEDRO: Ellas vienen; disimula. LAURENCIO:Si puede ser en mi mano. PEDRO: ¡Qué ha de poder un cristiano enamorar una mula! LAURENCIO: Linda cara y talle tiene. PEDRO: ¡Así fuera el alma!
Salen FINEA y CLARA
LAURENCIO: Agora conozco, hermosa señora, que no solamente viene el sol de las orientales partes, pues de vuestros ojos sale, con rayos más rojos y luces piramidales; pero si cuando salís tan grande fuerza traéis, al mediodía, ¿qué haréis? FINEA: Comer, como vos decís; no pirámides ni peros, sino cosas provechosas. LAURENCIO:Esas estrellas hermosas, esos nocturnos luceros, me tienen fuera de mí. FINEA: Si vos andáis con estrellas, ¿qué mucho que os traigan ellas arromadizado ansí? Acostaos siempre temprano, y dormid con tocador. LAURENCIO:¿No entendéis que os tengo amor, puro, honesto, limpio y llano? FINEA: ¿Qué es amor? LAURENCIO: ¿Amor? Deseo. FINEA: ¿De qué? LAURENCIO: De una cosa hermosa. FINEA: ¿Es oro, es diamante, es cosas de éstas que muy lindas veo? LAURENCIO: No; sino de la hermosura de una mujer como vos, que, como lo ordena Dios, para buen fin se procura; y ésta, que vos la tenéis, engendra deseo en mí. FINEA: Y yo, ¿qué he de hacer aquí, si sé que vos me queréis? LAURENCIO: Quererme. ¿No habéis oído que amor con amor se paga? FINEA: No sé yo cómo se haga, porque nunca yo he querido, ni en la cartilla lo vi, ni me lo enseñó mi madre. Preguntarélo a mi padre. LAURENCIO:¡Esperaos, que no es ansí! FINEA: Pues, ¿cómo? LAURENCIO: De estos mis ojos saldrán unos rayos vivos como espíritus visivos, de sangre y de fuego rojos que se entrarán por los vuestros. FINEA: No, señor; arriedro vaya cosa en que espíritus haya. LAURENCIO:Son los espíritus nuestros, que juntos se han de encender y causar un dulce fuego con que se pierde el sosiego, hasta que se viene a ver el alma en la posesión que es el fin del casamiento; que, con este santo intento, justos los amores son, porque el alma que yo tengo a vuestro pecho se pasa. FINEA: ¿Tanto pasa quien se casa?
PEDRO habla con CLARA
PEDRO: Con él, como os digo, vengo tan muerto por vuestro amor, que aquesta ocasión busqué. CLARA: ¿Qué es amor, que no lo sé? PEDRO: ¿Amor? ¡Locura, furor! CLARA: Pues ¿loca tengo de estar? PEDRO: Es una dulce locura por quien la mayor cordura suelen los hombres trocar. CLARA: Yo, lo que mi ama hiciere eso haré. PEDRO: Ciencia es amor, que el más rudo labrador a pocos cursos la adquiere. En comenzando a querer, enferma lo voluntad de una dulce enfermedad. CLARA: No me le mandes tener; que no he tenido en mi vida sino solos sabañones. FINEA: ¡Agrádanme las liciones! LAURENCIO:Tú verás, de mí querida, cómo has de quererme aquí; que es luz del entendimiento amor. FINEA: Lo del casamiento me cuadra. LAURENCIO: Y me importa a mí. FINEA: ¿Pues, llevaráme a su casa y tendráme allá también? LAURENCIO:Sí, señora. FINEA: ¿Y eso es bien? LAURENCIO:Y muy justo en quien se casa. Vuestro padre y vuestra madre casados fueron ansí. De eso nacistes. FINEA: ¿Yo? LAURENCIO: Sí. FINEA: Cuando se casó mi padre, ¿no estaba yo allí tampoco? LAURENCIO:(¿Hay semejante ignorancia? Aparte Sospecho que esta ganancia camina a volverme loco). FINEA: Mi padre pienso que viene. LAURENCIO:Pues voyme. Acordaos de mí. FINEA: ¡Que me place!
Vase LAURENCIO
CLARA: ¿Fuése? PEDRO: Sí; y seguirle me conviene. Tenedme en vuestra memoria.
Vase PEDRO
CLARA: Si os vais, ¿cómo? FINEA: ¿Has visto, Clara, lo que es amor? ¿Quién pensara tal cosa? CLARA: No hay pepitoria que tenga más menudencias de manos, tripas y pies. FINEA: Mi padre, como lo ves, anda en mil impertinencias. Tratado me ha de casar con un caballero indiano, sevillano o toledano. Dos veces me vino a hablar, y esta postrera sacó de una carta un naipecito muy repulido y bonito, y luego que le miró, me dijo: "Toma, Finea, ése es tu marido," y fuése. Yo, como, en fin, no supiese este de casar qué sea, tomé el negro del marido, que no tiene más que cara, cuera y ropilla; mas, Clara, ¿qué importa que sea pulido este marido o quién es, si todo el cuerpo no pasa de la pretina? Que en casa ninguno sin piernas ves. CLARA: ¡Pardiez, que tienes razón! ¿Tiénesle ahí? FINEA: Veisle aquí.
Saca un retrato
CLARA: ¡Buena cara y cuerpo! FINEA: Sí; mas no pasa del jubón. CLARA: Luego éste no podrá andar. ¡Ay, los ojitos que tiene! FINEA: Señor, con Nise... CLARA: ¿Si viene a casarte...? FINEA: No hay casar; que éste, que se va de aquí tiene piernas, tiene traza. CLARA: Y más, que con perro caza; que el mozo me muerde a mí.
Salen OCTAVIO y NISE
OCTAVIO: Por la calle de Toledo dicen que entró por la posta. NISE: Pues, ¿cómo no llega ya? OCTAVIO: Algo, por dicha, acomoda. ¡Temblando estoy de Finea! NISE: Aquí está, señor, la novia. OCTAVIO: Hija, ¿no sabes? NISE: No sabe; que ésa es su dicha toda. OCTAVIO: Ya está en Madrid tu marido. FINEA: Siempre tu memoria es poca. ¿No me lo diste en un naipe? OCTAVIO: Ésa es la figura sola, que estaba en él retratada; que lo vivo viene agora.
Sale CELIA
CELIA: Aquí está el señor Liseo, apeado de unas postas. OCTAVIO: Mira, Finea, que estés muy prudente y muy señora. Llegad sillas y almohadas.
Salen LISEO, TURÍN, y CRIADOS
LISEO: Esta licencia se toma quien viene a ser hijo vuestro. OCTAVIO: Y quien viene a darnos honra. LISEO: Agora, señor, decidme; ¿quién de las dos es mi esposa? FINEA: ¡Yo! ¿No lo ve? LISEO: Bien merezco los brazos. FINEA: ¿Luego no importa? OCTAVIO: Bien le puedes abrazar. FINEA: ¡Clara! CLARA: ¿Señora? FINEA: ¡Aún agora viene con piernas y pies! CLARA: ¿Esto es burla, o jerigonza? FINEA: El verle de medio arriba me daba mayor congoja. OCTAVIO: Abrazad vuestra cuñada. LISEO: No fue la fama engañosa, que hablaba en vuestra hermosura. NISE: Soy muy vuestra servidora. LISEO: ¡Lo que es el entendimiento! A toda España alborota. La divina Nise os llaman; sois discreta como hermosa, y hermosa con mucho extremo. FINEA: Pues ¿cómo requiebra a esotra, si viene a ser mi marido? ¿No es más necio? OCTAVIO: ¡Calla, loca! Sentaos, hijas, por mi vida. LISEO: ¡Turín! TURÍN: ¿Señor? LISEO: (¡Linda tonta!) Aparte OCTAVIO: ¿Cómo venís del camino? 935 LISEO: Con los deseos enoja; que siempre le hacen más largo. FINEA: Ese macho de la noria pudierais haber pedido, que anda como una persona. NISE: Calla, hermana. FINEA: Callad vos. NISE: Aunque hermosa y virtüosa, es Finea de este humor. LISEO: Turín, ¿trujiste las joyas? TURÍN: No ha llegado nuestra gente. LISEO: ¡Qué de olvidos se perdonan en un camino a crïados! FINEA: ¿Joyas traéis? TURÍN: Y le sobra de las joyas el principio. (¡Tanto el jó se le acomoda!) Aparte OCTAVIO: Calor traéis; ¿queréis algo? ¿Qué os aflige, qué os congoja? LISEO: Agua quisiera pedir. OCTAVIO: Haráos mal el agua sola. Traigan una caja. FINEA: A fe que si, como viene agora, fuera el sábado pasado, que hicimos yo y esa moza un menudo... OCTAVIO: ¡Calla necia! FINEA: Mucha especia, ¡linda cosa!
Salen CRIADOS con agua, toalla, salva y una caja
CELIA: El agua está aquí. OCTAVIO: Comed. LISEO: El verla, señor, provoca; porque con su risa dice que la beba y que no coma.
Beba
FINEA; Él bebe como una mula. TURÍN: (¡Buen requiebro!) Aparte OCTAVIO: ¡Qué enfadosa que estás hoy! ¡Calla, si quieres! FINEA: ¡Aun no habéis dejado gota! Esperad; os limpiaré. OCTAVIO: Pero ¿tú le limpias? FINEA: ¿Qué importa? LISEO: (¡Media barba me ha quitado! Aparte ¡Lindamente me enamora!) OCTAVIO: Que descanséis es razón. (Quiero, pues no se reporta, Aparte llevarle de aquí a Finea). LISEO: (Tarde el descanso se cobra que en tal desdicha se pierde). Aparte OCTAVIO: Ahora bien; entrad vosotras y aderezad su aposento. FINEA: Mi cama pienso que sobra para los dos. NISE: ¿Tú no ves que no están hechas las bodas? FINEA: ¿Pues qué importa? NISE: Ven conmigo. FINEA: ¿Allá dentro? NISE: Sí. FINEA: Adiós, ¡hola! LISEO: (Las del mar de mi desdicha Aparte me anegan entre sus ondas). OCTAVIO: Yo también, hijo, me voy para prevenir las cosas, que, para que os desposéis con más aplauso, me tocan. Dios os guarde.
Todos se van. Queden LISEO y TURÍN
LISEO: No sé yo de qué manera disponga mi desventura. ¡Ay de mí! TURÍN: ¿Quieres quitarte las botas? LISEO: No, Turín, sino la vida. ¿Hay boba tan espantosa? TURÍN: Lástima me ha dado a mí, considerando que ponga en un cuerpo tan hermoso el cielo un lama tan loca. LISEO: Aunque estuviera casado por poder, en causa propia me pudiera descasar; la ley es llana y notoria; pues concertando mujer con sentido, me desposan con una bestia del campo, con una villana tosca. TURÍN: ¿Luego no te casarás? LISEO: Mal haya la hacienda toda que con tal pensión se adquiere y con tal censo se toma; demás que aquesta mujer, si bien es hermosa y moza, ¿qué puede parir de mí sino tigres, leones y onzas? TURÍN: Eso es engaño, que vemos por experiencias e historias, mil hijos de padres sabios, que de necios, los deshonran. LISEO: Verdad es que Cicerón tuvo a Marco Tulio en Roma, que era un caballo, un camello. TURÍN: De la misma suerte, consta que de necios padres suele salir una fénix sola. LISEO: Turín, por lo general, y es consecuencia forzosa, lo semejante se engendra. Hoy la palabra se rompa; rásguense cartas y firmas; que ningún tesoro compra la libertad. ¡Aún si fuera Nise...! TURÍN: ¡Oh, qué bien te reportas! Dicen que si a un hombre airado, que colérico se arroja le pusiesen un espejo, en mirando en él la sombra que representa su cara, se tiempla y desapasiona; así tu, como tu gusto miraste en su hermana hermosa, que el gusto es cara del alma. pues su libertad se nombra, luego templaste la tuya. LISEO: Bien dices, porque ella sola el enojo de su padre, que, como ves, me alborota, me puede quitar, Turín. TURÍN: ¿Qué, no hay que tratar de esotra? LISEO: Pues ¿he de dejar la vida por la muerte temerosa, y por la noche enlutada el sol que los cielos dora; por los áspides las aves, por las espinas las rosas y por un demonio un ángel? TURÍN: Digo que razón te sobra; que no está el gusto en el oro; que son el oro y las horas muy diversas. LISEO: Desde aquí renuncio la dama boba.

FIN DEL PRIMER ACTO

La dama boba, Jornada II  


Texto electrónico por Vern G. Williamsen y J T Abraham
Formateo adicional por Matthew D. Stroud
 

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Actualización más reciente: 26 Jun 2002